El luto en España. Historia, evolución y particularidades

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El luto se ha consolidado como la demostración más fiel de dolor por la muerte de un ser querido. Impuesto en el siglo XVI por los Reyes Católicos, el luto se erigió como una costumbre obligada en la España de nuestros antepasados. Con reglas de vestimenta, duración, tabúes y mitos, aún encontramos vestigios de esta antigua usanza, cada vez más desarraigada, en muchos pueblos del país así como en culturas más cerradas, como la del pueblo gitano.

El de hoy, es un artículo dedicado al luto practicado antiguamente en España, con sus preceptos establecidos por la sociedad de la época y con sus particulares usos, que son hoy para nosotros, por su extravagancia, interesantes curiosidades.

Se abordará, también, la evolución que ha experimentado el concepto de la muerte, que ha estado aderezado con, prácticamente, todas las creencias imperantes de cada época, así como las vestimentas y los períodos tradicionales de luto.

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EL ORIGEN DEL LUTO

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Uno de los aspectos más desconocidos del luto es que su origen obedece a un conjunto de leyes y reglamentos dispuestos por los Reyes Católicos.

En el siglo XVI, a raíz de la muerte del príncipe Juan, en 1497, y debido a una serie de sucesos funestos acaecidos en la corte, los Reyes Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla ordenaron la Pragmática de Luto y Cera, por la cual, el luto debía representarse con el color negro.

Anteriormente, el luto era blanco, es decir, se vestía de blanco, y fue a partir de esta pragmática cuando se prescribió que la manifestación de dolor y pena por la muerte de un ser querido debía hacerse con el negro. En esta Ley también se prohibía la presencia de plañideras en los velatorios y cortejos fúnebres, así como los gritos y escandalosos llantos de dolor, propios de las mujeres (que merecen un apartado en este artículo). Se pretendía, así,  que la muerte se oficiara con una ceremonia luctuosa y recatada.

Parece ser que esta era la finalidad de la pragmática, pero hay mandatos contemplados en esta ley que propasan su razonamiento y que hoy no se entienden. Así, por ejemplo, se prohibió el afeitarse la barba a los habitantes de la corte burgalesa, siendo sancionados con quince días de cárcel a los barberos quebrantadores. Sacrificios del aspecto personal de esta índole veremos más adelante.

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El porqué del color negro como exteriorización de lo trágico debe su explicación a que el negro es el color de la noche, de la oscuridad, del misterio, de lo tétrico. La muerte ha evocado siempre miedo, y ese miedo se expresa con el negro, según argumenta Enrique Casas (1947) en su libro Costumbres españolas de nacimiento, casamiento y muerte. Con el luto se condenaba a los parientes y amigos del finado al estado de tristeza, de retraimiento, pero también a la parquedad en adornos, a la vida piadosa, a la reclusión y a la soledad; porque el luto no sólo consistía en llevar vestimenta negra, sino además en una serie de actitudes y prácticas dirigidas a vivir sumido en la tristeza, tanto individual como del entorno más próximo.

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Durante el primer año de luto, la mujer viuda lo pasaba recluida en una habitación tapizada de negro, en la que no penetraba el sol. Al pasar ese año, pasaba a morar en una habitación de tonos claros pero desprovista de decoración tanto en paredes como en mesas. Se alejaba de todo lo superfluo y de lo lujoso. La misma actitud adoptaba la señora viuda con su vestimenta y su vida social. La mujer enlutada del siglo XVII llevaba un traje capaz de imponer miedo a los más valientes, según cuenta Enrique Casas, “negra toca, negro vestido, negra la batista que caía más abajo de las rodillas, negra la muselina que circundaba el rostro y le cubría la garganta, ocultando la cabellera; negro el manto de tafetán que hasta los pies le tapaba; negro el sombrero de anchas alas, sujeto a la barbilla con cintas de seda negras”, nos relata el mismo autor.

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Era tan sumamente severo el luto en España que hubo que reprobarlo en el Concilio de Toledo; y en 1729, Felipe V definió una nueva pragmática de lutos cuyas medidas más sobresalientes, para hacerse una idea de cómo se ejercía el luto en aquella época, fueron estas:

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1) Se limita el luto a seis meses y a los consanguíneos del fallecido.

2) Se definen que los tejidos con los que debían estar confeccionados los trajes de luto de la nobleza por la muerte de un vasallo. Estos tejidos eran el paño, la bayeta o la lanilla de color negro.

3) Se prohíbe que las iglesias decoraran sus paredes, bancos y ataúdes con sedas de colores durante los funerales por considerarlos frívolos y desacordes con un acto tan triste.

4) Se restringe el uso del color negro en el interior de las viviendas, permitiendo sólo el uso de alfombras y cortinas de luto en el aposento principal de la casa.

5) Se veda el carruaje negro de luto que usaban los señores.

6) Se establece el uso de libreas de luto para los criados, fabricadas en paño de color negro y no de seda, por ser un tejido fastuoso.

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El sucesor de Felipe V, Carlos III, reglamentó a mediados del siglo XVIII una nueva pragmática sobre lutos en la que se prescribía, incluso, el número de velas que habían de encenderse alrededor de la cama mortuoria (ocho velas, concretamente) y las telas que debían gastarse durante el período de luto.

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Los reglamentos que se recogen en estas leyes han quedado postergados del marco legislativo actual, pero forman parte del acervo cultural. Se trata de costumbres que, aunque desfiguradas, han persistido en la sociedad, como son el llevar el atuendo en color negro, orlar las esquelas mortuorias con la franja negra, la manifestación de dolor y quietud de los más allegados al difunto, o el aislamiento social provocado por el decaimiento o tristeza interior.

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Antiguamente, esta serie de demostraciones de dolor por la muerte, o el luto, era mucho más exagerado, llegando a extremos de abnegación profunda. Aunque el dolor fuera sincero, la sociedad imponía un conjunto de obligaciones que todo el colectivo debía cumplir para mostrarse fiel a la persona fallecida. Una de las mayores muestras de abnegación o sacrificio era renunciar a la vida social durante un lapso determinado de tiempo (veremos los períodos más adelante), comer frugalmente, llevar una vida austera y vestir de negro. Promesas más exageradas, y que registran muchos autores, son el no cortarse el pelo, afeitarse o cambiarse de ropa en un año.

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El luto de antes puede sintetizarse en estos términos: recogimiento, silencio, clausura, vida piadosa y muestra de pesadumbre, todos ellos mucho más acentuados en el género femenino.

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LAS MUJERES Y EL LUTO

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La dependencia de la mujer al hombre ha sido una constante en pueblos de bajo nivel cultural de todo el mundo. En la actualidad, existen pueblos salvajes que mantienen inveteradas ciertas costumbres y creencias, hoy inconcebibles en el mundo occidental. Es tal la inferioridad de la mujer en algunas culturas, que consideran que no son merecedoras de vivir si enviudan, y, si lo hacen, tienen que que hacerlo en el más hondo cautiverio y amargura, porque así lo dispone la comunidad.

En sociedades primitivas, cuando una mujer quedaba viuda,  ésta no podía contraer matrimonio durante el período de luto, que podía oscilar entre los cuatro años (indios americanos) o toda la vida (pueblos brahamanes de la India o mahometanos, por ejemplo). La razón que alegaba la comunidad era que la viuda traía mala suerte porque llevaba el espíritu del marido y la enfermedad que le condujo a la muerte (la esposa estaba infectada). Por este motivo, se las sometía a ritos purificadores o incluso se les sacrificaba.

El ejemplo más claro y conocido de sacrificio de mujer que enviuda lo encontramos en las tradicionales castas indias, que asesinaban a las mujeres en la pira aduciendo que así comenzarían una nueva vida, ya que sin el marido les sería imposible ser felices. Muchas veces eran conducidas a este sacrificio convencidas por sacerdotes y familiares, e incluso, en contra de su voluntad. “Se arguyó que la continuidad de la vida de las viudas sin el marido era un castigo mayor que el de la muerte. Se las sometió a toda clase de presiones y abusos, tanto físicos como espirituales llegando al extremo de ser consideradas como pájaros de mal agüero” (Fielding, W.J).

En el año 1905 el gobierno británico prohibió esta cruel práctica, aunque ha existido también en pueblos vándalos, tribus de África y en tribus de islas de Oceanía.

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Centrándonos en el caso de España, es una evidencia que, antaño, a las viudas se las ha culpabilizado de la muerte del marido socialmente. No se trata de culpa en sentido estricto, sino de una culpa de sentimiento que adquirían las viudas,  aleccionadas por la comunidad. Esta situación acentuaba aún más su luto, en un intento de declararse más condolidas y culpables.

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El luto de las viudas de principios del siglo XX consistía en ir vestidas de pies a cabeza de color negro, inclusive los complementos, como el abanico, pendientes, bolso, zapatos y collares. Las únicas piedras que las mujeres podían llevar en sus joyas eran el azabache, la amatista y el ónice, por tratarse de piedras oscuras.

El negro, así, copaba la vida de quien lloraba por la pérdida de un ser querido. Si pertenecía a una familia acaudalada, preparaba caballos y carruajes negros; vestía a los criados con libreas negras y daba la bienvenida al color del luto  en la casa, tanto en las cortinas como en el servicio de mesa.

Por otro lado, es sobradamente reconocido que las mujeres reaccionan ante la muerte de un allegado con manifestaciones de dolor mucho más visibles que los hombres. Antiguamente, las reacciones llegaban a ser calamitosas, pues sin el hombre no eran nada. Por esta razón, a las mujeres no se les permitía asistir a los entierros, para evitar los estremecedores ayes de dolor y las situaciones de delirio que les hacían mesarse la cabellera o arañarse la cara. Enrique Casas  (1947)  relataba lo siguiente: <<Entre los vascos, la viuda asistía (al cortejo fúnebre) con la cabeza velada, lanzando gritos desgarradores, y sus amigas aguijoneaban su desesperación con frases como “todo se ha perdido para tí, no te queda sino perecer”>>.

Cuenta el autor que la Ley de Guernica consiguió prescribir que las mujeres tuvieran cautela con su propio cuerpo durante el duelo.

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La figura de la viuda angustiada de dolor dio origen a las ancestrales plañideras, que eran mujeres contratadas para a llorar en los cortejos fúnebres. Iban enlutadas, desgreñadas, pálidas de dolor e iban lanzando llantos. Las plañideras desaparecieron en los años 50, aunque continuaron en algunas poblaciones españolas más tiempo. Parece ser que el servicio de estas mujeres servía para darle notoriedad al entierro,  porque contra más pesadumbre entre las mujeres, mayor era la tragedia de aquella pérdida.

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Todavía en los años setenta, estaba mal visto que las mujeres asistieran a los entierros. Poco a poco, con la evolución de la mentalidad, las mujeres fueron haciéndose libres para elegir, y ahora nuestro género asiste si quiere.

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LAS DIFERENTES CONCEPCIONES DEL LUTO

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En la religión cristiana, la muerte no se percibe como un lance triste y trágico, pues el alma pasa a la gloria eterna. El pueblo de la vieja España, el de la carestía y de la miseria, concebía la muerte como tránsito natural, aunque ensalzado con todos los rituales precedentes a una muerte digna que garantizase la compañía de Dios en el cielo. De ahí que fuera indispensable el viático antes de perecer, y los sufragios en honor al difunto. Era la mentalidad del antiguo pueblo español, pobre y resignado, que no tenía más esperanza que ampararse en la doctrina de Fe para asimilar la muerte.  Pero también era el pueblo poco instruido, el abducido por mitos y creencias del ideario popular desprovistos de comprobación alguna, y que a veces les hacía la vida más difícil. Se pueden enumerar un sinfín de costumbres de luto que se han llevado a la práctica en mucho puntos del país, que carecen de sentido alguno, pero que giran siempre en torno a las ideas de sacrificio, dolor, recogimiento y silencio, osea, muerte en vida. Se consideraba la muerte como un trance positivo, pero el dolor por la pérdida era inevitable.

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Existe también otra concepción, quizá la sostenida por el pueblo ateo, que fundamenta el luto en el miedo universal a la muerte, y que, por ello, la asocia con el color negro, el color del misterio y de lo tétrico.

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Por último, podríamos mencionar la idea de la muerte como un paso natural y compartido de la vida del hombre, que es el que dominante desde los años setenta hasta ahora, y en el que desaparecen multitud de rituales, ceremonias y usos de luto que tenían como fin ahuyentar al muerto, hacer público que se estaba de luto o sumirse más aún en la tristeza.

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EL LUTO EN LA CASA Y EN EL VECINDARIO

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Como se ha mencionado antes, las mujeres enlutadas del siglo XVII y XVIII iban ataviadas de negro de pies a cabeza, se encerraban en habitaciones revestidas de negro, desmantelaban todo elemento decorativo y se alejaban de la vida social y del ocio durante el período de luto, que podía durar, en caso de fallecimiento del marido, entre dos años a toda la vida, si así se lo marcaba ella.

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Antiguamente, en el País Vasco, las novias se casaban de negro dando principio a la que sería su mortaja. Este vestido lo colgaban en la campana de la chimenea para que se culotara, cuenta Enrique Casas, y lo hacían bendecir un Jueves o Viernes Santo.

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La muerte de un vecino significaba la implicación de todo el vecindario, participando en el cortejo fúnebre y con la obligación moral de dar el pésame a la familia del difunto. Las persona que iba a dar el pésame o que asistía al velatorio o funeral del difunto debía ir vestida de luto y sin expresar alegría.

Antes del siglo XX, el fallecimiento de un vecino era anunciado por un voceador que vestía de negro y comunicaba el fatídico suceso doblando campanillas por las casas o dando toques con un bastón. Los vecinos iban trasladando la noticia de unos a otros, y, de este modo, el funeral era un acto profusamente concurrido.

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Otra de las señales que anunciaban una defunción era la puerta de la casa a medio abrir, que indicaba que en su interior se velaba a un muerto. Dentro de la vivienda estaba preparada la cámara mortuoria, la habitación más espaciosa despojada de muebles, cuadros, cortinas, floreros y de todo objeto que deslumbrase. Al principio, se dejaba la puerta medio abierta ocho días, tiempo que permanecía allí el cadáver, pero después, en los años cincuenta, la ley redujo ese tiempo a 24 horas.

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También era costumbre poner una franja negra en la cortina de la puerta o en los balcones, y se tapaba el escudo familiar, si lo había, en señal de luto.

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La persona que estaba de luto debía utilizar tarjetas, papel y sobres de luto con franja negra. Esta franja, que simboliza luto, aún se mantiene en las esquelas de los periódicos y algunas tarjetas de funeral, oraciones o novenarios, siendo estos los últimos vestigios que quedan de la comunicación en luto.

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En los años cincuenta, en muchas aldeas españolas era obligatorio que los vecinos participaran en el cortejo fúnebre, siendo sancionados con multas quienes no fueran. Los asistentes al cortejo vestían con sombrero de copa y capa, en el caso de los hombres, y las mujeres vestían con capucha, mantilla negra o velo. Si la familia no era adinerada, el atuendo de etiqueta de los hombres se pasaba de padres a hijos, pues era preceptivo que se fuera así vestido.

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En la ciudad, se usaba chaqué, corbata negra, guantes negros y chistera. Abrigo negro u oscuro, también, si era invierno. Las mujeres iban con trajes o vestidos de color negro. En el apartado siguiente se detallará de qué se componía el atuendo de luto completo.

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LOS ANTIGUOS PERÍODOS DE LUTO Y EL VESTIDO

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En los años cincuenta y sesenta, aquellas personas que demostraban su afecto y dolor por la muerte de un ser querido, llevaban luto durante un período de tiempo que se describe a continuación. Hay que resaltar que estos lapsos han ido cambiando a lo largo del tiempo, siendo más amplios antes y más reducidos y flexibles después de esas décadas:

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- Por la muerte del esposo o esposa, el cónyuge llevaba luto riguroso dos años más seis meses de alivio de luto, para relajarse del negro.

