El uso del sombrero. Su decadencia a lo largo del tiempo y normas de comportamiento básicas con este accesorio

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El sombrero es uno de los accesorios de la indumentaria masculina y femenina que ha ido perdiendo adeptos a lo largo del tiempo. Clásico emblema de distinción, el sombrero formaba parte del conjunto de complementos imprescindibles del guardarropa, tanto de un auténtico gentleman como de una apreciada y respetable dama. De todos los complementos antiguos del atuendo personal, como los guantes, el bastón, el abanico o la faltriquera, el sombrero ha sido, quizás, la pieza con mayor capacidad para testimoniar el status social de su portador.

Aparte de esta seña, al sombrero se le dotó de ese código de comunicación que sólo las personas entendemos, y que es el relacionado con el respeto y la condescendencia hacia los demás. De estos particulares atributos, creados por el hombre no se sabe cuándo, nos quedan unas normas de comportamiento que se recogen en el código de comportamiento en sociedad, pues es un hecho meridiano que nadie entraría al templo cubierto, por ejemplo. También, este acto de respeto aparece en nuestras expresiones populares, tales como “quitarse el sombrero”, que es sinónimo de respeto al prójimo.

En la actualidad, optar por llevar sombrero se ha convertido en una opción delicada a causa de haber caído en desuso. Sabemos que queda bien, que encuadra la cara y que, incluso, aumenta la estatura; pero al ser pocos quienes lo llevan y, teniendo en cuenta el poder de la moda, pocos se atreven a ponérselo por miedo a resaltar.

En este artículo se aborda cómo el uso del sombrero se ha ido debilitando por el auge de la simplicidad y comodidad en el vestir; cuáles son aquellos que deben llevarse de acuerdo con la fisonomía, atuendo y evento, así como las pautas de comportamiento con este accesorio tan controvertido.

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ADEREZO PARA LAS MUJERES Y  PANACEA DE LA ELEGANCIA MASCULINA

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El atavío en la cabeza ha sido una constante a lo largo de la historia del traje. Ya en el Antiguo Egipto, los hombres se rasuraban la cabeza para ponerse encima pelucas brillantes y pesados adornos simbólicos. En épocas posteriores, el sombrero y el adorno en la cabeza ha variado tanto que si tuviéramos que hacer una lista de ellos, resultaría interminable. De estilo monacal en forma de corona, en el siglo XIII, acompañando a los grandísimos trajes de la época, o al  estilo hada en el siglo XV (el hennin en francés), con su forma cónica con un velo pendiendo hasta el codo. Las formas de los sombreros han sido tan variadas como los mismos hombres, variación que ha ido al son de la moda imperante.

De este modo, lejos de hacer un listado de los sombreros de cada época, se explicarán las diferentes concepciones que se le ha dado a este complemento.

El sombrero como atavío femenino experimenta su mayor desarrollo a principios del siglo XX. Antes de esta época, la mujer embellecía su cabeza con otros adornos.

El siglo XVIII fue el siglo donde más culto se le rindió a la moda y a sus hijos, los complementos. En este período, la moda se convirtió en toda una institución, sólo accesible a las clases más elevadas, pues tanto las telas como los materiales de confección eran de la calidad más asombrosa y rica que hoy podemos imaginar.

Entre la aristocracia francesa se sembró una moda que da fe de la ostentación y petimetrería que definían a la vida social de la época, que era la de los enormes e inverosímiles peinados de las mujeres. Para hacerse una idea de aquella realidad, piensen un momento en el personaje de Marge Simpson y en su moldeado de cabello, y compadézcanse del peluquero que tenía que subirse a una escalera para rematar el peinado de la dama. Como descripción más ilustrativa de la esta tendencia, tenemos esta del Padre Luis Coloma: “eran peinados monstruosos, de los cuales citaremos tan sólo uno, como muestra de lo depravado del gusto y lo inverosímil de la invención. La Duquesa de Chartres, hija del Duque de Penthièvre y mujer del futuro Felipe Igualdad, presentose una noche en la Ópera con un peinado que medía cincuenta y cuatro pulgadas desde la raíz del pelo hasta su extremidad, y en el cual se veían a su hijo primogénito el Duque de Beaujolais en brazos de su nodriza, un papagayo picoteando un ramo de cerezas, un negrito y varias cifras entrelazadas, hechas con pelo de su padre, su marido y su suegro el Duque de Orleans” (Coloma, L. 1914). Este fragmento pertenece a una obra basada en hechos reales de la segunda mitad del siglo XVIII. El mismo autor detalla otras variaciones del colosal peinado, representando figuras y escenas típicas de la época, como la Guerra de América. Asimismo, narra cómo las publicaciones de aquel entonces se mofaban de estos moldeados a través de caricaturas grotescas, que representaban a mujeres con tocados tan altos como un árbol o un edificio.

