Los regalos en la vida social
La significación del regalo, como presente que una persona entrega a otra, ha cambiado drásticamente desde que se tiene conocimiento de su existencia. De erigirse como una dádiva simbólica en tiempos primitivos, ha pasado a vulgarizarse a causa de una importante pérdida de valores surgida al calor del materialismo.
No voy a comenzar este artículo extrayendo la acepción de la RAE de la palabra regalo, porque se sobreentiende que todos tenemos una idea formada acerca de este, misma idea de la que se ampara la RAE para describir el vocablo. Si a un niño le pedimos que nos dibuje un regalo, seguramente trace una caja envuelta en ricos papeles adornados y coronada por un lazo o pompón de cintas. El comercio, con sus estrategias de escaparatismo, ha sabido explotar al máximo el atractivo del factor sorpresa que tanto cautiva a pequeños y grandes, creando prototipos que después todos imitamos e, incluso, representamos mentalmente y, por consiguiente, gráficamente.
Las sociedades avanzadas parece que tenemos un problema grave en la escala de valores. Conocí una persona hace ocho años (tiempos de bonanza en España) que ganaba seiscientos euros. Me mostró todo su arsenal de Prada y yo, lo primero que pensé, fue que serían regalos de su pareja. Luego vino su pareja y continuamos hablando sobre artículos de lo más “chic” y, con todo, terminaron dconfesándome que estaban en números rojos por todas esas absurdas compras. Ahí dejo, a quien me lea, sus apreciaciones o su juicio acerca de esta temeridad. Otro caso disparatado, tuve oportunidad de ver en el programa de Telecinco, De Buena Ley, donde una mujer llevaba a su pareja ante el árbitro para exigirle todos los regalos no efectuados en San Valentín. En estas fechas, los productores de rosas de Latinoamérica se enriquecen exportando la flor del amor al hemisferio norte y las multinacionales hacen su agosto con la manipulación emocional que hacen desde anuncios publicitarios de todos los medios de comunicación con mensajes como “Haz feliz a tu pareja con..” ó “Demuéstrale tu amor con…”.
Con lo expuesto, no se pretende rechazar el regalo como símbolo de afecto. Es, sencillamente, una invitación a la reflexión y a hacernos un pequeño examen de conciencia, reconociendo que la influencia de la publicidad, el consumismo, el afán de acumular y la despreciable costumbre de excitar la envidia se están imponiendo en nuestras vidas.
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1.- EL ALCANCE DEL REGALO EN TIEMPOS PRIMITIVOS
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En los pueblos primitivos nunca se concibió el valor utilitario del regalo, sino su valor simbólico. La entrega de un presente a un miembro de la tribu significaba lealtad. Prometerse esta virtud era sumamente importante en sociedades basadas en lazos de cooperación, y, curiosamente, el compromiso de fidelidad se sigue afianzando en nuestros días con el anillo de compromiso o de boda, que parece ser la última institución viva que sigue ritos ancestrales.
Se sabe que los pueblos salvajes celebraban ceremonias de distribución de riquezas. Estas ceremonias consistían en que el anfitrión donaba todas sus pertenencias al resto de vecinos de la tribu, aun a costa de arruinarse, para ascender de rango social. De esta manera, el regalar daba muestra de la voluntad de fidelidad del anfitrión al resto de la tribu, y ésta se lo compensaba ascendiéndole y reintegrándoselo más tarde. Esta devolución del regalo para corresponder del mismo modo al dador ha perdurado hasta nuestros días, sobre todo en las bodas. Más adelante se desarrollará cómo ha ido evolucionando este peculiar rito.
Los regalos, entendidos como objetos tangibles, eran manufacturados, porque su valor dependía más de las horas aplicadas en su elaboración que de su valor económico o práctico. Y es que, antaño, se apreciaba el esfuerzo y el tiempo dedicado que sólo brota del individuo sin ánimo de lucro cuando hay afecto. Sabiendo esto, es evidente que el concepto de regalo se ha degradado a favor de un mero gasto económico hecho en una tienda, quedando muy atrás los trabajos de labor a aguja y rueca que tantas horas ocupaban a nuestras abuelas.
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2.- LOS REGALOS EN LAS CELEBRACIONES QUE ACONCTECEN EN LA VIDA SOCIAL: BAUTIZOS, COMUNIONES, PEDIDA DE MANO Y BODA
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Antes de explicar los diferentes presentes que han acompañado y que acompañan a los diferentes eventos de la vida social, resulta necesario señalar ciertas premisas en torno a ellos:
- No se debe regalar aquello que esté desacorde con las aspiraciones personales y con su status social. Por ejemplo, es ridículo regalar una lata de caviar ruso a un sacerdote o una corbata de Loewe a alguien quien, por su trabajo o por sus gustos, no la usará.
- No regalar bebidas fuertes.
- No se debe concretar jamás el regalo que se desea. Es tradición que algunos novios diseñen una lista de boda. Este caso se exime de esta norma porque la tradición contempla desde tiempos remotos la entrega de regalos, que son fáciles que coincidan. Más adelante se detallará el origen de la lista de bodas.
- Nadie se quejará de no recibir presente, esto tan sólo proyecta nuestra fatuidad.
- El regalo debe acompañarse de una nota o una tarjeta donde figurará un pequeño mensaje de felicitación, agradecimiento o palabras de cariño.
- Si no conocemos con profundidad a la persona agasajada, por ejemplo, una autoridad, hay que decantarse por un objeto decorativo que siempre es neutro y nunca por un objeto personal, pues se corre el riesgo de no acertar con sus gustos.
- No se deben regalar animales de compañía a no ser que conozcamos a fondo a la persona y sepamos si quiere asumir la responsabilidad de tener a su cargo una criatura. Si el animal es para un niño, se consultará inexcusablemente a los padres.
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Todo lo redactado a continuación no es absolutamente preceptivo. Se abordan qué regalos han predominado en los diferentes acontecimientos de la vida social desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, dejando espacio a los consejos y al protocolo que rige su entrega.
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2.1.- El Bautizo
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En el bautizo del niño recién nacido, tradicionalmente, los padrinos han desempeñado una función importante. Siempre se ha dicho que los padrinos reemplazan a los padres del niño en el caso que éstos fallezcan, aunque lo cierto es que no se firma ningún contrato que así lo establezca. Los padrinos, en realidad, cuando se comprometen a tal posición, actúan como “padres espirituales” del niño, asumiendo su educación en la Fe cristiana en el caso que los padres falten, acordándose de él y agasajándole de manera especial en los días más destacados de su vida. Éstos son la primera comunión, su cumpleaños, su santo, su graduación o los éxitos, en definitiva, que obtenga en su vida hasta el día de contraer matrimonio, momento en el cual el individuo queda al amparo de su cónyuge. De esta manera, se colige que los padrinos ejercen un cargo de cierta responsabilidad.
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A finales del siglo XIX, el padrino regalaba al retoño una medalla de oro, la cubertería y el servicio de comida de plata con sus iniciales. A la madrina también le obsequiaba alguna cosa, puesto que a partir de ese momento le uniría un vínculo (el niño).
La madrina, por su parte, se encargaba de comprar el faldón, la capa y el gorro para el niño (traje de cristianar).
El padre corría con los gastos del bautizo (pila, misa, almuerzo si había). Si la familia era rica, le hacía un presente al sacerdote, al sacristán y al servicio doméstico de la casa (la nodriza, los criados, etc.).
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A mediados del siglo XX, los padrinos tenían confiada la obligación moral y económica del bautizo, aunque era común que el padrino, por su condición de varón, asumiera los gastos (la pila, misa y almuerzo) y la madrina comprase el traje de cristianar del niño.
Se continuó con los regalos clásicos compuestos por cadena de oro con medalla, pulsera de identidad (esclava), servicio de comida grabado, etc. que eran donados por ambos padrinos.
Había costumbre de llevar pasteles o dulces al sacerdote, al médico que asistió el parto y a los concurrentes del acto (Casas, E, 1947) : Costumbres de Nacimiento, Casamiento y Muerte en España.
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En la actualidad, el bautizo se celebra de manera muy distinta a como se hacía antaño. Mientras que antiguamente se bautizaba al niño en los tres primeros días de nacer, imposibilitando la asistencia de la propia madre, ahora el bautizo se celebra al pasar unos meses. En otro artículo se detallará todo el protocolo mejor, pues ahora el asunto que nos compete es el de los regalos.
El bautizo debe celebrarse sin boato y entre el círculo familiar. Los regalos que recibe el bebé proceden de los abuelos y de los padrinos. El resto de invitados (tíos, primos, por ejemplo) ya habrán enviado con anterioridad el regalo a la madre el día del nacimiento, tanto si es para ella (flores, bombones), como si es para el pequeño (ropita, juguetes, útiles, etc.).
Los abuelos y los padrinos regalan los objetos simbólicos clásicos: cadena de oro con medalla, pulsera de identificación, escapulario, pulserita, pendientes. Todo de oro, salvo el escapulario, obviamente.
En muchos lugares sigue siendo tradición que la madrina regale el traje de cristianar.
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2.2.- La primera comunión
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La primera comunión es un acto religioso que ha quedado desvirtuado por la dimensión social de la celebración. Antiguamente, consistía en un acto centrado en la primera Eucaristía que tomaba el niño/a en la Iglesia. En la actualidad, desgraciadamente, la primera comunión se ha convertido en una fiesta/banquete equiparable, a veces, al de una boda, donde lo superficial cobra el máximo protagonismo.
No nos vamos a extender tampoco en los ritos y el protocolo de la primera comunión; como antes, damos paso a los regalos tradicionales que sirven de guía para llegar a los actuales. No olvidemos que las costumbres, muchas veces, son la guía de cómo obrar.
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A finales del siglo XIX, después del acto religioso en la Iglesia, sólo las familias acomodadas celebraban un festín, basado en un desayuno o un almuerzo en casa de los padres. Los comulgantes repartían entre los asistentes a la celebración pequeños recuerdos que consistían en libritos de piedad ricamente encuadernados en cuero o papel duro nacarado. En este libro constaba la el nombre del niño/a comulgante, la fecha de la primera comunión, plegarias u oraciones y alguna imagen simbólica.
El acto de la primera comunión, desde el punto de vista social, era entendido como un acto de caridad. Esta virtud era profesada por la madre del niño/a haciendo regalos a los compañeros de doctrina del niño, al sacerdote, a los criados y a los pobres. También los niños intercambiaban regalos entre sí, ya hubiera ricos con pobres, para que los ricos aprendieran a no desmerecer ofrendas de los inferiores.
Los comulgantes recibían presentes de toda la familia y amigos íntimos de esta: rosarios, libros religiosos y alhajas con motivos religiosos, fundamentalmente. Muchos padrinos regalaban la cadena y medalla de oro en la primera comunión en lugar de hacerlo en el bautizo, pues estas piezas la interpretaban (algunos) como la cesión de responsabilidades o la independencia en la Fe del niño/a.

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Siempre ha sido costumbre el exponer los regalos. La razón de esta antigua costumbre parece residir en el afán de aparentar, sobre todo en las bodas.
Esta vieja costumbre viene recogida en un manual de Antonio Armenteras, en la que explica cómo disponer los regalos “de cara al público”. Según él, en una mesa adornada, se colocaban los regalos junto con la tarjeta que los acompañó, de modo que podía adivinarse fácilmente el emisor del obsequio. Los regalos eran de una magnitud importante, pues los regalos que se hacen con este religioso motivo, son realmente de un valor desorbitado. La exposición que resultaba de toda la concentración de regalos era visitada por todos los invitados del evento quienes, al irse, recibían del comulgante un recordatorio religioso (una estampa, díptico un librito de piedad con todos los datos de la primera comunión).
La celebración consistía en un pequeño desayuno o almuerzo entre el ámbito familiar o más íntimo, y el alcance de la celebración dependía del nivel económico de la familia.
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En la actualidad, se advierte cómo la primera comunión cobra más importancia por la celebración que por el valor de la Eucaristía en sí misma. De hecho, es muy habitual que los niños que comulgan estén motivados por los cuantiosos regalos que saben que van a recibir. Es absolutamente opuesto a la fe cristiana incitar a los niños a que hagan la primera comunión señalándoles como fin la fiesta y los regalos materiales. La reunión familiar que antes se hacía, una vez terminado el acto en la Iglesia, conmemoraba el sacramento y no otra cosa, por eso se hacía en el círculo más íntimo. Ahora, por el contrario, la comunión se ha convertido en un acto social similar al de la boda, donde el dispendio y la devolución de la invitación son inherentes.
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Los regalos que se acostumbran a hacer actualmente son: un reloj, cadena de oro con medalla, pulsera con sortija (niñas), pulsera de identificación, muñeca de comunión (niñas), material escolar (bolígrafos, plumas, etc.), juguetes y accesorios de aseo. Los padrinos vuelven a regalar las alhajas que regalaron en el bautizo porque, naturalmente, les vienen pequeñas.
