Situaciones embarazosas en la mesa. Cómo reaccionar adecuadamente ante ellas según el protocolo

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El comedor, ya sea de una casa particular o de un restaurante, es el espacio donde concurren, con seguridad, la mayor parte de las situaciones embarazosas que una persona puede experimentar, sobre todo cuando se es poco avezado en el protocolo. La mesa, elemento central del comedor, ha dejado de ser aquel soporte que en tiempos prehistóricos servía para poner las viandas que iban a ser consumidas para convertirse, en tiempos modernos, en el núcleo inequívoco de toda reunión social.

Como se ha mencionado muchas veces en otros artículos, la necesidad del ser humano de relacionarse y de compartir alimentos con sus semejantes se ha visto reflejada en todas las eras  en el ritual de la comida, casi siempre en torno a la mesa.

El esmero y el agasajo que se ofrece en la mesa son casi siempre inherentes al cariño que se profesa a los comensales. Esta complacencia al convidado se ha venido utilizando desde hace siglos, además, para intereses lucrativos y para aprovecharse, en definitiva, de la oportunidad que brinda ese momento jocundo que suele darse en torno a una mesa bien servida y opípara en manjares.


Alrededor de la mesa se han cerrado importantísimos acuerdos; se han pactado las condiciones de  matrimonios, y se han tratado multitud de negociaciones de toda índole. Pero la mesa es también el lugar por excelencia en la que las familias y amigos festejan acontecimientos, ya sean corrientes, como un aniversario o una cena de empresa, o gloriosos, como puede ser la celebración de una boda.

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La mesa es, así, un espacio fundamental en la vida de relación social. Posiblemente, la mesa sea uno de los escenarios donde más ha insistido el protocolo; y es que es en la mesa donde hay que extremar la buena educación y donde se hace preciso poner de manifiesto el respeto hacia los demás, ya que hablamos de un acto tan importante como es el comer.

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Cómo actuar ante situaciones embarazosas. Parte I: espacios públicos, visitas y reuniones sociales

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A lo largo de la vida se nos pueden presentar multitud de situaciones comprometidas o embarazosas las cuales no sólo nos expondrán al ridículo sino que nos abrirán la disyuntiva de cómo actuar. Cuando en la resolución de estas situaciones nos referimos a disyuntivas lo hacemos porque no siempre las personas estamos preparadas para afrontar todas las circunstancias, pues hay “pequeños accidentes”, como por ejemplo la rotura de un vestido en mitad de una fiesta, que, precisamente por su condición de accidente, no acostumbran a ser habituales.

Las situaciones ridículas se producen, en buena parte, por un problema de empatía en la sociedad; por la merma de ese principio elemental de la convivencia que reza no hagamos a los demás lo que no queremos que nos hagan. Es precisamente esa falta de delicadeza y de compadecencia en los demás, y el miedo a la risa ajena,  los que explican que obremos con prudencia a la hora de acometer gestos susceptibles de desfallecer en el intento, como son, por ejemplo, andar con tacones altos, manejar cubiertos de marisco en una mesa de experimentados en esta hazaña o intervenir en una conversación de versados en una materia.

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A menudo, las personas nos comportamos como seres despiadados, olvidándonos que ninguno es perfecto y que las desgracias que les pasan a los demás nos pueden suceder a nosotros.

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Todas las circunstancias en la que haya personas presentes pueden ser objeto de ridículo, de bochorno y de predisposición a mostrar nuestra mejor cara, porque, como seres humanos, nacemos para vivir en sociedad, para convivir con otros humanos, y es por ello que tenemos que aprender a salir airosos de aquellas situaciones incómodas que estén presenciadas por los demás; unos “demás” que son, por lo general, seres desalmados y ávidos de hacer mofa, por muy elegantes que se vistan o se muestren.

En este artículo no se pretende cambiar el mundo, porque las dimensiones de dicho propósito caerían en la exageración o en una utopía. Ninguna exageración es buena. Lo que se pretende es que, en función de las circunstancias más frecuentes de torpeza, uno aprenda a salir triunfante de ellas; todo ello con el fin de evitar caer en el ridículo, palabra que quedó patente cuando el ser humano comenzó a ser cruel con sus semejantes.

