Archivo de la categoría ‘Protocolo en bodas’

La petición de mano

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La petición o pedida de mano es un acto que tuvo notable importancia en la vida social de nuestros antepasados. Seguramente, si nos hacernos una idea del acontecimiento en sí, vemos impresa en nuestra imaginación la estereotipada escena amorosa de un caballero entregándole un anillo a su novia, sellando así una promesa de amor eterna. Hoy, dado que tanto hombres como mujeres gozan de una completa libertad para obrar, es posible llevar a la práctica esa idea general, pero lo cierto es que antes, en el pasado, ni en los mejores sueños esto era posible.

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La idea universal de la pedida de mano es una producción reciente, aunque antigua en las novelas amorosas. Es una idea opuesta por completo del proceso que se llevaba a cabo, basado en acuerdos matrimoniales por conveniencia donde primaban los intereses familiares. Así, el que se presenta como uno de los acontecimientos más románticos de la vida del hombre no es más que que la herencia de una práctica inclemente del pasado, en el que la mujer no tenía libertad para elegir ni voz para decidir.

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Como la inmensa mayoría de las costumbres de noviazgo y de matrimonio, la petición de mano es un uso más que ha evolucionado adaptándose a los tiempos actuales, pero conservando algunos de sus matices originales.  La sociedad escoge en las costumbres, en definitiva, lo que más le conviene y va desterrando su significado primigenio, de modo que las costumbres se van transformando en función de lo que el pueblo demanda. Normalmente, perdura la representación o apariencia tradicional pero se proscribe su razón de ser, como en el caso, por ejemplo,  del velo, que antiguamente fue señal de sumisión.

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Hoy se han salvado las cadenas que sometían a las mujeres a casarse con quien se le concertaba; la dote y el contrato matrimonial han pasado a la historia, y la compra de la novia a la prehistoria La civilización ha aprendido que ambos sexos son iguales ante la lucha por la vida, y ahora reina la libertad no sólo en el ejercicio de la vida, sino en el amor.

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Este artículo hace un repaso de la operación que seguía la petición de mano de la novia en otros tiempos, profundizando en el mundo rural, donde la evolución en la mentalidad  y en las formas de organización familiar siempre ha sido má lenta, dando apariencia de estar estancada.  También se describen algunas costumbres de declaración de compromiso tradicionales, el papel de la familia en el concierto de los enlaces y de cómo la novia ha sido rebajada a la categoría de cosa útil, de mercancía o moneda de cambio en muchas culturas que aún hoy sostienen esa concepción.

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El uso del sombrero. Su decadencia a lo largo del tiempo y normas de comportamiento básicas con este accesorio

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El sombrero es uno de los accesorios de la indumentaria masculina y femenina que ha ido perdiendo adeptos a lo largo del tiempo. Clásico emblema de distinción, el sombrero formaba parte del conjunto de complementos imprescindibles del guardarropa, tanto de un auténtico gentleman como de una apreciada y respetable dama. De todos los complementos antiguos del atuendo personal, como los guantes, el bastón, el abanico o la faltriquera, el sombrero ha sido, quizás, la pieza con mayor capacidad para testimoniar el status social de su portador.

Aparte de esta seña, al sombrero se le dotó de ese código de comunicación que sólo las personas entendemos, y que es el relacionado con el respeto y la condescendencia hacia los demás. De estos particulares atributos, creados por el hombre no se sabe cuándo, nos quedan unas normas de comportamiento que se recogen en el código de comportamiento en sociedad, pues es un hecho meridiano que nadie entraría al templo cubierto, por ejemplo. También, este acto de respeto aparece en nuestras expresiones populares, tales como “quitarse el sombrero”, que es sinónimo de respeto al prójimo.

En la actualidad, optar por llevar sombrero se ha convertido en una opción delicada a causa de haber caído en desuso. Sabemos que queda bien, que encuadra la cara y que, incluso, aumenta la estatura; pero al ser pocos quienes lo llevan y, teniendo en cuenta el poder de la moda, pocos se atreven a ponérselo por miedo a resaltar.

En este artículo se aborda cómo el uso del sombrero se ha ido debilitando por el auge de la simplicidad y comodidad en el vestir; cuáles son aquellos que deben llevarse de acuerdo con la fisonomía, atuendo y evento, así como las pautas de comportamiento con este accesorio tan controvertido.

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ADEREZO PARA LAS MUJERES Y  PANACEA DE LA ELEGANCIA MASCULINA

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El atavío en la cabeza ha sido una constante a lo largo de la historia del traje. Ya en el Antiguo Egipto, los hombres se rasuraban la cabeza para ponerse encima pelucas brillantes y pesados adornos simbólicos. En épocas posteriores, el sombrero y el adorno en la cabeza ha variado tanto que si tuviéramos que hacer una lista de ellos, resultaría interminable. De estilo monacal en forma de corona, en el siglo XIII, acompañando a los grandísimos trajes de la época, o al  estilo hada en el siglo XV (el hennin en francés), con su forma cónica con un velo pendiendo hasta el codo. Las formas de los sombreros han sido tan variadas como los mismos hombres, variación que ha ido al son de la moda imperante.

De este modo, lejos de hacer un listado de los sombreros de cada época, se explicarán las diferentes concepciones que se le ha dado a este complemento.

El sombrero como atavío femenino experimenta su mayor desarrollo a principios del siglo XX. Antes de esta época, la mujer embellecía su cabeza con otros adornos.

El siglo XVIII fue el siglo donde más culto se le rindió a la moda y a sus hijos, los complementos. En este período, la moda se convirtió en toda una institución, sólo accesible a las clases más elevadas, pues tanto las telas como los materiales de confección eran de la calidad más asombrosa y rica que hoy podemos imaginar.

Entre la aristocracia francesa se sembró una moda que da fe de la ostentación y petimetrería que definían a la vida social de la época, que era la de los enormes e inverosímiles peinados de las mujeres. Para hacerse una idea de aquella realidad, piensen un momento en el personaje de Marge Simpson y en su moldeado de cabello, y compadézcanse del peluquero que tenía que subirse a una escalera para rematar el peinado de la dama. Como descripción más ilustrativa de la esta tendencia, tenemos esta del Padre Luis Coloma: “eran peinados monstruosos, de los cuales citaremos tan sólo uno, como muestra de lo depravado del gusto y lo inverosímil de la invención. La Duquesa de Chartres, hija del Duque de Penthièvre y mujer del futuro Felipe Igualdad, presentose una noche en la Ópera con un peinado que medía cincuenta y cuatro pulgadas desde la raíz del pelo hasta su extremidad, y en el cual se veían a su hijo primogénito el Duque de Beaujolais en brazos de su nodriza, un papagayo picoteando un ramo de cerezas, un negrito y varias cifras entrelazadas, hechas con pelo de su padre, su marido y su suegro el Duque de Orleans” (Coloma, L. 1914). Este fragmento pertenece a una obra basada en hechos reales de la segunda mitad del siglo XVIII. El mismo autor detalla otras variaciones del colosal peinado, representando figuras y escenas típicas de la época, como la Guerra de América. Asimismo, narra cómo las publicaciones de aquel entonces se mofaban de estos moldeados a través de caricaturas grotescas, que representaban a mujeres con tocados tan altos como un árbol o un edificio.

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El hombre noble del siglo XVIII también iba absolutamente engalanado, inclusive su cabeza, que iba cubierta de la peluca de ala de pichón. El sombrero clásico para él y para ella, aquél de copa y ala que persiste, vendría más adelante, en el siglo XIX.

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En la segunda mitad del siglo XIX arranca el apogeo del sombrero en los hombres. Nos referimos a un período donde la galantería y el refinamiento en el vestir se imponen. Los caballeros llevaban sombrero de copa o chistera negra para vestir y sombrero hongo para “ir de calle”. En verano, la cabeza la cubrían con sombreros procedentes de Panamá fabricados en paja fina, conocidos como “jipi-japa”. Aparecerá, a finales de siglo, el sombrero flexible, que en un principio se utilizaba para hacer deporte, pero después se extendió su uso a otros momentos informales, como el ir al trabajo.

Entre los sombreros, el que más destaca e identificamos con esta época es el sombrero de copa, también conocido como chistera, que se combinaba con el chaqué. Entre los múltiples modelos de sombreros de copa, toma protagonismo la chistera ” de ocho reflejos” (huit-reflets), que se le llamaba así por estar recubierto de seda negra cuyo brillo producía reflejos en torno a su copa. También destacó el claqué o clac, un sombrero de copa que se plegaba por medio de unos muelles, para poder llevarlo bajo el brazo. El clac se combinaba con el clásico frac, prenda de máxima etiqueta masculina.