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2.3.- La petición de mano
La petición de mano es un bonito acto en el que los familiares del novio pide a los padres de la novia consentimiento para casarla con su hijo. Antiguamente, constituía un permiso de noviazgo, que culminaba en matrimonio. En la actualidad, la petición de mano se hace una vez la pareja ha vivido un tiempo de noviazgo, y no se pide la mano de la novia a los suegros; consiste en un acto simbólico de demostración de amor y compromiso delante de la familia y seres queridos. Este acto no se estila tanto en actualmente, pero no hay nada que impida no hacerlo, salvo la capacidad económica, porque posee una belleza sin igual.
La tradición de este paso se remonta a tiempos muy lejanos, donde el regalo o agasajo desempeñaban un papel esencial. Cuenta William J. Fielding, en su obra Curiosas Costumbres de Noviazgo y Matrimonio, que los aborígenes norteamericanos hacían regalos al suegro para aprobar el noviazgo. Si los rechazaba, reprobaba la unión, y si los aceptaba, la autorizaba. Esta práctica dio origen al matrimonio por compra.
En el siglo XIX, los rituales que precedían a la boda eran, por orden, tres:
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- La petición de mano, en la que los padres del novio pedían la mano de la novia. Daba comienzo al noviazgo.
- Los esponsales, donde se confirmaba el compromiso por medio de la entrega del anillo o pulsera a ella y un reloj a él. Esta fase se hace pública en las bodas reales, en tiempos de hoy.
- El contrato, donde se establecía la dote que había que aportar por ambas partes. Tenía cita en casa de los padres de la novia unos días antes de la boda. A partir de ese día, se hacían los regalos de boda por parte de los parientes y amigos.
El Francia, el día del contrato, los padres de novio enviaban a casa de los padres de la novia la llamada canastilla de boda o trousseau (ajuar). Se trataba de una canastilla en forma de baúl, revestida de seda blanca y coronada por un ramito de flores con un lazo que caía. Esta canastilla contenía, según la baronesa Staffe, vestidos de seda, de terciopelo, ropa blanca (interior) con las iniciales de su apellido y del marido bordadas, encajes, alhajas y joyas de familia, abrigos de piel, limosnera con monedas de oro nuevas y un devocionario. Por supuesto, la riqueza de la canastilla variaba en función del capital de la familia del novio.
La costumbre de incluir joyas y objetos suntuosos en la canastilla o cofrecillo de bodas viene del siglo XVI. De hecho, cuenta Enrique Casas que las novias medían el amor del novio según el peso de la cadena de oro que éste les regalaba. Más tarde, en la época del romanticismo, se ponen de moda las alhajas de todo tipo en las vestimentas de los caballeros (blasones, armaduras, medallas, escudos, etc.), adornos que servirían de influjo a las joyas de las damas. Puesto que se pusieron también de moda, pasaron a formar parte del ajuar.
Desde mediados del siglo XX, de estas tres fases, sólo se celebra la petición o pedida de mano, que corresponde a la antigua ceremonia de los esponsales. El protocolo que sigue la petición no debe detallarse en este artículo pero pasaremos a explicarlo de una manera somera: el novio, junto con sus padres, hace una visita a casa de los padres de la novia, con el fin de acordar el compromiso. Ya no hay contrato, permiso a los suegros, ni se establece la dote como se hacía antiguamente, pues del ritual tradicional sólo quedan los vestigios más adaptables a la vida moderna. Y como la misión del matrimonio, regida en el sacramento del matrimonio, es la misma, continúa entregándose el anillo de compromiso a la novia. ¿Debería dársele también al novio? El protocolo tradicional establece que la novia le corresponde al novio con regalos de menos valor, un reloj si venía de una familia solvente, o una petaca. Hoy, regalar un reloj no supone un dispendio exagerado; por otro lado, carece de simbolismo, de modo que no es obligado obsequiar con este accesorio. Puede ser cualquier cosa que sea de su gusto.
Si no se celebra la pedida de mano, no hay ningún impedimento en que el novio regale a la novia un anillo de compromiso. La entrega del anillo, más que una tradición, ha perdurado como una ceremonia romántica o una demostración de amor muy influenciada por las producciones cinematográficas y las novelas. Es el claro ejemplo de regalo simbólico.
Y hablando de novelas y películas, me gustaría hacer mención al zapato de la Cenicienta. En la tradición germana, el regalar zapatos goza de un significado muy importante. Enrique Casas decía que poner los zapatos a una mujer era un acto que legitimaba el matrimonio, de ahí que la puesta del zapato de cristal sellara el amor entre el príncipe y Cenicienta. Otra muestra del simbolismo del zapato lo encontramos en el antiguo dicho español que reza que quien ha encontrado a su futuro/a contrayente ha encontrado su zapato. Enrique Casas también señala que, en las tradiciones portuguesas, dos enamorados que se cambian las botas quedan prometidos en matrimonio. Así, el zapato alberga un simbolismo similar al del anillo en algunas culturas.
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Pero no sólo el zapato y el anillo afianzan la unión. Hay multitud de objetos/ritos simbólicos que actúan como ligamento del noviazgo. Uno curioso lo encontramos en las tradiciones de Japón. Si al hombre le gusta la mujer que su familia le ha buscado, éste le regala un abanico. Por su parte, los padres de la novia ponen toda la ropa que la mujer necesitará el resto de su vida en concepto de dote.
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2.4.- Los regalos de boda
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Desde el punto de la religión cristiana, el matrimonio es el acto más importante de la vida del hombre. El concepto de matrimonio no ha cambiado apenas desde que se tiene conocimiento de su práctica. Por fortuna, el rol de la mujer es lo único que ha cambiado en la mayoría de las culturas, pues el género femenino ha sido tratado con dura opresión, salvo en aquellas donde dominaba el matriarcado. Platón decía que el deber de la mujer era gobernar bien la casa y estar sometida al marido, y Aristóteles sostenía que el hombre está llamado por la naturaleza a mandar en la mujer. Sabiendo esto, debemos sentirnos afortunados de vivir en el siglo XXI, aunque por desgracia, aún, el machismo subsiste en muchas religiones del mundo, como en la musulmana o en la hinduista.
En los pueblos primitivos, los regalos se hacían de pretendiente a suegro para buscar las simpatías y aprobar la relación, de tal manera que la novia no tenía derecho a elección. Sin embargo, el matrimonio cristiano establece que los cónyuges se unan por su propia decisión, a pesar que antaño e, incluso, hoy día, se registran muchísimos matrimonios por mero interés económico. El quid se encuentra en que antiguamente los regalos intervenían como precio por la mano de la novia y hoy por lo que todos sabemos: agasajo, afecto y recuerdo.
Antaño, los regalos de boda se llevaban a casa de la novia unas semanas antes de la ceremonia nupcial. Si el regalo lo hacía un amigo del novio que no conocía apenas a la novia, los regalos se enviaban, en este caso, a casa del novio.
Actualmente, en las bodas es frecuente dar dinero en concepto del cubierto para que así los novios sufraguen los gastos del banquete. Los novios, normalmente, prefieren que se entregue dinero o un cheque, pues los enseres y equipos del hogar ya hace un tiempo que están comprados, ya que la pareja ha convivido en la misma casa. No obstante, el obsequiar dinero no es una costumbre nueva. En el siglo XIX, la baronesa Staffe decía en su libro, La elegancia en la vida social, que los parientes solteros regalaban una bolsa con monedas de oro, una cartera con billetes de banco o un cheque. La misma autora disponía las distintas asignaciones que debía hacer el resto de invitados: un amigo soltero de los novios regalaba un objeto útil para la casa (cristalería, vajilla, lámpara, cubertería…); un amigo del novio se permitía regalar un objeto personal al novio (gemelos, cartera, alfiler de corbata, etc.); y una amiga de la novia podía regalar una pieza exclusiva para su amiga, como un pañuelo bordado por ella misma, alguna joya o encajes. También era tradición que el novio agasajase a la hermana de la novia con una alhaja, regalo que “no se devuelve“, decía la baronesa.
Con esta expresión, se deduce que el refinado círculo de la baronesa Staffe practicaba la costumbre primitiva de regalos con obligación a devolución o regalos préstamo. El regalo con obligación a devolución o préstamo era aquel que debía reintegrarse en la próxima boda del donante o, si estaba ya casado, en la boda de sus hijo o nietos. Por una cuestión de decoro, parece que al regalo de la boda nunca se le designó abiertamente regalo préstamo, pero socialmente tenía pautada esta norma.
En bodas tradicionales de chinos, musulmanes y gitanos, los regalos y las donaciones en metálico se airean de forma expedita y, en el caso de los musulmanes y chinos, se anotaban para después devolver un presente equivalente en valor en la boda del donante. En el caso que el donante no se casara nunca, no tenía derecho a reclamarlo. Si no se podía asistir a la boda por alguna razón, el regalo tenía que ser enviado, pues así lo establecía la norma social.
En España, fue costumbre el acto de exponer los regalos y enseñar el ajuar, salvo el íntimo, a todos los concurrentes de la boda. Esta arcaica usanza consistía en abrir las puertas de la futura casa a los invitados de la boda una semana antes de la boda para que vieran los regalos. Parece ser que esta costumbre nació de la propia presunción, para fingir abundancia, o del disimulo, para evitar parecer pobres. Hoy día, esta práctica está casi desaparecida, pero no del todo erradicada, ya que subsiste el costumbre de enseñar la casa al invitado que entra por primera vez como herencia de la costumbre anterior.
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La lista de boda
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La coincidencia de los regalos dio origen a la lista de bodas a mediados del siglo XX. La lista de bodas es un inventario de artículos que los novios seleccionan en un establecimiento comercial y del que los invitados se sirven para comprar uno o varios de ellos.
La ventaja de la lista de bodas está en que los novios escogen los artículos que son de su gusto, evitando objetos prescindibles así como la coincidencia de ellos. Sin embargo, los objetos listados no terminan siendo regalos, ya que la esencia del regalo está en que encierre algo del magnetismo personal del dador.
Tradicionalmente, la lista de regalos se confeccionaba en dos tipos de establecimientos: uno de ellos especializado en artículos de plata, para seleccionar servicios de mesa, recipientes, figuras, etc.; y otro en tiendas de menaje del hogar, donde se escogían vajillas, ropa de hogar, cristalerías, etc.
Los novios cada vez acostumbran menos a elaborar lista de boda, prefiriendo la entrega de dinero. El tiempo nos irá habituando a esta moderna práctica cada vez más frecuente. Respecto a este tema, es importante resaltar que es de mal gusto poner el número de cuenta en la invitación de boda para que nos ingresen ahí el dinero, porque es el equivalente de pedir el regalo, y un regalo nunca se solicita.
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A continuación, mostramos un fragmento del libro de Enrique Casas (1947), Costumbres Españolas de Nacimiento, Noviazgo, Casamiento y Muerte , sobre los presentes que los convidados hacían en las bodas del medio rural.
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Regalos simbólicos
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Los regalos simbólicos de boda son aquellos que se regalan con motivo del enlace. No hay que confundiros con los de compromiso, es decir, aquellos que sellan el compromiso a través de su segundo significado. Este segundo significado, atribuido por el hombre, es el valor simbólico.
Es tradición que el novio regale a su prometida el vestido de novia. En muchos pueblos de España, el vestido que lucía la novia provenía de sus antepasadas. Esta costumbre tener su origen en Oriente, donde el novio, en la boda, echaba un manto sobre la novia.
El valor simbólico del vestido de novia ha sido muy apreciado en casi todas las culturas. En Japón, las princesas llevan casándose desde hace más de mil años con el junihitoe (doce kimonos o doce capas), una vestimenta ceremonial usada por las emperatrices del país; por este motivo, posee un valor simbólico y económico indecible.
Otro regalo simbólico curioso, aunque remoto, aparece de nuevo en el libro de Enrique Casas. El autor reza que, antiguamente (el libro es de 1947), a la casada se le llevaba al día siguiente de la boda lino, rueca, huso, agujas, tijeras, etc, para darle a entender que no se casaba para estar ociosa.
Pero sin duda alguna, el mejor regalo simbólico es aquel cuyo significado pueden entenderlo unas pocas personas o, mejor, dos personas, porque se precisa complicidad y entendimiento. El dos es el primer número par; de él deriva la palabra pareja; de pareja, emparentar; de emparentar, parientes. Es muy probable que una pareja de enamorados ideara estas prácticas y trascendieran a sus descendientes, convirtiéndose en costumbres y, al final, en la guía de obrar del hombre.
Es muy posible, porque el amor es originalidad e inspiración.
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Noelia Tari
La cortesía de correspondencia: el saluda
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El saluda es uno de los múltiples tipos de comunicaciones que existen en la correspondencia escrita. Su procedencia es antigüa; en realidad es heredera del besalamano, documento muy similar que fue deterrado a causa de la pérdida de la costumbre de dar la mano físicamente. Esta pérdida de costumbre, junto con el relajamiento de los formalismos, sustituyó el besalamano por el saluda, que ha mantenido prácticamente intacto el esquema del tipo anterior.