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El hombre noble del siglo XVIII también iba absolutamente engalanado, inclusive su cabeza, que iba cubierta de la peluca de ala de pichón. El sombrero clásico para él y para ella, aquél de copa y ala que persiste, vendría más adelante, en el siglo XIX.

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En la segunda mitad del siglo XIX arranca el apogeo del sombrero en los hombres. Nos referimos a un período donde la galantería y el refinamiento en el vestir se imponen. Los caballeros llevaban sombrero de copa o chistera negra para vestir y sombrero hongo para “ir de calle”. En verano, la cabeza la cubrían con sombreros procedentes de Panamá fabricados en paja fina, conocidos como “jipi-japa”. Aparecerá, a finales de siglo, el sombrero flexible, que en un principio se utilizaba para hacer deporte, pero después se extendió su uso a otros momentos informales, como el ir al trabajo.

Entre los sombreros, el que más destaca e identificamos con esta época es el sombrero de copa, también conocido como chistera, que se combinaba con el chaqué. Entre los múltiples modelos de sombreros de copa, toma protagonismo la chistera ” de ocho reflejos” (huit-reflets), que se le llamaba así por estar recubierto de seda negra cuyo brillo producía reflejos en torno a su copa. También destacó el claqué o clac, un sombrero de copa que se plegaba por medio de unos muelles, para poder llevarlo bajo el brazo. El clac se combinaba con el clásico frac, prenda de máxima etiqueta masculina.

El sombrero masculino fue una enseña de distinción y señorío hasta los años cuarenta del siglo XX. Con él, se distinguía al obrero y al galán, porque aportaba, a quien lo llevaba, aires de gravedad y de superioridad. Los españoles de la época, según Benito Pérez Galdós, adoptaron el sombrero con cierta presunción, pues a finales del siglo XIX vinieron las influencias de la elegancia noreuropea, caracterizada por la sobriedad y la reserva, poco amiga del temperamento español, que tradicionalmente se había inclinado por los colores briosos y llamativos. Hubo un afán, así, de ser elegantes con seriedad, y el hombre digno de merecer este honor debía llevar levita y, como no, su sombrero de copa: “El sombrero de copa da mucha respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea“, refiriéndose al sombrero (Pérez Galdós, B. 1887).

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A finales del siglo XIX, la mujer de la clase media iba cubierta con mantilla o pañuelo, aunque para pasear por la tarde era habitual que saliera con sombrero. Más tarde, la mantilla de desterró, quedando reservada para asistir a bodas, misas, procesiones y entierros. Antiguamente, para los funerales, las mujeres llevaban manto de crespón negro que se echaban a la cara el día del entierro. Esta pieza, después se enrollaba  al cuello como si se tratara de una bufanda.

Respecto al velo negro en los entierros, hay que señalar que sólo se utiliza en países católicos.

El crespón fue sustituido más tarde por velos de muselina o georgette, también en color negro, que se llevaban durante toda la fase del luto. En la actualidad, el uso de este atavío  ha quedado reducido al funeral de un familiar muy cercano, aunque cada vez se lleva menos.

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A principios del siglo XX, el sombrero femenino experimenta un gran desarrollo, surgiendo muchas variedades y formas. Primero se extendió el uso del sombrero de ala amplia con decoración profusa, inspirada en elementos naturales. Después, se pasa a sombreros más pequeños y de formas más variadas.

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A partir de los años cuarenta del siglo XX,  desciende notablemente el uso de este accesorio tanto en hombres como en mujeres, quedando reservado prácticamente a la protección frente a la exposición al sol y en actos de rigurosa etiqueta.