El sombrero masculino fue una enseña de distinción y señorío hasta los años cuarenta del siglo XX. Con él, se distinguía al obrero y al galán, porque aportaba, a quien lo llevaba, aires de gravedad y de superioridad. Los españoles de la época, según Benito Pérez Galdós, adoptaron el sombrero con cierta presunción, pues a finales del siglo XIX vinieron las influencias de la elegancia noreuropea, caracterizada por la sobriedad y la reserva, poco amiga del temperamento español, que tradicionalmente se había inclinado por los colores briosos y llamativos. Hubo un afán, así, de ser elegantes con seriedad, y el hombre digno de merecer este honor debía llevar levita y, como no, su sombrero de copa: “El sombrero de copa da mucha respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea“, refiriéndose al sombrero (Pérez Galdós, B. 1887).

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A finales del siglo XIX, la mujer de la clase media iba cubierta con mantilla o pañuelo, aunque para pasear por la tarde era habitual que saliera con sombrero. Más tarde, la mantilla de desterró, quedando reservada para asistir a bodas, misas, procesiones y entierros. Antiguamente, para los funerales, las mujeres llevaban manto de crespón negro que se echaban a la cara el día del entierro. Esta pieza, después se enrollaba  al cuello como si se tratara de una bufanda.

Respecto al velo negro en los entierros, hay que señalar que sólo se utiliza en países católicos.

El crespón fue sustituido más tarde por velos de muselina o georgette, también en color negro, que se llevaban durante toda la fase del luto. En la actualidad, el uso de este atavío  ha quedado reducido al funeral de un familiar muy cercano, aunque cada vez se lleva menos.

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A principios del siglo XX, el sombrero femenino experimenta un gran desarrollo, surgiendo muchas variedades y formas. Primero se extendió el uso del sombrero de ala amplia con decoración profusa, inspirada en elementos naturales. Después, se pasa a sombreros más pequeños y de formas más variadas.

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A partir de los años cuarenta del siglo XX,  desciende notablemente el uso de este accesorio tanto en hombres como en mujeres, quedando reservado prácticamente a la protección frente a la exposición al sol y en actos de rigurosa etiqueta.

Cierto es que, en España, el clima no es tan cálido como para protegerse diariamente con el sombrero del calor, ni tan frío como para utilizarlo de abrigo de la cabeza, pero, lo que sí es un hecho, y recogido por multitud de reseñas, es que el sombrero ha sido un complemento de elegancia y de diferenciación de clases inequívoco. Llegó a tal punto la tendencia al sinsombrerismo, como le llamaba Antonio Armenteras, que  personalidades de la época, como Christian Dior, hicieron un llamamiento público para resucitar este emblema: “¿Por qué salís siempre sin sombrero? Nunca resultaréis verdaderamente elegantes en la calle si no complementáis vuestro conjunto con uno de esos sombreros pequeños que tan bien os sientan” (Christian Dior, años 50).

Las razones que se pueden argüir de esta corriente giran en torno a la apuesta por lo cómodo y lo práctico, que comenzó a imponerse a mediados del siglo XX. Años atrás, el atuendo obedecía a un conformismo que se había aceptado como regla en el vestir. Así, el hombre vestía smoking con corbata y sombrero en los días calurosos, mientras que, a partir de este momento, triunfaría la indumentaria cómoda y fresca.

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Paralelamente, comenzó a imprimirse el gusto personal en el vestir, huyendo de los cánones establecidos, sobre todo en los hombres. Esta independencia en la elección de la ropa junto con la apuesta por lo confortable, daría origen a la abolición progresiva del sombrero, tirantes y demás complementos considerados antes como indispensables, y, a la vez, a la aparición de looks o estilos urbanos particulares.

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De esta manera, desde un punto de vista práctico, el sombrero en nuestro país no tiene mucho sentido, pero como arma para agraciar, sí. Entre sus ventajas, que algunos complementos las tienen, aumenta la estatura de quien lo porta, protege el tinte y la permanente del cabello frente los agentes ambientales y oculta la calvicie. Respecto a este último efecto, decía Armenteras en los años 50 que nueve de cada diez hombres que llevaban sombrero eran calvos.

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UN SOMBRERO PARA CADA MOMENTO Y FISONOMÍA

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El sombrero favorece el rostro porque lo realza y lo encuadra, pero no todos valen para todos los semblantes.

El ideal es aquél que armoniza con el rostro y, por supuesto, con el gusto y la personalidad de quien lo porta. Es absurdo llevar un complemento tan significativo como este reproduciendo estrictamente las colecciones de las firmas. El sombrero merece una especial atención, pues llevar una de estas piezas separada del agrado personal y de la coherencia con el semblante puede derivar en el desastre. Por este motivo, el sombrero ideal es aquel creado artesanalmente en sombrererías, porque lo adaptan a la anatomía del cliente. A la par, los sombreros confeccionados en serie pueden modificarse en talleres especializados para acoplarlos al rostro, inclinando un  ala o reduciendo la copa, por ejemplo. De esta manera, el sombrero debe quedar perfecto y a la medida de quien lo solicita.

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Huyamos de las modas, que lo único que hacen es conducirnos a todos en rebaño y a sentirnos víctimas de ella con su poderosa publicidad y alcance mediático, pero capturemos de ella lo que nos convenga y agrade realmente. Una de las ventajas de la moda es que, periódicamente, relanzan complementos que habían sido desterrados. Hace pocos días, vi en la tienda Zara un sombrero pequeño con velillo de encaje que fue muy utilizado en los años cincuenta. Si a la mujer le gusta este accesorio, es un momento ideal para ponérselo. Este tipo de sombrero dotaba a la mujer de aires de misterio y disimulaba los signos de madurez del rostro. Se llevaba sólo en la ciudad, para asistir a invitaciones para tomar el té y para celebraciones de día, como bautizos o comuniones.

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Los sombreros pequeños femeninos son ideales para la indumentaria de calle durante el invierno con cualquier tipo de prenda de abrigo. Los de inviernos suelen ser oscuros y vienen confeccionados con fieltro, lana y piel, fundamentalmente. Antiguamente predominaba mucho el terciopelo, ese bello género signo de la elegancia que hoy nos ha abandonado.

En verano, los sombreros propios son más amplios para proteger del sol. Los colores son claros y los materiales de fabricación predominantes son la paja, piqué, las fibras naturales y el grosgrain.

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Los sombreros grandes, aparte de para el verano, están indicados para actos de etiqueta de día, como las bodas, recepciones oficiales, espectáculos y fiestas de sociedad al aire libre, carreras de caballos, etc. Al apostar por este tipo, hay que tener en cuenta, en la medida de lo posible, la conveniencia de sus dimensiones: que quepa por la puerta del coche y que no moleste a los de al lado al concurrir con más personas.

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Para  los actos de etiqueta de noche, el sombrero se sustituye por el tocado. El tocado, normalmente, está integrado por flores artificiales, joyas, encajes, plumas y strass. Se lleva en un lado de la cabeza.

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Hay que tener en cuenta una serie de circunstancias donde mujeres y hombres no  deben llevar sombrero:

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• Por la noche en general: en bailes, cenas, asaltos, fiestas, funciones de ópera, conciertos de gala y todos aquellos acontecimientos nocturnos que suelen tener lugar por la noche.

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• Tampoco se debe llevar sombrero durante actuaciones de teatro, circo u otros espectáculos que se desarrollen en espacios cerrados, por una cuestión de respeto al espectador de al lado y al de atrás, que pueden no ver bien la función.

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•  Actos religiosos, recepciones pontificias, procesiones y entierros. En estos actos, las mujeres, en lugar de sombrero, utilizan la mantilla negra con un sobrio traje del mismo color. Para la misa dominical, sin embargo, no es imprescindible, a pesar que antiguamente las señoras asistían con velo. A las mujeres se les admite la entrada a la Iglesia con sombrero de vestir porque, tradicionalmente, era costumbre que después del culto salieran a dar un  paseo a pie.

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Para los eventos de etiqueta antes mencionados (entierros, procesiones, bodas y recepciones), los hombres pueden llevar chistera o sombrero de copa combinado con el frac (rigurosa etiqueta) o con el chaqué (etiqueta de tarde).

En celebraciones o actos que tengan lugar en espacios cerrados, tampoco llevarán sombrero.

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Hay que aclarar que los hombres tienen una serie de exigencias con el sombrero de las cuales las mujeres están desprovistas. Se trata de un conjunto de costumbres que han perdurado hasta nuestros días y que entran en la línea de la cortesía y educación clásicamente masculinas. Se abordarán en el apartado siguiente de protocolo del uso del sombrero.

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PAUTAS DE COMPORTAMIENTO CON EL SOMBRERO

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En este apartado se va a detallar cómo debe comportarse el hombre cuando lleva sombrero en los diferentes encuentros de la vida social. Es obvio que muchas costumbres y detalles se han perdido o se han suavizado con el transcurso del tiempo, pero la esencia de estos actos, que es el respeto, hay que mantenerla.

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En el lenguaje español, tenemos una expresión que evidencia al sombrero como arma de reverencia. Esta expresión es la de quitarse el sombrero, que significa muestra  de consideración. El origen de este proverbio lo encontramos retrocediendo muchos siglos atrás, cuando los caballeros, al saludar  a una persona a la que guardaban respeto, se descubrían la cabeza en señal de deferencia y solicitud.

