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La ciencia que hacía dulce la convivencia. La crisis de la Urbanidad

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La convivencia en comunidad nunca ha sido del todo idílica. En todos los períodos históricos, siempre ha destacado un grupo de personas que han perturbado el orden  que debería reinar en la comunidad humana. Esta paz y armonía, que se ha logrado de acuerdo a una dilatada evolución antropológica, debería predominar en la convivencia, ya sea urbana o rural, pues sólo la especie humana está diseñada y es capaz de vivir en sociedad.

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Sabemos que los fundamentos de la sociedad son la cooperación o ayuda mutua para sobrevivir. Son indispensables, por tanto, el buen trato y todas las formas de relación respetuosas con nuestros semejantes para hacer más agradable la convivencia. Moral, Educación y Urbanidad desempeñan aquí un papel primordial, de fácil alcance para todos por su sentido común y por la evidencia de sus buenos resultados a lo largo de la Historia de la Humanidad. El problema es que estas disciplinas no ocupan un espacio destacado en los programas educativos. Además,  la misma sociedad , cada vez más individualista, está perdiendo aquellos valores tan esenciales que realmente rigen el orden y la calma en la convivencia:  la caridad y cortesía.

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Recientemente, hemos tenido noticias a través de los medios de comunicación de tres casos particulares que han motivado a que escriba este artículo y que diserte un poco acerca de este tema, que no es sólo el de la crisis de la urbanidad o de las buenas maneras, sino el de la paradoja de que ya no se profese esta disciplina cuando es ahora cuando más se necesita.

Pocos saludan al entrar a un ascensor; no se respeta a los ancianos ni se socorre a alguien cuando sufre un pequeño accidente por la calle, como un tropiezo o la caída de alguna pertenencia. Lo peor de todo es que hay casos que entran en el terreno de la pérdida de la conciencia moral, osea, con lo salvaje o propio de los animales menos adiestrados. Me refiero, por ejemplo, a las chicas de etnia gitana que vejaron a un anciano de noventa años de edad en la provincia de Jaén. Actos de semejante índole deben ser duramente castigados y lo menos difundidos por la prensa en la medida de lo posible, porque, del mismo modo que suprimen los suicidios para evitar que personas con problemas se alienten a imitarlos, estos comportamientos, con imágenes que dan fe de los hechos, deberían censurarse para evitar estar en el escaparate de los ejemplos.

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El segundo caso que ha invitado a esta redacción es la pintoresca saga de asaltos a supermercados e instituciones de poder, promovido por el diputado de IU, el Sr. Sánchez Gordillo. Este caso difiere de la temática a tratar pero, al vincularse con el incumplimiento de la Ley y con la subversión de lo establecido, es un ejemplo de rebeldía que, si se imita, puede derivar en un caos social que pocos deseamos.

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El tercer caso es un modelo de disciplina cívica , digno de imitar por los Ayuntamientos,  que es la Ordenanza de medidas para fomentar y garantizar la convivencia ciudadana en el espacio público de Barcelona. La Ciudad Condal ha recogido en un marco normativo una serie de medidas para mejorar la convivencia social, entre las que destaca la prohibición de la práctica del nudismo o semi nudismo (ir sin camiseta o con traje de baño), cuando no se esté en la en la playa, paseo marítimo o calles próximas a la este espacio, o en la piscina o áreas donde sea frecuente este atuendo. Esta medida fue introducida a través de la modificación de abril de 2011, pero salió a relucir recientemente en la prensa interrogando o a la población si la medida era lícita en relación al calor estival y a los principios que rigen la convivencia.

De no existir sanciones que controlen este falta de urbanidad, muchos continuarían yendo sin camiseta pensando en sí mismos y no en lo desagradable que puede resultar este acto para los demás, por no mencionar cuánto perjudica a la imagen de la ciudad.

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Con todo ello, cabe preguntarse: ¿La libertad de elegir que nos caracteriza ha de llevarse a rajatabla? ¿O han de adoptarse a rajatabla las reglas de comportamiento cívico aun a expensas de renunciar a nuestro bienestar personal?

La buena educación, la cortesía o las buenas maneras nacen de manera natural, con el trato continuo con lo demás, pero requiere ciertas reglas o leyes que, aunque no estén promulgadas por los Estados, son ostensibles o reconocidas universalmente por todos los seres civilizados.

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LA URBANIDAD Y LA CARIDAD COMO FÓRMULAS PARA DULCIFICAR LA CONVIVENCIA

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Somos seres sociales, por tanto, nos conviene el trato pacífico y respetuoso con los demás. D. José Codina (1846), en su libro Pensil de las niñas ó principios de Urbanidad y decoro propios del bello sexo menciona como primera máxima: “Sin Moral ni Urbanidad no puede haber sociedad”.  Otro oportuno aforismo lo pronuncia D. Vicente de Paz (1947), autor de Reglas de Urbanidad para la juventud rural, quien dice: “Existe entre los hombres un sentimiento de comunidad, de mutua ayuda, que los obliga a relacionarse, a estrechar lazos. Si se quiere conservar esta relación, es necesario guardar ciertas formas exteriores, formas que constituyen la Urbanidad”.

