Un mundo reservado a los ricos: Las antiguas puestas de largo (álbum fotográfico)

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Una de las características del ser humano más llamativas e inherentes a su especie es probablemente la curiosidad. Esta cualidad, nacida probablemente de la preocupación por saber de los demás y, más tarde, del afán de juzgar, ha dado origen, sin duda, a las crónicas de sociedad y de salones, que comenzaron a copar periódicos a finales del siglo XIX en España.
La demanda de esta necesidad de conocer la vida ajena, sobre todo por parte del género femenino, impulsó esta rama del periodismo que daba noticia y relataba efemérides de las altas esferas sociales.
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La élite social es el segmento de la población que ha despertado un mayor interés entre los lectores curiosos, ya sean obreros o aristócratas. El poder económico de una ilustre familia puede traducirse, así, en éxito social, pues se convierten en objeto de atención o en protagonistas de un tipo de prensa que trabaja al servicio de un ciudadano; un ciudadano que demanda saber de la vida social de estos personajes tocados por el dedo de la fortuna.
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¿Qué es un coffee break?

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Coffee break es un término de origen americano que se emplea para designar la pausa o receso durante una conferencia, congreso, seminario, o cualquier tipo de reunión donde la prolongada jornada obligue a hacer este tipo de descansos para ingerir bebidas y alimentos.

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Un coffee break tipo self-service

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Guía para preparar una mesa de café

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En el artículo anterior se ha hecho alusión a una parte de la historia del café, que es la concerniente a las típicas tertulias españolas, cuyo máximo exponente es la bebida de café. En este capítulo se va a referir el protocolo que debe presidir en una sobremesa de café, en un desayuno o en una merienda, es decir, en los tres momentos más habituales en los que se toma café.

El café es la bebida más conocida entre las aromáticas. Entre sus propiedades, destaca su  facultad para activar la circulación de la sangre, para estimular la memoria y  su  eficacia para facilitar la digestión. Pero el café también desvela, porque aumenta las palpitaciones, no siendo apto para niños, personas nerviosas o para antes de irse a dormir.

El mejor café es aquel que se toma recién molido, de ahí que las cafeteras exprés  gocen de mayor reputación que las cafeteras tradicionales, que a menudo emplean café previamente molido.

La cafetera  aparece a principios del siglo XX. Antes de su creación, el café se hacía calentando agua en un cazo. Cuando el  agua comenzaba a hervir, el cazo se tapaba, dejando reposar el líquido retirado del fuego un rato. Para servirlo, el café se colaba, y ya estaba listo para tomar.

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Una de las características más interesantes del café es su condición de centro de las reuniones sociales. Esto ocurre no sólo en España, sino también en otros países, como Estados Unidos, Italia o Suecia, donde el café ocupa una posición importante en la vida social.

En el capítulo precedente hemos visto cómo el café fue el complemento esencial en las charlas vespertinas que se desarrollaban en los cafés de tertulias. Lo que no se reseñó fue que estas tertulias del siglo XVIII y XIX  no sólo acaecían en establecimientos públicos, sino también en salones privados, donde el café siempre fue inherente a ellos.

El café, así, ha creado toda una cultura, con sus ritos de preparación y de servicio, pues, como en todas las ocasiones encumbradas de la vida, aquello que es importante socialmente tiene unas costumbres que llegan a convertirse en ley.  Esa ley o conjunto de normas es el  protocolo.

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Los cafés de tertulias y los clásicos desayunos españoles

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El café es una bebida aromática muy arraigada a la cultura de la tertulia española. Forma parte de los centros de reunión donde los individuos toman decisiones importantes, conversan o, simplemente, se relacionan, siendo indispensable, también, en una buena sobremesa, desayuno y en el momento coffee break, término moderno donde el café es el protagonista por excelencia.

El café inspira ideas, y en ello coinciden Benito Pérez Galdós y Camilo José Cela, dos autores españoles que describieron vívidamente las sensaciones que destilaba el café como bebida y los cafés, pues la palabra café posee una doble acepción, siendo una de ellas la bebida obtenida de la semilla del cafeto y otra el establecimiento donde se vende esta bebida, hoy más conocido como cafetería. En este artículo se recopilan aquellas sensaciones citadas por estos autores para ilustrar, si cabe, ese ambiente se respiraba en los antiguos cafés de tertulia madrileños, donde unos tomaban café con leche como alimento y otros como complemento; donde, además, el español se forjó como un ser hablador, y donde el café como infusión fue testigo de la asimilación de conocimientos de personas que nunca leyeron un libro.

