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El equivocado concepto de elegancia

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La elegancia se ha convertido en un concepto confuso en nuestros días. Hace apenas dos  siglos, estaba claro quién o quienes ostentaban este privilegiado calificativo pero, actualmente, con los cauces de información que nos llegan desde la los medios, la idea de elegancia se ha diluído.

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Antiguamante, el ser elegante era una condición sinequanone para asistir a los eventos de los más altos estratos sociales. La elegancia que primaba era aquella que ciudaba minuciosamente los detalles del vestido, el tejido, el peinado y, sobre todo, las normas de comportamiento, voz, muecas y demás gestos corporales. Para asistir a una fiesta, era imprescindible haber adquirido las nociones de urbanidad oportunas para conducirse correctamente en sociedad. Hoy, nos parecería una cursilería tener que aprender estas cosas, pues la vida se ha hecho más sencilla y ha cobrado un sentido práctico que rehúsa de estos requisitos.

De esta serie de aspectos, se ha heredado la idea elemental de la verdadera elegancia, que engloba muchos puntos pero que se resume así: la elegancia es el arte del buen gusto en la elección de la indumentaria para cada momento, con sus complementos perfectamente armonizados y en consonancia con la personalidad del sujeto. Una condición inherente a la imagen exterior es el cuidado del espíritu y de la educación (la belleza interior), pues un vestido no es elegante, sino la persona quien lo lleva.

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Hace muy poco vi en la televisión, en un programa que no es ejemplo por sus buenas maneras, una señora de alta edad muy elogiada por su afán de coleccionar vestidos de alta costura. Lo que no nos queda bien claro es la razón de por qué la invitaron a este espacio de corazón, pero la cuestión es que la temática de la entrevista giró alrededor de verter críticas a Doña Carmen Lomana. También le consultaron asuntos de asesoramiento de imagen y su opinión respecto la vestimenta de diversos miembros de nuestra Casa Real.

Las opiniones no dejan de ser opiniones y es innegable que se han de respetar. Pero es reprensible  tener que digerir alegatos como “para ser elegante hay que ser alta y delgada”; “hay que nacer con ello y tener dinero”, mientras mostraba alguna de las prendas adquiridas a precios inusitados en París. Y toda esta exposición delante de millones de espectadores  que se encuentran rodeados de familiares en paro y que, buenamente, sueñan esbozando estas imágenes de lujo y fortuna. Quizás, lo que desconocía esta señora es que la televisión es la vía que genera más confianza al espectador en los mensajes que lanza y que, por tanto, debería haber declinado hacer este tipo de declaraciones que, lo único que iban a provocar era hacer sentir a la  audiencia deseperanzada y frustrada  ante la imposibilidad de ser elegante.

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¿Está reñido el dinero con ser elegante?

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Aquí es donde se encuentra la auténtica definición de elegancia. La elegancia no es una  cuestión de dinero, sino de gusto y de observación. Hay que observase a sí mismo y averiguar qué es lo que nos va mejor  tanto con nuestro físico como con nuestra  personalidad. No es necesario nacer rico para ser elegante. Si tenemos predisposición al orden a la pulcritud, controlamos nuestro lenguaje (verbal y no verbal) y gozamos de una buena belleza interior, reunimos todos los requisitos para ser elegantes. Por el lado contrario, hay personas que nacen en el seno de familias agraciadas con el dedo de la fortuna que no tienen propensión a ser elegantes, pues emplean un lenguaje vulgar y descuidan su imagen. También nos encontramos con personas que, siendo o no ricas, abusan de la afectación y del snobismo por medio de la vestimenta y  de un estilo de vida que no es el que le corresponde o que no va con su personalidad.

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Respecto este punto, hay un apartado en el libro Guía de la Elegancia, de Jacqueline Du Pasquier (Francia, 1956), titulado La elegancia no depende del dinero, que dice esto:

La elegancia no es una simple cuestión de dinero. Una mujer bien educada, vestida discretamente y con gusto, es más elegante que  otra que lleva trajes de los grandes  modistas, pero que gesticula, habla fuerte o usa un lenguaje demasiado libre. Esta última podrá impresionar de lejos mientras esté quieta o callada, pero en cuanto abra la boca toda su elegancia se derrumbará.

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Una premisa muy importante es ser uno mismo y reafirmar el estilo propio, rechazando aquello que va encontra del carácter de uno mismo. Mucha gente imita los looks de modelos que admiran (celebridades, actrices, etc) porque piensan que les quedará igual de bien. Esto no refleja más que una inseguridad y carencia de personalidad que deriva al final en un gregarismo a la hora de vestir.

De la moda hay que seleccionar aquello que nos convenga. Las colecciones presentan varios looks; si alguno nos gusta y va con nosotros, lo adoptaremos, pero si no es así, lo dejaremos pasar. Se trata de escoger con inteligencia, previsión y  sutileza, huyendo de la imitación de modelos.

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La elegancia y la masificación de la moda


Es indiscutible la importancia que tiene el vestido en la sociedad. No hay más que ver la ingente cantidad de tiendas que encontramos en las ciudades y el segmento del presupuesto que destinamos en él. Pero la ropa desempeña además un papel destacado en las relaciones sociales, enviándonos mensajes sobre el sexc de la persona, su pertenencia a un grupo étnico, el rol, el statutus socioeconómico o el nivel jeráquico en una profesión. Muchos psicólogos, sociológos y psiquiatras han estudiado la relación entre la persona y su modo de vestir y han colegido resultados muy interesantes sobre la personalidad de los individuos.

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Inicialmente, los grandes modistos sólo confeccionaban moda de alta costura que sólo podía ser adquirida por mujeres que tenían el privilegio de ser ricas o famosas. En la década de los setenta, se asiste a la efervescencia del prêt-à-porter (listo para llevar), que significó la venta de los diseños a gran escala para hacerse más accesible a la clase media. De esta manera, comienza a surgir la igualdad de oportunidades en moda, pues antes las señoras de clase menos acomodada tenían como remedio la ropa fabricada a medida o aquella fabricada en talleres donde copiaban las tendencias. Así, la moda, que mucha gente la asociaba a la riqueza, pasa a ser multitudinaria, para todos y todas.

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Pero para ser elegante no hay que enfrascarse sólo en la moda, sino en el espíritu de la persona. Se gasta mucho dinero en seguir las tendencias o ir a la última para aparentar ser distinguido. El aparentar ser algo que no se és es una ridiculez y también lo es empeñarse en parecer más joven, pues ambos secretos se descubren enseguida.

Alusivo a este punto, recuerdo un caso del programa de asesoramiento de imagen  Tim Gunn, el Gurú del Estilo, en el que una señora reflejaba su inseguridad comprando sólo ropa de marca por ser de marca que no le sentaba nada bien. Además, tendía a vestir como cuando era una muchacha, a pesar que su cuerpo había mutado considerablemente. Los asesores de imagen la condujeron en el camino de buscar su estilo personal, no cerrándose en las marcas, y consiguieron sacarle partido tanto de su  físico como de su persona.

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El vestir correctamente para una ocasión es muy meritorio porque no siempre resulta tarea fácil, sobre todo si no se está acostumbrado a concurrir en actos sociales. En este apartado indagaremos en otro momento, pues son reglas de protocolo de cumplimiento esencial como pautas que guían en la educación y civismo de la sociedad.

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