- Por la muerte de un hijo, los padres llevaban dos años de riguroso luto más seis meses de alivio, también.

- Por la muerte del padre o de la madre, los hijos llevaban luto un año más seis meses de alivio de luto.

- Por la muerte de un hermano, los hermanos guardaban seis meses de luto riguroso.

- Por la muerte de los abuelos, los nietos guardaban seis meses de luto riguroso más tres meses de alivio.

- Por la muerte de un tío o tía, los sobrinos mantenían tres meses de luto.

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Estos períodos, que estaban así definidos por la sociedad de la época, podían dilatarse en el tiempo en función del cariño que le uniera con el difunto.

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El luto riguroso consistía en permanecer apartado de la vida social, ir ataviado de negro y en alejarse de toda actividad de ocio. La clausura en la vivienda duraba tres meses en el caso de las viudas o hijos del fallecido/a. Pasado el transcurso de luto, se pasaba al medio luto, en el que se llevaban colores apagados como el gris o el malva.
Con los años, poco a poco se iría desaprobando esta norma social, hasta desaparecer en nuestros días.

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Antes de los años sesenta, el luto del hombre viudo consistía en ir ataviado de negro, al menos el primer año, y luego de gris o colores sobrios. Como distintivos de luto, portaba una cinta negra de paño o de gasa en el sombrero; gemelos negros; franja negra en el pico de las solapas de la chaqueta y una banda de paño también negra alrededor de la manga izquierda de la americana.
Por su parte, las mujeres llevaban la pena negra, que era un velo largo de crespón que se colocaban en el sombrero de forma que les tapara el rostro. Este velo cubría el vestido, que era también de color negro, alcanzando la espalda. La pena dejó de usarse en los años sesenta, aunque en el algunos núcleos rurales siguió usándose (Armenteras, 1959). Este atavío fue  reemplazado por un fino velo de gasa negra que se echaba al rostro el día del entierro y que se enrollaba al cuello como si fuera una bufanda.

Los complementos del luto de antes de los años sesenta, obviamente eran también negros.

Hay que resaltar, como nota importante, que el velo de luto de las mujeres sólo ha sido utilizado en los países católicos. En los estados protestantes, si acaso para la ceremonia fúnebre.

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Imagen de abajo: cortejo fúnebre por la muerte de Maurice Chevalier (Revista Hola, nº 1429, año 1972).

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En los años sesenta se produce el paulatino cambio hacia la libertad del luto. Los niños dejaron de llevarlo y, si moría un pariente cercano, se les vestía sobrios en señal de respeto pero huyendo del infausto negro, que comenzaba a ser señal de mal agüero.

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Hay dos episodios muy significativos de la serie Cuéntame Cómo Pasó, de TVE, que retratan a la perfección cómo se vivía el luto de pueblo y de cómo chocaba con la idiosincrasia de la ciudad de 1970, año en el que el luto estaba desapareciendo de los núcleos urbanos (ver capítulos 55 y 56 sobre la muerte de Doña Pura).

Esta serie, que representa fidedignamente la España de los años sesenta, setenta y ochenta, relata cómo la abuela de la familia Alcántara teñía de negro la ropa de la familia a raíz de la muerte de su consuegra, Doña Pura. Los nietos, indignados, reprenden la medida de la abuela porque había quedado desfasada la moda del luto. La muerte pierde su sentido trágico,  y su publicidad, tanto en las vestiduras como en otras manifestaciones, como el doblar de las campanas, iba desapareciendo.

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Hoy, cuando alguien fallece, se comunica el suceso por la prensa, a través de esquelas, y el vecindario tiene  noticia inmediata de la muerte porque ve pasar el coche fúnebre. El luto  como expresión de pena sólo se lleva en sepelios oficiales.

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Tengamos en cuenta una cosa primordial: que, aunque se haya pasado de moda el infeliz negro del luto, la expresión de dolor y pesar debe ser sincera. No asistamos nunca a un velatorio o funeral sin que haya existido unión con el difunto o su familia, ni mucho menos nos mostremos fingidamente afligidos. La muerte merece un cristalino respeto que nunca hay que violar. La norma permite que expresemos nuestras condolencias en tarjetas o cartas de pésame, de las que hablaremos en otro momento.

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Noelia Tari ©

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El uso del sombrero. Su decadencia a lo largo del tiempo y normas de comportamiento básicas con este accesorio

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El sombrero es uno de los accesorios de la indumentaria masculina y femenina que ha ido perdiendo adeptos a lo largo del tiempo. Clásico emblema de distinción, el sombrero formaba parte del conjunto de complementos imprescindibles del guardarropa, tanto de un auténtico gentleman como de una apreciada y respetable dama. De todos los complementos antiguos del atuendo personal, como los guantes, el bastón, el abanico o la faltriquera, el sombrero ha sido, quizás, la pieza con mayor capacidad para testimoniar el status social de su portador.

Aparte de esta seña, al sombrero se le dotó de ese código de comunicación que sólo las personas entendemos, y que es el relacionado con el respeto y la condescendencia hacia los demás. De estos particulares atributos, creados por el hombre no se sabe cuándo, nos quedan unas normas de comportamiento que se recogen en el código de comportamiento en sociedad, pues es un hecho meridiano que nadie entraría al templo cubierto, por ejemplo. También, este acto de respeto aparece en nuestras expresiones populares, tales como “quitarse el sombrero”, que es sinónimo de respeto al prójimo.

En la actualidad, optar por llevar sombrero se ha convertido en una opción delicada a causa de haber caído en desuso. Sabemos que queda bien, que encuadra la cara y que, incluso, aumenta la estatura; pero al ser pocos quienes lo llevan y, teniendo en cuenta el poder de la moda, pocos se atreven a ponérselo por miedo a resaltar.

En este artículo se aborda cómo el uso del sombrero se ha ido debilitando por el auge de la simplicidad y comodidad en el vestir; cuáles son aquellos que deben llevarse de acuerdo con la fisonomía, atuendo y evento, así como las pautas de comportamiento con este accesorio tan controvertido.

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ADEREZO PARA LAS MUJERES Y  PANACEA DE LA ELEGANCIA MASCULINA

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El atavío en la cabeza ha sido una constante a lo largo de la historia del traje. Ya en el Antiguo Egipto, los hombres se rasuraban la cabeza para ponerse encima pelucas brillantes y pesados adornos simbólicos. En épocas posteriores, el sombrero y el adorno en la cabeza ha variado tanto que si tuviéramos que hacer una lista de ellos, resultaría interminable. De estilo monacal en forma de corona, en el siglo XIII, acompañando a los grandísimos trajes de la época, o al  estilo hada en el siglo XV (el hennin en francés), con su forma cónica con un velo pendiendo hasta el codo. Las formas de los sombreros han sido tan variadas como los mismos hombres, variación que ha ido al son de la moda imperante.

De este modo, lejos de hacer un listado de los sombreros de cada época, se explicarán las diferentes concepciones que se le ha dado a este complemento.

El sombrero como atavío femenino experimenta su mayor desarrollo a principios del siglo XX. Antes de esta época, la mujer embellecía su cabeza con otros adornos.

El siglo XVIII fue el siglo donde más culto se le rindió a la moda y a sus hijos, los complementos. En este período, la moda se convirtió en toda una institución, sólo accesible a las clases más elevadas, pues tanto las telas como los materiales de confección eran de la calidad más asombrosa y rica que hoy podemos imaginar.

Entre la aristocracia francesa se sembró una moda que da fe de la ostentación y petimetrería que definían a la vida social de la época, que era la de los enormes e inverosímiles peinados de las mujeres. Para hacerse una idea de aquella realidad, piensen un momento en el personaje de Marge Simpson y en su moldeado de cabello, y compadézcanse del peluquero que tenía que subirse a una escalera para rematar el peinado de la dama. Como descripción más ilustrativa de la esta tendencia, tenemos esta del Padre Luis Coloma: “eran peinados monstruosos, de los cuales citaremos tan sólo uno, como muestra de lo depravado del gusto y lo inverosímil de la invención. La Duquesa de Chartres, hija del Duque de Penthièvre y mujer del futuro Felipe Igualdad, presentose una noche en la Ópera con un peinado que medía cincuenta y cuatro pulgadas desde la raíz del pelo hasta su extremidad, y en el cual se veían a su hijo primogénito el Duque de Beaujolais en brazos de su nodriza, un papagayo picoteando un ramo de cerezas, un negrito y varias cifras entrelazadas, hechas con pelo de su padre, su marido y su suegro el Duque de Orleans” (Coloma, L. 1914). Este fragmento pertenece a una obra basada en hechos reales de la segunda mitad del siglo XVIII. El mismo autor detalla otras variaciones del colosal peinado, representando figuras y escenas típicas de la época, como la Guerra de América. Asimismo, narra cómo las publicaciones de aquel entonces se mofaban de estos moldeados a través de caricaturas grotescas, que representaban a mujeres con tocados tan altos como un árbol o un edificio.

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El hombre noble del siglo XVIII también iba absolutamente engalanado, inclusive su cabeza, que iba cubierta de la peluca de ala de pichón. El sombrero clásico para él y para ella, aquél de copa y ala que persiste, vendría más adelante, en el siglo XIX.

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En la segunda mitad del siglo XIX arranca el apogeo del sombrero en los hombres. Nos referimos a un período donde la galantería y el refinamiento en el vestir se imponen. Los caballeros llevaban sombrero de copa o chistera negra para vestir y sombrero hongo para “ir de calle”. En verano, la cabeza la cubrían con sombreros procedentes de Panamá fabricados en paja fina, conocidos como “jipi-japa”. Aparecerá, a finales de siglo, el sombrero flexible, que en un principio se utilizaba para hacer deporte, pero después se extendió su uso a otros momentos informales, como el ir al trabajo.

Entre los sombreros, el que más destaca e identificamos con esta época es el sombrero de copa, también conocido como chistera, que se combinaba con el chaqué. Entre los múltiples modelos de sombreros de copa, toma protagonismo la chistera ” de ocho reflejos” (huit-reflets), que se le llamaba así por estar recubierto de seda negra cuyo brillo producía reflejos en torno a su copa. También destacó el claqué o clac, un sombrero de copa que se plegaba por medio de unos muelles, para poder llevarlo bajo el brazo. El clac se combinaba con el clásico frac, prenda de máxima etiqueta masculina.

El sombrero masculino fue una enseña de distinción y señorío hasta los años cuarenta del siglo XX. Con él, se distinguía al obrero y al galán, porque aportaba, a quien lo llevaba, aires de gravedad y de superioridad. Los españoles de la época, según Benito Pérez Galdós, adoptaron el sombrero con cierta presunción, pues a finales del siglo XIX vinieron las influencias de la elegancia noreuropea, caracterizada por la sobriedad y la reserva, poco amiga del temperamento español, que tradicionalmente se había inclinado por los colores briosos y llamativos. Hubo un afán, así, de ser elegantes con seriedad, y el hombre digno de merecer este honor debía llevar levita y, como no, su sombrero de copa: “El sombrero de copa da mucha respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea“, refiriéndose al sombrero (Pérez Galdós, B. 1887).

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A finales del siglo XIX, la mujer de la clase media iba cubierta con mantilla o pañuelo, aunque para pasear por la tarde era habitual que saliera con sombrero. Más tarde, la mantilla de desterró, quedando reservada para asistir a bodas, misas, procesiones y entierros. Antiguamente, para los funerales, las mujeres llevaban manto de crespón negro que se echaban a la cara el día del entierro. Esta pieza, después se enrollaba  al cuello como si se tratara de una bufanda.

Respecto al velo negro en los entierros, hay que señalar que sólo se utiliza en países católicos.

El crespón fue sustituido más tarde por velos de muselina o georgette, también en color negro, que se llevaban durante toda la fase del luto. En la actualidad, el uso de este atavío  ha quedado reducido al funeral de un familiar muy cercano, aunque cada vez se lleva menos.

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A principios del siglo XX, el sombrero femenino experimenta un gran desarrollo, surgiendo muchas variedades y formas. Primero se extendió el uso del sombrero de ala amplia con decoración profusa, inspirada en elementos naturales. Después, se pasa a sombreros más pequeños y de formas más variadas.

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A partir de los años cuarenta del siglo XX,  desciende notablemente el uso de este accesorio tanto en hombres como en mujeres, quedando reservado prácticamente a la protección frente a la exposición al sol y en actos de rigurosa etiqueta.

Cierto es que, en España, el clima no es tan cálido como para protegerse diariamente con el sombrero del calor, ni tan frío como para utilizarlo de abrigo de la cabeza, pero, lo que sí es un hecho, y recogido por multitud de reseñas, es que el sombrero ha sido un complemento de elegancia y de diferenciación de clases inequívoco. Llegó a tal punto la tendencia al sinsombrerismo, como le llamaba Antonio Armenteras, que  personalidades de la época, como Christian Dior, hicieron un llamamiento público para resucitar este emblema: “¿Por qué salís siempre sin sombrero? Nunca resultaréis verdaderamente elegantes en la calle si no complementáis vuestro conjunto con uno de esos sombreros pequeños que tan bien os sientan” (Christian Dior, años 50).

Las razones que se pueden argüir de esta corriente giran en torno a la apuesta por lo cómodo y lo práctico, que comenzó a imponerse a mediados del siglo XX. Años atrás, el atuendo obedecía a un conformismo que se había aceptado como regla en el vestir. Así, el hombre vestía smoking con corbata y sombrero en los días calurosos, mientras que, a partir de este momento, triunfaría la indumentaria cómoda y fresca.

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Paralelamente, comenzó a imprimirse el gusto personal en el vestir, huyendo de los cánones establecidos, sobre todo en los hombres. Esta independencia en la elección de la ropa junto con la apuesta por lo confortable, daría origen a la abolición progresiva del sombrero, tirantes y demás complementos considerados antes como indispensables, y, a la vez, a la aparición de looks o estilos urbanos particulares.

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De esta manera, desde un punto de vista práctico, el sombrero en nuestro país no tiene mucho sentido, pero como arma para agraciar, sí. Entre sus ventajas, que algunos complementos las tienen, aumenta la estatura de quien lo porta, protege el tinte y la permanente del cabello frente los agentes ambientales y oculta la calvicie. Respecto a este último efecto, decía Armenteras en los años 50 que nueve de cada diez hombres que llevaban sombrero eran calvos.

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UN SOMBRERO PARA CADA MOMENTO Y FISONOMÍA

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El sombrero favorece el rostro porque lo realza y lo encuadra, pero no todos valen para todos los semblantes.

El ideal es aquél que armoniza con el rostro y, por supuesto, con el gusto y la personalidad de quien lo porta. Es absurdo llevar un complemento tan significativo como este reproduciendo estrictamente las colecciones de las firmas. El sombrero merece una especial atención, pues llevar una de estas piezas separada del agrado personal y de la coherencia con el semblante puede derivar en el desastre. Por este motivo, el sombrero ideal es aquel creado artesanalmente en sombrererías, porque lo adaptan a la anatomía del cliente. A la par, los sombreros confeccionados en serie pueden modificarse en talleres especializados para acoplarlos al rostro, inclinando un  ala o reduciendo la copa, por ejemplo. De esta manera, el sombrero debe quedar perfecto y a la medida de quien lo solicita.

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Huyamos de las modas, que lo único que hacen es conducirnos a todos en rebaño y a sentirnos víctimas de ella con su poderosa publicidad y alcance mediático, pero capturemos de ella lo que nos convenga y agrade realmente. Una de las ventajas de la moda es que, periódicamente, relanzan complementos que habían sido desterrados. Hace pocos días, vi en la tienda Zara un sombrero pequeño con velillo de encaje que fue muy utilizado en los años cincuenta. Si a la mujer le gusta este accesorio, es un momento ideal para ponérselo. Este tipo de sombrero dotaba a la mujer de aires de misterio y disimulaba los signos de madurez del rostro. Se llevaba sólo en la ciudad, para asistir a invitaciones para tomar el té y para celebraciones de día, como bautizos o comuniones.