En el segundo capítulo, que se publicará en breve, se abordarán las situaciones embarazosas en la mesa y para con los regalos.

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El uso de la servilleta. Su presentación en la mesa y el modo correcto de usarla

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La mantelería es uno de los elementos que refleja el tono de una mesa, de la ocasión y de un restaurante, y es por ello que debemos cuidar al máximo su elección a la hora de tener comensales en torno a la mesa, ya sea en una casa particular o en el restaurante.

Un restaurante de categoría, así como un buen almuerzo o cena en una casa particular no deben prescindir de las mantelerías de tela, pues, de otro modo, la alternativa de manteles y servilletas desechables da la impresión que el anfitrión prioriza la economía frente a la obsequiosidad hacia sus comensales.

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Actualmente, muchos restaurantes emplean pequeños manteles individuales en sus mesas, y ello obedece, con frecuencia, a un intento de ahorrar en lavandería. Estos manteles, que ya se usaban en los años setenta y en muchas tascas de antaño, se concibieron por razones de comodidad y de ahorro, pero no tuvieron en cuenta que lo elegante y acogedor para el cliente siempre gana frente a lo barato. Lo cierto es que estos pequeños manteles quedan bien si estos son de calidad y si la tabla sobre la cual se colocan es de madera lucida. Mejor quedan aún si debajo de ellos se pone un mantel de tela que contraste con el color, logrando, así, un juego de colores bonito a la vista y moderno.

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Lo que se quiere subrayar es que lo bonito y agradable siempre gana, y es por ello que en Normas de Protocolo siempre se hará hincapié en que la calidad no debe declinarse por economizar en aquellas ocasiones importantes, ya sean de etiqueta o de cumplido, así como en los restaurantes de renombre; todo ello por el bienestar de nuestros apreciados comensales.

Con esto, las buenas mantelerías, entendidas como el conjunto de mantel y servilletas a juego, no tienen que faltar nunca en una buena mesa. Este principio es comprensible para todo el público que posea un mínimo de buen gusto, pero, con él o sin él, pueden plantearse dudas acerca de cómo colocarla, sobre todo con las servilletas.

Partiendo de este problema, en este artículo se van a describir todos los pormenores del uso de la servilleta, sus reglas elementales de decoro, su posición en la mesa y su función original, que con el tiempo se ha ido transformando.

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Las relaciones con los criados o personal doméstico

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Este texto es una continuación del artículo anterior, el cual iba sobre el tratamiento de usted . En este capítulo se abordará la evolución en las relaciones entre criados y señores, la mejora de las condiciones laborales de este sector, y la cuestión del tratamiento de tú o de usted entre señores y personal de servicio doméstico.

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El personal de servicio es una institución que, como todo lo que ha vivido el paso del tiempo, se ha transmutado, aunque en este caso el cambio ha sido tajante.

En el siglo XVIII y parte del XIX, los criados formaban parte de la familia, pues muchos de ellos permanecían con ésta prácticamente toda su vida. Es por ello que, en muchas casas españolas, el conjunto de estos empleados recibía el nombre de la familia, porque sus quehaceres no sólo se limitaban a limpiar, fregar o cocinar, sino que, además, participaban en las alegrías de la casa, mediaban en asuntos de la familia, eran confidentes de pecadillos de buen perdonar (Paulina L… 1875), y tenían, incluso, potestad para reñir y consolar a los hijos.

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Los sirvientes eran una especie de agregados de la familia que reunían las virtudes de la abnegación, complacencia y solicitud hacia sus sostenedores. Pero esta unión fraternal no estaba motivada por lazos de esclavitud, ni mucho menos, sino de   respeto mutuo.

Los amos, sobre todo si eran cristianos, se erigían como protectores de sus criados; de hecho, no eran pocas las señoras que los asistían y cuidaban en la enfermedad, “convencidas que la idea de señora encerraba la condición de protectora y madre” (Coloma, L. 1914). Se trataba de señoras piadosas, por lo común, que no rehusaban considerar su hermano a un pobre lacayo.