El mundo del café y de sus tertulias en establecimientos públicos  posee un estudio apasionante, pues el sujeto cae en la cuenta, en un primer momento, de cómo el ser humano necesita relacionarse con sus semejantes y, en última instancia, de cómo la opinión pública ha impulsado verdaderas corrientes de pensamiento en estos círculos.

En el subsiguiente artículo se va a referir el protocolo que debe presidir en una mesa de café bien puesta, acompañando dicho protocolo con fotografías originales que pueden servir de orientación a la hora de preparar la mesa para el café.

Por último, se ha considerado esencial incluir imágenes y una descripción del llamado coffee break, término de origen americano para designar el descanso que se hace para tomar el café u otro alimento en una reunión de trabajo, en un congreso o en una conferencia.

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El envío de tarjetas de visita

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En el artículo anterior, las antiguas tarjetas de visita, se hizo referencia a su historia, al protocolo para el uso con éstas, a sus utilidades en el pasado, y se especificó el significado de los pliegues de sus esquinas.

En este capítulo se van a mencionar los usos más modernos de las tarjetas de visita, que nada tienen que ver con sus funciones de antes, a la que debían su nombre.

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A principios del siglo XX, con la decadencia de las visitas de cumplido, estas tarjetas fueron perdiendo su cometido original, ya que con ellas se ofrecía la casa y, además, ejercían de testimonio de la visita al ser dejada en las casas, si no estaban los dueños, o eran pasadas a los criados para que anunciara la visita a los señores de la casa.

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Aquel sistema de dobleces de las puntas con significados específicos (visita, felicitación, pésame, entierro y despedida) fue decayendo a mediados del siglo XX a causa de la confusión que provocaba este lioso código, siendo reemplazado por mensajes escritos a puño y letra en los que el nombre y apellidos impresos servía de firma (Armenteras, A. 1961).

La tarjeta de visita se convierte, así,en un medio para expresar mensajes sencillos y rápidos que no precisan la solemnidad de la carta. Así, se puede mandar por correo para felicitar, agradecer, dar el pésame, citar para una reunión, etc.

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Se admite empezar a escribir por el reverso de la cartulina para continuar en el anverso, culminando en el nombre de la tarjeta, que ejerce de firma.

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A continuación se van a describir los usos modernos de las tarjetas de visita. Muchos de ellos han quedado desfasado debido a la emersión de otros medios más rápidos, como el email, el mensaje de texto y las comunicaciones a través de las redes sociales.

No obstante, las frases de cortesía pueden servir de ayuda a la hora de escribir un mensaje en la tarjeta que se adjunta con un regalo, en las tarjetas de agradecimiento,  en la tarjeta de pésame o en las de agradecimiento de éste, es decir, para aquellas  situaciones en las que se usan más las tarjetas de visita.

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Las antiguas tarjetas de visita

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La tarjeta de visita ha sido el atributo de distinción de las clases altas desde el siglo XVIII hasta hace escasas décadas. Reservadas a los segmentos más pudientes, la tarjeta ha ejercido de medio para comunicar, felicitar, agradecer, presentar, recomendar, acusar la visita y otros múltiples mensajes que estuvieran exentos del formalismo de la carta.

Estas tarjetas multiusos se conocen con el nombre de tarjetas de visita porque antiguamente se empleaban para  hacer constar que se había acudido a la casa del visitado cuando este se hallaba ausente, para hacer pasar a la visita o para ofrecer la casa. Al igual que las tecnologías de última generación, estas pertenencias progresarían en versatilidad, formato y diseño, dando lugar, por ejemplo, a las tarjetas de visita con foto (1854), que se convirtieron en uno de los objetos más codiciados de las clases elevadas y en un símbolo de distinción.