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Los sombreros pequeños femeninos son ideales para la indumentaria de calle durante el invierno con cualquier tipo de prenda de abrigo. Los de inviernos suelen ser oscuros y vienen confeccionados con fieltro, lana y piel, fundamentalmente. Antiguamente predominaba mucho el terciopelo, ese bello género signo de la elegancia que hoy nos ha abandonado.

En verano, los sombreros propios son más amplios para proteger del sol. Los colores son claros y los materiales de fabricación predominantes son la paja, piqué, las fibras naturales y el grosgrain.

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Los sombreros grandes, aparte de para el verano, están indicados para actos de etiqueta de día, como las bodas, recepciones oficiales, espectáculos y fiestas de sociedad al aire libre, carreras de caballos, etc. Al apostar por este tipo, hay que tener en cuenta, en la medida de lo posible, la conveniencia de sus dimensiones: que quepa por la puerta del coche y que no moleste a los de al lado al concurrir con más personas.

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Para  los actos de etiqueta de noche, el sombrero se sustituye por el tocado. El tocado, normalmente, está integrado por flores artificiales, joyas, encajes, plumas y strass. Se lleva en un lado de la cabeza.

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Hay que tener en cuenta una serie de circunstancias donde mujeres y hombres no  deben llevar sombrero:

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• Por la noche en general: en bailes, cenas, asaltos, fiestas, funciones de ópera, conciertos de gala y todos aquellos acontecimientos nocturnos que suelen tener lugar por la noche.

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• Tampoco se debe llevar sombrero durante actuaciones de teatro, circo u otros espectáculos que se desarrollen en espacios cerrados, por una cuestión de respeto al espectador de al lado y al de atrás, que pueden no ver bien la función.

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•  Actos religiosos, recepciones pontificias, procesiones y entierros. En estos actos, las mujeres, en lugar de sombrero, utilizan la mantilla negra con un sobrio traje del mismo color. Para la misa dominical, sin embargo, no es imprescindible, a pesar que antiguamente las señoras asistían con velo. A las mujeres se les admite la entrada a la Iglesia con sombrero de vestir porque, tradicionalmente, era costumbre que después del culto salieran a dar un  paseo a pie.

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Para los eventos de etiqueta antes mencionados (entierros, procesiones, bodas y recepciones), los hombres pueden llevar chistera o sombrero de copa combinado con el frac (rigurosa etiqueta) o con el chaqué (etiqueta de tarde).

En celebraciones o actos que tengan lugar en espacios cerrados, tampoco llevarán sombrero.

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Hay que aclarar que los hombres tienen una serie de exigencias con el sombrero de las cuales las mujeres están desprovistas. Se trata de un conjunto de costumbres que han perdurado hasta nuestros días y que entran en la línea de la cortesía y educación clásicamente masculinas. Se abordarán en el apartado siguiente de protocolo del uso del sombrero.

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PAUTAS DE COMPORTAMIENTO CON EL SOMBRERO

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En este apartado se va a detallar cómo debe comportarse el hombre cuando lleva sombrero en los diferentes encuentros de la vida social. Es obvio que muchas costumbres y detalles se han perdido o se han suavizado con el transcurso del tiempo, pero la esencia de estos actos, que es el respeto, hay que mantenerla.

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En el lenguaje español, tenemos una expresión que evidencia al sombrero como arma de reverencia. Esta expresión es la de quitarse el sombrero, que significa muestra  de consideración. El origen de este proverbio lo encontramos retrocediendo muchos siglos atrás, cuando los caballeros, al saludar  a una persona a la que guardaban respeto, se descubrían la cabeza en señal de deferencia y solicitud.

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El gesto de quitarse el sombrero se hacía en el ritual del saludo, en las presentaciones, en los espacios concurridos, ante señoras, etc. pero nunca a personas de condición social inferior.  Decididamente, se ejecutaba entre iguales, de inferior a clases más altas, a los religiosos, a los ancianos  y a  las damas, fuera cual fuera la distinción social de éstas.

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El protocolo del saludo, bien fuera por la calle o en espacios privados, era el siguiente: El caballero que saludaba se quitaba el sombrero o gorra (en el caso de ser un muchacho) con su mano derecha, acompañando este gesto con fórmulas de cortesía como “buenos días” o “vaya con Dios”, salvo si la persona saludada estaba a distancia, circunstancia que sólo exigía el descubrimiento de la cabeza. Si se detenían para compartir más palabras, el gesto de la despedida era el mismo pero con la fórmula de despedida de “adiós” o “que tenga buena tarde”.

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Este ademán no sólo se hacía en la calle, sino que se repetía en la escalera del edificio, propia o de casa ajena; en el ascensor; al subir y bajar del coche; en salas concurridas de gente, como salas de espera y, sobre todo, en estancias de visita o en una audiencia.

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En audiencia de superiores, como un prelado o un gobernador, hay que quitarse el sombrero siempre como muestra firme de respeto, haciendo una inclinación con la cabeza y permaneciendo descubierto hasta que la personalidad ordene cubrirse de nuevo. La despedida es idénticamente igual que el saludo.

Si se trata de un obispo, en lugar de la inclinación de cabeza se hace una genuflexión y se le besa el anillo.

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Otra de las situaciones donde es preceptivo quitarse el sombrero es durante las presentaciones. El señor que es presentado debe quitarse el sombrero y hacer una leve inclinación de cabeza pronunciando alguna fórmula de cortesía tal como “encantado”, “es un placer” o “con mucho gusto”. Después, se lo vuelve a poner.

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Es una incorrección, desde el punto de vista de la galantería, hablar con una mujer con el sombrero puesto debido a que se le debe rendir el máximo respeto. No obstante, en la actualidad, este detalle carece de importancia, puesto que la prácticamente hay una igualdad de consideraciones entre hombres y mujeres.

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El quitarse el sombrero también es un clásico sinónimo de agradecimiento. Así, los caballeros que se sentían congratulados porque otro le había cedido el paso o le había prestado ayuda ante algún incidente en la calle, se quitaban el sombrero como seña de agradecimiento.

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Al entrar a un espacio privado, hay que tener especial atención con el sombrero. De visita, el visitante debe entregar el sombrero, abrigo y paraguas al anfitrión o persona de servicio, quien lo depositará en un armario o perchero del hall. Puede darse el caso que se trate de una visita informal donde desaparecen las solemnidades y, entonces, entrar con todos los complemento al salón. Esto es admisible hoy día, pues las viviendas son mucho más reducidas en dimensiones y carecen de recibidor. Lo que sí hay que tener muy presente es que nunca hay que permanecer con el sombrero durante la visita o dentro de un espacio cerrado. El anfitrión, si sabe que la persona tiene costumbre de ir cubierto, le instará a que se lo vuelva a poner, siendo entonces cuando el visitante condescenderá a su amable petición.

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La despedida de quien portaba sombrero ha sido durante mucho tiempo una verdadera ceremonia, hoy casi desconocida por los más jóvenes (ver fotos). El visitante, al salir por la puerta de la vivienda, hacía el ademán de quitarse el sombrero mientras se despedía con una de las fórmulas de cortesía. Al llegar al rellano o en la escalera, hacía una segunda despedida quitándose de nuevo el sombrero, justo al tiempo de desaparecer. Otra opción de  despedida, también muy cortés, era la de salir sin sombrero, despedirse, y hacer una segunda despedida en el rellano o en la escalera, cubriéndose sólo al perder de vista al anfitrión.

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Por último, resta mencionar unos casos especiales donde hay que quitarse el sombrero:

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- Ante un entierro, ya sea el que nos cruzamos o al que asistimos. Mientras nos quitamos el sombrero, rezamos, además, el Padre Nuestro por el eterno descanso del difunto.

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- Al cruzarnos con una procesión. Si pasa el Santísimo, procuraremos arrodillarnos hasta que pase.

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- Ante la bandera nacional, permaneciendo en posición firme.

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En definitiva, los hombres deben quitarse el sombrero en manifestación de cortesía hacia la otra persona o emblema.

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Este artículo está dedicado a Ricardo, que le gusta mucho llevar sombrero : )

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Noelia Tari ©

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Los regalos en la vida social



La significación del regalo, como presente que una persona entrega a otra, ha cambiado drásticamente desde que se tiene conocimiento de su existencia. De erigirse como una dádiva  simbólica en tiempos primitivos, ha pasado a vulgarizarse a causa de una importante pérdida de valores surgida al calor del materialismo.

No voy a comenzar este artículo extrayendo la acepción de la RAE de la palabra regalo, porque se sobreentiende que todos tenemos una idea formada acerca de este, misma idea de la que se ampara la RAE para describir el vocablo. Si a un niño le pedimos que nos dibuje un regalo, seguramente trace una caja envuelta en ricos papeles adornados y coronada por un lazo o pompón de cintas. El comercio, con sus estrategias de escaparatismo, ha sabido explotar al máximo el atractivo del factor sorpresa que tanto cautiva a pequeños y grandes, creando prototipos que después todos imitamos e, incluso, representamos mentalmente y, por consiguiente, gráficamente.

Las sociedades avanzadas parece que tenemos un problema grave en la escala de valores. Conocí una persona hace ocho años (tiempos de bonanza en España) que ganaba seiscientos euros. Me mostró todo su arsenal de Prada y yo, lo primero que pensé, fue que serían regalos de su pareja. Luego vino su pareja y continuamos hablando sobre artículos de lo más “chic” y, con todo, terminaron dconfesándome que estaban en números rojos por todas esas absurdas compras. Ahí dejo, a quien me lea, sus apreciaciones o su juicio acerca de esta temeridad. Otro caso disparatado, tuve oportunidad de ver en el programa de Telecinco, De Buena Ley, donde una mujer llevaba a su pareja ante el árbitro para exigirle todos los regalos no efectuados en San Valentín. En estas fechas, los productores de rosas de Latinoamérica se enriquecen exportando la flor del amor al hemisferio norte y las multinacionales hacen su agosto con la manipulación emocional que hacen desde anuncios publicitarios de todos los medios de comunicación con mensajes como “Haz feliz a tu pareja con..” ó “Demuéstrale tu amor con…”.

Con lo expuesto, no se pretende rechazar el regalo como símbolo de afecto. Es, sencillamente, una invitación a la reflexión y a hacernos un pequeño examen de conciencia, reconociendo que la influencia de la publicidad, el consumismo, el afán de acumular y la despreciable costumbre de excitar la envidia se están imponiendo en nuestras vidas.

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1.- EL ALCANCE DEL REGALO EN TIEMPOS PRIMITIVOS

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En los pueblos primitivos nunca se concibió el valor utilitario del regalo, sino su valor simbólico. La entrega de un presente a un miembro de la tribu significaba lealtad. Prometerse esta virtud era sumamente importante en sociedades basadas en lazos de cooperación, y, curiosamente, el compromiso de fidelidad se sigue afianzando en nuestros días con el anillo de compromiso o de boda, que parece ser la última institución viva que sigue ritos ancestrales.

Se sabe que los pueblos salvajes celebraban ceremonias de distribución de riquezas. Estas ceremonias consistían en que el anfitrión donaba todas sus pertenencias al resto de vecinos de la tribu, aun a costa de arruinarse, para ascender de rango social. De esta manera, el regalar daba muestra de la voluntad de fidelidad del anfitrión al resto de la tribu, y ésta se lo compensaba ascendiéndole y reintegrándoselo más tarde. Esta devolución del regalo para corresponder del mismo modo al dador  ha perdurado hasta nuestros días, sobre todo en las bodas. Más adelante se desarrollará cómo ha ido evolucionando este peculiar rito.

Los regalos, entendidos como objetos tangibles, eran manufacturados, porque su valor dependía más de las horas aplicadas en su elaboración que de su valor económico o práctico. Y es que, antaño, se apreciaba el esfuerzo y el tiempo dedicado que sólo brota del individuo sin ánimo de lucro cuando hay afecto. Sabiendo esto, es evidente que el concepto de regalo se ha degradado a favor de un mero gasto económico hecho en una tienda, quedando muy atrás los trabajos de labor a aguja y rueca que tantas horas ocupaban a nuestras abuelas.

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2.- LOS REGALOS EN LAS CELEBRACIONES QUE ACONCTECEN EN LA VIDA SOCIAL: BAUTIZOS, COMUNIONES, PEDIDA DE MANO Y BODA

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Antes de explicar los diferentes presentes que han acompañado y que acompañan a los diferentes eventos de la vida social, resulta necesario señalar ciertas premisas en torno a ellos:

- No se debe regalar aquello que esté desacorde con las aspiraciones personales y con su status social. Por ejemplo, es ridículo regalar una lata de caviar ruso a un sacerdote o una corbata de Loewe a alguien quien, por su trabajo o por sus gustos, no la usará.

- No regalar bebidas fuertes.

- No se debe concretar jamás el regalo que se desea. Es tradición que algunos novios diseñen una lista de boda. Este caso se exime de esta norma porque la tradición contempla desde tiempos remotos la entrega de regalos, que son fáciles que coincidan. Más adelante se detallará el origen de la lista de bodas.

- Nadie se quejará de no recibir presente, esto tan sólo proyecta nuestra fatuidad.

- El regalo debe acompañarse de una nota o una tarjeta donde figurará un pequeño mensaje de felicitación, agradecimiento o palabras de cariño.

- Si no conocemos con profundidad a la persona agasajada, por ejemplo, una autoridad, hay que decantarse por un objeto decorativo que siempre es neutro y nunca por un objeto personal, pues se corre el riesgo de no acertar con sus gustos.

- No se deben regalar animales de compañía a no ser que conozcamos a fondo a la persona y sepamos si quiere asumir la responsabilidad de tener a su cargo una criatura. Si el animal es para un niño, se consultará  inexcusablemente a los padres.

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Todo lo redactado a continuación no es absolutamente preceptivo. Se abordan qué regalos han predominado en los diferentes acontecimientos de la vida social desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, dejando espacio a los consejos y al protocolo que rige su entrega.