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Hasta principios del siglo XX, el servicio doméstico era un elemento más en el hogar de clase media y alta, ya que éste era accesible desde el punto de vista económico. Por otro lado, en España todavía no se habían sentido los efectos de la industrialización, el cual dio trabajo después a miles de mujeres. Por tanto, en los siglos XVIII, XIX  y principios del XX, el trabajo de sirvienta era de los pocos a los que podía aspirar la mujer que necesitaba trabajar; de ahí el superávit de empleadas del hogar en aquella época.

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A finales del siglo XIX fue mermándose la calidad del servicio doméstico, pues los cambios de mentalidad  harían que los amos fueran perdiendo el sentimiento de protección hacia los criados. Los sirvientes, paralelamente, irían minando el valor del sacrificio, con lo que los vínculos de confianza y de concordia con la familia se irían borrando poco a poco. De este modo, el trato hacia los criados, que antes solía ser de tú (un tú de amistad), fue transformándose en un severo usted que debía existir como seña de distancia y de respeto hacia los amos.

¿Y cómo correspondían los amos a los criados en el trato? Muchos señores, influidos por la afectación que fue imponiendo Francia, se volvieron  verdaderos tiranos con los de la clase inferior, de modo que muchos de ellos hablaban tú a los servidores para mostrar las diferencias de rango. También había familias que llamaban de usted al servicio para dejar patente la distancia que debía mediar entre la servidumbre y los dueños de la casa.

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La pérdida de confianza entre criados y señores que se fue gestando a finales del siglo XIX obedece también al excedente de empleadas domésticas que había en nuestro país por aquel entonces, pues, como se ha dicho antes, el trabajo femenino todavía estaba muy restringido. En consecuencia, los amos se podían permitir tratar a la servidumbre como esclavos, ya que tenían “repuestos” asegurados en el mercado laboral.

Otro efecto de esta esta excesiva oferta de personal doméstico es el relacionado con las condiciones laborales: salarios precarios, jornadas interminables de trabajo, ausencia de días de ocio, etc. son producto de un saturada oferta en los países no avanzados.

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La Revolución Industrial en España impulsó la entrada de la mujer en el mercado laboral, ya que las fábricas que se instalaron  en nuestro país buscaban mano de obra femenina y personal para sus  cafeterías y bares. Este fenómeno redujo el contingente de criadas y de personal doméstico que estaba dispuesto a trabajar en condiciones laborales y humanas precarias. De hecho, el personal doméstico que había hasta el momento solía avergonzarse de su ocupación, dado que era consabida la bajeza con la que se trataba a las muchachas y muchachos que dedicaban su vida al servicio del hogar.

La reducción de la oferta del personal de servicio trajo consigo unos requerimientos en las condiciones económicas y laborales que sólo las familias más pudientes podían ofrecer. Así, jornadas laborales de siete u ocho horas, sueldos generosos, fines de semana de descanso y la consideración de la persona de servicio como un ser humano,  fueron haciéndose realidad a mediados del siglo XX. Concretamente, en el año 1969, se introduce una nueva ley por la cual el personal doméstico debía descansar dos días a la semana.

El personal doméstico, a causa de su escasez y de  las mejoras laborales, se convirtió en todo un lujo a partir de los años setenta, de modo que, como se ha hecho mención, las clases altas pasaron a ser las únicas que podían asimilar su coste.

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¿HAY QUE TUTEAR A QUIENES ESTÁN A NUESTRAS ÓRDENES?

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Regresando a la actualidad y a términos aplicables, hay que apercibir a las personas que tengan el privilegio de disponer de servicio doméstico que nunca hay que tratar de tú a estas personas por el hecho de ser servidores nuestros, y mucho menos lo deben hacer los niños. Todas las personas, en independencia de su condición social o rango, merecen el mismo respeto y están sujetas a las mismas reglas de cortesía que los demás. A no ser que entre servidores y mantenedores exista plena confianza, no se les ha de tutear. Lo mismo advertir a los servidores, quienes siempre deberán de hablar de usted a los señores de la casa, excepto a los niños.

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La persona que cuente con servicio doméstico ha de acogerse a una regla esencial si desea que las relaciones con el servicio sean gratas. Esta regla esencial es dar ejemplo de cortesía y de respeto. Pedir las cosas con un por favor y ser amable con el empleado doméstico garantizan casi siempre un trato análogo por parte del otro. Si a un criado se le exige urbanidad, los primeros que deben mostrarla son los dueños de la casa; lo contrario sería despotismo.