Cierto es que, en España, el clima no es tan cálido como para protegerse diariamente con el sombrero del calor, ni tan frío como para utilizarlo de abrigo de la cabeza, pero, lo que sí es un hecho, y recogido por multitud de reseñas, es que el sombrero ha sido un complemento de elegancia y de diferenciación de clases inequívoco. Llegó a tal punto la tendencia al sinsombrerismo, como le llamaba Antonio Armenteras, que  personalidades de la época, como Christian Dior, hicieron un llamamiento público para resucitar este emblema: “¿Por qué salís siempre sin sombrero? Nunca resultaréis verdaderamente elegantes en la calle si no complementáis vuestro conjunto con uno de esos sombreros pequeños que tan bien os sientan” (Christian Dior, años 50).

Las razones que se pueden argüir de esta corriente giran en torno a la apuesta por lo cómodo y lo práctico, que comenzó a imponerse a mediados del siglo XX. Años atrás, el atuendo obedecía a un conformismo que se había aceptado como regla en el vestir. Así, el hombre vestía smoking con corbata y sombrero en los días calurosos, mientras que, a partir de este momento, triunfaría la indumentaria cómoda y fresca.

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Paralelamente, comenzó a imprimirse el gusto personal en el vestir, huyendo de los cánones establecidos, sobre todo en los hombres. Esta independencia en la elección de la ropa junto con la apuesta por lo confortable, daría origen a la abolición progresiva del sombrero, tirantes y demás complementos considerados antes como indispensables, y, a la vez, a la aparición de looks o estilos urbanos particulares.

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De esta manera, desde un punto de vista práctico, el sombrero en nuestro país no tiene mucho sentido, pero como arma para agraciar, sí. Entre sus ventajas, que algunos complementos las tienen, aumenta la estatura de quien lo porta, protege el tinte y la permanente del cabello frente los agentes ambientales y oculta la calvicie. Respecto a este último efecto, decía Armenteras en los años 50 que nueve de cada diez hombres que llevaban sombrero eran calvos.

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UN SOMBRERO PARA CADA MOMENTO Y FISONOMÍA

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El sombrero favorece el rostro porque lo realza y lo encuadra, pero no todos valen para todos los semblantes.

El ideal es aquél que armoniza con el rostro y, por supuesto, con el gusto y la personalidad de quien lo porta. Es absurdo llevar un complemento tan significativo como este reproduciendo estrictamente las colecciones de las firmas. El sombrero merece una especial atención, pues llevar una de estas piezas separada del agrado personal y de la coherencia con el semblante puede derivar en el desastre. Por este motivo, el sombrero ideal es aquel creado artesanalmente en sombrererías, porque lo adaptan a la anatomía del cliente. A la par, los sombreros confeccionados en serie pueden modificarse en talleres especializados para acoplarlos al rostro, inclinando un  ala o reduciendo la copa, por ejemplo. De esta manera, el sombrero debe quedar perfecto y a la medida de quien lo solicita.

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Huyamos de las modas, que lo único que hacen es conducirnos a todos en rebaño y a sentirnos víctimas de ella con su poderosa publicidad y alcance mediático, pero capturemos de ella lo que nos convenga y agrade realmente. Una de las ventajas de la moda es que, periódicamente, relanzan complementos que habían sido desterrados. Hace pocos días, vi en la tienda Zara un sombrero pequeño con velillo de encaje que fue muy utilizado en los años cincuenta. Si a la mujer le gusta este accesorio, es un momento ideal para ponérselo. Este tipo de sombrero dotaba a la mujer de aires de misterio y disimulaba los signos de madurez del rostro. Se llevaba sólo en la ciudad, para asistir a invitaciones para tomar el té y para celebraciones de día, como bautizos o comuniones.

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Los sombreros pequeños femeninos son ideales para la indumentaria de calle durante el invierno con cualquier tipo de prenda de abrigo. Los de inviernos suelen ser oscuros y vienen confeccionados con fieltro, lana y piel, fundamentalmente. Antiguamente predominaba mucho el terciopelo, ese bello género signo de la elegancia que hoy nos ha abandonado.

En verano, los sombreros propios son más amplios para proteger del sol. Los colores son claros y los materiales de fabricación predominantes son la paja, piqué, las fibras naturales y el grosgrain.

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Los sombreros grandes, aparte de para el verano, están indicados para actos de etiqueta de día, como las bodas, recepciones oficiales, espectáculos y fiestas de sociedad al aire libre, carreras de caballos, etc. Al apostar por este tipo, hay que tener en cuenta, en la medida de lo posible, la conveniencia de sus dimensiones: que quepa por la puerta del coche y que no moleste a los de al lado al concurrir con más personas.