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2.1.- El Bautizo
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En el bautizo del niño recién nacido, tradicionalmente, los padrinos han desempeñado una función importante. Siempre se ha dicho que los padrinos reemplazan a los padres del niño en el caso que éstos fallezcan, aunque lo cierto es que no se firma ningún contrato que así lo establezca. Los padrinos, en realidad, cuando se comprometen a tal posición, actúan como “padres espirituales” del niño, asumiendo su educación en la Fe cristiana en el caso que los padres falten, acordándose de él y agasajándole de manera especial en los días más destacados de su vida. Éstos son la primera comunión, su cumpleaños, su santo, su graduación o los éxitos, en definitiva, que obtenga en su vida hasta el día de contraer matrimonio, momento en el cual el individuo queda al amparo de su cónyuge. De esta manera, se colige que los padrinos ejercen un cargo de cierta responsabilidad.
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A finales del siglo XIX, el padrino regalaba al retoño una medalla de oro, la cubertería y el servicio de comida de plata con sus iniciales. A la madrina también le obsequiaba alguna cosa, puesto que a partir de ese momento le uniría un vínculo (el niño).
La madrina, por su parte, se encargaba de comprar el faldón, la capa y el gorro para el niño (traje de cristianar).
El padre corría con los gastos del bautizo (pila, misa, almuerzo si había). Si la familia era rica, le hacía un presente al sacerdote, al sacristán y al servicio doméstico de la casa (la nodriza, los criados, etc.).
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A mediados del siglo XX, los padrinos tenían confiada la obligación moral y económica del bautizo, aunque era común que el padrino, por su condición de varón,  asumiera los gastos (la pila, misa y almuerzo) y la madrina comprase el traje de cristianar del niño.
Se continuó con los regalos clásicos compuestos por cadena de oro con medalla, pulsera de identidad (esclava), servicio de comida grabado, etc. que eran donados por ambos padrinos.
Había costumbre de llevar pasteles o dulces al sacerdote, al médico que asistió el parto y a los concurrentes del acto (Casas, E, 1947) : Costumbres de Nacimiento, Casamiento y Muerte en España.
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En la actualidad, el bautizo se celebra de manera muy distinta a como se hacía antaño. Mientras que antiguamente se bautizaba al niño en los tres primeros días de nacer, imposibilitando la asistencia de la propia madre, ahora el bautizo se celebra al pasar unos meses. En otro artículo se detallará todo el protocolo mejor, pues ahora el asunto que nos compete es el de los regalos.
El bautizo debe celebrarse sin boato y entre el círculo familiar. Los regalos que recibe el bebé proceden de los abuelos y de los padrinos. El resto de invitados (tíos, primos, por ejemplo) ya habrán enviado con anterioridad el regalo a la madre el día del nacimiento, tanto si es para ella (flores, bombones), como si es para el pequeño (ropita, juguetes, útiles, etc.).
Los abuelos y los padrinos regalan los objetos simbólicos clásicos: cadena de oro con medalla, pulsera de identificación, escapulario, pulserita, pendientes. Todo de oro, salvo el escapulario, obviamente.
En muchos lugares sigue siendo tradición que la madrina regale el traje de cristianar.
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2.2.- La primera comunión
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La primera comunión es un acto religioso que ha quedado desvirtuado por la dimensión social de la celebración. Antiguamente, consistía en un acto centrado en la primera Eucaristía que tomaba el niño/a en la Iglesia. En la actualidad, desgraciadamente, la primera comunión se ha convertido en una fiesta/banquete equiparable, a veces, al de una boda, donde lo superficial cobra el máximo protagonismo.
No nos vamos a extender tampoco en los ritos y el protocolo de la primera comunión; como antes, damos paso a los regalos tradicionales que sirven de guía para llegar a los actuales. No olvidemos que las costumbres, muchas veces, son la guía de cómo obrar.
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A finales del siglo XIX, después del acto religioso en la Iglesia, sólo las familias acomodadas celebraban un festín, basado en un desayuno o un almuerzo en casa de los padres. Los comulgantes repartían entre los asistentes a la celebración pequeños recuerdos que consistían en libritos de piedad ricamente encuadernados en cuero o papel duro nacarado. En este libro constaba la el nombre del niño/a comulgante, la fecha de la primera comunión, plegarias u oraciones y alguna imagen simbólica.
El acto de la primera comunión, desde el punto de vista social, era entendido como un acto de caridad. Esta virtud era profesada por la madre del niño/a haciendo regalos a los compañeros de doctrina del niño, al sacerdote, a los criados y a los pobres. También los niños intercambiaban regalos entre sí, ya hubiera ricos con pobres, para que los ricos aprendieran a no desmerecer ofrendas de los inferiores.
Los comulgantes recibían presentes de toda la familia y amigos íntimos de esta: rosarios, libros religiosos y alhajas con motivos religiosos, fundamentalmente. Muchos padrinos regalaban la cadena y medalla de oro en la primera comunión en lugar de hacerlo en el bautizo, pues estas piezas la interpretaban (algunos) como la cesión de responsabilidades o la independencia en la Fe del niño/a.


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Siempre ha sido costumbre el exponer los regalos. La razón de esta antigua costumbre parece residir en el afán de aparentar, sobre todo en las bodas.
Esta vieja costumbre viene recogida en un manual de Antonio Armenteras, en la que explica cómo disponer los regalos “de cara al público”. Según él, en una mesa adornada, se colocaban los regalos junto con la tarjeta que los acompañó, de modo que podía adivinarse fácilmente el emisor del obsequio. Los regalos eran de una magnitud importante, pues los regalos que se hacen con este religioso motivo, son realmente de un valor desorbitado. La exposición que resultaba de toda la concentración de regalos era visitada por todos los invitados del evento quienes, al irse, recibían del comulgante un recordatorio religioso (una estampa, díptico un librito de piedad con todos los datos de la primera comunión).
La celebración consistía en un pequeño desayuno o almuerzo entre el ámbito familiar o más íntimo, y el alcance de la celebración dependía del nivel económico de la familia.
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En la actualidad, se advierte cómo la primera comunión cobra más importancia por la celebración que por el valor de la Eucaristía en sí misma. De hecho, es muy habitual que los niños que comulgan estén motivados por los cuantiosos regalos que saben que van a recibir. Es absolutamente opuesto a la fe cristiana incitar a los niños a que hagan la primera comunión señalándoles como fin la fiesta y los regalos materiales. La reunión familiar que antes se hacía, una vez terminado el acto en la Iglesia, conmemoraba el sacramento y no otra cosa, por eso se hacía en el círculo más íntimo. Ahora, por el contrario, la comunión se ha convertido en un acto social similar al de la boda, donde el dispendio y la devolución de la invitación son inherentes.

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Los regalos que se acostumbran a hacer actualmente son: un reloj, cadena de oro con medalla, pulsera con sortija (niñas), pulsera de identificación, muñeca de comunión (niñas), material escolar (bolígrafos, plumas, etc.), juguetes y accesorios de aseo. Los padrinos vuelven a regalar las alhajas que regalaron en el bautizo porque, naturalmente, les vienen pequeñas.

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2.3.- La petición de mano

La petición de mano es un protocolo tradicional de carácter formal en el que los padres del novio piden a los padres de la novia consentimiento para casarla con su hijo.

Antiguamente,  significaba el reconocimiento formal del noviazgo o de compromiso, compromiso que abocaba al matrimonio. En la actualidad, la petición de mano se hace una vez la pareja ha vivido cierto tiempo como novios, y no se pide la mano de la novia a los suegros. Consiste en un acto simbólico de demostración de amor y compromiso delante de la familia y los seres queridos.

Este acto no se estila tanto actualmente, pero no hay nada que impida el no hacerlo, salvo la capacidad económica.

El protocolo no es tan estricto como antaño, ya que, tanto la novia como el novio conocen a los suegros y a menudo se han sentado a comer juntos.
La tradición de este paso crucial en la vida de los cónyuges se remonta a tiempos muy lejanos, donde el regalo o agasajo desempeñaban un papel esencial. Cuenta William J. Fielding, en su obra Curiosas Costumbres de Noviazgo y Matrimonio, que los aborígenes norteamericanos hacían regalos al suegro para aprobar el noviazgo. Si los rechazaba, reprobaba la unión, y si los aceptaba, la autorizaba. Esta práctica contribuyó a extender el matrimonio por compra.

En el siglo XIX, los rituales que precedían a la boda eran, por orden, tres:

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- La petición de mano, en la que los padres del novio pedían la mano de la novia. Daba comienzo, así, al noviazgo ratificado o el compromiso de la unión.
- Los esponsales, donde se confirmaba el compromiso por medio de la entrega del anillo o pulsera a ella y un reloj a él.
- El contrato, donde se establecían las partes que tenían que aportar por ambas partes (dote,patrimonio, herencia, etc.). Tenía cita en casa de los padres de la novia unos días antes de la boda. A partir de ese día, se hacían los regalos de boda por parte de los parientes y amigos.

El Francia, el día del contrato, los padres de novio enviaban a casa de los padres de la novia la llamada canastilla de boda o trousseau. Se trataba de una canastilla en forma de baúl, revestida de seda blanca y coronada por un ramito de flores con un lazo que caía. Esta canastilla contenía, según la baronesa Staffe, vestidos de seda, de terciopelo, ropa blanca (interior) con las iniciales de su apellido y del marido bordadas, encajes, alhajas y joyas de familia, abrigos de piel, limosnera con monedas de oro nuevas y un devocionario. Por supuesto, la riqueza de la canastilla variaba en función del capital de la familia del novio.
La costumbre de incluir joyas y objetos suntuosos en la canastilla o cofrecillo de bodas viene del siglo XVI. De hecho, cuenta Enrique Casas que las novias medían el amor del novio según el peso de la cadena de oro que éste les regalaba. Más tarde, en la época del romanticismo, se ponen de moda las alhajas de todo tipo en las vestimentas de los caballeros  (blasones, armaduras, medallas, escudos, etc.), adornos que servirían de influjo a las joyas de las damas. Puesto que se pusieron también de moda, pasaron a formar parte del ajuar.

De estas tres fases, desde principios del siglo XX, prácticamente sólo se celebra la petición o pedida de mano, que corresponde a la antigua ceremonia de los esponsales y  a la petición, todo aunado en un sólo acto.  El protocolo que sigue la petición no debe detallarse en este artículo pero pasaremos a explicarlo de una manera somera: el novio, junto sus padres, hace una visita a casa de los padres de la novia con el fin de acordar el compromiso. Hoy se ha desterrado contrato, no se pide consentimiento a los suegros ni se establece la dote como se hacía antiguamente, pues del ritual tradicional sólo quedan los vestigios más adaptables a la vida moderna. Y como la misión del matrimonio, regida en el sacramento del matrimonio, es la misma, continúa entregándose el anillo de compromiso a la novia, como símbolo de unión y fidelidad.

¿Debería ofrecerse al novio también un anillo de compromiso? El protocolo tradicional establece que la novia le corresponde al novio con regalos de menos valor, un reloj si venía de una familia solvente, o una petaca. Hoy, regalar un reloj no supone un dispendio exagerado; además, carece de simbolismo, de modo que no es obligado obsequiar con este accesorio. Puede ser cualquier cosa que sea del gusto del futuro esposo.

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Si no se celebra la pedida de mano, no hay ningún impedimento para que el novio regale a la novia un anillo de compromiso. La entrega del anillo, más que una tradición, ha perdurado como una ceremonia romántica o una demostración de amor muy influenciada por las producciones cinematográficas y las novelas. Es el claro ejemplo de regalo simbólico.
Y hablando de novelas y películas, me gustaría hacer mención al zapato de la Cenicienta. En la tradición germana, el regalar zapatos goza de un significado muy importante. Enrique Casas (1947) decía que poner los zapatos a una mujer era un acto que legitimaba el matrimonio, de ahí que la puesta del zapato de cristal en el cuento La Cenicienta sellara el amor entre el príncipe y la doncella. Otra muestra del simbolismo del zapato lo encontramos en el antiguo dicho español que reza que quien ha encontrado a su futuro/a contrayente ha encontrado su zapato. Enrique Casas también señala que, en las tradiciones portuguesas, dos enamorados que se cambian las botas quedan prometidos en matrimonio. Así, el zapato alberga un simbolismo similar al del anillo en algunas culturas.

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Pero no sólo el zapato y el anillo afianzan la unión. Hay multitud de objetos/ritos simbólicos que actúan como ligamento del noviazgo. Un ejemplo curioso lo encontramos en las tradiciones de Japón: si al hombre le gusta la mujer que su familia le ha buscado, éste le regala un abanico. Por su parte, los padres de la novia aportan toda la ropa que la futura esposa necesitará el resto de su vida en concepto de dote.

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2.4.- Los regalos de boda

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Desde el punto de la religión cristiana, el matrimonio es el acto más importante de la vida del hombre. El concepto de matrimonio no ha cambiado apenas desde que se tiene conocimiento de su práctica. Por fortuna, el rol de la mujer es lo único que ha cambiado en la mayoría de las culturas, pues el género femenino ha sido tratado con dura opresión, salvo en aquellas donde dominaba el matriarcado. Platón decía que el deber de la mujer era gobernar bien la casa y estar sometida al marido, y Aristóteles sostenía que el hombre está llamado por la naturaleza a mandar en la mujer. Sabiendo esto, debemos sentirnos afortunados de vivir en el siglo XXI, aunque por desgracia, aún, el machismo subsiste en muchas religiones del mundo, como en la musulmana o en la hinduista.

En los pueblos primitivos, los regalos se hacían de pretendiente a suegro para buscar las simpatías y aprobar la relación, de tal manera que la novia no tenía derecho a elección. Sin embargo, el matrimonio cristiano establece que los cónyuges se unan por su propia decisión, a pesar que antaño e, incluso, hoy día, se registran muchísimos matrimonios por mero interés económico. El quid se encuentra en que antiguamente los regalos intervenían como precio por la mano de la novia y hoy por lo que todos sabemos: agasajo, afecto y recuerdo.

Antaño, los regalos de boda se llevaban a casa de la novia unas semanas antes de la ceremonia nupcial. Si el regalo lo hacía un amigo del novio que no conocía apenas a la novia, los regalos se enviaban, en este caso, a casa del novio.
Actualmente, en las bodas es frecuente dar dinero en concepto del cubierto para que así los novios sufraguen los gastos del banquete. Los novios, normalmente, prefieren que se entregue dinero o un cheque, pues los enseres y equipos del hogar ya hace un tiempo que están comprados, ya que la pareja ha convivido en la misma casa. No obstante, el obsequiar dinero no es una costumbre nueva. En el siglo XIX, la baronesa Staffe decía en su libro, La elegancia en la vida social, que los parientes solteros regalaban una bolsa con monedas de oro, una cartera con billetes de banco o un cheque. La misma autora disponía las distintas asignaciones que debía hacer el resto de invitados: un amigo soltero de los novios regalaba un objeto útil para la casa (cristalería, vajilla, lámpara, cubertería…); un amigo del novio se permitía regalar un objeto personal al novio (gemelos, cartera, alfiler de corbata, etc.); y una amiga de la novia podía regalar una pieza exclusiva para su amiga, como un pañuelo bordado por ella misma, alguna joya o encajes. También era tradición que el novio agasajase a la hermana de la novia con una alhaja, regalo que “no se devuelve“, decía la baronesa.

Con esta expresión, se deduce que el refinado círculo de la baronesa Staffe practicaba la costumbre primitiva de regalos con obligación a devolución o regalos préstamo. El regalo con obligación a devolución o préstamo era aquel que debía reintegrarse en la próxima boda del donante o, si estaba ya casado, en la boda de sus hijo o nietos. Por una cuestión de decoro, parece que al regalo de la boda nunca se le designó abiertamente regalo préstamo, pero socialmente tenía pautada esta norma.
En bodas tradicionales de chinos, musulmanes y gitanos, los regalos y las donaciones en metálico se airean de forma expedita y, en el caso de los musulmanes y chinos, se anotaban para después devolver un presente equivalente en valor en la boda del donante. En el caso que el donante no se casara nunca, no tenía derecho a reclamarlo. Si no se podía asistir a la boda por alguna razón, el regalo tenía que ser enviado, pues así lo establecía la norma social.

En España, fue costumbre el acto de exponer los regalos y enseñar el ajuar, salvo el íntimo, a todos los concurrentes de la boda. Esta arcaica usanza consistía en abrir las puertas de la futura casa a los invitados de la boda una semana antes de la boda  para que vieran los regalos. Parece ser que esta costumbre nació de la propia presunción, para fingir abundancia, o del disimulo, para evitar parecer pobres. Hoy día, esta práctica está casi desaparecida, pero no del todo erradicada, ya que subsiste el costumbre de enseñar la casa al invitado que entra por primera vez como herencia de la costumbre anterior.

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La lista de boda

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La coincidencia de los regalos dio origen a la lista de bodas a mediados del siglo XX. La lista de bodas es un inventario de artículos que los novios seleccionan en un establecimiento comercial y del que los invitados se sirven para comprar uno o varios de ellos.
La ventaja de la lista de bodas está en que los novios escogen los artículos que son de su gusto, evitando objetos prescindibles así como la coincidencia de ellos. Sin embargo, los objetos listados no terminan siendo regalos, ya que la esencia del regalo está en que encierre algo del magnetismo personal del dador.
Tradicionalmente, la lista de regalos se confeccionaba en dos tipos de establecimientos:  uno de ellos especializado en artículos de plata, para seleccionar servicios de mesa, recipientes, figuras, etc.;  y otro en tiendas de menaje del hogar, donde se escogían vajillas, ropa de hogar, cristalerías, etc.