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Pero la cordialidad no es un atributo innato, sino que se ha venido adquiriendo con la progresiva relación que ha venido uniendo a los hombres desde su existencia.

El hombre primitivo se dejaba llevar por sus inclinaciones naturales o por sus instintos, pensado individualmente. Cuando formó parte de la tribu, aprendió a refrenar sus instintos, adaptándose a los hábitos de vida y normas de conducta de la comunidad. De esta manera, conforme ha ido avanzando la sociedad, el hombre ha ido conteniendo sus instintos y se ha venido adscribiendo a las normas de convivencia de la comunidad.

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La vida social de hoy deriva de esta evolución antropológica. Así, el comportamiento repetido en la sociedad, como puede ser el saludarse o el respetar la vida íntima, es producto de unas costumbres que la misma sociedad ha establecido como aceptadas.

Aquí desempeña un papel muy importante la Ética o la Moral, que determina qué actos humanos están bien o mal en relación a las normas que la Humanidad ha dispuesto. La relación entre Moral y Urbanidad es muy íntima porque ambas persiguen el bien común de la sociedad, es decir, el orden y la armonía; pero difieren en su alcance: mientras la Moral enseña el cumplimiento de los deberes sociales, la Urbanidad enseña a cómo llevar estos a la práctica. De esta manera, podemos afirmar que la Urbanidad tiene su origen en el cumplimiento de los deberes morales.

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Lo que es moralmente incorrecto o malo, es manifiestamente sabido por todos los hombres civilizados. De este modo, cuando ocurre una injusticia de falta evidente de ética, la sociedad se alza castigándola. El maltrato a una persona; el despojo del hogar, como los desahucios que vemos en prensa, o los actos denigrantes hacia un desvalido, como el de las chicas de Jaén que escupieron a un anciano de noventa años, hacen que la sociedad ponga el grito en el cielo por considerarlos fuera del código ético.

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Una definición de Urbanidad que recoge esta dimensión moral, es la extraída de un libro de texto de 1915: “La Urbanidad es el conjunto de reglas que nos enseña a manifestar en nuestros actos y palabras el respeto y benevolencia que debemos tener a nuestro semejantes”. Y aquí ya viene la cuestión que encierra este artículo: ¿hemos perdido la caridad hacia los demás? ¿Nos preocupamos por el bienestar de los otros?

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La caridad, entendida como sentimiento de solidaridad con nuestros semejantes, es la virtud que nos hace ponerlos en el lugar del otro. Se fundamenta en el precepto divino “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a tí mismo”; en la Regla de Oro de Jesucristo “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque es la ley “ (Mateo 7:12);  y en su mandamiento “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15:12), que aparece varias veces en la Biblia.

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Y es que este principio de caridad, de respeto hacia los demás para lograr una buena convivencia, es palmario en casi todas las culturas y religiones, no sólo en la cristiana. Religiones como la budista, la hindú, la baha o la judía divulgan un derivado de este precepto, que es, a grandes rasgos, “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí”.

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LA TRASCENDENCIA DE LA URBANIDAD COMO DISCIPLINA EN LOS SIGLOS XIX Y XX

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Las primeras reglas de Urbanidad fueron recogidas por Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI con el concepto de civilidad, que se admite como sinónimo de Urbanidad.

No será hasta el siglo XIX cuando la Urbanidad aparezca como asignatura en el currículo educativo español, a modo de adoctrinaniento para cumplir con los deberes cristianos fundamentales, que son el hacer el bien al prójimo para ganarse el aprecio de los demás y de Dios.

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“P. ¿Qué debe hacer toda joven al levantarse?

R. Encomendarse a Dios, levantarse de la cama con la mayor modestia, y dar los buenos días a sus padres y directores”

(Beltrán de Lis, F, 1859)

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La Urbanidad impartida en las escuelas era abordada como una auténtica ciencia, con sus máximas aprendidas a modo de lección; con niveles de aprendizaje (primer, segundo y tercer grado); con diferenciación por sexo, y con clasificaciones o subcategorías (reglas particulares, generales y especiales).

.Podemos citar, entre los primeros libros de Urbanidad para escuelas, el Pensil de las niñas ó principios de Urbanidad y decoro propios del bellos sexo (Codina, J, 1846) y Reglas de Urbanidad para uso de los niños (Beltrán de Lis, F, 1840-1855).

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Para facilitar el aprendizaje de esta disciplina, los autores de los manuales acudían a la versificación, al sistema pregunta-respuesta, a los cuentos, metáforas y sentencias, siempre amoldadas a los convencionalismos de la época:

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“¿Debería decidirse a bailar si la instan con mucho empeño?

Puede hacerlo; pero si ha dicho que no a uno de los invitantes, sería imperdonable grosería el ceder las instancias de otros.”

(Pascual de San Juan, P, 1884).

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Contexto socioeconómico

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La Urbanidad como asignatura o disciplina no surgió en España de manera aislada, sino que acompañó al proceso de cambio socioeconómico que experimentó el país a mediados del siglo XIX.