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Noelia Tari ©

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El tratamiento de usted

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A la hora de entablar conversación con una persona que nos acaban de presentar, es frecuente que surja la duda de cómo tratar a dicha persona: de tú o de usted. Este interrogante, que cada vez aflora más en la sociedad, es producto de una debilitación de la cortesía y de las buenas maneras, las cuales han sido reemplazadas por una igualación en el trato que tiende al tuteo.

Esto antes no ocurría. No hay que irse muy lejos en el tiempo para observar cómo nuestros padres hablaban de usted a nuestros abuelos, trato exigido como muestra de respeto a unos seres a los que se les debía la más absoluta obediencia, y cómo entre profesores y alumnos mediaba una distancia inquebrantable bajo la  preceptiva forma del usted, además de otros indicios de deferencia hacia la persona que detentaba la autoridad (por ejemplo, quitarse el sombrero, inclinar el cuerpo o besar la mano al saludado).

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Antiguamente era obligación hablar de usted a los profesores en señal de respeto

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Analizando el cambio que han registrado las relaciones, una de las ideas que subyace es que, al menos, el trato para con nuestros allegados se ha ablandado drásticamente; se ha vuelto más cercano e, incluso, amigable.

¿Ello significa que el respeto se haya perdido? No siempre. Las relaciones con los padres y con las personas de autoridad ha experimentado una evolución sustancial desde mediados siglo XX que ha ido de la mano de un proceso de cambio social complejo, distinto en cada país. La emigración a las ciudades, auspiciada por la industrialización, trajo consigo una serie de condiciones que minaron la sumisión al padre. En las ciudades, las relaciones son más abiertas y las acciones del individuo no están sojuzgadas como lo están en la comunidad rural, donde todos se conocen, opinan y vigilan la actividad del otro. Este proceso de cambio es muy interesante para estudiar la influencia del éxodo rural en las relaciones sociales, y, en el caso que aquí corresponde, para vincular la ciudad, los estilos de vida modernos, con el relajamiento de las normas.

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En este artículo se describirán las causas que han conducido a la pérdida del tratamiento de usted en la relaciones personales, incidiendo en la decadencia del patriarcado, y cómo las recias formas de tratar a los superiores han derivado en un protocolo que nada tiene que ver con el tradicional.

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Hay que recalcar, antes de continuar leyendo el texto, que todo lo abordado aquí se aplica únicamente al caso de España. En otros países de habla hispana, el tratamiento es bien distinto, pues si bien en en Hispanoamérica hay países donde el tú se ha sustituido por el vos, y otros donde el usted prevalece ante el tú, en España conviven dos formas de segunda persona: el tú y el usted, aparte de los tratamientos de rango.

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La galantería en la ventana: los piropos, las rondas y los peladeros de pava

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No todo en el pasado fue cruel con la mujer. El género femenino ha sido objeto de las más trabajadas hazañas para ser conquistada a través del piropo, el galanteo y todas las artimañas posibles para lograr conectar el corazón al del intrépido enamorado. Como si de un mundo absolutamente distinto se tratara, la mujer estuvo, antaño, rodeada de toda una serie de cercos insoslayables para acceder a su corazón, para lograr enamorarla. Por un lado, estaban todos los impedimentos propios de la sociedad conservadora, en la que la religión cristiana constituía la guía en el camino de la vida. En consecuencia, la honra, entendida como el recato de la mujer ante la actividad sexual, se respetaba hasta el punto de estar severamente castigado por la sociedad el mantener relaciones sexuales antes del enlace matrimonial.

Esta honra, que debía envolver a las muchachas no casadas, era causa de la excesiva protección por parte de sus padres; protección que, a menudo, alcanzaba niveles de cautiverio. De este modo, las muchachas de principios de siglo XX, tenían prohibido relacionarse con los mozos a solas, aun siendo novios y habiendo acordado un destino matrimonial.