A pesar de la corrección que existía en el pasado referente a la escritura de cartas, el tipo que hoy vamos a tratar ha arrastrado un nombre disonante por su popularización, conformando una de las pocas palabras terminadas en a que se articulan en masculino. Es difícil entender cómo este escrito no adoptó un nombre acorde con la solemnidad y corrección que requería, es decir, por qué se le llamó saluda y no saludo. No se me ocurre otra explicación distinta a que el nombre se debe a que en la hoja se destaca la palabra “saluda” o “saluda a”, igual que en el besalamano se destacaban las siglas B.L.M. No vamos a abordar el gusto que había antiguamente por las siglas en las correspondencia porque no es de nuestra incumbencia ahora, pero sí subrayar, desde el punto de vista lingüístico, que el nombre saluda es uno de los muchos contrasentidos que figuran en el diccionario de lengua española a causa de su popularización.
EL BESALAMANO (B.L.M.)
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Resulta muy poco didáctico referirse al saluda sin hablar del que fue su precedente: el besalamano (B.L.M.). Besalamano es otra palabra rara de nuestra lengua que también consta en el diccionario de la Real Academia Española. Su acepción es: Comunicación breve, que se inicia con las siglas B. L. M., que se redacta en tercera persona y no lleva firma, y se utiliza para hacer un ofrecimiento o una invitación.
Esta comunicación fue cayendo en desuso en la mitad del siglo XX, pero el modelo de su escritura ha permanecido prácticamente invariable en su sucesor, el saluda, con el cual tan sólo le diferencia el grado de formalidad, siendo el besalamano más respetuoso que el nuevo retoño.El besalamano se emplea cuando lo que se quiere comunicar es lo suficientemente breve para prescindir de una carta, y cuando exista gran respeto entre los interlocutores. Una condición primordial del besalamano es que su redacción queda reservada a personas que ocupen cargos importantes en la sociedad o en una empresa, y siempre tiene que ser escrito en tercera persona.
Este tipo de escrito, puesto que expresa una gran condescendencia, puede ser remitido hoy en día a alguna autoridad eclesiástica pero, en lo que respecta a otros colectivos, su uso está muy desarraigado. Con el besalamano se expresa agradecimiento, se recuerda algo, se felicita, invita, concierta cita o se presenta a alguien, de acuerdo con el siguiente modelo
EL SALUDA
El saluda es el escrito que se deriva del besalamano adaptándose a los nuevos tiempos aunque mantiendo la estructura y la finalidad del anterior. De esta manera, el saluda y el besalamano comparten el mismo modelo de redacción y persiguen el mismo objetivo, pero difieren en las frases de cumplido.
El saluda sirve para expresar agradecimiento, para recordar, felicitar, invitar, concertar cita o presentar a alguien, igual que el besalamano.
Se redacta a máquina o impreso en una hoja de papel de medio folio de 16 x 22 cm., generalmente. Esta hoja se mete en un sobre sin doblar que debe ser de la misma calidad que la del papel de escribir.
ESTRUCTURA DE UN SALUDA
La estructura del saluda es la siguiente:
1º.- Encumbrando la hoja, se consigna el cargo del remitente y debajo su empresa, razón social o título de nobleza, que se puede resaltar en letra más grande.
Ej. El director
de la
empresa X.
2º.- Después se escribe SALUDA, SALUDA A ó SALUDA ATENTAMENTE A. Siempre en letra mayúscula.
3º.- Luego va el nombre del receptor, seguido del cuerpo del mensaje. El nombre del receptor puede estar precedido de algún vocativo respetuoso de amistad como: A su estimado amigo D. ______________; A su distinguido compañero D. ________________; o de un tratamiento, si lo tuviera, como “Al Ilmo. Sr, D._______________________.
4º.- Si se trata de una invitación, se puede añadir al final del cuerpo del mensaje alguna frase de apelación a su asistencia.
Por ej.: Con el desea de honrarnos con su presencia…
5º.- Se continúa poniendo el nombre y dos apellidos del remitente a máquina o a tipografía. Nunca se firma con rúbrica.
6º.- Se escribe la frase de despedida en consonancia con el tratamiento que le hayamos dado al receptor en el encabezado del mensaje. Así, por ejemplo, si a esa persona la hemos tratado de Excelentísimo Señor en el principio, nos referiremos a ella con el mismo tratamiento en la despedida. Dos ejemplos a continuación:
Principio del cuerpo: Al Excelentísimo Señor D. _____________, Jefe del Estado.
Despedida acorde: Con tal motivo, ofrece a V.E. (Vuestra Excelencia) su más sincera lealtad.
Principio del cuerpo: Al Honorable Señor D._________________, cónsul.
Despedida acorde: Aprovecha la ocasión para expresar a V.H (Vuestro Honorable), el testimonio de su consideración más distinguida.
Les dejamos un recopilatorio de las frases más comunes de despedida del saluda. Recuerden que se redacta en tercera persona porque la persona tal saluda a tal para con motivo de tal, despidiéndose con estas fórmulas:
- Con tal motivo le ofrece el testimonio de su más distinguida consideración personal.
- Aprovecha la circunstancia para reiterarle el testimonio de su distinguida consideración.
- Aprovecha gustoso esta ocasión para expresarle el testimonio de su consideración más distinguida.
- Aprovecha esta ocasión para reiterarle el testimonio de su consideración y afecto que a usted le une.
- Aprovecha gustoso esta ocasión para expresarle la seguridad de su más distinguida consideración.
- Aprovecha esta ocasión para significarle la expresión de su consideración más distinguida.
Por supuesto, la frase de despedida puede ser producto de la originalidad de uno mismo, pero siempre tiene que prevalecer la cortesía, que es la que caracteriza este tipo de misiva.
7º.- Se consigna, en lado inferior derecho, el lugar donde ha sido escrito el saluda y la fecha.
Por ej. Alicante, 22 de marzo de 2012.
8º.- Por último, si se trata de una invitación para un evento, se puede poner en uno de los lados inferiores las señas de la etiqueta y de súplica de confirmación.
Por ej.:
Se ruega confirmación.
Traje de noche.
No obstante, cuando los saludas comunican invitación, suelen llevar adjunto en el sobre el billete o tique del evento que hay que presentar a la entrada. En éste aparecen detallados los datos del lugar dónde se va a celebrar el acontecimiento, motivo, teléfono y, lo más importante, el nombre de la persona invitada. Si se trata de un desfile de moda, actuación de teatro o algún otro espectáculo donde haya asientos, se detallará el puesto y fila que deberá ocupar.
Si optamos por acompañar este tipo de invitaciones al saluda, podemos describir en estas últimas la etiqueta requerida (media etiqueta, etiqueta, traje de calle, etc.), así el saluda quedará menos recargado.
Como hemos dicho antes, el saluda se entrega dentro de un sobre de la misma calidad que el papel de escribir. Si es un intermediario quien se encargue de distribuirlo, a éste se le entrega el sobre abierto. La corrección ordena que esta persona cierre el sobre inmediatamente al tomar la misiva, salvo si se trata de una carta de recomendación, que no se cierra.
Noelia Tari (C)
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Los condimentos en la mesa
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A veces, la comida necesita un aderezo para resultar perfecta o simplemente es el gusto de cada persona el se inclina por un sabor más o menos acentuado. El sentido del gusto no es homogéneo para todos, variando en función de las papilas gustativas de cada persona. Por esta razón, en una mesa siempre es recomendable poner lo básico del petit menaje, es decir, el salero y el pimentero.
El petit menaje se compone de los recipientes de condimentos y salsas que puede requerir el comensal para completar el sabor de un alimento: la vasija de la sal, de la pimienta, la mostaza, el tabasco, la salsa de soja, bovril, etc. En este grupo también se incluye el bicarbonato y el palillero, que a veces en la mesa puede ser solicitado.
La totalidad de este pequeño menaje no se pone en la mesa, tan sólo lo que nos pueda pedir en un momento determinado un invitado y el esencial salero y pimentero.
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Ningún condimento se sirve con los dedos, aunque sea granuloso, como la sal o la pimienta. Si el frasco que lo contiene lleva dosificador, se esparcirá el condimento sobre la comida ayudándose de éste. Si el recipiente, por el contrario, no lleva, se servirá el aderezo con la cucharilla destinada para este fin o, en su defecto, con la punta de nuestro cuchillo, siempre que esté limpio.
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Actualmente, incluso en cenas formales, los frascos de sal y de pimienta se ponen en el centro de la mesa para que el comensal los vaya asiendo conforme los necesite. En otros países, es costumbre acompañar algunos platos con mostaza, de modo que en centro de la mesa se coloca uno o varíos tríos compuestos por el salero, el pimentero y un tarrito con mostaza y su cuchara.
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La sal puede ir presentada de dos formas: en un salero de cristal o plata con agujeros, que hacen las veces de dosificador, o en una vasija pequeña con una cucharilla diminuta, debido a la mesura que requiere este condimento. La pimienta se presenta en un frasco a juego con el salero con agujeros dosificadores también. Por último, la mostaza se deposita en un recipiente generalmente opaco con tapadera, para evitar la posible entrada de moscas. El recipiente incluye una pequeña cucharilla que está en todo momento dentro de éste con el mango hacia el exterior.
Cuando nos servimos mostaza o alguna salsa, nos serviremos con la cuchara adjunta una pequeña cantidad que pondremos en un lado del plato para ir acompañando con cada bocado. Las salsas líquidas (la de soja, por ejemplo), se extiende sobre la vianda.
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Algunas cuberterías antiguas suelen incluir saleros y pimenteros individuales a juego con el conjunto, compartiendo grabados y detalles. Se trata de pequeñas piezas que se colocan delante y a la derecha de cada comensal (a la izquierda va el plato del pan). Los saleros individuales antiguos más fastuosos llevan una pequeña cucharilla de servicio y siempre se ponen anexos a los pimenteros, con el que combina. Actualmente, no es usual poner el servicio de sal y pimienta individual porque recarga la mesa y por la consabida comodidad que reina en la vida moderna. Es muy difícil, de hecho, encontrar estos pequeños recipientes por la escasa demanda que hay de ellos. En anticuarios pueden encontrarse, si hay suerte, en las secciones de figuritas y objetos pequeños.
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Los niños en un acto social y en cenas formales
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Muchos padres se han preguntado qué hacer con los niños en un acto social cuando reciben la invitación impresa. No nos referimos a dónde dejar a los niños, sino a la conveniencia de llevarlos a la cita o no.
No son escasos los padres que se toman como ofensa que en una invitación no figure el nombre de los hijos o simplemente “Señor, señora e hijos”, ni tampoco lo son aquellos que deciden llevarlos a casa ajena aun sabiendo que no es lo correcto. Recuerdo una escena muy graciosa y, a la vez, muy representativa, de la serie La que se avecina, en la que los señores apodados como “cuquis” se presentan en la casa del matrimonio joven con todo el séquito de críos para cenar ante la mirada atónita de los anfitriones. Estos casos se deben evitar a toda costa por tres motivos elementales que jamás deben olvidarse:
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- El buena anfitrión calcula la comida a servir previniendo, siempre, que nunca falte: “más vale que sobre que falte”.
- Hay que atenerse a una regla de urbanidad muy básica que es: “donde no seas invitado, no vayas”.
- No llevaremos niños a ningún acto nocturno, pues les entra sueño y esto puede perturbar la velada.
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No es necesario hablar de los posibles destrozos de figuras, alboroto y ruidos que puedan ocasionar. Hay restaurantes, de hecho, que no permiten niños por estas razones, sobre todo aquellos de ambiente sosegado pensados para disfrutar de reuniones tranquilas.
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Los niños tampoco deben asistir a una boda nocturna, a pesar que esto no se cumple en nuestro país y las bodas se convierten en auténticas jaranas. Cuando asistamos a una boda nocurna, buscaremos un familiar, una cuidadora o unos amigos de confianza que se queden esa noche con los niños. Si la boda se celebra por la mañana, sí son admisibles los pequeños. En este caso, procuraremos adaptar su indumentaria a la etiqueta que el acontecimiento exige, del mismo modo que lo hacemos con nosotros mismos.
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La boda de alguien de gran confianza, las procesiones y las reuniones familiares en torno a la mesa en días señalados son de los pocos actos formales a los que pueden asistir los niños. En los demás actos de etiqueta (repeciones, festivales benéficos, conciertos de ópera, cenas de gala, etc.) no deben acompañarnos porque, además, suelen tener lugar por la noche.
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REUNIONES EN LA MESA CON NIÑOS: almuerzos y cenas
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Las premisas antes mencionadas dejan de ser estrictas cuando las reuniones se producen en un círculo de confianza, ya sean amigos o familiares. Esto es así porque, entre otras cosas, si los niños comienzan a agarrar objetos, arañar los sillones o a hacer cualquier otra travesura, los familiares o amigos de los padres, en razón de la confianza que hay entre ellos, están autorizados para amonestar a los niños si los padres no presencian estas trastadas. De otro modo, si llevamos a los niños a casa de algún compañero de negocios o de una persona menos afín, ésta se verá sometida a una situación de intranquilidad sin merecerlo; por eso, y por una cuestión de respeto y decencia, debemos evitar estas situaciones siempre.