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El gesto de quitarse el sombrero se hacía en el ritual del saludo, en las presentaciones, en los espacios concurridos, ante señoras, etc. pero nunca a personas de condición social inferior.  Decididamente, se ejecutaba entre iguales, de inferior a clases más altas, a los religiosos, a los ancianos  y a  las damas, fuera cual fuera la distinción social de éstas.

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El protocolo del saludo, bien fuera por la calle o en espacios privados, era el siguiente: El caballero que saludaba se quitaba el sombrero o gorra (en el caso de ser un muchacho) con su mano derecha, acompañando este gesto con fórmulas de cortesía como “buenos días” o “vaya con Dios”, salvo si la persona saludada estaba a distancia, circunstancia que sólo exigía el descubrimiento de la cabeza. Si se detenían para compartir más palabras, el gesto de la despedida era el mismo pero con la fórmula de despedida de “adiós” o “que tenga buena tarde”.

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Este ademán no sólo se hacía en la calle, sino que se repetía en la escalera del edificio, propia o de casa ajena; en el ascensor; al subir y bajar del coche; en salas concurridas de gente, como salas de espera y, sobre todo, en estancias de visita o en una audiencia.

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En audiencia de superiores, como un prelado o un gobernador, hay que quitarse el sombrero siempre como muestra firme de respeto, haciendo una inclinación con la cabeza y permaneciendo descubierto hasta que la personalidad ordene cubrirse de nuevo. La despedida es idénticamente igual que el saludo.

Si se trata de un obispo, en lugar de la inclinación de cabeza se hace una genuflexión y se le besa el anillo.

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Otra de las situaciones donde es preceptivo quitarse el sombrero es durante las presentaciones. El señor que es presentado debe quitarse el sombrero y hacer una leve inclinación de cabeza pronunciando alguna fórmula de cortesía tal como “encantado”, “es un placer” o “con mucho gusto”. Después, se lo vuelve a poner.

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Es una incorrección, desde el punto de vista de la galantería, hablar con una mujer con el sombrero puesto debido a que se le debe rendir el máximo respeto. No obstante, en la actualidad, este detalle carece de importancia, puesto que la prácticamente hay una igualdad de consideraciones entre hombres y mujeres.

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El quitarse el sombrero también es un clásico sinónimo de agradecimiento. Así, los caballeros que se sentían congratulados porque otro le había cedido el paso o le había prestado ayuda ante algún incidente en la calle, se quitaban el sombrero como seña de agradecimiento.

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Al entrar a un espacio privado, hay que tener especial atención con el sombrero. De visita, el visitante debe entregar el sombrero, abrigo y paraguas al anfitrión o persona de servicio, quien lo depositará en un armario o perchero del hall. Puede darse el caso que se trate de una visita informal donde desaparecen las solemnidades y, entonces, entrar con todos los complemento al salón. Esto es admisible hoy día, pues las viviendas son mucho más reducidas en dimensiones y carecen de recibidor. Lo que sí hay que tener muy presente es que nunca hay que permanecer con el sombrero durante la visita o dentro de un espacio cerrado. El anfitrión, si sabe que la persona tiene costumbre de ir cubierto, le instará a que se lo vuelva a poner, siendo entonces cuando el visitante condescenderá a su amable petición.

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La despedida de quien portaba sombrero ha sido durante mucho tiempo una verdadera ceremonia, hoy casi desconocida por los más jóvenes (ver fotos). El visitante, al salir por la puerta de la vivienda, hacía el ademán de quitarse el sombrero mientras se despedía con una de las fórmulas de cortesía. Al llegar al rellano o en la escalera, hacía una segunda despedida quitándose de nuevo el sombrero, justo al tiempo de desaparecer. Otra opción de  despedida, también muy cortés, era la de salir sin sombrero, despedirse, y hacer una segunda despedida en el rellano o en la escalera, cubriéndose sólo al perder de vista al anfitrión.

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Por último, resta mencionar unos casos especiales donde hay que quitarse el sombrero:

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- Ante un entierro, ya sea el que nos cruzamos o al que asistimos. Mientras nos quitamos el sombrero, rezamos, además, el Padre Nuestro por el eterno descanso del difunto.

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- Al cruzarnos con una procesión. Si pasa el Santísimo, procuraremos arrodillarnos hasta que pase.

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- Ante la bandera nacional, permaneciendo en posición firme.

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En definitiva, los hombres deben quitarse el sombrero en manifestación de cortesía hacia la otra persona o emblema.

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Este artículo está dedicado a Ricardo, que le gusta mucho llevar sombrero : )

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Noelia Tari ©

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Los regalos en la vida social



La significación del regalo, como presente que una persona entrega a otra, ha cambiado drásticamente desde que se tiene conocimiento de su existencia. De erigirse como una dádiva  simbólica en tiempos primitivos, ha pasado a vulgarizarse a causa de una importante pérdida de valores surgida al calor del materialismo.

No voy a comenzar este artículo extrayendo la acepción de la RAE de la palabra regalo, porque se sobreentiende que todos tenemos una idea formada acerca de este, misma idea de la que se ampara la RAE para describir el vocablo. Si a un niño le pedimos que nos dibuje un regalo, seguramente trace una caja envuelta en ricos papeles adornados y coronada por un lazo o pompón de cintas. El comercio, con sus estrategias de escaparatismo, ha sabido explotar al máximo el atractivo del factor sorpresa que tanto cautiva a pequeños y grandes, creando prototipos que después todos imitamos e, incluso, representamos mentalmente y, por consiguiente, gráficamente.

Las sociedades avanzadas parece que tenemos un problema grave en la escala de valores. Conocí una persona hace ocho años (tiempos de bonanza en España) que ganaba seiscientos euros. Me mostró todo su arsenal de Prada y yo, lo primero que pensé, fue que serían regalos de su pareja. Luego vino su pareja y continuamos hablando sobre artículos de lo más “chic” y, con todo, terminaron dconfesándome que estaban en números rojos por todas esas absurdas compras. Ahí dejo, a quien me lea, sus apreciaciones o su juicio acerca de esta temeridad. Otro caso disparatado, tuve oportunidad de ver en el programa de Telecinco, De Buena Ley, donde una mujer llevaba a su pareja ante el árbitro para exigirle todos los regalos no efectuados en San Valentín. En estas fechas, los productores de rosas de Latinoamérica se enriquecen exportando la flor del amor al hemisferio norte y las multinacionales hacen su agosto con la manipulación emocional que hacen desde anuncios publicitarios de todos los medios de comunicación con mensajes como “Haz feliz a tu pareja con..” ó “Demuéstrale tu amor con…”.

Con lo expuesto, no se pretende rechazar el regalo como símbolo de afecto. Es, sencillamente, una invitación a la reflexión y a hacernos un pequeño examen de conciencia, reconociendo que la influencia de la publicidad, el consumismo, el afán de acumular y la despreciable costumbre de excitar la envidia se están imponiendo en nuestras vidas.

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1.- EL ALCANCE DEL REGALO EN TIEMPOS PRIMITIVOS

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En los pueblos primitivos nunca se concibió el valor utilitario del regalo, sino su valor simbólico. La entrega de un presente a un miembro de la tribu significaba lealtad. Prometerse esta virtud era sumamente importante en sociedades basadas en lazos de cooperación, y, curiosamente, el compromiso de fidelidad se sigue afianzando en nuestros días con el anillo de compromiso o de boda, que parece ser la última institución viva que sigue ritos ancestrales.

Se sabe que los pueblos salvajes celebraban ceremonias de distribución de riquezas. Estas ceremonias consistían en que el anfitrión donaba todas sus pertenencias al resto de vecinos de la tribu, aun a costa de arruinarse, para ascender de rango social. De esta manera, el regalar daba muestra de la voluntad de fidelidad del anfitrión al resto de la tribu, y ésta se lo compensaba ascendiéndole y reintegrándoselo más tarde. Esta devolución del regalo para corresponder del mismo modo al dador  ha perdurado hasta nuestros días, sobre todo en las bodas. Más adelante se desarrollará cómo ha ido evolucionando este peculiar rito.

Los regalos, entendidos como objetos tangibles, eran manufacturados, porque su valor dependía más de las horas aplicadas en su elaboración que de su valor económico o práctico. Y es que, antaño, se apreciaba el esfuerzo y el tiempo dedicado que sólo brota del individuo sin ánimo de lucro cuando hay afecto. Sabiendo esto, es evidente que el concepto de regalo se ha degradado a favor de un mero gasto económico hecho en una tienda, quedando muy atrás los trabajos de labor a aguja y rueca que tantas horas ocupaban a nuestras abuelas.

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2.- LOS REGALOS EN LAS CELEBRACIONES QUE ACONCTECEN EN LA VIDA SOCIAL: BAUTIZOS, COMUNIONES, PEDIDA DE MANO Y BODA

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Antes de explicar los diferentes presentes que han acompañado y que acompañan a los diferentes eventos de la vida social, resulta necesario señalar ciertas premisas en torno a ellos:

- No se debe regalar aquello que esté desacorde con las aspiraciones personales y con su status social. Por ejemplo, es ridículo regalar una lata de caviar ruso a un sacerdote o una corbata de Loewe a alguien quien, por su trabajo o por sus gustos, no la usará.