La estrecha vigilancia de los padres, sobre todo de ella, dominaba la relación de noviazgo, hasta el punto de  confiscar la correspondencia intercambiada. Pero no sólo se decomisaban las cartas como muestra de control,  también estaban proscritos los besos, las caricias, los paseos de la pareja a solas y todo aquello que pudiera ser indicativo de la pasión carnal.

“Pelando la pava”. Pintura de Mariano Bertucci (1884-1955)

De esta forma, la salvaguarda de la honra de la mujer dificultaba las relaciones de pareja, convirtiéndolas en verdaderas proezas sobre todo en el mundo rural, donde todos se conocían y todos actuaban como centinelas de los novios. Pregunten a sus abuelos si les fue fácil darse el primer beso, seguro que detallarán mucho mejor que yo los porqués de estas dificultades.

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¿Cómo eran estas relaciones y qué diferencia había con las de ahora? Para empezar, había dos roles bien marcados, al contrario de lo que sucede hoy. Por un lado, el hombre era el galanteador, el encargado de enamorar, y una especie de mameluco que, para tener novia y ser aprobado por los padres de la pretendienta, tenía que pasar por una serie de situaciones embarazosas, como presentarse ante los padres de su futura novia o ir a ver a la joven a su casa, clandestinamente, con todo el cuidado para que los padres no los descubrieran. Estas visitas consistían en ir a conversar con la amada en su ventana o por el balcón, nunca en el interior de la vivienda, a no ser que  los padres de ella hubieran dado consentimiento.

Por su parte, la mujer tenía el rol de conquistada. Era el mozo quien tenía que enamorar a la muchacha por medio de las palabras, los gestos y las atenciones, y es de este galanteo no táctil del que deriva el extensísimo repertorio de canciones, rondas y poesías  basadas en alcanzar el cuerpo y el alma de la mujer amada.

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Traducción de las abreviaturas y siglas más frecuentes en la correspondencia antigua

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La comunicación escrita o por carta es posiblemente la forma de transmisión de información más antigua que se conoce, dentro de la modalidad de comunicación indirecta o no presencial.

Con la carta o correspondencia, la información llegaba a otros puntos del país o fuera de éste, con el inconveniente que el mensaje podía tardar varias semanas en llegar al destino; todo ello a principios del siglo XIX  y con más perjuicio en los núcleos rurales.  Con esto, no es difícil hacerse una idea de lo lenta que era la transmisión de cualquier mensaje a un familiar que residía en otro punto del país.

A partir 1865 se mejora la red postal,  acuciando el reparto diario de la correspondencia en la mayor parte del país. A ello hay que añadir la ventaja que supone el avance del ferrocarril, que acelera el tiempo y el volumen de envíos.

A mediados del siglo XIX surge el telégrafo en España, sistema de comunicación que revoluciona el periodismo español, ya que le permite un flujo rápido de noticias tanto a nivel nacional como internacional, siempre que los otros países contasen con red telegráfica.

En 1860 arranca la popularización del telégrafo como vía de comunicación privada, reduciendo las distancias que antes mediaban entre emisor y receptor.

Pero el verdadero impulso en materia de comunicaciones lo establece el teléfono. El teléfono fue implantado en España en  el año 1877 pero se puso a disponibilidad del  público general a partir de 1925 por la CTNE (Compañía Telefónica Nacional de España). En sus inicios, su uso estuvo restringido a las clases más acomodadas debido a su alto precio; de hecho en el año 1935, sólo un 8% de la población tenía teléfono particular.

Mucho más tarde,  a mediados de los años noventa, la popularización de internet y de la telefonía móvil, proporcionó una disminución de las distancias nunca vistas y que eran inconcebibles un siglo antes. El contacto instantáneo y en cualquier lugar del territorio es posible gracias a estas invenciones del siglo XX que, además de permitir la comunicación rápida,  han transformado la vida social;  ¡incluso la condicionan! de hecho, sólo hay que ver la multitud de información a la que únicamente se puede acceder a través de la red: por ejemplo,  solicitudes de becas, matriculaciones, petición de certificados, etc .

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Carta protocolaria de carácter comercial de los años 50

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Objetos raros de la mesa: los posacubiertos

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Existe una serie de objetos inusuales de mesa que merecerían ser recogidos en una nueva subcategoría del blog, cuyo nombre sería objetos raros de la mesa por su excentricidad y por su desacostumbrado uso en la mesa actual.