Los novios cada vez acostumbran menos a elaborar lista de boda, prefiriendo la entrega de dinero. El tiempo nos irá habituando a esta moderna práctica cada vez más frecuente. Respecto a este tema, es importante resaltar que es de mal gusto poner el número de cuenta en la invitación de boda para que nos ingresen ahí el dinero, porque es el equivalente de pedir el regalo, y un regalo nunca se solicita.

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A continuación, mostramos un fragmento del libro de Enrique Casas (1947), Costumbres Españolas de Nacimiento, Noviazgo, Casamiento y Muerte , sobre los presentes que los convidados hacían en las bodas del medio rural.

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Regalos simbólicos

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Los regalos simbólicos de boda son aquellos que se regalan con motivo del enlace. No hay que confundiros con los de compromiso, es decir, aquellos que sellan el compromiso a través de su segundo significado. Este segundo significado, atribuido por el hombre, es el valor simbólico.

Es tradición que el novio regale a su prometida el vestido de novia. En muchos pueblos de España, el vestido que lucía la novia provenía de sus antepasadas. Esta costumbre tener su origen en Oriente, donde el novio, en la boda, echaba un manto sobre la novia.

El valor simbólico del vestido de novia ha sido muy apreciado en casi todas las culturas. En Japón, las princesas llevan casándose desde hace más de mil años con el junihitoe (doce kimonos o doce capas), una vestimenta ceremonial usada por las  emperatrices del país; por este motivo, posee un valor simbólico y económico indecible.

Otro regalo simbólico curioso, aunque remoto, aparece de nuevo en el libro de Enrique Casas. El autor reza que, antiguamente (el libro es de 1947), a la casada se le llevaba al día siguiente de la boda lino, rueca, huso, agujas, tijeras, etc, para darle a entender que no se casaba para estar ociosa.
Pero sin duda alguna, el mejor regalo simbólico es aquel cuyo significado pueden entenderlo unas pocas personas o, mejor, dos personas, porque se precisa complicidad y entendimiento. El dos es el primer número par; de él deriva la palabra pareja; de pareja, emparentar; de emparentar, parientes. Es muy probable que una pareja de enamorados ideara estas prácticas y trascendieran a sus descendientes, convirtiéndose en costumbres y, al final, en la guía de obrar del hombre.

Es muy posible, porque el amor es originalidad e inspiración.

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Noelia Tari

La cortesía de correspondencia: el saluda

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El saluda es uno de los múltiples tipos de comunicaciones que existen en la correspondencia escrita. Su procedencia es antigüa; en realidad es heredera del besalamano,  documento muy similar que fue deterrado a causa de la pérdida de la costumbre de dar la mano físicamente. Esta pérdida de costumbre, junto con el relajamiento de los formalismos, sustituyó el besalamano por el saluda, que ha mantenido prácticamente intacto el esquema del tipo anterior.

A pesar de la corrección que existía en el pasado referente a la escritura de cartas, el tipo que hoy vamos a tratar ha arrastrado un nombre disonante por su popularización, conformando una de las pocas palabras terminadas en a que se articulan en masculino. Es difícil entender cómo este escrito no adoptó un nombre acorde con la solemnidad y corrección que requería, es decir, por qué se le llamó saluda y no saludo. No se me ocurre otra explicación distinta a que el nombre se debe a que en la hoja se destaca la palabra “saluda” o “saluda a”, igual que en el besalamano se destacaban las siglas B.L.M. No vamos a abordar el gusto que había antiguamente por las siglas en las correspondencia porque no es de nuestra incumbencia ahora, pero sí subrayar, desde el punto de vista lingüístico, que el nombre saluda es uno de los muchos contrasentidos que figuran en el diccionario de lengua española a causa de su popularización.


EL BESALAMANO (B.L.M.)

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Resulta muy poco didáctico referirse al saluda sin hablar del que fue su precedente: el besalamano (B.L.M.). Besalamano es otra palabra rara de nuestra lengua que también consta en el diccionario de la Real Academia Española. Su acepción es:  Comunicación breve, que se inicia con las siglas B. L. M., que se redacta en tercera persona y no lleva firma, y se utiliza para hacer un ofrecimiento o una invitación.

Esta comunicación fue cayendo en desuso en la mitad del siglo XX, pero el modelo de su escritura ha permanecido prácticamente invariable en su sucesor, el saluda, con el cual tan sólo le diferencia el grado de formalidad, siendo el besalamano más respetuoso que el nuevo retoño.El besalamano se emplea cuando lo que se quiere comunicar es lo suficientemente breve para prescindir de una carta, y cuando exista gran respeto entre los interlocutores. Una condición primordial del besalamano es que su redacción queda reservada a personas que ocupen cargos importantes en la sociedad o en una empresa, y siempre tiene que ser escrito en tercera persona.
Este tipo de escrito, puesto que expresa una gran condescendencia, puede ser remitido hoy en día a alguna autoridad eclesiástica pero, en lo que respecta a otros colectivos, su uso está muy desarraigado. Con el besalamano se expresa agradecimiento, se recuerda algo, se felicita, invita, concierta cita o se presenta a alguien, de acuerdo con el siguiente modelo

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EL SALUDA

El saluda es el escrito que se deriva del besalamano adaptándose a los nuevos tiempos aunque mantiendo la estructura y la finalidad del anterior. De esta manera, el saluda y el besalamano comparten el mismo modelo de redacción y persiguen el mismo objetivo, pero difieren en las frases de cumplido.


El saluda sirve para expresar agradecimiento, para recordar, felicitar, invitar, concertar cita o presentar a alguien, igual que el besalamano.
Se redacta a máquina o impreso en una hoja de papel de medio folio de 16 x 22 cm., generalmente. Esta hoja se mete en un sobre sin doblar que debe ser de la misma calidad que la del papel de escribir.



ESTRUCTURA DE UN SALUDA

La estructura del saluda es la siguiente:

1º.- Encumbrando la hoja, se consigna el cargo del remitente y debajo su empresa, razón social o título de nobleza, que se puede resaltar en letra más grande.

Ej. El director
de la
empresa X.


2º.- Después se escribe SALUDA, SALUDA A ó SALUDA ATENTAMENTE A. Siempre en letra mayúscula.


3º.- Luego va el nombre del receptor, seguido del cuerpo del mensaje. El nombre del receptor puede estar precedido de algún vocativo respetuoso de amistad como: A su estimado amigo D. ______________; A su distinguido compañero D. ________________; o de un tratamiento, si lo tuviera, como “Al Ilmo. Sr, D._______________________.


4º.- Si se trata de una invitación, se puede añadir al final del cuerpo del mensaje alguna frase de apelación a su asistencia.
Por ej.: Con el desea de honrarnos con su presencia

5º.- Se continúa poniendo el nombre y dos apellidos del remitente a máquina o a tipografía. Nunca se firma con rúbrica.

6º.- Se escribe la frase de despedida en consonancia con el tratamiento que le hayamos dado al receptor en el encabezado del mensaje. Así, por ejemplo, si a esa persona la hemos tratado de Excelentísimo Señor en el principio, nos referiremos a ella con el mismo tratamiento en la despedida. Dos ejemplos a continuación:

Principio del cuerpo: Al Excelentísimo Señor D. _____________, Jefe del Estado.
Despedida acorde: Con tal motivo, ofrece a V.E. (Vuestra Excelencia) su más sincera lealtad.

Principio del cuerpo: Al Honorable Señor D._________________, cónsul.
Despedida acorde:  Aprovecha la ocasión para expresar a V.H (Vuestro Honorable), el testimonio de su consideración más distinguida.


Les dejamos un recopilatorio de las frases más comunes de despedida del saluda. Recuerden que se redacta en tercera persona porque la persona tal saluda a tal para con motivo de tal, despidiéndose con estas fórmulas:

- Con tal motivo le ofrece el testimonio de su más distinguida consideración personal.

- Aprovecha la circunstancia para reiterarle el testimonio de su distinguida consideración.
- Aprovecha gustoso esta ocasión para expresarle el testimonio de su consideración más distinguida.
- Aprovecha esta ocasión para reiterarle el testimonio de su consideración y afecto que a usted le une.
- Aprovecha gustoso esta ocasión para expresarle la seguridad de su más distinguida consideración.
- Aprovecha esta ocasión para significarle la expresión de su consideración más distinguida
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Por supuesto, la frase de despedida puede ser producto de la originalidad de uno mismo, pero siempre tiene que prevalecer la cortesía, que es la que caracteriza este tipo de misiva.

7º.- Se consigna, en lado inferior derecho, el lugar donde ha sido escrito el saluda y la fecha.
Por ej. Alicante, 22 de marzo de 2012.

8º.- Por último, si se trata de una invitación para un evento, se puede poner en uno de los lados inferiores las señas de la etiqueta y de súplica de confirmación.
Por ej.:
Se ruega confirmación.
Traje de noche.


No obstante, cuando los saludas comunican invitación, suelen llevar adjunto en el sobre el billete o tique del evento que hay que presentar a la entrada. En éste aparecen detallados los datos del lugar dónde se va a celebrar el acontecimiento, motivo, teléfono y, lo más importante, el nombre de la persona invitada. Si se trata de un desfile de moda, actuación de teatro o algún otro espectáculo donde haya asientos, se detallará el puesto y fila que deberá ocupar.



Si optamos por acompañar este tipo de invitaciones al saluda, podemos definir la etiqueta requerida en éstas (media etiqueta, etiqueta, traje de calle, etc.), así el saluda quedará menos recargado.

Como hemos dicho antes, el saluda se entrega dentro de un sobre de la misma calidad que el papel de escribir. Si es un intermediario quien se encargue de distribuirlo, a éste se le entrega el sobre abierto. La corrección ordena que esta persona cierre el sobre inmediatamente al tomar la misiva, salvo si se trata de una carta de recomendación, que no se cierra.

Noelia Tari (C)

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Los condimentos en la mesa

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A veces, la comida necesita un aderezo para resultar perfecta o simplemente es el gusto de cada persona el se inclina por un sabor más o menos acentuado. El sentido del gusto no es homogéneo para todos, variando en función de las papilas gustativas de cada persona. Por esta razón, en una mesa siempre es recomendable poner lo básico del petit menaje, es decir, el salero y el pimentero.

El petit menaje se compone de los recipientes de condimentos y salsas que puede requerir el comensal para completar el sabor de un alimento: la vasija de la sal, de la pimienta, la mostaza, el tabasco, la salsa de soja, bovril, etc. En este grupo también se incluye el bicarbonato y el palillero, que a veces en la mesa puede ser solicitado.

La totalidad de este pequeño menaje no se pone en la mesa, tan sólo lo que nos pueda pedir en un momento determinado un invitado y el esencial salero y pimentero.

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Ningún condimento se sirve con los dedos, aunque sea granuloso, como la sal o la pimienta. Si el frasco que lo contiene lleva dosificador, se esparcirá el condimento sobre la comida ayudándose de éste. Si el recipiente, por el contrario, no lleva, se servirá el aderezo con la cucharilla destinada para este fin o, en su defecto, con la punta de nuestro cuchillo, siempre que esté limpio.

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Actualmente, incluso en cenas formales, los frascos de sal y de pimienta  se ponen en el centro de la mesa para que el comensal los vaya asiendo conforme los necesite. En otros países, es costumbre acompañar algunos platos con mostaza, de modo que en centro de la mesa se coloca uno o varíos tríos compuestos por el salero, el pimentero y un tarrito con mostaza y su cuchara.

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La sal puede ir presentada de dos formas: en un salero de cristal o plata con agujeros, que hacen las veces de dosificador, o en una vasija pequeña con una cucharilla diminuta, debido a la mesura que requiere este condimento. La pimienta se presenta en un frasco a juego con el salero con agujeros dosificadores también. Por último, la mostaza se deposita en un recipiente generalmente opaco con tapadera, para evitar la posible entrada de moscas. El recipiente incluye una pequeña cucharilla que está en todo momento dentro  de  éste con el mango hacia el exterior.

Cuando nos servimos mostaza o alguna salsa, nos serviremos con la cuchara adjunta una pequeña cantidad que pondremos en un lado del plato para ir acompañando con cada bocado. Las salsas líquidas (la de soja, por ejemplo), se extiende sobre la vianda.

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Algunas cuberterías antiguas suelen incluir saleros y pimenteros individuales a juego con el conjunto, compartiendo grabados y detalles. Se trata de pequeñas piezas que se colocan delante y a la derecha de cada comensal (a la izquierda va el plato del pan). Los saleros individuales antiguos más fastuosos llevan una pequeña cucharilla de servicio y siempre se ponen anexos a los pimenteros, con el que combina. Actualmente, no es usual poner el servicio de sal y pimienta individual porque recarga la mesa y por la consabida comodidad que reina en la vida moderna. Es muy difícil, de hecho, encontrar estos pequeños recipientes por la escasa demanda que hay de ellos. En anticuarios pueden encontrarse, si hay suerte,  en las secciones de figuritas y objetos pequeños.

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Los niños en un acto social y en cenas formales

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Muchos padres se han preguntado qué hacer con los niños en un acto social cuando reciben la invitación impresa. No nos referimos a dónde dejar a los niños, sino a la conveniencia de llevarlos a la cita o no.

No son escasos los padres que se toman como ofensa que en una invitación no figure el nombre de los hijos o simplemente “Señor, señora e hijos”, ni tampoco lo son aquellos que deciden llevarlos a casa ajena aun sabiendo que no es lo correcto. Recuerdo una escena muy graciosa y, a la vez, muy representativa, de la serie La que se avecina, en la que los señores  apodados como “cuquis” se presentan en la casa del matrimonio joven con todo el séquito de críos para cenar ante la mirada atónita de los anfitriones. Estos casos se deben evitar a toda costa por tres motivos elementales  que jamás deben olvidarse:

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- El buena anfitrión calcula la comida a servir previniendo, siempre, que nunca falte: “más vale que sobre que falte”.

- Hay que atenerse a una regla de urbanidad muy básica que es: “donde no seas invitado, no vayas”.

- No llevaremos niños a ningún acto nocturno, pues les entra sueño y esto puede perturbar la velada.

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No es necesario hablar de los posibles destrozos de figuras, alboroto y ruidos que puedan ocasionar. Hay restaurantes, de hecho, que no permiten  niños por estas razones, sobre todo aquellos de ambiente sosegado pensados para disfrutar de reuniones tranquilas.

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Los niños tampoco deben asistir a una boda nocturna, a pesar que esto no se cumple en nuestro país y las bodas se convierten en auténticas jaranas. Cuando asistamos a una boda nocurna, buscaremos un familiar, una cuidadora o unos amigos de confianza que se queden esa noche con los niños. Si la boda se celebra por la mañana, sí son admisibles los pequeños. En este caso, procuraremos adaptar su indumentaria a la etiqueta que el acontecimiento exige,  del mismo modo que lo hacemos con nosotros mismos.

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La boda de alguien de gran confianza, las procesiones y las reuniones familiares en torno a la mesa en días señalados son de los pocos actos formales a los que pueden asistir los niños. En los demás actos de etiqueta (repeciones, festivales benéficos, conciertos de ópera, cenas de gala, etc.) no deben acompañarnos porque, además, suelen tener lugar por la noche.

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REUNIONES EN LA MESA CON NIÑOS: almuerzos y cenas

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Las premisas antes mencionadas dejan de ser estrictas cuando las reuniones se producen en un círculo de confianza, ya sean amigos o familiares. Esto es así porque, entre otras cosas, si los niños comienzan a agarrar objetos, arañar los sillones o a hacer cualquier otra travesura,  los familiares o amigos de los padres, en razón de la confianza que hay entre ellos, están autorizados para amonestar a los niños si los padres no presencian estas trastadas. De otro modo, si llevamos a los niños a casa de algún compañero de negocios o de una persona menos afín, ésta se verá sometida a una situación de intranquilidad sin merecerlo; por eso, y por una cuestión de respeto y decencia, debemos evitar estas situaciones siempre.