- No regalar bebidas fuertes.

- No se debe concretar jamás el regalo que se desea. Es tradición que algunos novios diseñen una lista de boda. Este caso se exime de esta norma porque la tradición contempla desde tiempos remotos la entrega de regalos, que son fáciles que coincidan. Más adelante se detallará el origen de la lista de bodas.

- Nadie se quejará de no recibir presente, esto tan sólo proyecta nuestra fatuidad.

- El regalo debe acompañarse de una nota o una tarjeta donde figurará un pequeño mensaje de felicitación, agradecimiento o palabras de cariño.

- Si no conocemos con profundidad a la persona agasajada, por ejemplo, una autoridad, hay que decantarse por un objeto decorativo que siempre es neutro y nunca por un objeto personal, pues se corre el riesgo de no acertar con sus gustos.

- No se deben regalar animales de compañía a no ser que conozcamos a fondo a la persona y sepamos si quiere asumir la responsabilidad de tener a su cargo una criatura. Si el animal es para un niño, se consultará  inexcusablemente a los padres.

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Todo lo redactado a continuación no es absolutamente preceptivo. Se abordan qué regalos han predominado en los diferentes acontecimientos de la vida social desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, dejando espacio a los consejos y al protocolo que rige su entrega.

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2.1.- El Bautizo
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En el bautizo del niño recién nacido, tradicionalmente, los padrinos han desempeñado una función importante. Siempre se ha dicho que los padrinos reemplazan a los padres del niño en el caso que éstos fallezcan, aunque lo cierto es que no se firma ningún contrato que así lo establezca. Los padrinos, en realidad, cuando se comprometen a tal posición, actúan como “padres espirituales” del niño, asumiendo su educación en la Fe cristiana en el caso que los padres falten, acordándose de él y agasajándole de manera especial en los días más destacados de su vida. Éstos son la primera comunión, su cumpleaños, su santo, su graduación o los éxitos, en definitiva, que obtenga en su vida hasta el día de contraer matrimonio, momento en el cual el individuo queda al amparo de su cónyuge. De esta manera, se colige que los padrinos ejercen un cargo de cierta responsabilidad.
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A finales del siglo XIX, el padrino regalaba al retoño una medalla de oro, la cubertería y el servicio de comida de plata con sus iniciales. A la madrina también le obsequiaba alguna cosa, puesto que a partir de ese momento le uniría un vínculo (el niño).
La madrina, por su parte, se encargaba de comprar el faldón, la capa y el gorro para el niño (traje de cristianar).
El padre corría con los gastos del bautizo (pila, misa, almuerzo si había). Si la familia era rica, le hacía un presente al sacerdote, al sacristán y al servicio doméstico de la casa (la nodriza, los criados, etc.).
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A mediados del siglo XX, los padrinos tenían confiada la obligación moral y económica del bautizo, aunque era común que el padrino, por su condición de varón,  asumiera los gastos (la pila, misa y almuerzo) y la madrina comprase el traje de cristianar del niño.
Se continuó con los regalos clásicos compuestos por cadena de oro con medalla, pulsera de identidad (esclava), servicio de comida grabado, etc. que eran donados por ambos padrinos.
Había costumbre de llevar pasteles o dulces al sacerdote, al médico que asistió el parto y a los concurrentes del acto (Casas, E, 1947) : Costumbres de Nacimiento, Casamiento y Muerte en España.
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En la actualidad, el bautizo se celebra de manera muy distinta a como se hacía antaño. Mientras que antiguamente se bautizaba al niño en los tres primeros días de nacer, imposibilitando la asistencia de la propia madre, ahora el bautizo se celebra al pasar unos meses. En otro artículo se detallará todo el protocolo mejor, pues ahora el asunto que nos compete es el de los regalos.
El bautizo debe celebrarse sin boato y entre el círculo familiar. Los regalos que recibe el bebé proceden de los abuelos y de los padrinos. El resto de invitados (tíos, primos, por ejemplo) ya habrán enviado con anterioridad el regalo a la madre el día del nacimiento, tanto si es para ella (flores, bombones), como si es para el pequeño (ropita, juguetes, útiles, etc.).
Los abuelos y los padrinos regalan los objetos simbólicos clásicos: cadena de oro con medalla, pulsera de identificación, escapulario, pulserita, pendientes. Todo de oro, salvo el escapulario, obviamente.
En muchos lugares sigue siendo tradición que la madrina regale el traje de cristianar.
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2.2.- La primera comunión
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La primera comunión es un acto religioso que ha quedado desvirtuado por la dimensión social de la celebración. Antiguamente, consistía en un acto centrado en la primera Eucaristía que tomaba el niño/a en la Iglesia. En la actualidad, desgraciadamente, la primera comunión se ha convertido en una fiesta/banquete equiparable, a veces, al de una boda, donde lo superficial cobra el máximo protagonismo.
No nos vamos a extender tampoco en los ritos y el protocolo de la primera comunión; como antes, damos paso a los regalos tradicionales que sirven de guía para llegar a los actuales. No olvidemos que las costumbres, muchas veces, son la guía de cómo obrar.
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A finales del siglo XIX, después del acto religioso en la Iglesia, sólo las familias acomodadas celebraban un festín, basado en un desayuno o un almuerzo en casa de los padres. Los comulgantes repartían entre los asistentes a la celebración pequeños recuerdos que consistían en libritos de piedad ricamente encuadernados en cuero o papel duro nacarado. En este libro constaba la el nombre del niño/a comulgante, la fecha de la primera comunión, plegarias u oraciones y alguna imagen simbólica.
El acto de la primera comunión, desde el punto de vista social, era entendido como un acto de caridad. Esta virtud era profesada por la madre del niño/a haciendo regalos a los compañeros de doctrina del niño, al sacerdote, a los criados y a los pobres. También los niños intercambiaban regalos entre sí, ya hubiera ricos con pobres, para que los ricos aprendieran a no desmerecer ofrendas de los inferiores.
Los comulgantes recibían presentes de toda la familia y amigos íntimos de esta: rosarios, libros religiosos y alhajas con motivos religiosos, fundamentalmente. Muchos padrinos regalaban la cadena y medalla de oro en la primera comunión en lugar de hacerlo en el bautizo, pues estas piezas la interpretaban (algunos) como la cesión de responsabilidades o la independencia en la Fe del niño/a.


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Siempre ha sido costumbre el exponer los regalos. La razón de esta antigua costumbre parece residir en el afán de aparentar, sobre todo en las bodas.
Esta vieja costumbre viene recogida en un manual de Antonio Armenteras, en la que explica cómo disponer los regalos “de cara al público”. Según él, en una mesa adornada, se colocaban los regalos junto con la tarjeta que los acompañó, de modo que podía adivinarse fácilmente el emisor del obsequio. Los regalos eran de una magnitud importante, pues los regalos que se hacen con este religioso motivo, son realmente de un valor desorbitado. La exposición que resultaba de toda la concentración de regalos era visitada por todos los invitados del evento quienes, al irse, recibían del comulgante un recordatorio religioso (una estampa, díptico un librito de piedad con todos los datos de la primera comunión).
La celebración consistía en un pequeño desayuno o almuerzo entre el ámbito familiar o más íntimo, y el alcance de la celebración dependía del nivel económico de la familia.
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En la actualidad, se advierte cómo la primera comunión cobra más importancia por la celebración que por el valor de la Eucaristía en sí misma. De hecho, es muy habitual que los niños que comulgan estén motivados por los cuantiosos regalos que saben que van a recibir. Es absolutamente opuesto a la fe cristiana incitar a los niños a que hagan la primera comunión señalándoles como fin la fiesta y los regalos materiales. La reunión familiar que antes se hacía, una vez terminado el acto en la Iglesia, conmemoraba el sacramento y no otra cosa, por eso se hacía en el círculo más íntimo. Ahora, por el contrario, la comunión se ha convertido en un acto social similar al de la boda, donde el dispendio y la devolución de la invitación son inherentes.

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Los regalos que se acostumbran a hacer actualmente son: un reloj, cadena de oro con medalla, pulsera con sortija (niñas), pulsera de identificación, muñeca de comunión (niñas), material escolar (bolígrafos, plumas, etc.), juguetes y accesorios de aseo. Los padrinos vuelven a regalar las alhajas que regalaron en el bautizo porque, naturalmente, les vienen pequeñas.

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2.3.- La petición de mano

La petición de mano es un protocolo tradicional de carácter formal en el que los padres del novio piden a los padres de la novia consentimiento para casarla con su hijo.

Antiguamente,  significaba el reconocimiento formal del noviazgo o de compromiso, compromiso que abocaba al matrimonio. En la actualidad, la petición de mano se hace una vez la pareja ha vivido cierto tiempo como novios, y no se pide la mano de la novia a los suegros. Consiste en un acto simbólico de demostración de amor y compromiso delante de la familia y los seres queridos.