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Hay que aleccionar a los niños unas normas de comportamiento en la mesa que, aunque parezcan muy rígidas, son de lo más básicas para desenvolverse con dignidad en la sociedad. Desgraciadamente, muchos padres las ignoran por completo o no se molestan en enseñar ciertos modales por desidia o desinterés. Sentarse a la mesa no es sólo comer y nutrise. No hay que olvidar que la comida en torno a la mesa es un ceremonial ancestral que tiene como fin el acto de compartir con los seres queridos; y no sólo se comparten los alimentos, sino también las experiencias, con la conversación. La mesa une y, por lo tanto, precisa un comportamiento alrededor de ella, unas pautas o un protocolo, que son esenciales imbuir a los hijos desde que son pequeños. Un niño bien educado se distinguirá del resto y tendrá más oportunidades en el futuro que otro malcriado.
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Hay que controlar mucho las siguientes normas para estar en la mesa. Son las principales que marcan una buena educación para el presente y para el futuro, y nunca se olvidan:
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- Adoptar una postura que no moleste a los de al lado.
- No sentarse de costado ni recostado.
- No cruzar las piernas ni los pies.
- No apoyar los codos en la mesa, pero siempre tener los brazos delante apoyando sólo los antebrazos.
- No poner los pies sobre los barrotes de las sillas.
- No jugar con los cubiertos ni con cualquier cosa. Mucho menos con el cabello.
- Sentarse cuando le indiquen su sitio.
- No entrometerse en conversaciones de los mayores.
- Si hay alguna parte de la comida que no le guste, acostumbrarle a no hacer nunca muecas de asco. Se apartará dicha parte a un lado sin más.
- Aprender a utilizar los cubiertos. No mantener el cuchillo con la punta hacia arriba.
- No comer con la boca abierta.
- No hablar con la boca llena.
- No pasar el brazo por enmedio de la mesa y mucho menos sobre el espacio de un comensal. Si no alcanza la jarra de agua o el salero, que lo pida al compañero.
- No comer con glotonería. Enseñarles que no hay prisa. Esto suele molestar mucho a los demás porque puede denotar avaricia.
- Pedir las cosas con un “por favor” y después dar las gracias.
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Todos los niños deberían aprender estas normas y las demás de los mayores al igual que aprenden las distintas lecciones en la escuela a lo largo de su enseñanza de forma gradual.
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Si el matrimonio invitado tiene hijos pero éstos ya no son tan niños, podrán acompañarles sólo cuando sean mayores de edad, tengan gran confianza con los anfitriones y hayan sido manifiestamente invitados.
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Los hijos de los anfitriones
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¿Y los hijos de los anfitriones? Si a los invitados no se les permite llevar niños, los hijos de los anfitriones tampoco se admiten en este tipo de reuniones. Tan sólo se dejarán ver para saludar a partir de cierta edad, desde los siete años, generalmente.
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Antiguamente, se recurría a los niños de la casa para emplearlos, durante las visitas, como ayudantes en algunos menesteres delicados, como era, por ejemplo, el acompañar a los invitados a la puerta a la hora de irse si había más invitados a los que los anfitriones no podían desatender. En la actualidad, no se encomiendan estas misiones a los niños porque no son estrictamente necesarias. Sin embargo, sí pueden echarnos una mano para poner la mesa o para preparar el aperitivo.
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Si tenemos una cena formal en casa, los niños con una edad hasta seis o siete años no deben aparecer durante la estancia. Dormirán en casa de un familiar, de un amigo de confianza o estarán en su cuarto o zona de juegos con una cuidadora. No cenará con los invitados bajo ningún concepto.
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Desde los siete a los dieciocho años, si están en casa, saludarán a los invitados a su llegada pero se marcharán a su cuarto o a una sala propia. Tampoco cenarán con los invitados. Cuando se vayan a dormir, los chicos se despedirán de los invitados, pues cuando éstos últimos se marchen, ellos ya estarán durmiendo.
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Los hijos mayores de edad están calificados para relacionarse con el círculo de los padres, pero sólo cenarán con ellos cuando se conozcan suficientemente. A la llegada de los invitados, saludarán cordialmente. No se sentarán con los invitados en la mesa y ni mucho menos estarán presentes en la tertulia del café, pues el momento de confidencias por excelencia.
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RESERVAS CUANDO VAMOS DE VISITA CON NIÑOS
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Aunque las personas a la que vayamos a visitar sean de gran confianza, tenemos que tenerles consideración e intentar no prolongar mucho a visita si vamos con varios niños. Podemos pensar que a los anfitriones no les importará porque tenemos lazos fraternales, pero el alboroto que pueden provocar los críos seguramente les incomode. Es muy importante ponerse en la posición del otro y reflexionar que, aunque nosotros estamos acostumbrados, ellos quizás no.
Si se va a visitar a un anciano, también hay que intentar acortar el tiempo de visita, respetando su condición de persona susceptible a los ruidos y a la algazara. Lo mismo decir respecto las personas enfermas, lábiles y sensibles a todo tipo de bullicios.
Si se trata de un hijo mayor de edad, podrá asistir a todos los acontecimientos siempre que sea convidado. Sea cual sea el contexto de una reunión, se harán las presentaciones oportunas: Los padres, al presentar su hijo a unos amigos, dirán “Mi hijo Manuel”, por ejemplo; y después, harán lo mismo con los amigos, diciendo: “Mi amiga María del Carmen y su esposo Alfonso” . Hay que tener muy en cuenta que, cuando se presenta a alguien, nunca se le presenta con el Don, señorita o señor/a, simplemente se dice el nombre, el nombre y los apellidos o el nombre, apellidos y cargo o distinción.
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CONSEJOS SOBRE LA INDUMENTARIA DE LOS NIÑOS
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El vestido puede convertirse en un asunto ampliamente discutible porque la moda ha impregnado los estantes de la ropa infantil, algo impensable hace pocas décadas. Por otro lado, en el caso de las niñas, el concepto de belleza es muy distinto en España y en Sudamérica. Aquí, en España, se mantiene la efigie cándida de las niñas hasta los once o doce años, mientras que en Sudamérica se tiende a realzar la hermosura de las niñas a expensas de maquillajes, peinados y vestidos aquí impropios de una criatura. Así, mientras en España y en gran parte de Europa son impensables los concursos de belleza infantil, en el otro lado del Atlántico éstos proliferan desde hace años.
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Desde luego, la idea de belleza en Europa y en América Latina es prácticamente opuesta: aquí siempre ha causado rechazo que las niñas destaquen sus atributos femeninos, pues la verdadera belleza reside en la naturalidad y en la inocencia que años más tarde ya no tendrán, ¿por qué desposeer estas cualidades propias de la edad? ¿Luego no nos esforzamos por parecer más jóvenes? Estos interrogantes, que son puras paradojas, nos las hacemos en Europa.
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Para vestir a una niña con motivo de un acto social, hay que apostar por la sencillez y por la pulcritud. Los
colores no deben ser más de tres y estos combinarán armoniosamente. Los vestidos y las faldas deben alcanzar las rodillas y el talle no se marcará hasta los doce años de edad. El abrigo será de lana y no dejará asomar el vestido o la falda por debajo. Las formas del vestido deben ser rectas, sobre todo para no dejar notar el incipiente pecho a partir de la pubertad que tiene lugar entre los diez y doce años.
Deben llevar hecho un peinado bonito y se admiten, perfectamente, adornos de cintas en la cabeza o pequeños sombreros para el exterior.
Jamás llevarán laca de uñas, maquillaje ni alhajas; sólo pendientes y alguna cadenita o pulsera regalada en la primera comunión.
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Los niños asisten a un acto formal con traje de chaqueta beig o gris con camisa y con jersey fino de lana encima (si hace fresco). Llevarán camisa blanca para las celebraciones religiosas y corbata a partir de los ocho años de edad.
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Tanto los niños como las niñas, jamás llevarán manchas de tinta ni de rotulador en las manos ni las uñas sucias. Tampoco vestirán de negro a no ser que se trate de un funeral. Podrán vestir de negro desde los dieciséis años.
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Las adolescentes:
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A partir de los diez o doce años comienza a desarrollarse el pecho de las chicas. Entre este intervalo y los catorce años, se recomienda que no asistan a un acto formal con vestidos estrechos o escotes, apostando por las formas rectas. Siempre usarán medias.
Hasta los dieciséis años no deben lleven llevar zapatos de tacón, maquillaje, perfumes, laca de uñas o cualquier elemento que evoque a la mujer. De no ser así, darán una imagen extravagante. Aunque desesperen, hay que hacerles entender que tienen toda una vida por delante para lucirse. Ni qué decir que no irán acompañadas de un chico hasta que sean mayores de edad, reitero, en actos sociales.
Respecto a las alhajas, entre los doce y dieciséis años, se permiten las siguientes: gargantilla de oro, reloj de pulsera, cadenita de oro con medalla, pulsera de oro y ningún tipo de anillo, salvo un escudo de armas en el dedo meñique de la mano izquierda. El primer anillo que una chica se pone es el de prometida o el de los esponsales.
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Los adolescentes:
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A los chicos adolescentes hay que convencerles que cuiden su aspecto y su higiene personal, sobre todo entre los trece y los dieciséis años, edad en la que está proliferando el bello y la actividad apocrina.
El único aderezo que podrán llevar es un reloj y, al igual que las chicas, no llevarán ningún anillo, salvo el escudo de armas si lo tuvieran.
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Las mantelerías. Breve historia de la decoración de la mesa e indicaciones de cómo poner correctamente un mantel
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Para la gran mayoría de los jóvenes, las mantelerías buenas, perfectamente bordadas, ya sea sutil o vistosamente, pertenecen al pasado. Sin embargo, posiblemente, ninguno de ellos las considere feas, pues es indiscutible que la belleza de estas esmeradas piezas es más que palmaria: obras de artesanía con adornos inspirados en la naturaleza, cadentes y acertadamente coloridos pocas veces podrán ser considerados feos. Difícilmente, además, se despreciará la calidad de estas piezas a las que nos referimos. ¿Qué ha ocurrido entonces con los viejos manteles del ajuar? ¿Por qué ya no se usan? La razón no está en el rechazo de su aspecto, sino en su cuidado, en el miedo que produce el que se manchen y, sobre todo, porque la ropa de mesa requieren un lavado posterior.
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Este artículo no es un llamamiento a la recuperación de lo antiguo; cada uno que use lo que quiera, ¡por supuesto! Sólo se reflexionará sobre la funcionalidad de los hogares y de su decoración, nacida de la funcionalidad de las ciudades, y que a veces, impresionar a los invitados, puede ser de lo más sencillo si disponemos de buena voluntad.
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Existe un dualismo que es la decoración tradicional y la decoración moderna: la primera caracterizada por el adorno y la segunda por su sobriedad y función práctica. Muchas veces, la decoración tradicional se considera más bonita que la moderna aunque más supreflua, pero éstas son visiones subjetivas de las cosas. Sí que es una realidad que, en materia de decoración, lo moderno es una evolución de lo antiguo. No obstante, hay muebles e utensilios que, cuando se inventaron, sólo evolucionaron en pequeños elementos porque pronto alcazaron su perfección. Es el caso, por ejemplo, de la mesa, ideada en la Prehistoria para sacrificar animales y generalizada para comer en la Edad Media, pero sin cambiar apenas su forma. Sin embargo, la silla comienza a adoptar poco a poco su morfología en la Antigua Roma con sus tricliniums, asientos para comer recostado, de modo que, como mueble para sentarse a comer, adoptó más formas que la mesa para convertirse en lo que es. Por no hablar de los cubiertos… Los primeros que hacían las veces de cuchara no eran más que cacillos sin mango. Se inventaron en el siglo XVI pero no sería hasta el siglo XVIII cuando se popularizara su uso.
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¿Cómo se llega a este antagonismo entre lo antiguo y lo moderno? Para hallar su explicación tenemos que remitirnos a principios del siglo XX, concretamente al período de entreguerras, que establecerá un cambio fundamental en la configuración tanto de las ciudades como de los hogares en el mundo occidental. En este período se dispara la racionalización y concentración de viviendas en bloque con el fin de mejorar la calidad de vida en las ciudades, todo ello como respuesta al desorden e insalubridad que reinaba en las ciudades. Esta idea de racionalización afectaría no sólo al urbanismo, sino también a la arquitectura y a la decoración de los hogares. Comienza la era de lo práctico o útil.
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La incorporación de la mujer al mundo laboral, el descenso de la natalidad, las jornadas laborales que obligan a comer fuera de casa y la casi supresión de personal del servicio doméstico (criadas), son las principales razones de la reducción del tamaño de las viviendas. Las amas de casa comienzan a perder el tiempo que dedicaban al esmerado cuidado del hogar, de modo que van desapareciendo poco a poco los viejos cachivaches y muebles innecesarios y pesados de limpiar. Antiguamente, era frecuente que la clase media dispusiese de personal de servicio, y el boato en la casa era de lo más normal porque había una persona encargada de su mantenimiento. Este personal de servicio, o sea las criadas, sería cada vez menos habitual porque se incorporarían a otros trabajos menos esclavos (bares, fábricas, etc.), de manera que, al haber menos demanda, su servicio se encarecería estrepitosamente, siendo accesible sólo para las clases más altas.