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Hay que aleccionar a los niños unas normas de comportamiento en la mesa que, aunque parezcan muy rígidas, son de lo más básicas para desenvolverse con dignidad en la sociedad. Desgraciadamente, muchos padres las ignoran por completo o no se molestan en enseñar ciertos modales por desidia o desinterés. Sentarse a la mesa no es sólo comer y nutrise. No hay que olvidar que la comida en torno a la mesa es un ceremonial ancestral que tiene como fin el acto de compartir con los seres queridos; y no sólo se comparten los alimentos, sino también las experiencias, con la conversación. La mesa une y, por lo tanto, precisa un comportamiento alrededor de ella, unas pautas o un protocolo, que son esenciales  imbuir a los hijos desde que son pequeños. Un niño bien educado se distinguirá del resto y tendrá más oportunidades en el futuro que otro malcriado.

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Hay que controlar mucho las siguientes normas para estar en la mesa. Son las principales que marcan una buena educación para el presente y para el futuro, y nunca se olvidan:

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- Adoptar una postura que no moleste a los de al lado.

- No sentarse de costado ni recostado.

- No cruzar las piernas ni los pies.

- No apoyar los codos en la mesa, pero siempre tener los brazos delante apoyando sólo los antebrazos.

- No poner los pies sobre los barrotes de las sillas.

- No jugar con los cubiertos ni con cualquier cosa. Mucho menos con el cabello.

- Sentarse cuando le indiquen su sitio.

- No entrometerse en conversaciones de los mayores.

- Si hay alguna parte de la comida que no le guste, acostumbrarle a no hacer nunca muecas de asco. Se apartará dicha parte a un lado sin más.

- Aprender a utilizar los cubiertos. No mantener el cuchillo con la punta hacia arriba.

- No comer con la boca abierta.

- No hablar con la boca llena.

- No pasar el brazo por enmedio de la mesa y mucho menos sobre el espacio de un comensal. Si no alcanza la jarra de agua o el salero, que lo pida al compañero.

- No comer con glotonería. Enseñarles que no hay prisa. Esto suele molestar mucho a los demás porque puede denotar avaricia.

- Pedir las cosas con un “por favor” y después dar las gracias.

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Todos los niños deberían aprender estas normas y las demás de los mayores al igual que aprenden las distintas lecciones en la escuela a lo largo de su enseñanza de forma gradual.

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Si el matrimonio invitado tiene hijos pero éstos ya no son tan niños, podrán acompañarles sólo cuando sean mayores de edad, tengan gran confianza con los anfitriones y hayan sido manifiestamente invitados.

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Los hijos de los anfitriones

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¿Y los hijos de los anfitriones? Si a los invitados no se les permite llevar niños, los hijos de los anfitriones tampoco se admiten en este tipo de reuniones. Tan sólo se dejarán ver para saludar a partir de cierta edad, desde los siete años, generalmente.

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Antiguamente, se recurría a los niños de la casa para emplearlos, durante las visitas, como ayudantes en algunos menesteres delicados, como era, por ejemplo, el acompañar a los invitados a la  puerta a la hora de irse si había más invitados a los que los anfitriones no podían desatender. En la actualidad, no se encomiendan estas misiones a los niños porque no son estrictamente necesarias. Sin embargo, sí pueden echarnos una mano para poner la mesa o para preparar el aperitivo.

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Si tenemos una cena formal en casa, los niños con una edad hasta seis o siete años no deben aparecer durante la estancia. Dormirán en casa de un familiar, de un amigo de confianza o estarán en su cuarto o zona de juegos con una cuidadora. No cenará con los invitados bajo ningún concepto.

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Desde los siete a los dieciocho años, si están en casa, saludarán a los invitados a su llegada pero se marcharán a su cuarto o a una sala propia. Tampoco cenarán con los invitados. Cuando se vayan a dormir, los chicos se despedirán de los invitados, pues cuando éstos últimos se marchen, ellos ya estarán durmiendo.

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Los hijos mayores de edad están calificados para relacionarse con el círculo de los padres, pero sólo cenarán con ellos cuando se conozcan suficientemente.  A la llegada de los invitados, saludarán cordialmente. No se sentarán con los invitados en la mesa y ni mucho menos estarán presentes en la tertulia del café, pues el momento de confidencias por excelencia.

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RESERVAS CUANDO VAMOS DE VISITA CON NIÑOS

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Aunque las personas a la que vayamos a visitar sean de gran confianza, tenemos que tenerles consideración e intentar no prolongar mucho a visita si vamos con varios niños. Podemos pensar que a los anfitriones no les importará porque tenemos lazos fraternales, pero el alboroto que pueden provocar los críos seguramente les incomode. Es muy importante ponerse en la posición del otro y reflexionar que, aunque nosotros estamos acostumbrados, ellos quizás no.

Si se va a visitar a un anciano, también hay que intentar acortar el tiempo de visita, respetando su condición de persona susceptible a los ruidos y a la algazara. Lo mismo decir respecto las personas enfermas,  lábiles y sensibles a todo tipo de bullicios.

Si se trata de un hijo mayor de edad, podrá asistir a todos los acontecimientos siempre que sea convidado. Sea cual sea el contexto de una reunión, se harán las presentaciones oportunas:  Los padres, al presentar su hijo a unos amigos, dirán  “Mi hijo Manuel”, por ejemplo; y  después, harán lo mismo con los amigos, diciendo: “Mi amiga María del Carmen y su esposo Alfonso” . Hay que tener muy en cuenta que, cuando se presenta a alguien, nunca se le presenta con el Don, señorita o señor/a, simplemente se dice el nombre, el nombre y los apellidos o el nombre, apellidos y cargo o distinción.

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CONSEJOS SOBRE LA INDUMENTARIA DE LOS NIÑOS

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El vestido puede convertirse en un asunto ampliamente discutible porque la moda ha impregnado los estantes de la ropa infantil, algo impensable hace pocas décadas. Por otro lado, en el caso de las niñas, el concepto de belleza es muy distinto en España y en Sudamérica. Aquí, en España, se mantiene la efigie cándida de las niñas hasta los once o doce años, mientras que en Sudamérica se tiende a realzar la hermosura de las niñas a expensas de maquillajes, peinados y vestidos aquí impropios de una criatura. Así, mientras en España y en gran parte de Europa son impensables los concursos de belleza infantil, en el otro lado del Atlántico éstos proliferan desde hace años.

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Desde luego, la idea de belleza en Europa y en América Latina es prácticamente opuesta: aquí siempre ha causado rechazo que las niñas  destaquen sus atributos femeninos, pues la verdadera belleza reside en la naturalidad y en la inocencia que años más tarde ya no tendrán, ¿por qué desposeer estas cualidades propias de la edad? ¿Luego no nos esforzamos por parecer más jóvenes? Estos interrogantes, que son puras paradojas, nos las hacemos en Europa.

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Para vestir a una niña con motivo de un acto social, hay que apostar por la sencillez y por la pulcritud. Los colores no deben ser más de tres y estos combinarán armoniosamente.  Los vestidos y las faldas deben alcanzar las rodillas y el talle no se marcará hasta los doce años de edad. El abrigo será de lana y no dejará asomar el vestido o la falda por debajo. Las formas del vestido deben ser rectas, sobre todo para no dejar notar el incipiente pecho a partir de la pubertad que tiene lugar entre los diez y doce años.

Deben llevar hecho un peinado bonito y se admiten, perfectamente, adornos de cintas en la cabeza o pequeños sombreros para el exterior.

Jamás llevarán laca de uñas, maquillaje ni alhajas; sólo pendientes y alguna cadenita o pulsera regalada en la primera comunión.

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Los niños asisten a un acto formal con traje de chaqueta beig o gris con camisa y con jersey fino de lana encima (si hace fresco). Llevarán camisa blanca para las celebraciones religiosas y corbata a partir de los ocho años de edad.

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Tanto los niños como las niñas, jamás llevarán manchas de tinta ni de rotulador en las manos ni las uñas sucias. Tampoco vestirán de negro a no ser que se trate de un funeral. Podrán vestir de negro desde los dieciséis años.

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Las adolescentes:

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A partir de los diez o doce años comienza a desarrollarse el pecho de las chicas. Entre este intervalo y los catorce años, se recomienda que no asistan a un acto formal con vestidos estrechos o escotes, apostando por las formas rectas. Siempre usarán medias.

Hasta los dieciséis años no deben lleven llevar zapatos de tacón, maquillaje, perfumes, laca de uñas o cualquier elemento que evoque a la mujer. De no ser así, darán una imagen extravagante. Aunque desesperen, hay que hacerles entender que tienen toda una vida por delante para lucirse. Ni qué decir que no irán acompañadas de un chico hasta que sean mayores de edad, reitero, en actos sociales.

Respecto a las alhajas, entre los doce y dieciséis años, se permiten las siguientes: gargantilla de oro, reloj de pulsera, cadenita de oro con medalla, pulsera de oro y ningún tipo de anillo, salvo un escudo de armas en el dedo meñique de la mano izquierda. El primer anillo que una chica se pone es el de prometida o el de los esponsales.

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Los adolescentes:

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A los chicos adolescentes hay que convencerles que cuiden su aspecto y su higiene personal, sobre todo entre los trece y los dieciséis años, edad en la que está proliferando el bello y la actividad apocrina.

El único aderezo que podrán llevar es un reloj y, al igual que las chicas, no llevarán ningún anillo, salvo el escudo de armas si lo tuvieran.

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Las mantelerías. Breve historia de la decoración de la mesa e indicaciones de cómo poner correctamente un mantel

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Para la gran mayoría de los jóvenes, las mantelerías buenas, perfectamente bordadas, ya sea sutil o vistosamente, pertenecen al pasado. Sin embargo, posiblemente, ninguno de ellos las considere feas, pues es indiscutible que la belleza de estas esmeradas piezas es más que palmaria: obras de artesanía con adornos inspirados en la naturaleza, cadentes y acertadamente coloridos pocas veces podrán ser considerados feos. Difícilmente, además,  se despreciará la calidad de estas piezas a las que nos referimos. ¿Qué ha ocurrido entonces con los viejos manteles del ajuar? ¿Por qué ya no se usan? La razón no está en el rechazo de su aspecto, sino en su cuidado, en el miedo que produce el que se manchen y, sobre todo, porque la ropa de mesa requieren un lavado posterior.

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Mantel de labor para té

Este artículo no es un llamamiento a la recuperación de lo antiguo; cada uno que use lo que quiera,  ¡por supuesto!  Sólo se reflexionará sobre la funcionalidad de los hogares y de su decoración, nacida de la funcionalidad de las ciudades, y que a veces, impresionar a los invitados, puede ser de lo más sencillo si disponemos de buena voluntad.

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Existe un dualismo que es la decoración tradicional y la decoración  moderna: la primera caracterizada por el adorno y la segunda por su sobriedad y función práctica. Muchas veces, la decoración tradicional se considera más bonita que la moderna aunque más supreflua, pero éstas son visiones subjetivas de las cosas. Sí que es una realidad  que, en materia de decoración, lo moderno es una evolución de lo antiguo.  No obstante, hay muebles e utensilios que, cuando se inventaron, sólo evolucionaron en pequeños elementos porque pronto alcazaron su perfección. Es el caso, por ejemplo, de la mesa, ideada en la Prehistoria para sacrificar animales y  generalizada para comer en la Edad Media, pero sin cambiar apenas su forma. Sin embargo, la silla comienza a adoptar poco a poco su morfología en la Antigua Roma con sus tricliniums, asientos para comer recostado, de modo que, como mueble para sentarse a comer, adoptó más formas que la mesa para convertirse en lo que es. Por no hablar de los cubiertos… Los primeros que hacían las veces de cuchara no eran más que cacillos sin mango. Se inventaron en el siglo XVI pero no sería hasta el siglo XVIII cuando se popularizara su uso.

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¿Cómo se llega a este antagonismo entre lo antiguo y lo moderno? Para hallar su explicación tenemos que remitirnos a principios del siglo XX, concretamente al período de entreguerras, que establecerá un cambio fundamental en la configuración tanto de las ciudades como de los hogares en el mundo occidental. En este período se dispara la racionalización y concentración de viviendas en bloque con el fin de mejorar la calidad de vida en las ciudades, todo ello como respuesta al desorden e insalubridad que reinaba en las ciudades. Esta idea de racionalización afectaría no sólo al urbanismo, sino también a la arquitectura y a la decoración de los hogares.  Comienza la era de lo práctico o útil.

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La incorporación de la mujer al mundo laboral,  el descenso de la natalidad, las jornadas laborales que obligan a comer fuera de casa y la casi supresión de personal del servicio doméstico (criadas),  son las principales razones de la reducción del tamaño de las viviendas. Las amas de casa comienzan a perder el tiempo que dedicaban al esmerado cuidado del hogar, de modo que van desapareciendo poco a poco los viejos cachivaches y muebles innecesarios y pesados de limpiar.

Antiguamente, era frecuente que la clase media dispusiese de personal de servicio, de manera que el boato en la casa era de lo más normal, ya que había una persona encargada de su mantenimiento. Este personal de servicio, o sea las criadas,  sería cada vez menos habitual porque se irían incorporando a otros trabajos menos esclavos (fábricas, bares, etc.), así que, al haber menos demanda, su servicio se encarecería estrepitosamente, siendo accesible sólo para las clases más altas.

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Las nuevas formas de la vida moderna, basadas en la prisa y condicionadas por el trabajo fuera de casa, comienzan a repercutir en la decoración de la casa y en el grado de esfuerzo dedicado a la preparación de la mesa. Tanto padres como niños comen más fuera de casa, de manera que se reduce el espacio de la cocina y cada vez pierde más función la gran mesa del comedor porque, además, las reuniones con amigos concurren más en restaurantes. Aparte, se recurre a comidas preparadas y de elaboración sencilla.

Esta serie de circunstancias han dado lugar a una configuración de las viviendas que bien difiera de las del pasado. Así, antiguamente, era normal tener dos cocinas en la casa, una para usarla como tal y otra más “de adorno” para impresionar a los invitados. Ello hace significar que la cocina tenía un valor muy importante en una casa y no es de extrañar porque en ella se vivía durante muchas horas del día.

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El acto de deslumbrar con la decoración ha sido muy frecuente desde el Barroco, aunque en cada época se ha hecho con diferentes cosas.  La mesa comienza a decorarse con candelabros, mantelerías y demás servicios en esta época caracterizada por la suntuosidad. Es también en este período cuando se establece el modelo de cómo hay que poner la mesa que continúa vigente en nuestros días. A pesar de esto, en la actualidad, ya no se presume tanto de vajilla ni de cristalería; ahora es el turno de otras cosas, como el televisor o el robot que limpia solo la casa.

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En el caso que nos compete, el de las mantelerías, entendidas como el juego de mantel y servilletas de tela, es natural que su uso haya decaído debido a la falta de tiempo para su cuidado. Antes, cuando la mujer no trabajaba fuera de casa, dedicaba mucho tiempo a la limpieza y planchado de la ropa de hogar o era el servicio doméstico quien se ocupaba de estas fastidiosas tareas. Ahora, la falta de tiempo y la visión utilitaria de las cosas, han conducido al uso de alternativas más prácticas aunque menos elegantes, como el uso de manteles desechables (papel) o de fácil limpieza (manteles de plástico).