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Para  los actos de etiqueta de noche, el sombrero se sustituye por el tocado. El tocado, normalmente, está integrado por flores artificiales, joyas, encajes, plumas y strass. Se lleva en un lado de la cabeza.

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Hay que tener en cuenta una serie de circunstancias donde mujeres y hombres no  deben llevar sombrero:

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• Por la noche en general: en bailes, cenas, asaltos, fiestas, funciones de ópera, conciertos de gala y todos aquellos acontecimientos nocturnos que suelen tener lugar por la noche.

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• Tampoco se debe llevar sombrero durante actuaciones de teatro, circo u otros espectáculos que se desarrollen en espacios cerrados, por una cuestión de respeto al espectador de al lado y al de atrás, que pueden no ver bien la función.

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•  Actos religiosos, recepciones pontificias, procesiones y entierros. En estos actos, las mujeres, en lugar de sombrero, utilizan la mantilla negra con un sobrio traje del mismo color. Para la misa dominical, sin embargo, no es imprescindible, a pesar que antiguamente las señoras asistían con velo. A las mujeres se les admite la entrada a la Iglesia con sombrero de vestir porque, tradicionalmente, era costumbre que después del culto salieran a dar un  paseo a pie.

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Para los eventos de etiqueta antes mencionados (entierros, procesiones, bodas y recepciones), los hombres pueden llevar chistera o sombrero de copa combinado con el frac (rigurosa etiqueta) o con el chaqué (etiqueta de tarde).

En celebraciones o actos que tengan lugar en espacios cerrados, tampoco llevarán sombrero.

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Hay que aclarar que los hombres tienen una serie de exigencias con el sombrero de las cuales las mujeres están desprovistas. Se trata de un conjunto de costumbres que han perdurado hasta nuestros días y que entran en la línea de la cortesía y educación clásicamente masculinas. Se abordarán en el apartado siguiente de protocolo del uso del sombrero.

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PAUTAS DE COMPORTAMIENTO CON EL SOMBRERO

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En este apartado se va a detallar cómo debe comportarse el hombre cuando lleva sombrero en los diferentes encuentros de la vida social. Es obvio que muchas costumbres y detalles se han perdido o se han suavizado con el transcurso del tiempo, pero la esencia de estos actos, que es el respeto, hay que mantenerla.

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En el lenguaje español, tenemos una expresión que evidencia al sombrero como arma de reverencia. Esta expresión es la de quitarse el sombrero, que significa muestra  de consideración. El origen de este proverbio lo encontramos retrocediendo muchos siglos atrás, cuando los caballeros, al saludar  a una persona a la que guardaban respeto, se descubrían la cabeza en señal de deferencia y solicitud.

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El gesto de quitarse el sombrero se hacía en el ritual del saludo, en las presentaciones, en los espacios concurridos, ante señoras, etc. pero nunca a personas de condición social inferior.  Decididamente, se ejecutaba entre iguales, de inferior a clases más altas, a los religiosos, a los ancianos  y a  las damas, fuera cual fuera la distinción social de éstas.

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El protocolo del saludo, bien fuera por la calle o en espacios privados, era el siguiente: El caballero que saludaba se quitaba el sombrero o gorra (en el caso de ser un muchacho) con su mano derecha, acompañando este gesto con fórmulas de cortesía como “buenos días” o “vaya con Dios”, salvo si la persona saludada estaba a distancia, circunstancia que sólo exigía el descubrimiento de la cabeza. Si se detenían para compartir más palabras, el gesto de la despedida era el mismo pero con la fórmula de despedida de “adiós” o “que tenga buena tarde”.

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Este ademán no sólo se hacía en la calle, sino que se repetía en la escalera del edificio, propia o de casa ajena; en el ascensor; al subir y bajar del coche; en salas concurridas de gente, como salas de espera y, sobre todo, en estancias de visita o en una audiencia.

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En audiencia de superiores, como un prelado o un gobernador, hay que quitarse el sombrero siempre como muestra firme de respeto, haciendo una inclinación con la cabeza y permaneciendo descubierto hasta que la personalidad ordene cubrirse de nuevo. La despedida es idénticamente igual que el saludo.

Si se trata de un obispo, en lugar de la inclinación de cabeza se hace una genuflexión y se le besa el anillo.