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Las nuevas formas de la vida moderna, basadas en la prisa y condicionadas por el trabajo fuera de casa, comienzan a repercutir en la decoración de la casa y en el grado de esfuerzo dedicado a la preparación de la mesa. Tanto padres como niños comen más fuera de casa, de manera que se reduce el espacio de la cocina y cada vez pierde más función la gran mesa del comedor porque, además, las reuniones con amigos concurren más en restaurantes. Aparte, se recurre a comidas preparadas y de elaboración sencilla.
Esta serie de circunstancias han dado lugar a una configuración de las viviendas que bien difiera de las del pasado. Así, antiguamente, era normal tener dos cocinas en la casa, una para usarla como tal y otra más “de adorno” para impresionar a los invitados. Ello hace significar que la cocina tenía un valor muy importante en una casa y no es de extrañar porque en ella se vivía durante muchas horas del día.
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El acto de deslumbrar con la decoración ha sido muy frecuente desde el Barroco, aunque en cada época se ha hecho con diferentes cosas. La mesa comienza a decorarse con candelabros, mantelerías y demás servicios en esta época caracterizada por la suntuosidad. Es también en este período cuando se establece el modelo de cómo hay que poner la mesa que continúa vigente en nuestros días. A pesar de esto, en la actualidad, ya no se presume tanto de vajilla ni de cristalería; ahora es el turno de otras cosas, como el televisor o el robot que limpia solo la casa.
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En el caso que nos compete, el de las mantelerías, entendidas como el juego de mantel y servilletas de tela, es natural que su uso haya decaído debido a la falta de tiempo para su cuidado. Antes, cuando la mujer no trabajaba fuera de casa, dedicaba mucho tiempo a la limpieza y planchado de la ropa de hogar o era el servicio doméstico quien se ocupaba de estas fastidiosas tareas. Ahora, la falta de tiempo y la visión utilitaria de las cosas, han conducido al uso de alternativas más prácticas aunque menos elegantes, como el uso de manteles desechables (papel) o de fácil limpieza (manteles de plástico).
Esta tendencia de lo práctico no ha trascendido únicamente a las mantelerías, sino también a las cuberterías, cristalerías y vajillas. En los servicios de mesa se busca lo cómodo e útil, huyendo de las piezas recargadas que suelen coincidir con las más delicadas. Todo esto incluso en reuniones con invitados, al contrario que antes, cuando éstas eran verdaderas ceremonias donde no se escapaba ningún detalle. Siempre el protocolo ha perdonado ciertos pormenores en el círculo familiar o cuando los lazos de confianza son muy estrechos, pero actualmente, en eventos formales y en muchos ámbitos de la hostelería se está perdiendo el decoro y ciertos detalles que harían la estancia mucho más agradable a los comensales. Se ha impuesto lo cómodo, rápido y práctico, el esquema por excelencia de estos tiempos.
En la actualidad, una mesa bien puesta se logra armonizando sus servicios. Esto es fácil de conseguir si se recurre a las formas sencillas y a monocromáticos o adornos sutiles que siempre encajan bien con todo. La versatilidad se ha apoderado del menaje, desterrando las piezas pomposas por muy bonitas que sean. Prevalece, como hemos dicho, lo práctico, aun a costa de renunciar a lo exquisito.
Entonces, ¿se ha perdido la belleza de la mesa bien puesta? ¿Es más o menos bonita una mesa con candelabros, mantel adamascado y cubiertos de plata? La respuesta depende del grado de conservadurismo de cada uno, es decir, de su gusto por la estética tradicional o moderna.
Es curioso, a colación de este tema, cómo ha ido aumentando el sector de coleccionistas y amantes de lo antiguo en las últimas décadas mientras, paralelamente, han ido multiplicándose los adeptos a lo moderno e, incluso, a lo futurista. En los años sesenta comienzan a extenderse los anticuarios, repletos de todo aquello retirado de los hogares por resultar superfluo o poco funcional. Simultáneamente, surgen sectores que demandan estos artículos, pues el estilo vigente de la época ya causaba las primeras añoranzas de objetos del pasado. Este es un fenómeno que todavía ocurre.
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INFORMACIÓN Y ORIENTACIÓN SOBRE LAS MANTELERÍAS
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Antiguamente, el ajuar de la boda siempre incluía una o varias mantelerías formidablemente bordadas que casi nunca se usaban por miedo a que se ajasen. Era común que los picos del mantel y las servilletas a juego vinieran con dos iniciales bordadas. Estas iniciales correspondían al nombre y primer apellido del marido o bien se trataba de las iniciales del nombre del marido y de la esposa. El “tu y yo” casi siempre iba bordado de esta forma. Es una pequeña mantelería que acostumbraba regalarse como parte del ajuar y que tenía dos servicios: el del matrimonio. Se ponía para el desayuno normalmente, aunque también valía para el té.
Estas mantelerías personalizadas son raras de ver hoy en día, salvo en casas de ilustre linaje donde el apellido familiar quiere destacarse en todo momento. También era muy normal grabar las iniciales en pañuelos, sábanas e, incluso, en las familias nobles, se hacía en las camisas del marido.
Muchos de los lectores siquiera habrán conocido este tipo de equipos, pero eran bastante frecuente. Pueden preguntar a algún familiar de edad para cerciorarse mejor.
No se tenía apenas conocimiento de los materiales desechables. Aunque fueran diez miembros en la casa, mantel, servilletas, pañuelos, delantales y pañales se lavaban y reutilizaban, de modo que pueden imaginarse el tiempo que había que dedicar después en el lavado y planchado de estos enseres. Hoy todo esto ha cambiado a favor de la simplicidad y del desahogo.
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El mantel tiene como principal función proteger el material de la mesa y adornarla. Esto todos lo sabemos. Ahora vamos a exponer una serie de pautas para escoger, colocar y cuidar bien las mantelerías.
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Primero, es imprescindible disponer de una buena mantelería que nos sirva para todas las reuniones en torno a la mesa. Es posible que un mantel sea polivalente luciéndolo en comidas, meriendas y cenas. La clave está en escogerlo blanco, bueno y moderado en adornos. La sencillez de las formas tiene como principal ventaja que conjuga con todo. El término medio no chirría por quedarse austero ni por resultar recargado; por esta razón, un mantel blanco de buena calidad nos sirve para cualquier ocasión. Si tiene algún bordado en hilo del mismo color o de tono ligeramente más subido, también quedará incluido en el grupo de los versátiles. Si, por el contrario, nos encaprichamos de una mantelería colorida o florida, corremos el riesgo que no entone con la vajilla y/o el resto de servicios de la mesa. Es aconsejable, a la hora de adquirir una mantelería, prever este aspecto, pues las de buena calidad (imprescindible porque lo barato sale caro) superan muchas veces los 45 euros; si la queremos bordada a mano, podemos ir preparando como mínimo 120 euros. Además, contra más grande sea el mantel, mayor será el precio.
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Se recomienda, así, optar por una mantelería blanca y no recargada, pues cumplirá su función perfectamente y armonizará con todo. No debemos olvidar que todo aditamento podrá restringir su uso a ocasiones muy concretas. Por ejemplo, una cristalería de cristal de bohemia tallado o una cubertería de plata delicadamente labrada no se utiliza en reuniones cotidianas. Sin embargo, una cristalería lisa y una cubertería bonita de acero inoxidable puede sacarse en cualquier ocasión. Tampoco ponemos todos los días un mantel de lagarterana o una vajilla orlada en baño de oro; ni fuentes de plata… Si disponemos de este tipo de menaje, suntuoso, procuraremos ponerlo en reuniones formales o con invitados a los que queramos atender con especial aprecio.
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Si nos gusta la opulencia porque el decorado de la casa y las mantelerías son así, lo más adecuado será poner una vajilla lisa para que la mesa no quede excesivamente recargada.
Una mesa con un mantel blanco liso o con bordados de damasco casará perfectamente con cualquier vajilla.
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Las servilletas han de ir a conjunto con el mantel, compartiendo color y algún adorno. Si el mantel viene con bordados, las servilletas compartirán uno en uno de sus picos. Muchas mantelerías se componen de mantel, servilletas para comer y servilletas de merienda o té. Las servilletas de comer son más grandes que las de merienda o té y suelen tener unas dimensiones de 50 x 50 centímetros. Las mantelerías que incluyen dos clases de servilletas suelen ser las de labor, que son apropiadas para merienda o té y para cenar. Para comer a mediodía se tiene que poner siempre un mantel blanco. La noche admite más variaciones.
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Las servilletas hay que guardarlas extendidas y no dobladas y posteriormente planchadas, pues luego se quedan las marcas de la plancha. Cuando las pongamos, lo haremos sobre el plato y nunca aplastadas sobre éste, sino con algo de holgura para que no cueste desdoblarlas. Si se ponen dentro de un aro, lo mismo: procuraremos no comprimirlas para que se extiendan fácilmente. Por ejemplo, podemos meter la servilleta en el aro dándole forma de abanico, que resulta bastante sencillo.
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El género más empleado en la confección de mantelerías es el hilo, la batista, el algodón, el lino y el lienzo. También existen manteles de plástico y de poliéster, el material de los paraguas, que hacen muy sencilla su limpieza. Hay que recalcar que estos materiales sólo se utilizarán en reuniones informales o donde la estrecha confianza permita estas venias.
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Las mantelerías suelen ser para seis, ocho o doce cubiertos, pues corresponden a los tamaños estándar de las mesas. No obstante, si no encontramos un mantel para una mesa por ser especialmente pequeña o grande, podemos encargarlo a medida. Para encargar un mantel a medida nos dirigiremos a un establecimiento especializado en telas de hogar. Allí escogeremos la tela que más nos guste y que convenga con la decoración del conjunto de la casa. Si sobra tela, suelen regalar las servilletas, que se confeccionan de la misma manera que el mantel: ribeteadas por los bordes con la máquina de coser. Si no sobra, conviene encargarlas de la misma tela, a no ser que el mantel sea liso, circunstancia que hará fácil encontrar servilletas a tono.
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También podemos encontrar manteles individuales y tiras o caminos de mesa, que se han puesto de moda en los últimos años. Este tipo de manteles los pondremos sólo cuando la tabla de la mesa sea de calidad y presentable, pues se dejará casi toda ella al desnudo.
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Se recomienda poner debajo del mantel un muletón, que es una extensión de tela gruesa que evita que los servicios hagan ruido sobre la mesa al moverlos. Es una especie de amortiguador del ruido y de los golpes que puedan estropear la tabla de la mesa. Esta pieza recibe el nombre de muletón porque suele ir sujeto con tiras a las patas de la mesa para quedar inmóvil. En hostelería se ponen además en los carritos, mesitas auxiliares y en las mesas de buffet. Sobre el muletón se colocará siempre el mantel, en el caso de las mesas; el cubre (mantel sin falda), en el caso de los carritos; o la tira, esta última sobre la mesa larga de buffet.
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Cómo calcular las medidas de un mantel
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Al seleccionar un mantel, lo primero que haremos será hallar las dimensiones de la mesa: cuánto mide el largo y el ancho de la tabla y qué altura tiene la mesa. La mayoría de las mesas tienen una altura de en torno 80 cm. El mantel tiene que alcanzar la mitad de la altura de la mesa, de manera que, si mide 80 cm de alto, el mantel caerá a los 40 cm. Con lo cual, el mantel excederá 80 cm la medida de largo y la medida de ancho de la mesa para que caiga 40 cm en cada lado.
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Para eventos formales, las mesas se visten con manteles largos, con falda hasta el ras del suelo. Hay que evitar que estos queden arrastrando. El mantel únicamente acariciará o rozará el pavimento. Si, como en el caso anterior, se trata de mesas estándar de 80 cm de alto, los manteles excederán 160 cm. la medida de largo y de ancho de la tabla de la mesa para caer hasta el suelo.
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Si se trata de mesas redondas, se escogerán manteles que doblen el diámetro de la superficie de la mesa. Sobre mesas redondas pueden ponerse sobremanteles cuadrados de diferente color. Si optamos por este añadido, tenemos que tener en cuenta que deberá caer dos palmos más o menos respecto la tabla de la mesa.
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Cómo colocar correctamente un mantel
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Antes de poner el mantel, este debe estar inmaculado y previamente planchado y enfriado. Si lo ponemos recién planchado, aún en temperatura, puede marcarse por el tacto.
Primero colocamos el muletón que protegerá la mesa y luego el mantel. Una vez puesto este último, si advertimos alguna marca del planchado o arruga, pasaremos la plancha sobre él para dejarlo impecable; sí, aunque esté sobre la mesa. Después revisaremos que las puntas caigan al mismo nivel para que quede así igualado.
Podemos colocar sobre el mantel un camino de mesa, que es una tira alargada de tela que se extiende a lo largo de tabla. Puede conferirle un toque muy original a nuestra mesa.
Por último, se procede a colocar los servicios y, por último, se ponen las sillas con cuidado de no introducirlas dentro de la mesa cuando el mantel es largo, pues desluciría todo el trabajo hecho anteriormente.
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Protocolo de la puesta de largo
Se explicó en un post anterior en qué consistía la puesta de largo y, en otro aparte, se dio nota sobre diversas prescripciones en torno a la indumentaria adecuada para este importante día.