Esta tendencia de lo práctico no ha trascendido únicamente a las mantelerías, sino también a las cuberterías, cristalerías y vajillas. En los servicios de mesa se busca lo cómodo e útil, huyendo de las piezas recargadas que suelen coincidir con las más delicadas.  Todo esto incluso en reuniones con invitados, al contrario que antes, cuando éstas eran verdaderas ceremonias donde no se escapaba ningún detalle. Siempre el protocolo ha perdonado ciertos pormenores en el círculo familiar o cuando los lazos de confianza son muy estrechos, pero actualmente, en eventos formales y en muchos ámbitos de la hostelería se está perdiendo el decoro y ciertos detalles que harían la estancia mucho más agradable a los comensales. Se ha impuesto lo cómodo, rápido y práctico, el esquema por excelencia de estos tiempos.

En la actualidad, una mesa bien puesta se logra armonizando sus servicios. Esto es fácil de conseguir si se recurre a las formas sencillas y a monocromáticos o adornos sutiles que siempre encajan bien con todo. La versatilidad se ha apoderado del menaje, desterrando las piezas pomposas  por muy bonitas que sean. Prevalece, como hemos dicho, lo práctico, aun a costa de renunciar a lo exquisito.

Entonces, ¿se ha perdido la belleza de la mesa bien puesta? ¿Es más o menos bonita una mesa con candelabros, mantel adamascado y cubiertos de plata? La respuesta depende del grado de conservadurismo de cada uno, es decir, de su gusto por la estética tradicional o moderna.

Es curioso, a colación de este tema, cómo ha ido aumentando el sector de coleccionistas y amantes de lo antiguo en las últimas décadas mientras, paralelamente, han ido multiplicándose los adeptos a lo moderno e, incluso, a lo futurista. En los años sesenta comienzan a extenderse los anticuarios, repletos de todo aquello retirado de los hogares por resultar superfluo o poco funcional. Simultáneamente, surgen sectores que demandan estos artículos, pues el estilo vigente de la época ya causaba las primeras añoranzas de objetos del pasado. Este es un fenómeno que todavía ocurre.

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INFORMACIÓN Y ORIENTACIÓN SOBRE LAS MANTELERÍAS

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Antiguamente, el ajuar de la boda siempre incluía una o varias mantelerías formidablemente bordadas que casi nunca se usaban por miedo a que se ajasen. Era común que los picos del mantel y las servilletas a juego vinieran con dos iniciales bordadas. Estas iniciales correspondían al nombre y primer apellido del marido o bien se trataba de las iniciales del nombre del marido y de la esposa. El “tu y yo” casi siempre iba bordado de esta forma. Es una pequeña mantelería que acostumbraba regalarse como parte del ajuar y que tenía dos servicios: el del matrimonio. Se ponía para el desayuno normalmente, aunque también valía para el té.

Estas  mantelerías personalizadas son raras de ver hoy en día, salvo en casas de ilustre linaje donde el apellido familiar quiere destacarse en todo momento. También era muy normal grabar las iniciales en pañuelos, sábanas e, incluso, en las familias nobles, se hacía en las camisas del marido.

Muchos de los lectores siquiera habrán conocido este tipo de equipos, pero eran bastante frecuente. Pueden preguntar a algún familiar de edad para cerciorarse mejor.

No se tenía apenas conocimiento de los materiales desechables. Aunque fueran diez miembros en la casa, mantel, servilletas, pañuelos, delantales y pañales se lavaban y reutilizaban, de modo que pueden imaginarse el tiempo que había que dedicar después en el lavado y planchado de estos enseres. Hoy todo esto ha cambiado a favor de la simplicidad y del desahogo.

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El mantel tiene como principal función proteger el material de la mesa y adornarla. Esto todos lo sabemos. Ahora vamos a exponer una serie de pautas para escoger, colocar y cuidar bien las mantelerías.

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Primero, es imprescindible disponer de una buena mantelería que nos sirva para todas las reuniones en torno a la mesa. Es posible que un mantel sea polivalente luciéndolo en comidas, meriendas y cenas. La clave está en escogerlo blanco, bueno y moderado en adornos. La sencillez de las formas tiene como principal ventaja que conjuga con todo. El término medio no chirría por quedarse austero ni por resultar recargado; por esta razón, un mantel blanco de buena calidad nos sirve para cualquier ocasión. Si tiene algún bordado en hilo del mismo color o de tono ligeramente más subido, también quedará incluido en el grupo de los versátiles. Si, por el contrario, nos encaprichamos de una mantelería colorida o florida, corremos el riesgo que no entone con la vajilla y/o el resto de servicios de la mesa. Es aconsejable, a la hora de adquirir una mantelería, prever este aspecto, pues las de buena calidad (imprescindible porque lo barato sale caro) superan muchas veces los 45 euros; si la queremos bordada a mano, podemos ir preparando como mínimo 120 euros. Además, contra más grande sea el mantel, mayor será el precio.

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Se recomienda, así, optar por una mantelería blanca y no recargada, pues cumplirá su función perfectamente y armonizará con todo. No debemos olvidar que todo aditamento podrá restringir su uso a ocasiones muy concretas. Por ejemplo, una cristalería de cristal de bohemia tallado o una cubertería de plata delicadamente labrada no se utiliza en reuniones cotidianas. Sin embargo, una cristalería lisa y una cubertería bonita de acero inoxidable puede sacarse en cualquier ocasión. Tampoco ponemos todos los días un mantel de lagarterana o una vajilla orlada en baño de oro; ni fuentes de plata… Si disponemos de este tipo de menaje, suntuoso, procuraremos ponerlo en reuniones formales o con invitados a los que queramos atender con especial aprecio.

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Si nos gusta la opulencia porque el decorado de la casa y las mantelerías son así, lo más adecuado será poner una vajilla lisa para que la mesa no quede excesivamente recargada.

Una mesa con un mantel blanco liso o con bordados de damasco casará perfectamente con cualquier vajilla.

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Las servilletas han de ir a conjunto con el mantel, compartiendo color y algún adorno. Si el mantel viene con bordados, las servilletas compartirán uno en uno de sus picos. Muchas mantelerías se componen de mantel, servilletas para comer y servilletas de merienda o té. Las servilletas de comer son más grandes que las de merienda o té y suelen tener unas dimensiones de 50 x 50 centímetros. Las mantelerías que incluyen dos clases de servilletas suelen ser las de labor, que son apropiadas para merienda o té y para cenar. Para comer a mediodía se tiene que poner siempre un mantel blanco. La noche admite más variaciones.

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Las servilletas hay que guardarlas extendidas y no dobladas y posteriormente planchadas, pues luego se quedan las marcas de la plancha. Cuando las pongamos, lo haremos sobre el plato y nunca aplastadas sobre éste, sino con algo de holgura para que no cueste desdoblarlas. Si se ponen dentro de un aro, lo mismo: procuraremos no comprimirlas para que se extiendan fácilmente. Por ejemplo, podemos meter la servilleta en el aro dándole forma de abanico, que resulta bastante sencillo.

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El género más empleado en la confección de mantelerías es el hilo, la batista, el algodón, el lino y el lienzo. También existen manteles de plástico y de poliéster, el material de los paraguas, que hacen muy sencilla su limpieza. Hay que recalcar que estos materiales sólo se utilizarán en reuniones informales o donde la estrecha confianza permita estas venias.

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Las mantelerías suelen ser para seis, ocho o doce cubiertos, pues corresponden a los tamaños estándar de las mesas. No obstante, si no encontramos un mantel para una mesa por ser especialmente pequeña o grande, podemos encargarlo a medida. Para encargar un mantel a medida nos dirigiremos a un establecimiento especializado en telas de hogar. Allí escogeremos la tela que más nos guste y que convenga con la decoración del conjunto de la casa. Si sobra tela, suelen regalar las servilletas, que se confeccionan de la misma manera que el mantel: ribeteadas por los bordes con la máquina de coser. Si no sobra, conviene encargarlas de la misma tela, a no ser que el mantel sea liso, circunstancia que hará fácil encontrar servilletas a tono.

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También podemos encontrar manteles individuales y tiras o caminos de mesa, que se han puesto de moda en los últimos años. Este tipo de manteles los pondremos sólo cuando la tabla de la mesa sea de calidad y presentable, pues se dejará casi toda ella al desnudo.

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Se recomienda poner debajo del mantel un muletón, que es una extensión de tela gruesa que evita que los servicios hagan ruido sobre la mesa al moverlos. Es una especie de amortiguador del ruido y de los golpes que puedan estropear la tabla de la mesa. Esta pieza recibe el nombre de muletón porque suele ir sujeto con tiras a las patas de la mesa para quedar inmóvil. En hostelería se ponen además en los carritos, mesitas auxiliares y en las mesas de buffet. Sobre el muletón se colocará siempre el mantel, en el caso de las mesas; el cubre (mantel sin falda), en el caso de los carritos; o la tira, esta última sobre la mesa larga de buffet.

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Cómo calcular las medidas de un mantel

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Al seleccionar un mantel, lo primero que haremos será hallar las dimensiones de la mesa: cuánto mide el largo y el ancho de la tabla  y qué altura tiene la mesa. La mayoría de las mesas tienen una altura de en torno 80 cm. El mantel tiene que alcanzar la mitad de la altura de la mesa, de manera que, si mide 80 cm de alto, el mantel caerá a los 40 cm. Con lo cual, el mantel excederá 80 cm la medida de largo y  la medida de ancho de la mesa para que caiga 40 cm en cada lado.

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Para eventos formales, las mesas se visten con manteles largos, con falda hasta el ras del suelo. Hay que evitar que estos queden arrastrando. El mantel únicamente acariciará o rozará el pavimento. Si, como en el caso anterior, se trata de mesas estándar de 80 cm de alto, los manteles excederán 160 cm. la medida de largo y de ancho de la tabla de la mesa para caer hasta el suelo.

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Si se trata de mesas redondas, se escogerán manteles que doblen el diámetro de la superficie de la mesa. Sobre mesas redondas pueden ponerse sobremanteles cuadrados de diferente color. Si optamos por este añadido, tenemos que tener en cuenta que deberá caer dos palmos más o menos respecto la tabla de la mesa.

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Cómo colocar correctamente un mantel

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Antes de poner el mantel, este debe estar inmaculado y previamente planchado y enfriado. Si lo ponemos recién planchado, aún en temperatura, puede marcarse por el tacto.

Primero colocamos el muletón que protegerá la mesa y luego el mantel. Una vez puesto este último, si advertimos alguna marca del planchado o arruga, pasaremos la plancha sobre él para dejarlo impecable; sí, aunque esté sobre la mesa. Después revisaremos que las puntas caigan al mismo nivel para que quede así igualado.

Podemos colocar sobre el mantel un camino de mesa, que es una tira alargada de tela que se extiende a lo largo de tabla. Puede conferirle un toque muy original a nuestra mesa.

Por último, se procede a colocar los servicios y, por último, se ponen las sillas con cuidado de no introducirlas dentro de la mesa cuando el mantel es largo, pues desluciría todo el trabajo hecho anteriormente.

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Protocolo de la puesta de largo

Se explicó en un post anterior en qué consistía la puesta de largo y, en otro aparte, se dio nota sobre diversas prescripciones en torno a  la indumentaria adecuada para este importante día.

En síntesis, la puesta de largo se define como el baile de gala que se celebra en honor a las chicas que cumplen dieciocho años, edad en la que perpetraba la entrada en sociedad de las muchachas o el pasaje hacia las relaciones sociales. De este modo, la puesta de largo, no sólo suponía poder asistir a fiestas o reuniones del círculo de amistades de los padres, sino además, el anuncio de la edad de contraer noviazgo. Ello permitía la relación con los chicos, siempre con la reserva propia de quien está vigilada, pues era indecente que una joven soltera acudiera sola a fiestas o guateques donde coincidían con varones.

Ahora comprenderán porqué hablaba en pasado: ahora las chicas gozan de libertad para ir dónde y con quién quieren y es impensable endiñarles un guardián de la familia para evitar que flirtee con chicos. Se ha pasado de la contención a la rebeldía, en términos extremos casi.

Aquí es cuando uno se puede plantear si la puesta de largo es una celebración acorde con los tiempos de ahora. El motivo de la fiesta actual no obedece con el que tenía de antaño porque las chicas disfrutan de mucha más autonomía, como hemos dicho; de modo que, en la actualidad, se celebra con pretextos como el ingreso en la mayoría de edad o por costumbre familiar tradicional. Por supuesto, y ya que hemos hablado de las libertades, cada uno que celebre lo que quiera y pueda.

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La puesta de largo se puede celebrar de manera individual, es decir, realizando la ceremonia en honor a una sola muchacha, o de manera colectiva, en la que son varias las chicas que celebran su ingreso en sociedad. Cuando la puesta de largo es colectiva recibe el nombre de baile de las debutantes. A cada una de las muchachas se las llama también debutantes, cuyo vocablo viene del francés debut (comienzo, principio). De esta manera, el baile de las debutantes sería más o menos “el baile de las que empiezan”.

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Dos primas o dos hermanas mellizas o gemelas pueden celebrar su puesta de largo unificándolo en un mismo evento. Aparte de lo bonita que queda la ceremonia, permite un vasto ahorro económico y  evita la ardua tarea de organizarla dos veces, de manera que es difícil vislumbrar obstáculos para organizar el acontecimiento conjuntamente.

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LAS INVITACIONES

Las invitaciones para una puesta de largo corren a cargo de los padres de la muchacha, de sus tutores o de sus abuelos, siempre que actúen como anfitriones de la ceremonia. Antiguamente, la chica no podía convocar su propia puesta de largo porque todos sus actos estaban adscritos a la decisión de los padres, sobre todo los concernientes a las relaciones sociales. Se recomienda que en las invitaciones escritas figuren como anfitriones los padres o, en su defecto, quienes asuman la organización y gastos de la fiesta por una cuestión de recato. De otro modo, si la muchacha consta en la invitación como anfitriona, puede proyectar una imagen de mimada. No es decente una persona se homenajee a sí misma.

Puesto que es un evento de etiqueta, las invitaciones serán formales e impresas, y se entregarán en mano o por correo entre un mes y tres meses antes de la celebración.

Si se trata de baile de debutantes, también se remitirán invitaciones iguales a las de la puesta de largo individual.


El contenido de texto de las invitaciones sigue el siguiente orden:

1º) Nombre de los padres o de los quienes instituyan la puesta de largo.

2º) Comienzo del predicado en tercera persona del plural (Ej. Tienen el gusto de invitar, tienen el placer de invitar, se complacen en invitar etc.) más el nombre de los señores o persona a quien se invita.

3º) Se expone el motivo de la celebración (Ej. al baile de gala, a la fiesta o a la puesta de largo en honor a…)

4º) Se detalla la fecha, hora y lugar donde tendrá lugar la fiesta.

5) Se consigna en la última línea la ciudad donde ha sido escrita la invitación  y la fecha. También se admite una frase rogando que confirmen la asistencia, a pesar que la persona cortés siempre confirmará su participación.

Les mostramos unos modelos de invitación para la puesta de largo. Los dos primeros se corresponden al clásico patrón que todavía se utiliza. Las dos últimas imágenes son copias de un díptico del año 1947. La de la izquierda es el anverso y la de la derecha el contenido del interior. Si pinchan sobre ellos, podrán apreciar mejor los detalles.

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(*) Podemos simplificar esta frase con las siglas s.r.c. También se permite sustituirla por las palabras “se ruega contestación” o “se suplica confirmación de asistencia”, este último más en desuso.

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LA CELEBRACIÓN


La época más indicada para celebrar una puesta de largo o un baile de debutantes es en verano, porque es en esta estación cuando los chicos tienen vacaciones. En esta fiesta debe proliferar la juventud, que estará compuesta, por lo general, por amistades de las muchachas y posibles pretendientes. También se invitarán a familiares y amigos de los anfitriones.


El momento propicio para esta ceremonia es por la noche, ya que consite en una cena seguida de un baile, que se prolongará hasta avanzadas horas de la noche.


Tradicionalmente, la puesta de largo acontecía en casa de los padres, lo cual se presupone teniendo en cuenta la dimensión elitista que tenía el evento. Si la casa no reunía el espacio o las condiciones oportunas, se celebraba en clubes de sociedad privados.