Este acto no se estila tanto actualmente, pero no hay nada que impida el no hacerlo, salvo la capacidad económica.

El protocolo no es tan estricto como antaño, ya que, tanto la novia como el novio conocen a los suegros y a menudo se han sentado a comer juntos.
La tradición de este paso crucial en la vida de los cónyuges se remonta a tiempos muy lejanos, donde el regalo o agasajo desempeñaban un papel esencial. Cuenta William J. Fielding, en su obra Curiosas Costumbres de Noviazgo y Matrimonio, que los aborígenes norteamericanos hacían regalos al suegro para aprobar el noviazgo. Si los rechazaba, reprobaba la unión, y si los aceptaba, la autorizaba. Esta práctica contribuyó a extender el matrimonio por compra.

En el siglo XIX, los rituales que precedían a la boda eran, por orden, tres:

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- La petición de mano, en la que los padres del novio pedían la mano de la novia. Daba comienzo, así, al noviazgo ratificado o el compromiso de la unión.
- Los esponsales, donde se confirmaba el compromiso por medio de la entrega del anillo o pulsera a ella y un reloj a él.
- El contrato, donde se establecían las partes que tenían que aportar por ambas partes (dote,patrimonio, herencia, etc.). Tenía cita en casa de los padres de la novia unos días antes de la boda. A partir de ese día, se hacían los regalos de boda por parte de los parientes y amigos.

El Francia, el día del contrato, los padres de novio enviaban a casa de los padres de la novia la llamada canastilla de boda o trousseau. Se trataba de una canastilla en forma de baúl, revestida de seda blanca y coronada por un ramito de flores con un lazo que caía. Esta canastilla contenía, según la baronesa Staffe, vestidos de seda, de terciopelo, ropa blanca (interior) con las iniciales de su apellido y del marido bordadas, encajes, alhajas y joyas de familia, abrigos de piel, limosnera con monedas de oro nuevas y un devocionario. Por supuesto, la riqueza de la canastilla variaba en función del capital de la familia del novio.
La costumbre de incluir joyas y objetos suntuosos en la canastilla o cofrecillo de bodas viene del siglo XVI. De hecho, cuenta Enrique Casas que las novias medían el amor del novio según el peso de la cadena de oro que éste les regalaba. Más tarde, en la época del romanticismo, se ponen de moda las alhajas de todo tipo en las vestimentas de los caballeros  (blasones, armaduras, medallas, escudos, etc.), adornos que servirían de influjo a las joyas de las damas. Puesto que se pusieron también de moda, pasaron a formar parte del ajuar.

De estas tres fases, desde principios del siglo XX, prácticamente sólo se celebra la petición o pedida de mano, que corresponde a la antigua ceremonia de los esponsales y  a la petición, todo aunado en un sólo acto.  El protocolo que sigue la petición no debe detallarse en este artículo pero pasaremos a explicarlo de una manera somera: el novio, junto sus padres, hace una visita a casa de los padres de la novia con el fin de acordar el compromiso. Hoy se ha desterrado contrato, no se pide consentimiento a los suegros ni se establece la dote como se hacía antiguamente, pues del ritual tradicional sólo quedan los vestigios más adaptables a la vida moderna. Y como la misión del matrimonio, regida en el sacramento del matrimonio, es la misma, continúa entregándose el anillo de compromiso a la novia, como símbolo de unión y fidelidad.

¿Debería ofrecerse al novio también un anillo de compromiso? El protocolo tradicional establece que la novia le corresponde al novio con regalos de menos valor, un reloj si venía de una familia solvente, o una petaca. Hoy, regalar un reloj no supone un dispendio exagerado; además, carece de simbolismo, de modo que no es obligado obsequiar con este accesorio. Puede ser cualquier cosa que sea del gusto del futuro esposo.

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Si no se celebra la pedida de mano, no hay ningún impedimento para que el novio regale a la novia un anillo de compromiso. La entrega del anillo, más que una tradición, ha perdurado como una ceremonia romántica o una demostración de amor muy influenciada por las producciones cinematográficas y las novelas. Es el claro ejemplo de regalo simbólico.
Y hablando de novelas y películas, me gustaría hacer mención al zapato de la Cenicienta. En la tradición germana, el regalar zapatos goza de un significado muy importante. Enrique Casas (1947) decía que poner los zapatos a una mujer era un acto que legitimaba el matrimonio, de ahí que la puesta del zapato de cristal en el cuento La Cenicienta sellara el amor entre el príncipe y la doncella. Otra muestra del simbolismo del zapato lo encontramos en el antiguo dicho español que reza que quien ha encontrado a su futuro/a contrayente ha encontrado su zapato. Enrique Casas también señala que, en las tradiciones portuguesas, dos enamorados que se cambian las botas quedan prometidos en matrimonio. Así, el zapato alberga un simbolismo similar al del anillo en algunas culturas.

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Pero no sólo el zapato y el anillo afianzan la unión. Hay multitud de objetos/ritos simbólicos que actúan como ligamento del noviazgo. Un ejemplo curioso lo encontramos en las tradiciones de Japón: si al hombre le gusta la mujer que su familia le ha buscado, éste le regala un abanico. Por su parte, los padres de la novia aportan toda la ropa que la futura esposa necesitará el resto de su vida en concepto de dote.

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2.4.- Los regalos de boda

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Desde el punto de la religión cristiana, el matrimonio es el acto más importante de la vida del hombre. El concepto de matrimonio no ha cambiado apenas desde que se tiene conocimiento de su práctica. Por fortuna, el rol de la mujer es lo único que ha cambiado en la mayoría de las culturas, pues el género femenino ha sido tratado con dura opresión, salvo en aquellas donde dominaba el matriarcado. Platón decía que el deber de la mujer era gobernar bien la casa y estar sometida al marido, y Aristóteles sostenía que el hombre está llamado por la naturaleza a mandar en la mujer. Sabiendo esto, debemos sentirnos afortunados de vivir en el siglo XXI, aunque por desgracia, aún, el machismo subsiste en muchas religiones del mundo, como en la musulmana o en la hinduista.

En los pueblos primitivos, los regalos se hacían de pretendiente a suegro para buscar las simpatías y aprobar la relación, de tal manera que la novia no tenía derecho a elección. Sin embargo, el matrimonio cristiano establece que los cónyuges se unan por su propia decisión, a pesar que antaño e, incluso, hoy día, se registran muchísimos matrimonios por mero interés económico. El quid se encuentra en que antiguamente los regalos intervenían como precio por la mano de la novia y hoy por lo que todos sabemos: agasajo, afecto y recuerdo.

Antaño, los regalos de boda se llevaban a casa de la novia unas semanas antes de la ceremonia nupcial. Si el regalo lo hacía un amigo del novio que no conocía apenas a la novia, los regalos se enviaban, en este caso, a casa del novio.
Actualmente, en las bodas es frecuente dar dinero en concepto del cubierto para que así los novios sufraguen los gastos del banquete. Los novios, normalmente, prefieren que se entregue dinero o un cheque, pues los enseres y equipos del hogar ya hace un tiempo que están comprados, ya que la pareja ha convivido en la misma casa. No obstante, el obsequiar dinero no es una costumbre nueva. En el siglo XIX, la baronesa Staffe decía en su libro, La elegancia en la vida social, que los parientes solteros regalaban una bolsa con monedas de oro, una cartera con billetes de banco o un cheque. La misma autora disponía las distintas asignaciones que debía hacer el resto de invitados: un amigo soltero de los novios regalaba un objeto útil para la casa (cristalería, vajilla, lámpara, cubertería…); un amigo del novio se permitía regalar un objeto personal al novio (gemelos, cartera, alfiler de corbata, etc.); y una amiga de la novia podía regalar una pieza exclusiva para su amiga, como un pañuelo bordado por ella misma, alguna joya o encajes. También era tradición que el novio agasajase a la hermana de la novia con una alhaja, regalo que “no se devuelve“, decía la baronesa.

Con esta expresión, se deduce que el refinado círculo de la baronesa Staffe practicaba la costumbre primitiva de regalos con obligación a devolución o regalos préstamo. El regalo con obligación a devolución o préstamo era aquel que debía reintegrarse en la próxima boda del donante o, si estaba ya casado, en la boda de sus hijo o nietos. Por una cuestión de decoro, parece que al regalo de la boda nunca se le designó abiertamente regalo préstamo, pero socialmente tenía pautada esta norma.
En bodas tradicionales de chinos, musulmanes y gitanos, los regalos y las donaciones en metálico se airean de forma expedita y, en el caso de los musulmanes y chinos, se anotaban para después devolver un presente equivalente en valor en la boda del donante. En el caso que el donante no se casara nunca, no tenía derecho a reclamarlo. Si no se podía asistir a la boda por alguna razón, el regalo tenía que ser enviado, pues así lo establecía la norma social.