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Otra de las situaciones donde es preceptivo quitarse el sombrero es durante las presentaciones. El señor que es presentado debe quitarse el sombrero y hacer una leve inclinación de cabeza pronunciando alguna fórmula de cortesía tal como “encantado”, “es un placer” o “con mucho gusto”. Después, se lo vuelve a poner.

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Es una incorrección, desde el punto de vista de la galantería, hablar con una mujer con el sombrero puesto debido a que se le debe rendir el máximo respeto. No obstante, en la actualidad, este detalle carece de importancia, puesto que la prácticamente hay una igualdad de consideraciones entre hombres y mujeres.

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El quitarse el sombrero también es un clásico sinónimo de agradecimiento. Así, los caballeros que se sentían congratulados porque otro le había cedido el paso o le había prestado ayuda ante algún incidente en la calle, se quitaban el sombrero como seña de agradecimiento.

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Al entrar a un espacio privado, hay que tener especial atención con el sombrero. De visita, el visitante debe entregar el sombrero, abrigo y paraguas al anfitrión o persona de servicio, quien lo depositará en un armario o perchero del hall. Puede darse el caso que se trate de una visita informal donde desaparecen las solemnidades y, entonces, entrar con todos los complemento al salón. Esto es admisible hoy día, pues las viviendas son mucho más reducidas en dimensiones y carecen de recibidor. Lo que sí hay que tener muy presente es que nunca hay que permanecer con el sombrero durante la visita o dentro de un espacio cerrado. El anfitrión, si sabe que la persona tiene costumbre de ir cubierto, le instará a que se lo vuelva a poner, siendo entonces cuando el visitante condescenderá a su amable petición.

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La despedida de quien portaba sombrero ha sido durante mucho tiempo una verdadera ceremonia, hoy casi desconocida por los más jóvenes (ver fotos). El visitante, al salir por la puerta de la vivienda, hacía el ademán de quitarse el sombrero mientras se despedía con una de las fórmulas de cortesía. Al llegar al rellano o en la escalera, hacía una segunda despedida quitándose de nuevo el sombrero, justo al tiempo de desaparecer. Otra opción de  despedida, también muy cortés, era la de salir sin sombrero, despedirse, y hacer una segunda despedida en el rellano o en la escalera, cubriéndose sólo al perder de vista al anfitrión.

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Por último, resta mencionar unos casos especiales donde hay que quitarse el sombrero:

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- Ante un entierro, ya sea el que nos cruzamos o al que asistimos. Mientras nos quitamos el sombrero, rezamos, además, el Padre Nuestro por el eterno descanso del difunto.

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- Al cruzarnos con una procesión. Si pasa el Santísimo, procuraremos arrodillarnos hasta que pase.

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- Ante la bandera nacional, permaneciendo en posición firme.

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En definitiva, los hombres deben quitarse el sombrero en manifestación de cortesía hacia la otra persona o emblema.

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Este artículo está dedicado a Ricardo, que le gusta mucho llevar sombrero : )

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Noelia Tari ©

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5 comentarios para “El uso del sombrero. Su decadencia a lo largo del tiempo y normas de comportamiento básicas con este accesorio”

  • Ricardo:

    Me encanta, NO… lo siguiente!!! :)

    GRACIAS! Y a la espera de la próxima entrega, WEISS!

  • Noelia.Tari:

    Gracias a ti, por esa positividad que derrochas como buen existencialista, y por estar tan lleno de vida y contagiarnos a los demás :)

  • oder:

    Bueno, muy bueno, pero tengo aca una duda, si un catedratico universitario usa sombrero en su institucion, debera quitarselo para dar clase a sus alumnos, o simplemente no deberia usarlo nunca en la univesidad???

  • Noelia.Tari:

    Hola Oder:
    Primero, le agradezco su pregunta y su participación en este blog.
    El catedrático, como cualquier caballero, debe quitarse el sombrero en los espacios cerrados. El hecho de pertenecer a un rango superior dentro de la Universidad no le exime de este deber básico, en materia de educación, que es la de quitarse el sombrero para tratar con los demás en un espacio cerrado.
    El hombre siempre ha de quitarse el sombrero en espacios cerrados públicos.
    Un saludo

  • Hola buen día,
    Suelo usar sombrero durante el día. Cuando ingreso a un Banco o Institución pública o privada, debo sacarmelo?. Agradezco la respuesta. Saluda con amabilidad y respeto Gladys.

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