En la actualidad, existe una mayor variedad de espacios: salones de celebraciones, hoteles, clubes privados y algunos hitos convertidos en espacios de celebraciones, como monasterios, castillos, etc. acogen satisfactoriamente este tipo de eventos.

Algunas de estas empresas organizan anualmente una fiesta de debutantes. Se trata, normalmente, de clubes privados que convocan a las hijas de sus socios a presentarse y donde cada familia tiene un número limitado de invitados.


En el baile de las debutantes, la tradición manda que cada debutante tenga su pareja de baile preestablecida para esa noche. Como ocurría antiguamente, antes de asistir a un baile, las jóvenes tenían que asignarse una pareja de baile, siempre que fuera aprobada por los padres de ella y ambos fueran mayores de edad.

Si para el baile de las debutantes la chica no dispone de pareja porque no hay suficientes chicos, éstos tienen novia o hay cualquier otro impedimento, se adjudicará como pareja un primo o un hermano, pues recordemos que sólo se trata de una parte simbólica.  Ahora explicaremos el papel de la pareja de baile.


Otro aspecto que está dentro de la tradición y que no está nunca fuera de lugar es el de los regalos. Sea puesta de largo o baile de debutantes, no está de más que los invitados porten flores o un regalo a la muchacha que cumple dieciocho años. Apuesten por un detalle sencillo, como unos pendientes o un collar. Nunca bombones.

También forma parte de la tradición la entrega de pequeños obsequios a los invitados en los cuales figure una inscripción del evento y del nombre de la chica. Serían detalles como los que se entregan en bodas o comuniones.  Esta es una manera bonita de hacer rememorar la fiesta y, a su vez, de agradacer su presencia a los invitados.



Al comienzo de la ceremonia, los anfitriones junto con la debutantes, los padres o abuelos (en caso de organización externa) ó la debutante, los padres o abuelos (en caso de organización de la propia familia), recibirán a los invitados conforme vayan llegando.


En la fiesta de la puesta de largo y en el baile de las debutantes, jóvenes y mayores forman grupos separados durante la velada. Hay que recordar que es una fiesta en la que se conmemora la mayoría de edad de las chicas y a partir de ahora pueden conocer a otros chicos con fines de noviazgo. La pareja de baile asiganda a la debutante se sentará en su mesa junto con otros amigos solteros.


El baile se inaugura con un vals que debe bailar la muchacha con su padre, según reza la tradición. Si la puesta de largo es colectiva, salen a la pista las debutantes con sus respectivos padres a valsar. Cuando fiinaliza en primer vals es cuando entra en escena la pareja de baile de la debutante, quien le solicitará al padre de la chica el baile con ella. La pareja bailará uno o dos canciones más y seguirán bailando a lo largo de la noche dependiendo siempre del interés que se haya gestado entre ambos.


Se admite que el baile se prolongue hasta altas horas de la noches así como que los mayores abandonen la fiesta dejando sóla a la juventud.

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Para ampliar información ver los artículos ¿Qué es la puesta de largo? y Consejos de imagen para la puesta de largo.

http://www.normasdeprotocolo.com/puestadelargo/

http://www.normasdeprotocolo.com/consejos-puesta-de-largo/

Regresamos con más artículos

Estimados amigos:

Tras unos meses de andanzas, retomamos la edición de www.normasdeprotocolo.com para brindarles los post más rigurosos y labrados del mundo de las buenas maneras. Deseamos que les sirvan de ayuda práctica o, al menos, para despejar incógnitas sobre determinadas cuestiones que muchas veces se nos plantean.

Un fuerte abrazo

Protocolo en la mesa: la colocación de los invitados y el servicio de mesa

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Sentarse en la mesa para comer con las personas que apreciamos es una de las costumbres más intactas de la humanidad. Comienza cuando el Hombre empieza a llevar a casa los alimentos obtenidos en la caza para compartirlos con su familia, motivado por el instinto protector y la solidaridad intragrupal. Con el sendentarismo y la consiguiente creación de poblados, el trato entre las personas se va acentuando y los vínculos de fraternidad brotarán hacia grupos ajenos al parentesco familiar: los vecinos. Así, poco a poco va surgiendo la idea de amistad que hoy conocemos.

¿Qué tiene qué ver esto con la mesa? Supone mucho, pues significa que la hora de la comida pasa de ser un mero acto de ingerir alimento a consagrarse como un verdadero ritual, no por los manjares, sino por la reunión social que se genera en torno a ella. Tanto en comidas familiares como en  banquetes de celebración de grandes acontecimientos, el alimento ha sido siempre la  pieza común alrededor de la cual se festejaba. Compartir alimentos era y es un acto de hermandad, y seguramente esta concepción no cambiará, pues no es una simple invención sino una condición propia de la sociedad.

Lisonjear  a los huéspedes va naciendo de la voluntad de los hombres conforme se va consolidando la sociedad, de modo que la elaboración y presentación de los alimentos en la mesa cobrarán cada vez más fuerza. La comida, así, se convierte en un pretexto de  reunión social y su prolongación durante dos o tres horas se hace una constante.

El protocolo en la mesa atiende a una lógica y es la de originar las menores molestias la hora de comer. Mucha gente opinará que constituye una serie de reglas sólo válidas para los segmentos más acomodados de la sociedad, pues las gentes de a pie prescinde de estas menudencias. En realidad, analizando todas las normas detenidamente, uno se da cuenta que casi todas tienen su sentido de ser y que son justificables desde el punto de vista funcional. Pero reitero: casi todas. Por ejemplo, el servicio de mesa a la inglesa o de gueridón resultan inútiles en una casa, donde generalmente es la dueña la que se somete a cocinar y servir los platos. A mucha gente también le parecerá una tontería la colocación de los invitados según el protocolo porque ¿es admisible que los matrimonios queden separados en la mesa? Todo tiene una razón que vamos a explicar ahora. .

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LA COLOCACIÓN DE LOS INVITADOS EN LA MESA

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En otro artículo del blog  se había mencionado que, antiguamente, los invitados a una comida o cena de etiqueta pasaban a la sala donde se iban a sentar de dos en dos. Las damas iban siempre agarradas del brazo de un caballero, por la galantería de que una dama fuera acompañada. Si el número de mujeres y hombres en reuniones de este tipo era desigual, entraban dos hombre o dos mujeres juntos pero sin agarrarse. Para comprender esta costumbre mejor, imaginen una especie de cortejo dirigido hacia la mesa; esta calificación no es para menos, pues el acto de comer se erige como una ceremonia desde tiempos remotos. Aquel hábito de entrar de dos en dos a la sala donde se iba a  comer estaba tan consolidado que en las celebraciones formales donde convergían gentes desconocidas (por ejemplo del ámbito de la política) se especificaba a quién debía darse el brazo para encaminarse a la mesa. Si no se conocían las personas que debían entrar juntas, era el responsable de protocolo quien se encargaba de hacer las presentaciones oportunas. Actualmente, esta práctica ha quedado en desuso, pero queda como vestigio el conceder sentarse primero a las señoras y a las personas mayores. .

En las comidas o cenas de gran etiqueta, como cenas de gala, bodas o celebraciones oficiales, el proceso a seguir para distrubuir a los invitados es el siguiente:

1º) Se hacen llegar las invitaciones con los planos de mesa, donde queda definida la colocación de los comensales. En estas invitaciones, es obvio que se describe el motivo del evento, el sitio y la hora cuando va a tener lugar.

2º) Se pone una minuta o menú en el lado izquierdo del comensal.

3º) Se coloca un tarjetón con el nombre del comensal encima de la servilleta, que está situada sobre el plato de principios.

En la siguiente imagen mostramos cómo debe ser la distribución de los invitados en la mesa, en el caso de mesas rectangulares, las más habituales en las casas particulares. Se trata de un caso hipotético en el que un matrimonio con dos hijos invita a dos matrimonios: el señor Domínguez y su esposa y el señor Estaban con su señora.

Los anfitriones, es decir, las presidencias, ocuparán los lugares centrales de la mesa. A la derecha de la anfitriona se sienta el invitado de honor, por tratarse del lado más privilegiado; a la izquierda de la anfitriona, se sienta el segundo invitado varón en importancia. Por su parte, a la derecha del anfitrión se sienta la invitada de honor (esposa del invitado de honor), mientras que a su izquierda lo hará la segunda invitada en importancia, también esposa del segundo invitado de mayor categoría.

Se debe procurar que en la mesa alternen hombres y mujeres, de esta manera, se  potencia la relación en la mesa, pues los matrimonios quedan separados y no se aislan en sus conversaciones. Lo mismo sucede con aglutinar mujeres u hombres en un sector, que motivaría que se creasen grupos de conversación; por ejemplo, si ponemos a las mujeres agrupadas en un lado y a los hombres en otro, seguramente cada bando acaba imbuído en los temas propios de su sexo, y esto no es conveniente.

Por último, en los extremos de la mesa se sientan las personas más jovenes, en este caso los hijos de los anfitriones. .


EN QUÉ ORDEN SE SIRVE A LOS COMENSALES .

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Tanto en un restaurante como en una casa particular, el protocolo en el orden del servicio ha de ser el siguiente:

Se sirve primero a las señoras y después a los caballeros. La primera a la que se le sirve es a la invitada de honor, es decir, la situada a la derecha del anfitrión; la segunda es a la segunda invitada de honor, la de la izquierda del dueño; después se continuará con la siguiente invitada en honor y así sucesivamente hasta terminar sirviendo a la anfitriona. Con los caballeros se procede de manera idéntica.

Si miráramos la mesa desde arriba, el orden sel servicio atiende al sentido de las agujas del reloj. La máxima es servir de derecha a izquierda, primeramente a los invitados de honor y por último a los anfitriones. También ha de haber preeminencia a las mujeres respecto los hombres.

Estas reglas tienen que cumplirse en lo concerniente a los platos y a las bebidas, pero tiene que tenerse en cuenta un detalle respecto al vino: el que lo prueba y da su aprobación es el anfitrión. Despues, se sirve a todos los demás y por último a él. Antes de poner cualquier plato con alimento, los ceniceros tienen que ser retirados y el vino tiene  que estar ya servido. El vino se sirve por la derecha, siendo por esta razón por la que la copa está a la derecha del comensal. Aunque estemos en casa, intentaremos no dejar la botella sobre el mantel, sino en un soporte especial o en una cesta con un paño para evitar el goteo. .


¿Quién debe servir en la mesa?

Indudablemente, si la comida o cena en cuestión se va a producir en un restaurante, el servicio de mesa corre a cargo del personal profesional, pero, si se va a celebrar en una casa particular, el servicio corresponde a los anfitriones o, en en el mejor de los caso, al personal de servicio doméstico.

Si se colocan fuentes de comida en la mesa, los cubiertos de servir deben estar cerca del anfitrión, que será quien sirva. Para trinchar y servir de fuentes de la mesa, no hay que ponerse de pie. En este caso, la cortesía tiene que rutilar tanto en el anfitrión como en el invitado, de manera que se tendrá consideración al que sirva, esperando a que termine de comer su plato para servir los posteriores.

A parte de este método de servicio más informal, hay cuatro tipos de servicios de mesa generalizados: el emplatado, el servicio a la inglesa,  el guéridon y el servicio a la francesa.

. 1) EMPLATADO: Es el servicio más cómodo y generalizado. La comida se emplata en la misma cocina de manera individual. Si se trata de platos calientes, se llevan a la mesa con una campana metálica para que no se enfríen. La campana debe retirarla quien haga el servicio una vez el plato está delante del comensal.

2) SERVICIO A LA INGLESA: Los alimentos se ponen en fuentes y éstas se aproximan a la mesa, donde a cada comensal se le sirve con unas pinzas o con una cuchara de servir. La forma de proceder es esta: situados al lado izquierdo del comensal, acercamos la fuente con la mano izquierda y con la derecha servimos.

3) GUÉRIDON: Guéridon es un vocablo francés que significa mesa. Se trata, en realidad, de una mesita auxiliar donde se culmina la preparación de platos a la vista del comensal. Los alimentos  se terminan de hacer en el réchaud, un fueguecillo que conserva calientes los platos. Este artefacto es más habitual en restaurantes; en casa podemos emplear el calientaplatos que, como su nombre indica, mantiene en calor las viandas gracias a unas velas que se sitúan debajo de la fuente. Una vez lista la comida, se emplata en sobre el guéridon y se sirve al comensal.


4) SERVICIO A LA FRANCESA: El servicio a la francesa es el más idóneo en las casas particulares junto con el emplatado. Consiste en depositar los alimentos en fuentes y pasarlas a los comensales para que estos se sirvan. Si usamos este sistema, nos serviremos por nuestra izquierda. En las casas particulares, si se nos presenta una comida o cena formal, es conveniente utilizar un aparador o carrito de servicio donde asentar las fuentes de comida, los platos, sopera, cubiertos y demás enseres que nos sean necesarios en el servicio de mesa, así evitamos las idas y venidas a la cocina. También aquí podemos depositar los platos usados. .

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PAUTAS IMPORTANTES A LA HORA DE SERVIR EN LA MESA .

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A continuación, les enunciamos una serie de premisas para lograr un servicio de mesa perfecto. La colocación exacta de los cubiertos se guía por un protocolo que lo abordaremos en otro artículo ya que, por su complejidad, merece un capítulo aparte. .

¿Por qué lado poner y retirar los platos? .

Dependiendo del alimento en cuestión, se hará por la derecha o por la izquierda.

- La sopa, el consomé y los entremeses se ponen por la derecha y se retiran también por la derecha.

- Los segundos platos como el pescado, carne, huevos, verduras, macarrones, arroz, guarniciones, etc. se sirven por la izquierda y se retiran por la derecha. Recuerden las fuentes del servicio a la inglesa.

- El platito de la mantequilla también se retira por la derecha, pero el del pan, al estar situado a la izquierda del comensal, se retira por la izquierda.

- Los platos nuevos se colocarán por la izquierda.

- Respecto a las bebidas, también hay una serie de condiciones: el agua y el vino se sirven por la derecha; sin embargo, los licores, cava o champagne se ofrecen por la izquierda. De esta manera, las copas  quedan dispuestas en la mesa quedando la de  agua a la derecha, la de vino en el centro y la de champagne o cava a la izquierda.

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Hay que poner como máximo tres copas para no recargar la mesa. También se recomienda no poner más de tres cubiertos a cada lado del plato. Si se precisa otro cubierto distinto, se trae con el plato correspondiente. Si dos platos diferentes requieren un mismo cubierto, se repone éste para evitar, así, dejar cubiertos sucios sobre el mantel. Existen unos objetos conocidos como reposacubiertos que tienen la función de librar al mantel de las manchas, aunque no son muy habituales. Además, la eclosión de los lavaplatos posibilita usar varios cubiertos para una mayor comodidad.

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Cuando se termina la comida, vienen los postres. Se tiene que tener presente que se retirarán los platos sólo cuando todos hayan acabado de comer. Una vez  sucede esto, se procede a quitar los vestigios de la comida o cena: primero se retiran los platos junto con los cubiertos,  después los platos de pan y mantequilla, luego los recipientes con condimentos,  y, por último, se puede pasar la pala quitamigas, si se dispone de ella.

El uso de la pala quitamigas o recoge-migas es más frecuente en restaurantes donde se cuidan todos los pequeños detalles. Consta de un pequeño recogedor de mano, que arrastra las migas de pan y restos que hayan quedado de comida, y de un recogedor de pequeño tamaño, donde quedan depositados estos desperdicios.

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El postre puede consistir en pasteles, tartas, fruta, sorbetes o helados. Si se sirve repostería y fruta, primero se tiene que poner la repostería y después la fruta, ya sea en piezas, macedonia o compota.

Durante el servicio de postres, se quedarán en la mesa las copas de vino y agua. Si el café se sirve en la misma mesa, se dejará solamente la copa de agua. .

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