En España, fue costumbre el acto de exponer los regalos y enseñar el ajuar, salvo el íntimo, a todos los concurrentes de la boda. Esta arcaica usanza consistía en abrir las puertas de la futura casa a los invitados de la boda una semana antes de la boda  para que vieran los regalos. Parece ser que esta costumbre nació de la propia presunción, para fingir abundancia, o del disimulo, para evitar parecer pobres. Hoy día, esta práctica está casi desaparecida, pero no del todo erradicada, ya que subsiste el costumbre de enseñar la casa al invitado que entra por primera vez como herencia de la costumbre anterior.

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La lista de boda

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La coincidencia de los regalos dio origen a la lista de bodas a mediados del siglo XX. La lista de bodas es un inventario de artículos que los novios seleccionan en un establecimiento comercial y del que los invitados se sirven para comprar uno o varios de ellos.
La ventaja de la lista de bodas está en que los novios escogen los artículos que son de su gusto, evitando objetos prescindibles así como la coincidencia de ellos. Sin embargo, los objetos listados no terminan siendo regalos, ya que la esencia del regalo está en que encierre algo del magnetismo personal del dador.
Tradicionalmente, la lista de regalos se confeccionaba en dos tipos de establecimientos:  uno de ellos especializado en artículos de plata, para seleccionar servicios de mesa, recipientes, figuras, etc.;  y otro en tiendas de menaje del hogar, donde se escogían vajillas, ropa de hogar, cristalerías, etc.

Los novios cada vez acostumbran menos a elaborar lista de boda, prefiriendo la entrega de dinero. El tiempo nos irá habituando a esta moderna práctica cada vez más frecuente. Respecto a este tema, es importante resaltar que es de mal gusto poner el número de cuenta en la invitación de boda para que nos ingresen ahí el dinero, porque es el equivalente de pedir el regalo, y un regalo nunca se solicita.

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A continuación, mostramos un fragmento del libro de Enrique Casas (1947), Costumbres Españolas de Nacimiento, Noviazgo, Casamiento y Muerte , sobre los presentes que los convidados hacían en las bodas del medio rural.

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Regalos simbólicos

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Los regalos simbólicos de boda son aquellos que se regalan con motivo del enlace. No hay que confundiros con los de compromiso, es decir, aquellos que sellan el compromiso a través de su segundo significado. Este segundo significado, atribuido por el hombre, es el valor simbólico.

Es tradición que el novio regale a su prometida el vestido de novia. En muchos pueblos de España, el vestido que lucía la novia provenía de sus antepasadas. Esta costumbre tener su origen en Oriente, donde el novio, en la boda, echaba un manto sobre la novia.

El valor simbólico del vestido de novia ha sido muy apreciado en casi todas las culturas. En Japón, las princesas llevan casándose desde hace más de mil años con el junihitoe (doce kimonos o doce capas), una vestimenta ceremonial usada por las  emperatrices del país; por este motivo, posee un valor simbólico y económico indecible.

Otro regalo simbólico curioso, aunque remoto, aparece de nuevo en el libro de Enrique Casas. El autor reza que, antiguamente (el libro es de 1947), a la casada se le llevaba al día siguiente de la boda lino, rueca, huso, agujas, tijeras, etc, para darle a entender que no se casaba para estar ociosa.
Pero sin duda alguna, el mejor regalo simbólico es aquel cuyo significado pueden entenderlo unas pocas personas o, mejor, dos personas, porque se precisa complicidad y entendimiento. El dos es el primer número par; de él deriva la palabra pareja; de pareja, emparentar; de emparentar, parientes. Es muy probable que una pareja de enamorados ideara estas prácticas y trascendieran a sus descendientes, convirtiéndose en costumbres y, al final, en la guía de obrar del hombre.

Es muy posible, porque el amor es originalidad e inspiración.

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Noelia Tari

El significado de los caballeros y las damas de honor en una boda

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Las damas de honor forman una bella institución en una boda, ya sea aquí o en cualquier otro lugar del mundo, pues este componente del cortejo nupcial ha estado presente en todos los países desde que se tiene constancia de los enlaces nupciales.

La idea que tenemos en España de las damas de honor es la de dos o varias mujeres jóvenes que acompañan a la novia en su recorrido en el cortejo nupcial hasta el altar. El cortejo comienza cuando los novios salen de su casa camino hacia la Iglesia o espacio donde vaya a tener lugar la ceremonia. Las damas de honor acompañan a la novia durante todo el cortejo, desde que sube al coche, momento en el que la ayudan en este trabajo, hasta que se acerca al altar, donde la acicalarán en todo momento la cola del vestido, el velo y todos los elementos que puedan verse malogrados. Son una especie de doncellas o de la novia.

En otros países, las damas de honor adquieren un cargo más importante en la boda que en España, viéndose, por ello, multiplicado el número de chicas. Las damas de honor no sólo tienen allá la misión de arreglar el vestido de la novia, sino además de ayudarla en vestirla, preparar la boda y llevar la colocación de los invitados en la Iglesia y en banquete. En muchos países, además, está instaurada la figura de los caballeros de honor (bridesman). Los caballeros de honor, actualmente, se encargan igualmente de las atenciones a los invitados y en el cuidado de la novia. Son elegidos entre los hermanos y primos de los contrayentes o, en su defecto, entre los amigos del novio. Los cometidos de los caballeros de honor se han transformado completamente a lo largo de la historia. Curiosamente, este papel tan cortés que se ha descrito fue, en un pasado, todo lo contrario, pues parece ser que los caballeros de honor eran  amigos del novio que lo ayudaban en la operación del rapto de la novia para luego casarse con ella. Como es natural, la familia de la novia se oponía, siendo frecuentes las luchas, de modo que el novio precisaba de protección. Estos acompañantes eran, así, una especie de escoltas y padrinos del novio. Pero esto era así en tiempos muy remotos, primitivos.

Después, los caballeros de honor pasaron a intervenir como testigos de la boda. En la Edad Media, existían estos acompañantes pero no como testigos, sino como lacayos de la novia, igual que las damas de honor. En los tiempos modernos, los caballeros de honor tienen funciones similares a los de las damas de honor durante la boda, donde dama de honor y caballero de honor formaban pareja, aunque sin serlo realmente. Por ello, días antes de la boda, se hacen presentar a las damas y los caballeros de honor. Esta organización en pareja obedece a la costumbre tradicional de acompañar siempre a una dama.

Uno de las tareas exclusivas de los caballeros de honor es la de cortar y repartir las porciones del pastel nupcial a los invitados, aunque no hay que olvidar que es la novia la que parte el primer trozo.

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NoviUna novia con su corte de honor. Años 50

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El origen de las damas de honor se remonta también a tiempos primitivos, cuando existía la sañuda costumbre del matrimonio por rapto. Este procedimiento consistía en capturar a la novia, aun salvando los obstáculos y resistencias que ponía tanto la novia como su familia. Las damas de honor no son más que una alegoría a los guardianes de la novia ante su rapto, o sea, sus protectoras o madrinas. Por esta razón, las damas de honor siguen el paso de la novia hacia el altar, para ampararla en todo momento. A las damas de honor también se las denomina madrinas de honor, por su carácter de protector (recordemos a la hada madrina de Cenicienta).

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Las damas de honor han existido en todas las culturas del mundo, incluso en Japón, tan distante de las costumbres del mundo occidental. Aquí, el casamiento tradicional es así: la novia se dirige hacia la casa de la familia del novio acompañada de su cortejo nupcial. Una vez en casa del novio, entra custodiada con dos amigas de la infancia que interceden en la parte de la novia. A estas madrinas de la novia se las conoce allí como mariposas (chou).

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En lo referente a la elección de las damas de honor, lo habitual es seleccionarlas entre las hermanas o primas de la novia o, en su defecto, entre las amigas de la novia. Deben ser jóvenes, no rebasando lo cuarenta años. Del mismo modo, tampoco resulta adecuado que una novia entrada en años disponga de damas de honor.

Las damas de honor también pueden ser niñas no muy pequeñas, de entre nueve y doce años de edad.

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Tradicionalmente, la novia era la que escogía la indumentaria o las telas para encargar la confección del vestido de sus damas de honor, para que su atuendo  fuera en consonancia con el estilo de la boda.  Común era  también el que esta corte fuera vestida de blanco. Muchas de estas usanzas han cambiado, y hoy hay total libertad para que las damas de honor elijan su vestido, siempre que se pongan de acuerdo entre ellas.

Lo normal es el vestido largo de color único, a conjunto con un pequeño ramo de flores.

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Corte de honor de la condesa Emanuela de Dampierre, compuesto por niñas. Año 1935

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Noelia Tari ©

Las flores de la novia

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El ramo de flores es uno de los atributos más representativos en una novia, tanto que, en la actualidad, intenta ajustarse a las tendencias en flores e, incluso, se procura que haya sintonía con el vestido. Con esto de la moda y con el devenir del tiempo, ambos renovadores de las tradiciones, el clásico azahar, flor por antonomasia de los enlaces nupciales, ha ido cayendo en desuso, en detrimento de múltiples clases de flores con sus más variopintos colores.