.Las buenas maneras y la distinción estaban tradicionalmente reservadas a la nobleza y familias de alto abolengo, pues eran las únicas que podían alternar en actos de etiqueta (bailes, funciones de teatro, audiencias, cenas de gala, presentaciones en sociedad, entre otros).

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A partir de 1850, la clase media española entra en auge, acaparando los puestos de empleo público. Con las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, las propiedades del Estado, de las Órdenes Militares y de la Iglesia se ponen a la venta, y muchos ciudadanos de la clase media las adquieren pagando a plazos. De esta manera, muchos se convierten en propietarios, incrementando sus rentas y “fundando el imperio de la levita”, según refiere Benito Pérez Galdós (1886), fiel cronista decimonónico.

La clase media se aburguesa, se vuelve elegante e ingresa en la “vida social”, que es un término que se empleaba para designar a la vida pública de las élites.

.Las capitales de provincia comienzan a crecer, y este crecimiento es paralelo a un paulatino refinamiento de su población, que antes era rudo. No obstante, las diferencias sociales entre ricos y pobres, así como con otros países, continuaron siendo notorias. Un personaje de británico de la obra Fortunata y Jacinta, del insigne autor antes mencionado, comenta paseando por las calles de Madrid:

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“Este salvajismo es a mi lo que me tiene enfermo (…) no se puede dar un paso sin que le acosen uno de estas hordas de mendigos (…) ¡Qué pueblo, válgame Dios, qué raza! Lo que yo le decía anteayer a D. Alfonso (El Rey Alfonso XII de España): desengáñese Vuestra Majestad,  han de pasar siglos antes de que esta nación sea presentable” (Pérez Galdós, 1886).

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Otro factor que explica el creciente pulimento de la sociedad, es el relativo a los avances en higiene. En el caso de la capital madrileña, la traída de aguas a la ciudad en 1858 favoreció el paulatino aseo personal y el auge de la ropa blanca. Anteriormente, las aguas se traían de los pozos o de las fuentes y, a partir de este momento, las viviendas dispondrían de agua corriente procedente del río Lozoya. Este avance cambió los hábitos de higiene de la población, y,  si antes se duchaba una vez a la semana, a partir de entonces lo harán dos o tres veces.

Pero no sólo la traída de aguas propició la pulcritud en la sociedad, sino que, además, fue muy positivo para el desarrollo de la industria y de los espacios verdes.

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Es a partir de este período (segunda mitad del siglo XIX) cuando aparecen los manuales de Urbanidad en las escuelas y de uso para adultos para triunfar en la vida social.  Así, los libros con las palabras de urbanidad, elegancia,  distinción, etiqueta, trato social, cortesía y buen tono en su título, copan las lecciones básicas para ingresar en el mundo de los ricos, proliferando hasta la década de 1950.

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La crisis de la Urbanidad

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En la década de 1950 comienza la denominada crisis de la Urbanidad. La sociedad ha evolucionado de acuerdo a los nuevos estilos de vida: la menor disponibilidad de tiempo simplifica las cosas, haciéndolas más cómodas y prácticas; ya no se destina el mismo tiempo de antes al esmero y minuciosidad que suponía atender a los invitados o poner la mesa, y se prescinde cada vez más de las ceremonias al saludar o al invitar a un evento.

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Los manuales de Urbanidad comienzan a desaparecer. Se aprecia una relajación de las normas y de los formalismos, y este hecho deja mella en la sociedad, pues comenzará a perder poco a poco las fórmulas de cortesía que antes eran obligadas.  Joaquín Mª de Nadal (1956) decía: “Ha pasado mucho tiempo desde entonces y los libros y tratados de Urbanidad han dejado de publicarse. Ante este estado de cosas, cabe preguntarse: ¿Por qué rara paradoja se publican menos cuando más los necesitamos?”.

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Son muchos los autores que se han referido a la crisis de la Urbanidad. Este declive es visible, sobre todo, en la falta de modales y en las demostraciones de cortesía, cada vez más escasas.

Estos gestos, que no son más que muestras de afecto al prójimo, suponen poco y otorgan mucho, porque permite ganarse el aprecio de todos. “La cortesía es una especie de anestesia social que evita en el trato humano disgustos y contrariedades” (Marqués de Valdivia, 1959)

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Hoy, lo que observamos es una tendencia hacia la formación y progreso individual. Las relaciones que entablamos son de convivencia, no de confraternidad.

El buen trato y la cortesía, piezas clave de la Urbanidad, ya no se practican como antes debido también a la desgana, propio de espíritus egoístas y poco educados. Ni se cede el asiento; ni se piensa en los otros si hablamos alto por el móvil; ni se saluda al entrar en el ascensor. No se trata de conservar las formas de antes, con petimetrerías o remilgos; hay que adaptar estas normas a los tiempos actuales, ya que muchas de ellas han quedado obsoletas.  Todo sea por mantener una convivencia dulce y armoniosa, donde, por supuesto, se respeten los derechos y la dignidad de los demás.

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Noelia Tari ©

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