En síntesis, la puesta de largo se define como el baile de gala que se celebra en honor a las chicas que cumplen dieciocho años, edad en la que perpetraba la entrada en sociedad de las muchachas o el pasaje hacia las relaciones sociales. De este modo, la puesta de largo, no sólo suponía poder asistir a fiestas o reuniones del círculo de amistades de los padres, sino además, el anuncio de la edad de contraer noviazgo. Ello permitía la relación con los chicos, siempre con la reserva propia de quien está vigilada, pues era indecente que una joven soltera acudiera sola a fiestas o guateques donde coincidían con varones.
Ahora comprenderán porqué hablaba en pasado: ahora las chicas gozan de libertad para ir dónde y con quién quieren y es impensable endiñarles un guardián de la familia para evitar que flirtee con chicos. Se ha pasado de la contención a la rebeldía, en términos extremos casi.
Aquí es cuando uno se puede plantear si la puesta de largo es una celebración acorde con los tiempos de ahora. El motivo de la fiesta actual no obedece con el que tenía de antaño porque las chicas disfrutan de mucha más autonomía, como hemos dicho; de modo que, en la actualidad, se celebra con pretextos como el ingreso en la mayoría de edad o por costumbre familiar tradicional. Por supuesto, y ya que hemos hablado de las libertades, cada uno que celebre lo que quiera y pueda.
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La puesta de largo se puede celebrar de manera individual, es decir, realizando la ceremonia en honor a una sola muchacha, o de manera colectiva, en la que son varias las chicas que celebran su ingreso en sociedad. Cuando la puesta de largo es colectiva recibe el nombre de baile de las debutantes. A cada una de las muchachas se las llama también debutantes, cuyo vocablo viene del francés debut (comienzo, principio). De esta manera, el baile de las debutantes sería más o menos “el baile de las que empiezan”.
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Dos primas o dos hermanas mellizas o gemelas pueden celebrar su puesta de largo unificándolo en un mismo evento. Aparte de lo bonita que queda la ceremonia, permite un vasto ahorro económico y evita la ardua tarea de organizarla dos veces, de manera que es difícil vislumbrar obstáculos para organizar el acontecimiento conjuntamente.
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LAS INVITACIONES
Las invitaciones para una puesta de largo corren a cargo de los padres de la muchacha, de sus tutores o de sus abuelos, siempre que actúen como anfitriones de la ceremonia. Antiguamente, la chica no podía convocar su propia puesta de largo porque todos sus actos estaban adscritos a la decisión de los padres, sobre todo los concernientes a las relaciones sociales. Se recomienda que en las invitaciones escritas figuren como anfitriones los padres o, en su defecto, quienes asuman la organización y gastos de la fiesta por una cuestión de recato. De otro modo, si la muchacha consta en la invitación como anfitriona, puede proyectar una imagen de mimada. No es decente una persona se homenajee a sí misma.
Puesto que es un evento de etiqueta, las invitaciones serán formales e impresas, y se entregarán en mano o por correo entre un mes y tres meses antes de la celebración.
Si se trata de baile de debutantes, también se remitirán invitaciones iguales a las de la puesta de largo individual.
El contenido de texto de las invitaciones sigue el siguiente orden:
1º) Nombre de los padres o de los quienes instituyan la puesta de largo.
2º) Comienzo del predicado en tercera persona del plural (Ej. Tienen el gusto de invitar, tienen el placer de invitar, se complacen en invitar etc.) más el nombre de los señores o persona a quien se invita.
3º) Se expone el motivo de la celebración (Ej. al baile de gala, a la fiesta o a la puesta de largo en honor a…)
4º) Se detalla la fecha, hora y lugar donde tendrá lugar la fiesta.
5) Se consigna en la última línea la ciudad donde ha sido escrita la invitación y la fecha. También se admite una frase rogando que confirmen la asistencia, a pesar que la persona cortés siempre confirmará su participación.
Les mostramos unos modelos de invitación para la puesta de largo. Los dos primeros se corresponden al clásico patrón que todavía se utiliza. Las dos últimas imágenes son copias de un díptico del año 1947. La de la izquierda es el anverso y la de la derecha el contenido del interior. Si pinchan sobre ellos, podrán apreciar mejor los detalles.
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(*) Podemos simplificar esta frase con las siglas s.r.c. También se permite sustituirla por las palabras “se ruega contestación” o “se suplica confirmación de asistencia”, este último más en desuso.
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LA CELEBRACIÓN
La época más indicada para celebrar una puesta de largo o un baile de debutantes es en verano, porque es en esta estación cuando los chicos tienen vacaciones. En esta fiesta debe proliferar la juventud, que estará compuesta, por lo general, por amistades de las muchachas y posibles pretendientes. También se invitarán a familiares y amigos de los anfitriones.
El momento propicio para esta ceremonia es por la noche, ya que consite en una cena seguida de un baile, que se prolongará hasta avanzadas horas de la noche.
Tradicionalmente, la puesta de largo acontecía en casa de los padres, lo cual se presupone teniendo en cuenta la dimensión elitista que tenía el evento. Si la casa no reunía el espacio o las condiciones oportunas, se celebraba en clubes de sociedad privados.
En la actualidad, existe una mayor variedad de espacios: salones de celebraciones, hoteles, clubes privados y algunos hitos convertidos en espacios de celebraciones, como monasterios, castillos, etc. acogen satisfactoriamente este tipo de eventos.
Algunas de estas empresas organizan anualmente una fiesta de debutantes. Se trata, normalmente, de clubes privados que convocan a las hijas de sus socios a presentarse y donde cada familia tiene un número limitado de invitados.
En el baile de las debutantes, la tradición manda que cada debutante tenga su pareja de baile preestablecida para esa noche. Como ocurría antiguamente, antes de asistir a un baile, las jóvenes tenían que asignarse una pareja de baile, siempre que fuera aprobada por los padres de ella y ambos fueran mayores de edad.
Si para el baile de las debutantes la chica no dispone de pareja porque no hay suficientes chicos, éstos tienen novia o hay cualquier otro impedimento, se adjudicará como pareja un primo o un hermano, pues recordemos que sólo se trata de una parte simbólica. Ahora explicaremos el papel de la pareja de baile.
Otro aspecto que está dentro de la tradición y que no está nunca fuera de lugar es el de los regalos. Sea puesta de largo o baile de debutantes, no está de más que los invitados porten flores o un regalo a la muchacha que cumple dieciocho años. Apuesten por un detalle sencillo, como unos pendientes o un collar. Nunca bombones.
También forma parte de la tradición la entrega de pequeños obsequios a los invitados en los cuales figure una inscripción del evento y del nombre de la chica. Serían detalles como los que se entregan en bodas o comuniones. Esta es una manera bonita de hacer rememorar la fiesta y, a su vez, de agradacer su presencia a los invitados.
Al comienzo de la ceremonia, los anfitriones junto con la debutantes, los padres o abuelos (en caso de organización externa) ó la debutante, los padres o abuelos (en caso de organización de la propia familia), recibirán a los invitados conforme vayan llegando.
En la fiesta de la puesta de largo y en el baile de las debutantes, jóvenes y mayores forman grupos separados durante la velada. Hay que recordar que es una fiesta en la que se conmemora la mayoría de edad de las chicas y a partir de ahora pueden conocer a otros chicos con fines de noviazgo. La pareja de baile asiganda a la debutante se sentará en su mesa junto con otros amigos solteros.
El baile se inaugura con un vals que debe bailar la muchacha con su padre, según reza la tradición. Si la puesta de largo es colectiva, salen a la pista las debutantes con sus respectivos padres a valsar. Cuando fiinaliza en primer vals es cuando entra en escena la pareja de baile de la debutante, quien le solicitará al padre de la chica el baile con ella. La pareja bailará uno o dos canciones más y seguirán bailando a lo largo de la noche dependiendo siempre del interés que se haya gestado entre ambos.
Se admite que el baile se prolongue hasta altas horas de la noches así como que los mayores abandonen la fiesta dejando sóla a la juventud.
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Para ampliar información ver los artículos ¿Qué es la puesta de largo? y Consejos de imagen para la puesta de largo.
http://www.normasdeprotocolo.com/puestadelargo/
http://www.normasdeprotocolo.com/consejos-puesta-de-largo/
Regresamos con más artículos
Estimados amigos:
Tras unos meses de andanzas, retomamos la edición de www.normasdeprotocolo.com para brindarles los post más rigurosos y labrados del mundo de las buenas maneras. Deseamos que les sirvan de ayuda práctica o, al menos, para despejar incógnitas sobre determinadas cuestiones que muchas veces se nos plantean.
Un fuerte abrazo
Protocolo en la mesa: la colocación de los invitados y el servicio de mesa
. Sentarse en la mesa para comer con las personas que apreciamos es una de las costumbres más intactas de la humanidad. Comienza cuando el Hombre empieza a llevar a casa los alimentos obtenidos en la caza para compartirlos con su familia, motivado por el instinto protector y la solidaridad intragrupal. Con el sendentarismo y la consiguiente creación de poblados, el trato entre las personas se va acentuando y los vínculos de fraternidad brotarán hacia grupos ajenos al parentesco familiar: los vecinos. Así, poco a poco va surgiendo la idea de amistad que hoy conocemos.
¿Qué tiene qué ver esto con la mesa? Supone mucho, pues significa que la hora de la comida pasa de ser un mero acto de ingerir alimento a consagrarse como un verdadero ritual, no por los manjares, sino por la reunión social que se genera en torno a ella. Tanto en comidas familiares como en banquetes de celebración de grandes acontecimientos, el alimento ha sido siempre la pieza común alrededor de la cual se festejaba. Compartir alimentos era y es un acto de hermandad, y seguramente esta concepción no cambiará, pues no es una simple invención sino una condición propia de la sociedad.
Lisonjear a los huéspedes va naciendo de la voluntad de los hombres conforme se va consolidando la sociedad, de modo que la elaboración y presentación de los alimentos en la mesa cobrarán cada vez más fuerza. La comida, así, se convierte en un pretexto de reunión social y su prolongación durante dos o tres horas se hace una constante.
El protocolo en la mesa atiende a una lógica y es la de originar las menores molestias la hora de comer. Mucha gente opinará que constituye una serie de reglas sólo válidas para los segmentos más acomodados de la sociedad, pues las gentes de a pie prescinde de estas menudencias. En realidad, analizando todas las normas detenidamente, uno se da cuenta que casi todas tienen su sentido de ser y que son justificables desde el punto de vista funcional. Pero reitero: casi todas. Por ejemplo, el servicio de mesa a la inglesa o de gueridón resultan inútiles en una casa, donde generalmente es la dueña la que se somete a cocinar y servir los platos. A mucha gente también le parecerá una tontería la colocación de los invitados según el protocolo porque ¿es admisible que los matrimonios queden separados en la mesa? Todo tiene una razón que vamos a explicar ahora. .
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LA COLOCACIÓN DE LOS INVITADOS EN LA MESA
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En otro artículo de la web ya se había mencionado que, antiguamente, los invitados a una comida o cena de etiqueta pasaban a la sala donde se iban a sentar de dos en dos. Las damas iban siempre agarradas del brazo de un caballero, por la galantería de que una dama fuera acompañada. Si el número de mujeres y hombres en reuniones de este tipo era desigual, entraban dos hombre o dos mujeres juntos pero sin agarrarse. Para comprender esta costumbre mejor, imaginen una especie de cortejo dirigido hacia la mesa; esta calificación no es para menos, pues el acto de comer se erige como una ceremonia desde tiempos remotos. Aquel hábito de entrar de dos en dos a la sala donde se iba a comer estaba tan consolidado que en las celebraciones formales donde convergían gentes desconocidas (por ejemplo del ámbito de la política) se especificaba a quién debía darse el brazo para encaminarse a la mesa. Si no se conocían las personas que debían entrar juntas, era el responsable de protocolo quien se encargaba de hacer las presentaciones oportunas. Actualmente, esta práctica ha quedado en desuso, pero queda como vestigio el conceder sentarse primero a las señoras y a las personas mayores. .
En las comidas o cenas de gran etiqueta, como cenas de gala, bodas o celebraciones oficiales, el proceso a seguir para distrubuir a los invitados es el siguiente:
1º) Se hacen llegar las invitaciones con los planos de mesa, donde queda definida la colocación de los comensales. En estas invitaciones, es obvio que se describe el motivo del evento, el sitio y la hora cuando va a tener lugar.
2º) Se pone una minuta o menú en el lado izquierdo del comensal.
3º) Se coloca un tarjetón con el nombre del comensal encima de la servilleta, que está situada sobre el plato de principios.
En la siguiente imagen mostramos cómo debe ser la distribución de los invitados en la mesa, en el caso de mesas rectangulares, las más habituales en las casas particulares. Se trata de un caso hipotético en el una matrimonio con dos hijos invita a dos matrimonios: el señor Domínguez y su esposa y el señor Estaban con su señora.