Las normas en las flores de la novia son sencillas, pero las que predominan y se toman como aceptadas constituyen el protocolo. Muchas costumbres que hoy están desfasadas han participado en la construcción del protocolo actual, pues hay aspectos que se han mantenido aun olvidando su significado inicial; todo ello en un intento de continuar la tradición. En este artículo vamos a hacer referencia a la impronta de  las flores en la novia y  su constatación en obras literaria antiguas para contribuir al entendimiento de su por qué.

Desde tiempos inmemoriales, la flor del naranjo, el azahar, ha sido símbolo de los enlaces matrimoniales. Esta bella y perfumada flor, frecuente en regiones templadas, fue trasladada por los cruzados desde Asia, de donde era originaria, a Europa. Ya antes, entre el azahar y el matrimonio se había forjado una alegoría: la floración del naranjo y su posterior fruto siempre se ha equiparado con los principales estadios del matrimonio, es decir, la felicidad y la fecundidad.  De esta manera, el azahar simboliza la fertilidad. Si a esto le  añadimos la leyenda de la mitología clásica que narra que el dios Júpiter le entregó a Juno una naranja el día de su boda, la relación entre el naranjo y el enlace matrimonial se estrecha cada vez más. Eso sí, el naranjo era conocido como el árbol de las manzanas doradas.

Hoy en día, esta ancestral idea de la fertilidad se ha mitigado, pues el matrimonio se sostiene sobre  otra serie de motivaciones, entre ellas el amor y el afecto. Pero existe otra serie de prácticas que simbolizan la fertilidad que todavía se dejan ver. Así, por ejemplo, en la Edad Media, era costumbre que dos niñas vestidas iguales (generalmente hermanas) presidieran el cortejo nupcial portando espigas de trigo que simbolizaban la fertilidad. Este mismo cereal era arrojado al aire por el rabino que oficiaba la boda en Israel como parte del ritual nupcial.

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La diadema de flores

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En tiempos remotos, la novia se cortaba el cabello cuando contraía matrimonio como señal de sumisión total al marido, quedando privada de los encantos propios de su sexo. Los egipcios suavizaron esta cruel práctica, de modo que, en lugar de cortar el cabello, éste era recogido tras la boda, lo que propició que las novias mantuvieran a partir de entonces su diadema de flores o la “corona gloriosa” durante la boda, según reza  el libro Curiosas Costumbres de Noviazgo y Matrimonio.

Y es que la diadema de flores de azahar ha sido un gran clásico en la indumentaria de la novia. Prueba de ello la encontramos en un fragmento de la obra teatral Bodas de Sangre, de Federico García Lorca:
Criada: “El azahar te lo voy a poner desde aquí hasta aquí, de modo que la corona luzca sobre el peinado. (Le pone un ramo de azahar)”. (Acto segundo. Cuadro primero).

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Origen de arrojar el ramo

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La costumbre de tirar el ramo la novia no es más que la versión moderna de tirar la liga, tradición recurrente en la Francia del siglo XIV. Esta práctica derivó después en tirar una de las medias (tirar la media), pero como no era una prenda fácil de quitar, se comenzó a arrojar, en su lugar, el ramo de flores. Actualmente, esta última operación persiste y se hace cuando la novia ya está casada, normalmente durante el banquete de bodas. La novia insta a las solteras a que se congreguen para atrapar el ramo, lo tira y se dice que quien lo consiga será la próxima en contraer matrimonio.

Otras novias optan por darle al ramo un uso de ofrenda a una virgen, un santo o al nicho de un familiar fallecido. Así, la Princesa Letizia Ortiz entregó su ramo de novia a la Virgen de Atocha por propia voluntad y deseo.

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Las flores de azahar en las bodas

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Las flores siempre han acompañado a las ceremonias de raigambre. A cada celebración le corresponde un tipo u otro, pues no es lo mismo la primera boda, invadida de flores blancas, evocadoras de juventud, que unas bodas de oro, caracterizada con rosas y pensamientos. Es tal la vinculación del azahar con la boda que, en un libro del siglo XIX, se describe que el azahar estaba presente en la mesa del banquete formando guirnaldas, en el pastel nupcial e, incluso, en las cabezas de los caballos. Uno de los fragmentos es éste: “Ramitos de flor de azahar, rosas blancas y mirto anudado con cintas de raso blanco adornan el ojal de la levita o frac de todos los servidores y la cabeza de los caballos de los coches”. (Baronesa de Staffe. La Elegancia en la Vida Social. Ed. Saturnino Calleja).


También hay otras flores muy frecuentes en el ramo de la novia, que son el mirto o arrayán, las rosas y los lirios, todos muy vinculados al sentimiento amoroso; pero es el azahar el que ocupa más contenidos y testimonios.
El ramo de la novia es tan importante que, sin él, la novia y su cortejo no puede partir hacia la Iglesia. La tradición manda que los contrayentes aquél día no pueden verse hasta reunirse en el templo, pero el novio ha de ser el que le haga llegar a la novia su ramo ese mismo día. De esta manera, deberá ingeniárselas para no ser visto o delegar a pariente cercano este propósito. Hay un fragmento muy acertado de la novelista Luisa María Linares que relata muy bien cómo sucede esto y las sensaciones que suscita:

“ – Adelante – dijo en respuesta a unos golpecitos dados en la puerta. Sin duda sería la doncella, que había entrado y salido varias veces. Pero nadie atendió a su invitación, y, poniéndose rápidamente la túnica, entreabrió una rendija, lanzando en seguida una exclamación alegre. Ninguna persona aguardaba fuera, pero a sus pies, sobre una profusión de verdes helechos, descansaba un artístico ramo de flores blancas que exhalaban un penetrante perfume. Miró a la derecha e izquierda (…). ¿Quién habría llevado aquellas flores hasta allí? Al agacharse para cogerlas salió de dudas. ¡Eran de Max! En un pequeño papal había escrito con su letra de caracteres enérgicos e inconfundibles: “Flores blancas para mi novia”.” (Linares, L.M., 1957, 188).

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Una vez la novia tiene en su poder el ramo, sale de su casa con el cortejo nupcial y no abandona sus flores salvo cuando tenga que emplear las manos para orar, intercambiar los anillos o sentarse.

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Noelia Tari

El significado del velo de la novia

Velo de novia

El velo de la novia es una de las prendas inmanentes de la tradición nupcial. De hecho, su presencia consta en las primeras narraciones sobre bodas. Su vigencia en la celebración nupcial es muy antigua, primitiva; pero ha perdurado hasta nuestros días, como muchos otros elementos nupciales.

El velo de la novia se incluye en el elenco de atributos tradicionales de la boda. Su significado actual dista notablemente del que tenía en un primer momento, pero su presencia ha continuado debido a la solemnidad que comporta el ceremonial del matrimonio.

La vinculación del velo con el casamiento se averigua al analizar la palabra nupcias (matrimonio). El vocablo nupcias procede del latín “nubere”, que significa “velo” y/ó “para casarse”, indicando que la mujer iba en la Antigua Roma cubierta de un velo para contraer matrimonio.  Pero el velo de la novia no hay que situarlo sólo en época Romana, sino mucho antes.  Se remonta a tiempos primitivos y, hasta no hace muchos siglos, ha estado ligado a la obediencia o a la sumisión. Y no sólo las novias portaban el velo manifestando su acatamiento, sino también las monjas como símbolo de sumisión a Dios. Es por esta razón por la que se las conoce como “esposas de Cristo”.

Pero aparte del servilismo que debía rendir la mujer al esposo, les citaremos segundos significados del velo de la novia en otras culturas: En algunos pueblos árabes, los novios no se ven hasta el día del enlace matrimonia, y es ese día cuando el novio descubre el rostro de su esposa una vez le levanta el velo. Lo cierto es que esta costumbre de levantar el velo a la novia ha traspasado fronteras, aunque en el mundo occidental sí había conocimiento de quién era su contrayente. Aquí, en Europa, se ha consagrado la costumbre de descubrir el rostro de la novia para besarla tras el “puede besar a la novia”. Este beso tiene como significado el sello del amor y promesa de respeto. Ya en la Antigua Roma el beso se traducía como promesa, de hecho.

En el libro Vida Conyugal y Sexual (Moragas, V. y Corominas, F. Año 1964) se relatan dos significados del velo también muy en la línea de la sumisión: en Japón, la novia salía de su casa hacia el lugar de la ceremonia cubierta hasta los pies de un largo velo que simbolizaba un sudario. Este sudario significa que ha muerto para su familia, pasando a vivir sólo para y por el esposo. Tanto el velo como el vestido eran completamente blancos, color que simboliza el estado virginal.

De la Antigua Persia el mismo autor nos cuenta que la novia, el día de la boda, era conducida en camello o a pie (según las rentas) a casa del novio, e iba totalmente cubierta con un velo para evitar el mal de ojo.