Los posacubiertos, sujeta-cubiertos o reposa-cubiertos son los nombres que reciben popularmente los puentecillos o soportes destinados al reposo de los cubiertos cuando no se hace uso de ellos. Su misión es la de no ensuciar el mantel, principalmente; pero, ahora bien, las reglas más elementales de protocolo y buenas maneras indican que el cuchillo y el tenedor jamás deben permanecer sobre el mantel cuando éstos ya están sucios, sino que deben apoyarse sobre el plato.

Ni siquiera los tres nombres con los que se designa a estos utensilios se contemplan en el diccionario de la Real Academia Española. Con todo, el nombre que mejor alude a estos soportes es el de salvamanteles, sustantivo que emplea Antonio Armenteras (1959)  para mencionar a estos cachivaches.

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Aspecto de una mesa con los posacubiertos

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Deberes de los compromisos, empresarios y personas con subordinados en Navidad

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En el capítulo anterior se ha hecho una introducción sobre la Navidad en la vida de relación social, mencionando el cambio que ha experimentado esta trascendente fiesta en lo relativo a su valor religioso y a su concepción en la sociedad. Con ello, es notoria la pérdida del simbolismo de la Navidad, pues hemos pasado de una Navidad basada en la caridad a una fiesta orientada a la compra de regalos.

La Navidad no se concibe como antiguamente, este hecho es manifiesto. En las casas el protagonista ya no es Nacimiento o el belén sino el árbol de Navidad, que abrigará con su copa repleta de cachivaches una montonera de regalos, tanto para aquellos que se hayan portado bien como para aquellos más granujas.

La Navidad es un período que hay que entenderlo como época de generosidad, en el que se recuerda que nació Jesucristo para salvar a los hombres; a los ricos y a los pobres; a sanos y enfermos; a niños y mayores; a vivos y difuntos. Pero para que haya paz es necesario reestablecer el orden, y que los ricos donen a los pobres para lograr una humanidad igualitaria. Esta es la teoría y el propósito original de la Navidad.

Esta idea de desprendimiento material es la que acogían tradicionalmente los empresarios y próceres de la sociedad en Navidad. Aún quedan reductos de esta vieja usanza, la cual, convertida en costumbre, obliga a los empresarios y personas con subordinados a tener, de cara a la Navidad, ciertas atenciones con las personas que están a su cargo, con sus socios y con sus clientes.

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Los empresarios acostumbran hacer entrega de clásicos lotes de Navidad a sus empleados, socios y clientes más distinguidos

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La Navidad en la vida de relación social

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La Navidad es una las épocas de mayor relevancia desde el punto de vista de las relaciones con nuestros semejantes. Fiesta en la que se conmemora el nacimiento del Niño Jesús, la Navidad continúa siendo motivo de celebración con nuestros allegados y deudos, en la que la caridad y la prodigalidad llevan manteniéndose desde hace muchos siglos, aunque con matices más adaptados a la vida moderna. Así, mientras que antaño la caridad navideña consistía en dar limosnas a los hospicios, hospitales y a los pobres, recordando la máxima de “amarás al prójimo como a ti mismo”, en los últimos años reina el afán de despilfarrar en regalos para los seres queridos, ya no por la máxima que presidía antes esta festividad, sino por la que viene imponiendo el consumismo del siglo XX y XXI, que comunica algo así como “si le quieres, regálale”.

Lo que no ha cambiado ha sido el gusto por reunirse en torno a la mesa con los familiares y amigos íntimos. Cierto es que toda fiesta, ya sea pagana o cristiana, congrega para su ocasión al círculo de allegados en torno a la mesa, pues es esta el lugar de regocijo por excelencia de los seres humanos, en la que el acto de compartir viandas y conversaciones intensifica lazos.

En este artículo se van a señalar las costumbres más sobresalientes de la Navidad de antes y de ahora, que dan nota de la desacralización que ha experimentado la Navidad. En el capítulo siguiente, se mencionarán las obligaciones que han de cumplir en esta época aquellos que se deben a la vida de relación social.

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