Los anfitriones, es decir, las presidencias, ocuparán los lugares centrales de la mesa. A la derecha de la anfitriona se sienta el invitado de honor, por tratarse del lado más privilegiado; a la izquierda de la anfitriona, se sienta el segundo invitado en importancia. Por su parte, a la derecha del anfitrión se sienta la invitada de honor (esposa del invitado de honor), mientras que a su izquierda lo hará la segunda invitada en importancia, también esposa del segundo invitado en prestigio. Se debe procurar que en la mesa alternen hombres y mujeres, de esta manera, se potencia la relación en la mesa, pues los matrimonios quedan separados y no se aislan en sus conversaciones. Lo mismo sucede con aglutinar mujeres u hombres en un sector, que motivaría que se creasen grupos de conversación; por ejemplo, si ponemos a las mujeres agrupadas en un lado y a los hombres en otro, seguramente cada bando acaba imbuído en los temas propios de su sexo, y esto no es conveniente.
Por último, en los extremos de la mesa se sientan las personas más jovenes, en este caso los hijos de los anfitriones. .
EN QUÉ ORDEN SE SIRVE A LOS COMENSALES .
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Tanto en un restaurante como en una casa particular, el protocolo en el orden del servicio ha de ser el siguiente:
Se sirve primero a las señoras y después a los caballeros. La primera a la que se le sirve es a la invitada de honor, es decir, la situada a la derecha del anfitrión; la segunda es a la segunda invitada de honor, la de la izquierda del dueño; después se continuará con la siguiente invitada en honor y así sucesivamente hasta terminar sirviendo a la anfitriona. Con los caballeros se procede de manera idéntica.
Si miráramos la mesa desde arriba, el orden sel servicio atiende al sentido de las agujas del reloj. La máxima es servir de derecha a izquierda, primeramente a los invitados de honor y por último a los anfitriones. También ha de haber preeminencia a las mujeres respecto los hombres.
Estas reglas tienen que cumplirse en lo concerniente a los platos y a las bebidas, pero tiene que tenerse en cuenta un detalle respecto al vino: el que lo prueba y da su aprobación es el anfitrión. Despues, se sirve a todos los demás y por último a él.
Antes de poner cualquier plato con alimento, los ceniceros tienen que ser retirados y el vino tiene que estar ya servido. El vino se sirve por la derecha, siendo por esta razón por la que la copa está a la derecha del comensal. Aunque estemos en casa, intentaremos no dejar la botella sobre el mantel, sino en un soporte especial o en una cesta con un paño para evitar el goteo. .
¿Quién debe servir en la mesa?
Indudablemente, si la comida o cena en cuestión se va a producir en un restaurante, el servicio de mesa corre a cargo del personal profesional, pero, si se va a celebrar en una casa particular, el servicio corresponde a los anfitriones o, en en el mejor de los caso, al personal de servicio doméstico.
Si se colocan fuentes de comida en la mesa, los cubiertos de servir deben estar cerca del anfitrión, que será quien sirva. Para trinchar y servir de fuentes de la mesa, no hay que ponerse de pie. En este caso, la cortesía tiene que rutilar tanto en el anfitrión como en el invitado, de manera que se tendrá consideración al que sirva, esperando a que termine de comer su plato para servir los posteriores.
A parte de este método de servicio más informal, hay cuatro tipos de servicios de mesa generalizados: el emplatado, el servicio a la inglesa, el guéridon y el servicio a la francesa.
. 1) EMPLATADO: Es el servicio más cómodo y generalizado. La comida se emplata en la misma cocina de manera individual. Si se trata de platos calientes, se llevan a la mesa con una campana metálica para que no se enfríen. La campana debe retirarla quien haga el servicio una vez el plato está delante del comensal.
2) SERVICIO A LA INGLESA: Los alimentos se ponen en fuentes y éstas se aproximan a la mesa, donde a cada comensal se le sirve con unas pinzas o con una cuchara de servir. La forma de proceder es esta: situados al lado izquierdo del comensal, acercamos la fuente con la mano izquierda y con la derecha servimos.
3) GUÉRIDON: Guéridon es un vocablo francés que significa mesa. Se trata, en realidad, de una mesita auxiliar donde se culmina la preparación de platos a la vista del comensal. Los alimentos se terminan de hacer en el réchaud, un fueguecillo que conserva calientes los platos. Este artefacto es más habitual en restaurantes; en casa podemos emplear el calientaplatos que, como su nombre indica, mantiene en calor las viandas gracias a unas velas que se sitúan debajo de la fuente. Una vez lista la comida, se emplata en sobre el guéridon y se sirve al comensal.
4) SERVICIO A LA FRANCESA: El servicio a la francesa es el más idóneo en las casas particulares junto con el emplatado. Consiste en depositar los alimentos en fuentes y pasarlas a los comensales para que estos se sirvan. Si usamos este sistema, nos serviremos por nuestra izquierda. En las casas particulares, si se nos presenta una comida o cena formal, es conveniente utilizar un aparador o carrito de servicio donde asentar las fuentes de comida, los platos, sopera, cubiertos y demás enseres que nos sean necesarios en el servicio de mesa, así evitamos las idas y venidas a la cocina. También aquí podemos depositar los platos usados. .
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PAUTAS IMPORTANTES A LA HORA DE SERVIR EN LA MESA .
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A continuación, les enunciamos una serie de premisas para lograr un servicio de mesa perfecto. La colocación exacta de los cubiertos se guía por un protocolo que lo abordaremos en otro artículo ya que, por su complejidad, merece un capítulo aparte. .
¿Por qué lado poner y retirar los platos? .
Dependiendo del alimento en cuestión, se hará por la derecha o por la izquierda.
- La sopa, el consomé y los entremeses se ponen por la derecha y se retiran también por la derecha.
- Los segundos platos como el pescado, carne, huevos, verduras, macarrones, arroz, guarniciones, etc. se sirven por la izquierda y se retiran por la derecha. Recuerden las fuentes del servicio a la inglesa.
- El platito de la mantequilla también se retira por la derecha, pero el del pan, al estar situado a la izquierda del comensal, se retira por la izquierda.
- Los platos nuevos se colocarán por la izquierda.
- Respecto a las bebidas, también hay una serie de condiciones: el agua y el vino se sirven por la derecha; sin embargo, los licores, cava o champagne se ofrecen por la izquierda. De esta manera, las copas quedan dispuestas en la mesa quedando la de agua a la derecha, la de vino en el centro y la de champagne o cava a la izquierda.
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Hay que poner como máximo tres copas para no recargar la mesa. También se recomienda no poner más de tres cubiertos a cada lado del plato. Si se precisa otro cubierto distinto, se trae con el plato correspondiente. Si dos platos diferentes requieren un mismo cubierto, se repone éste para evitar, así, dejar cubiertos sucios sobre el mantel. Existen unos objetos conocidos como reposacubiertos que tienen la función de librar al mantel de las manchas, aunque no son muy habituales. Además, la eclosión de los lavaplatos posibilita usar varios cubiertos para una mayor comodidad.
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Cuando se termina la comida, vienen los postres. Se tiene que tener presente que se retirarán los platos sólo cuando todos hayan acabado de comer. Una vez sucede esto, se procede a quitar los vestigios de la comida o cena: primero se retiran los platos junto con los cubiertos; después los platos de pan y mantequilla; luego los recipientes con condimentos y, por último, se puede pasar una pala quitamigas si se dispone de ella.
La pala quitamigas es más frecuente en restaurantes donde se cuida el decoro. Consta de una pala, que empuja las migas de pan, y de un recogedor de mano, donde quedan depositadas estas partículas.
El postre puede consistir en pasteles, tartas, fruta, sorbetes o helados. Si se sirve repostería y fruta, primero se tiene que poner la repostería y después la fruta, ya sea en piezas, macedonia o compota.
Durante el servicio de postres, se quedarán en la mesa las copas de vino y agua. Si el café se sirve en la misma mesa, se dejará solamente la copa de agua. .
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La urbanidad en la mesa
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La urbanidad es un término que ha ido desapareciendo poco a poco del lenguaje popular, sobre todo desde su supresión en los programas educativos. Quién nacido en la década de los cuarenta o cincuenta no recuerda las lecciones, tratados, reglas y multitud de nombres precedidos de la palabra Urbanidad impartidos en las escuelas. La mano que escribe estas líneas no había nacido, pero se ha tomado la molestia de inquirir en muchos libros qué normas han permanecido y qué otras tantas se han borrado en el proceder de las comidas y cenas de la más alta etiqueta, que es donde se demuestra el protocolo con todo su esplendor.
La página www.normasdeprotocolo.com es, ante todo, un espacio de artículos prácticos destinada a aquellas personas educadas y ajenas a la crisis de valores que estamos viviendo. La urbanidad, decían, es el arte de querer y ser querido; es la ciencia de las buenas maneras o del buen comportamiento, cuyo fin es, en definitiva, labrar una convivencia agradable en la sociedad. El dar ejemplo es sumamente importante porque influye en el aprendizaje por imitación. Por ello, es esencial que a los niños se les inculquen las pautas de comportamiento en la mesa, ya que de comer como personas a comer como bestias hay un escaso paso. Además, cuando en algún momento de la vida toca compartir mesa con personas insignes o importantes, surgen multitud de interrogantes sobre cómo hay que hacer una cosa u otra. Esto es natural que ocurra, pues el protocolo en comidas o cenas formales es más estricto que el que se precepta en usos cotidianos.
La asignatura olvidada de Urbanidad ha ocasionado, sin duda, una pérdida de noción de lo importante que es la buena conducta en todos los órdenes de la vida, en el que se incluía el comportamiento en la mesa, el saludo, el juego o el cómo dirigirse por la calle. Su categoría dentro de la educación española era tal que, muchas veces, se estudiaba como las leyes, de manera exhaustiva y artículo por artículo.
La urbanidad practicada en la mesa surge en el siglo XVI, momento en el que comienza a generalizarse el uso de los cubiertos para agarrar los alimentos. Antes de esta fecha, la gente corriente los se asía con las manos, salvo algunas familias aristocráticas que gozaban de todas las novedades importadas en materia del servicio de mesa.
A partir de este momento, se irían afianzando las costumbres que se disponen actualmente. No obstante, hay que señalar que algunos formalismos se han extraviado, muchos de los cuales los tomaríamos hoy como ridículos. Por ejemplo, antiguamente, en las comidas o cenas de etiqueta (o formales), había que dirigirse de dos en dos hacia el salón donde iban a tener lugar las viandas. Primero entraba el anfitrión con la señora invitada de mayor rango; después la anfitriona con el señor de mayor rango, y así, de mayor categoría (por renombre o por edad) a menor categoría y siempre una mujer del brazo de un hombre.
Sobre la distribución de los invitados en la mesa hay un recio protocolo del que hablaremos en el siguiente artículo. Antes, resultaba sencilla la colocación en la mesa, ya que el puesto, normalmente, se indicaba con una tarjetita sobre el plato. Actualmente, esta rectitud no se estila debido, entre muchas causas, a que no contamos con el servicio doméstico como podía hacerlo la clase media de hace seis décadas.
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El comportamiento en la mesa
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El comportamiento en la mesa pone de manifiesto la instrucción y educación de una persona, como perfectamente se explica en este fragmento de un libro de Primera Enseñanza del año 1915:
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Mencionamos las normas de comportamiento o de urbanidad elementales:
- Nos sentaremos en la mesa una vez nos hayan indicado qué puesto ocuparemos. Primero lo harán las mujeres y después los hombres. El orden, a su vez, se efectuará atendiendo a las edad: primero los mayores y por último los niños.
- Comenzaremos a comer cuando la anfitriona despliegue su servilleta. Recuerden que ésta la desdoblaremos y la extenderemos sobre nuestros muslos. La usaremos sólo para limpiarnos la boca, nunca los cubiertos.
- No empezaremos a comer hasta que todos los invitados estén servidos. Si hay bandejas de comida sobre la mesa (actualmente es lo habitual en toda casa), se servirá primero los invitados y después lo anfitriones. Si no disponemos de personal de servicio, lo ideal es que sean los anfitriones los que sirvan, como señal de condescendencia.
- Cuidaremos nuestra postura, procurando permanecer rectos. Los codos no hay que separarlos mucho del cuerpo para no causar molestias a los vecinos de mesa. Tampoco los apoyaremos sobre la mesa; tan sólo dejaremos sobre ella la mitad de los antebrazos o las muñecas.
- No pondremos los pies sobre los barrotes de las sillas.
- Al servicio hay que ir antes de sentarse o una vez concluida la comida.
- Intentaremos no manchar los manteles, pues un mantelería de una buena tela y sublimes bordados saben bien lo valiosos que son.
- El pan está situado a la izquierda del comensal, sobre un platillo de porcelana o de metal. Se dejará un cuchillo pequeño a la derecha del pan, también encima del plato y con el filo hacia fuera. El pan se parte con la mano, trozo por trozo. Cuando partamos una porción, devolveremos el pan a su platito. El cuchillo del pan lo emplearemos sólo cuando queramos hacer rebanadas para untar mantequilla, paté o queso cremoso. En tal caso, una vez hechas las rebanadas untadas, nos las llevaremos a la boca con la mano izquierda.
Hay que dilucidar que el cuchillo de la derecha del pan se utilizará exclusivamente para cortarlo y no para untar en él complementos. Cada complemento llevará su correpondiente cuchillo-pala para untar.
El motivo o la razón de que el pan quede situado a la izquierda es porque a la derecha tendremos las copas que, en realidad, parten del el centro a la derecha. También porque las rebanadas quedarán más accesible a la mano izquierda, mano con la que se agarrarán, como hemos dicho.