El velo de la novia, de esta manera, no está exclusivamente reservado a las bodas canónicas (por la Iglesia Católica), ya que ha sido una prenda común en todas las culturas.  Si va a optar por una boda civil también podrá llevar el velo.

En la boda canónica, es costumbre que la novia salga de casa de sus padres (donde ha permanecido ese día para vestirse) con el velo encubriéndole el rostro. El velo lo portará así hasta que el sacerdote ordene el beso con el  proverbial “puede besar a la novia”,  que coronará la ceremonia. El velo, por lo común, lo descubre el sacerdote. Una vez que los novios se han besado como señal de unión, la novia permanecerá toda la jornada con el velo descubierto.

El velo de la novia y la cola del vestido, si son de longitud considerable y entrañan peligro de tropiezo, han de ser acicalados durante la boda por las damas de honor. Las damas de honor arreglarán el velo y la cola del vestido de la novia si se arruga durante su paso por la Iglesia, al sentarse en el presbiterio, al bajar del automóvil, etc. Harán las veces de doncellas de la figura más admirable en aquel día tan especial.

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© Noelia Tari

Historia del pastel nupcial


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Hoy nos resulta difícil imaginar una celebración de boda sin aquél pastel de color blanco que tanto caracteriza los enlaces matrimoniales. Pero no sólo el blanco del pastel es consustancial de una boda, sino también las figuritas de novios que encumbran aquella gran obra de pastelería. Estos elementos, al igual que el resto de detalles de la ceremonia, no son más que una herencia del pasado.

Desde siempre, los festines que han acompañado a los episodios importantes han sido celebrados con manjares en una manera de compartir la dicha del respetivo evento. Esta práctica, llevada a curso desde hace miles de años, es una de las múltiples que perduran en la actualidad.

La boda o el enlace matrimonial tiene como significado original el paso de un hogar, bajo el amparo de los padres, a la creación de otro nuevo. Es un cambio de vida que, desde antiguo, ha ido precedido de ritos y ceremonias para prosperar el nuevo hogar que se va a gestar. Pero no sólo la invocación a divinidades constituían los ritos benefactores; muchas prácticas que hoy persisten han guardado, desde antaño, un fondo supersticioso: tirar arroz o trigo, arrojar el ramo de la novia, llevar algo azul la novia, tirar el zapato, llevar en brazos a la salida de la iglesia, etc. Todas estas prácticas, que no son más que costumbres, las iremos abordando en la web poco a poco, pues la consulta bibliográfica antigua resulta esencial para este cometido.

El pastel de boda, llamado también pastel nupcial, tarta de bodas o torta de bodas, parece tener su origen en la confarreación de la Antigua Roma. La confarreación o confarreatio fue una fórmula de matrimonio implantada por Rómulo (s.VIII a.C) reservada exclusivamente para los patricios, que era la clase aristocrática con plenitud de derechos. Sobre la confarreatio romana, el autor Roger Moragas, V., en el libro Vida Conyugal y Sexual, nos explica en qué consistía: “Debía hacerse en presencia de diez testigos, pronunciando ciertas y determinadas palabras y celebrándose un solemne sacrificio. En el acto de contraerse esta unión, se esparcía farro sobre las víctimas del sacrificio, y los contrayentes comían pan hecho con harina de farro. De ahí deriva el nombre confarreación.” De esta manera, los novios ingerían una especie de pan de harina de farro (una especie de cereal), como ritual de la boda. Esta costumbre ha permanecido hasta nuestros días, igual que la presencia de testigos y otras.

Antiguamente, en Inglaterra, era habitual que durante la ceremonia de boda se repartieran en cestos galletas entre los invitados, y las que sobraban se repartieran entre los pobres. Más adelante, los cestos de galletas se reemplazaron por pilas de buñuelos picantes que se ubicaban sobre la mesa del banquete. Se decía que los novios, si lograban besarse sobre la pila de buñuelos, gozarían de buena suerte.

Más tarde, un pastelero francés viajó a Inglaterra y presenció las pilas de buñuelos y pensó que, cubriendo ese montón con una capa de azúcar, se lograría la compacidad de la pila. Fue así como el dulce de la boda fue adquiriendo su apariencia actual, sobre todo con la eclosión de los adornos del barroco, que plagaron de ornato tanto alimentos como utensilios de mesa.

Sobre el pastel nupcial se circunscriben varios mitos. Tradicionalmente se escondía un anillo dentro de la masa del pastel. Se decía que a quien le tocara en su porción sería el próximo en contraer matrimonio. Luego está la costumbre del corte del pastel: la novia debe ser la primera que, con el cuchillo, corte la tarta, pues si alguien lo hace antes, causará la ruptura del matrimonio, según supersticiones. Antiguamente, el marido servía la primera porción a su esposa y el resto de trozos tenían que ser servidos por los caballeros de honor de la novia, que son los acompañantes de las damas de honor, cuya función es velar por los cuidados de la boda. Esta tradición era así al menos en Francia, pues en España no se ha estilado como en otros países el contar con caballeros de honor.

En la actualidad, el pastel nupcial se ha reinventado: frutas, almendras y adornos, como flores y muñequitos de novios, lo visten. Se mantiene el color blanco que le confiere el merengue, como símbolo de pureza. En la fotografía mostramos un clásico pastel de boda del año 1984 elaborado con bizcocho de almendras, cobertura de merengue y salpicado de unas guindas rojas.
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© Noelia Tari

El origen del anillo de compromiso y boda

En la sociedad actual, hay establecidas una serie de costumbres y rituales del matrimonio que son imprescindibles para afianzar la ceremonia de este importante paso en la vida del hombre. Muchos de nosotros desconocemos las raíces de estas costumbres, pero las seguimos llevando a práctica en una manera de seguir las tradiciones. Este artículo explica cómo la entrega del anillo o sortija de compromiso ha perpetuado hasta nuestros días, a pesar que su significado ha perecido, adaptándose a los tiempos modernos.

Resulta necesario remitirse al matrimonio primitivo para entender el origen del anillo de compromiso. Hasta el siglo XVIII, imperaba el matrimonio como fórmula de contrato económico entre las familias de los contrayentes. No importaba que la pareja no estuviera enamorada, es más, el amor era considerado pasión y no afecto como hoy entendemos. El matrimonio era un paso vital y trascendental, pues significaba el paso de un hogar, bajo el amparo paternal, al comienzo de otro nuevo, esta vez como progenitores de una nueva generación. Este paso tan cardinal se daba a través de un conjunto de ritos y ceremonias que tenían como fin la protección y bendición del nuevo matrimonio.
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Origen y curiosidades de La Boda

La Boda tiene su origen como fiestas populares y no como servicio estrictamente religioso como podría pensarse. Posteriormente las bodas se fueron transformando en rituales eclesiásticos con mayor significado.

En la antigüedad el novio enamorado raptaba a la novia y era todo un ritual en el que amigos del novio llegaban a acompañarle a fin de garantizar el rapto de la amada; a su vez, la novia se rodeaba de sus amigos para protegerse del rapto, su mejor amiga permanecía siempre con ella para protegerla, la que sería actualemente la Dama de Honor.

Inicialmente el traje de la novia no tenía por qué ser blanco, lo impuso así, posteriormente, la Reina Victoria de Inglaterra en representación de pureza y castidad…

La liga de la novia marcaba el límite de lo prohibido antes de contraer matrimonio…

La expresión “luna de miel” es originaria de la antigua cultura galesa cuando los recién casados se quedaban solos durante unos días a contemplar la luna y comer, principalmente, dulces de frutas.

En la antigua Grecia la edad de las mujeres comenzaba a computarse desde el día de su boda…

La costumbre de tirar arroz -u otras semillas- a los novios recién casados es señal de deseo de  fertilidad y prosperidad. La tradición se remonta a épocas en que era importantísimo tener hijos para  que la familia creciera, teniendo mano de obra, y prosperase económicamente.

La petición de mano…

La petición de mano es un acto protocolario, y se remonta a  la antigüedad cuando era preciso el consentimiento expreso de los padres.

Generalmente es un acto previo a la boda, ya que en el transcurso del mismo suele anunciarse los distintos detalles de la futura ceremonia.

El acto protocolario de la petición de mano pretende formalizar ante la sociedad el compromiso de los novios y, sobretodo, ante ambas familias.

En la actualidad lo normal es que ya se conozcan las familias de los novios, pero el procotolo dice que en dicho acto se presentan y conocen los distintos miembros de ambas familias.

La petición de mano en sí:

Lo habitual es que los padres del novio acudan con éste a la casa de los padres de la novia para hacer la petición de mano para su hijo, se celebra una especial comida o cena. El protocolo indica que la petición debe realizarse antes de la comida aunque muchas veces se realiza directamente en la comida.

Los novios son los encargados de ir presentado a ambas familias.

En el postre de la comida o cena, los novios se intercambian unos regalos, en el protocolo riguroso la novia regala un reloj y el novio un anillo de compromiso, pero esto en la actualidad es flexible y se pueden obsequiar otras cosas.

Al finalizar la cena, el padre de la novia propone un brindis relacionado con la pareja de novios.