- La copa se agarra por la columnilla o espiga, siempre con estos tres dedos: pulgar, corazón o cordial e índice.
- Cuando bebamos, miraremos la copa o el vaso de la que estamos haciendo uso. No observaremos a nadie ni tampoco miraremos a otro cuando beba. ¿Por qué este mandamiento? Pues por el sencillo motivo de evitar derrames de los líquidos, sobre todo de vino, cuyas manchas son tan fastidiosas.
- El agua debe contenerse en una jarra de cristal. Si ésta se encuentra en un lado de la mesa que no alcanzamos, la pediremos al vecino de mesa. Esta regla es aplicable con todo lo que quede lejano nuestro: jamás pasaremos el brazo delante de un comensal.
- Siempre que bebamos de cualquier tipo de copa o vaso, nos limpiaremos los labios antes y después de esta acción.
- Es de mal gusto dar sorbos, olfatear la comida, soplarla, hablar con la boca llena, reírse a carcajadas y hablar en tono alto. También es muy indecente comer muy deprisa y muy despacio, comer del cuchillo, empujar la comida con el pan o volcar el plato para arrastra la sopa a un lado.
- No verteremos una opinión sobre la comida a no ser que los anfitriones nos pregunten. Por supuesto, si lo hacen, contestaremos con una respuesta halagadora.
- La sal no debemos tocarla con los dedos. Si está contenida en un recipiente sin dosificador, la serviremos con una cucharilla o con la punta del cuchillo si éste está limpio.
- No nos llevaremos a la boca grandes bocados, ya que refleja un acto de glotonería.
- Si hay necesidad de toser o estornudar, nos giraremos disimuladamente hacia un lado.
- En la mesa no se hablará de temas de política, religión, enfermedades, muertes o desgracias.
- Para trinchar o servir no hay que ponerse de pie.
- El cuchillo estará situado a la derecha del plato y se utiliza para cortar y para empujar los alimentos al tenedor.
- Para comer carne, cortaremos cada vez el trozo que nos vayamos a comer utilizando tenedor y cuchillo. Una vez tengamos partido un trozo, nos lo llevaremos a la boca con el tenedor, agarrado con la mano izquierda.
- Si no hay que cortar ningún alimento ni se precisa el cuchillo para ayudar al tenedor, en este caso sí tomaremos el tenedor con la mano derecha. Así, por ejemplo, la ensalada no requiere cuchillo pero, sin embargo, la paella sí, porque en ella hay carne, pimiento, etc. que implican el uso del cuchillo.
- El cuchillo de pescado, con forma de pala, está colocado a la derecha del plato y sirve para separar las espinas.
- No se atenderán llamadas de teléfono móvil en la mesa. Se procurará apagarlo, pero si esperamos una llamada importante, nos alejaremos de la mesa para hablar.
- La señal que indica que hemos terminado un plato queda manifiesta en la posición de los cubiertos: cuando los ponemos sobre el plato con los mangos mirando hacia nosotros significa que nos lo pueden retirar.
- Al terminar de comer, no hay que acercar la silla a la mesa. En los restaurantes, la silla hacia adentro de la mesa, rozando el mantel, significa que esa mesa está libre.
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Cómo comer ciertos alimentos
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Existe controversia sobre cómo hay que comer ciertos alimentos, sobre todo los que presentan dificultades para su seccionado o agarre con los cubiertos. El protocolo no prohíbe nada, porque no es un compendio de leyes, pero sí preceptúa cómo hay que conducirse de manera ortodoxa. Lo que ocurre es que, muchas veces, las normas se ignoran intencionadamente cuando se antepone lo gratificante de comer. Por ejemplo, es fácil encontrar gente que jamás rehusaría comer chuletas con las manos por el placer que le produce comer, según ellos, cómodamente. Pero lo cierto es que, cuando uno se acostumbra a emplear correctamente los cubiertos, no regresa al antiguo modo porque se percata de lo relajado y agradable que es el no mancharse las manos.
Comer los las manos se considera indecoroso si los alimentos que vamos a agarrar manchan los dedos. De esta forma, se debe hacer un esfuerzo en utilizar los cubiertos cuando comamos carne provista de hueso, el cual nunca nos lo meteremos en la boca.
En el caso del marisco, hay extendida una gran discusión sobre cómo hay que comerlo. Partiendo de la regla que establece que no debe tocarse nada que ensucie, es obvio que se deben emplear los cubiertos. Pero, puesto que a veces resulta muy difícil o casi imposible seccionar estos crustáceos, aconsejamos que se utilicen los cubiertos hasta que sea imposible partirlos, momento en el que emplearemos las manos.
Cuando se perciba la posibilidad de tener que utilizar las manos para comer, se pondrán lavadedos o toallitas limpiadoras para eliminar los olores que produce el marisco.

Las ostras se comerán con cucharilla de ostras o con la mano izquierda.
Las aceitunas, frutos secos y cerezas se pueden comer con la mano. Si los frutos secos son nueces o almendras, nunca hay que partirlas con los dientes, sino con un cuchillo o un cascanueces.
Las uvas se cogen del racimo y se lavan en un recipiente con agua colocado al lado del comensal. Antiguamente, había un cubierto especial para desenganchar cada grano de uva de su racimo pero no era más que una bagatela, pues de las uvas sólo puede ensuciar el polvo que las recubre cuando están recién recolectadas o expuestas al aire.
Las pepitas y pieles de cualquier fruta se depositan a un lado del plato.
Las piezas de fruta como manzanas, peras, plátanos, naranjas, se deben mondar con cuchillo y tenedor. Las mandarinas se pelan con una cucharilla.
El jamón y los entremeses en general pueden cogerse con las manos.
Las patas de pavo, pollo o de cualquier ave sólo se agarrarán con las manos si cuentan con manguitos, que son las fundas que se colocan en cada una de las patas de las aves, con dos funciones: adornar y proteger las manos de las manchas. Suelen ser de papel y de color blanco.
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El equivocado concepto de elegancia
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La elegancia se ha convertido en un concepto confuso en nuestros días. Hace apenas dos siglos, estaba claro quién o quienes ostentaban este privilegiado calificativo pero, actualmente, con los cauces de información que nos llegan desde la los medios, la idea de elegancia se ha diluído.
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Antiguamante, el ser elegante era una condición sinequanone para asistir a los eventos de los más altos estratos sociales. La elegancia que primaba era aquella que ciudaba minuciosamente los detalles del vestido, el tejido, el peinado y, sobre todo, las normas de comportamiento, voz, muecas y demás gestos corporales. Para asistir a una fiesta, era imprescindible haber adquirido las nociones de urbanidad oportunas para conducirse correctamente en sociedad. Hoy, nos parecería una cursilería tener que aprender estas cosas, pues la vida se ha hecho más sencilla y ha cobrado un sentido práctico que rehúsa de estos requisitos.
De esta serie de aspectos, se ha heredado la idea elemental de la verdadera elegancia, que engloba muchos puntos pero que se resume así: la elegancia es el arte del buen gusto en la elección de la indumentaria para cada momento, con sus complementos perfectamente armonizados y en consonancia con la personalidad del sujeto. Una condición inherente a la imagen exterior es el cuidado del espíritu y de la educación (la belleza interior), pues un vestido no es elegante, sino la persona quien lo lleva.
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Hace muy poco vi en la televisión, en un programa que no es ejemplo por sus buenas maneras, una señora de alta edad muy elogiada por su afán de coleccionar vestidos de alta costura. Lo que no nos queda bien claro es la razón de por qué la invitaron a este espacio de corazón, pero la cuestión es que la temática de la entrevista giró alrededor de verter críticas a Doña Carmen Lomana. También le consultaron asuntos de asesoramiento de imagen y su opinión respecto la vestimenta de diversos miembros de nuestra Casa Real.
Las opiniones no dejan de ser opiniones y es innegable que se han de respetar. Pero es reprensible tener que digerir alegatos como “para ser elegante hay que ser alta y delgada”; “hay que nacer con ello y tener dinero”, mientras mostraba alguna de las prendas adquiridas a precios inusitados en París. Y toda esta exposición delante de millones de espectadores que se encuentran rodeados de familiares en paro y que, buenamente, sueñan esbozando estas imágenes de lujo y fortuna. Quizás, lo que desconocía esta señora es que la televisión es la vía que genera más confianza al espectador en los mensajes que lanza y que, por tanto, debería haber declinado hacer este tipo de declaraciones que, lo único que iban a provocar era hacer sentir a la audiencia deseperanzada y frustrada ante la imposibilidad de ser elegante.
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¿Está reñido el dinero con ser elegante?
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Aquí es donde se encuentra la auténtica definición de elegancia. La elegancia no es una cuestión de dinero, sino de gusto y de observación. Hay que observase a sí mismo y averiguar qué es lo que nos va mejor tanto con nuestro físico como con nuestra personalidad. No es necesario nacer rico para ser elegante. Si tenemos predisposición al orden a la pulcritud, controlamos nuestro lenguaje (verbal y no verbal) y gozamos de una buena belleza interior, reunimos todos los requisitos para ser elegantes. Por el lado contrario, hay personas que nacen en el seno de familias agraciadas con el dedo de la fortuna que no tienen propensión a ser elegantes, pues emplean un lenguaje vulgar y descuidan su imagen. También nos encontramos con personas que, siendo o no ricas, abusan de la afectación y del snobismo por medio de la vestimenta y de un estilo de vida que no es el que le corresponde o que no va con su personalidad.
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Respecto este punto, hay un apartado en el libro Guía de la Elegancia, de Jacqueline Du Pasquier (Francia, 1956), titulado La elegancia no depende del dinero, que dice esto:
La elegancia no es una simple cuestión de dinero. Una mujer bien educada, vestida discretamente y con gusto, es más elegante que otra que lleva trajes de los grandes modistas, pero que gesticula, habla fuerte o usa un lenguaje demasiado libre. Esta última podrá impresionar de lejos mientras esté quieta o callada, pero en cuanto abra la boca toda su elegancia se derrumbará.
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Una premisa muy importante es ser uno mismo y reafirmar el estilo propio, rechazando aquello que va encontra del carácter de uno mismo. Mucha gente imita los looks de modelos que admiran (celebridades, actrices, etc) porque piensan que les quedará igual de bien. Esto no refleja más que una inseguridad y carencia de personalidad que deriva al final en un gregarismo a la hora de vestir.
De la moda hay que seleccionar aquello que nos convenga. Las colecciones presentan varios looks; si alguno nos gusta y va con nosotros, lo adoptaremos, pero si no es así, lo dejaremos pasar. Se trata de escoger con inteligencia, previsión y sutileza, huyendo de la imitación de modelos.
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La elegancia y la masificación de la moda
Es indiscutible la importancia que tiene el vestido en la sociedad. No hay más que ver la ingente cantidad de tiendas que encontramos en las ciudades y el segmento del presupuesto que destinamos en él. Pero la ropa desempeña además un papel destacado en las relaciones sociales, enviándonos mensajes sobre el sexc de la persona, su pertenencia a un grupo étnico, el rol, el statutus socioeconómico o el nivel jeráquico en una profesión. Muchos psicólogos, sociológos y psiquiatras han estudiado la relación entre la persona y su modo de vestir y han colegido resultados muy interesantes sobre la personalidad de los individuos.
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Inicialmente, los grandes modistos sólo confeccionaban moda de alta costura que sólo podía ser adquirida por mujeres que tenían el privilegio de ser ricas o famosas. En la década de los setenta, se asiste a la efervescencia del prêt-à-porter (listo para llevar), que significó la venta de los diseños a gran escala para hacerse más accesible a la clase media. De esta manera, comienza a surgir la igualdad de oportunidades en moda, pues antes las señoras de clase menos acomodada tenían como remedio la ropa fabricada a medida o aquella fabricada en talleres donde copiaban las tendencias. Así, la moda, que mucha gente la asociaba a la riqueza, pasa a ser multitudinaria, para todos y todas.
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Pero para ser elegante no hay que enfrascarse sólo en la moda, sino en el espíritu de la persona. Se gasta mucho dinero en seguir las tendencias o ir a la última para aparentar ser distinguido. El aparentar ser algo que no se és es una ridiculez y también lo es empeñarse en parecer más joven, pues ambos secretos se descubren enseguida.
Alusivo a este punto, recuerdo un caso del programa de asesoramiento de imagen Tim Gunn, el Gurú del Estilo, en el que una señora reflejaba su inseguridad comprando sólo ropa de marca por ser de marca que no le sentaba nada bien. Además, tendía a vestir como cuando era una muchacha, a pesar que su cuerpo había mutado considerablemente. Los asesores de imagen la condujeron en el camino de buscar su estilo personal, no cerrándose en las marcas, y consiguieron sacarle partido tanto de su físico como de su persona.
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El vestir correctamente para una ocasión es muy meritorio porque no siempre resulta tarea fácil, sobre todo si no se está acostumbrado a concurrir en actos sociales. En este apartado indagaremos en otro momento, pues son reglas de protocolo de cumplimiento esencial como pautas que guían en la educación y civismo de la sociedad.
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