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La particularidad de la tarjeta de visita es, sin duda, la especial codificación que le ha sido asignada a lo largo del tiempo, resultado de un acuerdo en los usos que, aunque no reglamentado en ningún compendio, obedece a ese fenómeno de la humanidad que llamamos costumbre. Este acuerdo en los usos o  la costumbre con la tarjeta de visita ha dado lugar a un curioso protocolo, ya en desuso, pero que, por su singularidad, merece tener cabida aquí.

El de hoy, es un romántico artículo que explica no sólo el protocolo o usos que se le han dado a las tarjetas de visita, sino que, además, pone de relieve cómo han evolucionado las formas de comunicación con nuestros semejantes.

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La expresión “mucha mierda”

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La expresión “mucha mierda” es una frase del castellano que se formula para desear suerte a los artistas de una función escénica, musical o de cualquier otro tipo de espectáculo.  A pesar que esta voz puede parecer escatológica o grosera, es una expresión extendida que ha pervivido muchos siglos en nuestro país para augurar éxitos en la función.

En este artículo se va a reseñar el origen de esta popular frase (pinchar debajo de la imagen para seguir leyendo).

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….GPGrabado del siglo XIX
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Protocolo de la petición de mano

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En el artículo anterior se desarrolló el origen de la petición o pedida de mano, haciendo un repaso histórico y geográfico de sus peculiaridades. Se trató el noviazgo de antaño como una institución controlada por la comunidad, en concreto por las familias, por ostentar el papel de gobernadores de la vida de los hijos, especialmente de las hijas. Se definió la petición de mano como un protocolo tradicional en el que el novio, por mediación de de sus padres o un peticionario, pedía la mano de la novia a sus padres, ya que la hija “pertenecía a sus padres”.  Con el transcurso del tiempo, la mujer fue liberada del dominio por parte del hombre, obteniendo libertad de elección y de acción (esto más tarde) en sus relaciones amorosas.

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El protocolo de la petición o pedida de mano ha sido diferente de acuerdo a la mentalidad imperante de cada época. En los pueblos primitivos eran los padres quienes planeaban los matrimonios y arreglaban todo lo relativo a las estipulaciones económicas. A menudo, los futuros contrayentes no se conocían.

Lo más habitual era que la novia fuera comprada por la tribu del novio, y los padres de ella ponían, por su parte, la dote, que ha dado origen al ajuar o trousseau de la novia.

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Hubo una segunda etapa en la que los novios podían elegir a su candidato, pero el noviazgo debía ser aprobado por los padres de la novia. Se trata de un período donde aún predominaban los intereses económicos y de rango  sobre el amor, y en el que todavía los padres definían los pactos matrimoniales. Las familias seguían decidiendo y organizando la vida de los novios.

En las familias nobles y en las casas reales había tres fases diferenciadas en el camino que conducía el noviazgo hacia el matrimonio: la pedida de mano, el contrato y los esponsales. Desde hace mucho tiempo, la pedida de mano y los esponsales se han unificado; si acaso, ambos protocolos se llevan a curso en las familias de mayor relevancia social. En otro artículo se aclarará en qué consisten los esponsales y su diferencia con la pedida de mano y el matrimonio, con el que también se confunde a menudo.

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Una tercera etapa la conforma la petición de mano en la que la novia es consultada y sabe, en muchos caso, que su novio le va a pedir matrimonio. Ha habido previamente una relación de noviazgo que los novios, simplemente, deciden formalizar.

El ceremonial tradicional,  en el que el novio, con sus padres, visita a los padres de la novia, se mantiene, pero la novia decide y ya no hay firma de contrato entre ambas familias. Es la petición de mano tradicional de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX, cuyo protocolo ha perdurado hasta la actualidad con algunas modificaciones.

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La petición de mano

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La petición o pedida de mano es un acto que tuvo notable importancia en la vida social de nuestros antepasados. Seguramente, si nos hacernos una idea del acontecimiento en sí, vemos impresa en nuestra imaginación la estereotipada escena amorosa de un caballero entregándole un anillo a su novia, sellando así una promesa de amor eterna. Hoy, dado que tanto hombres como mujeres gozan de una completa libertad para obrar, es posible llevar a la práctica esa idea general, pero lo cierto es que antes, en el pasado, ni en los mejores sueños esto era posible.

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La idea universal de la pedida de mano es una producción reciente, aunque antigua en las novelas amorosas. Es una idea opuesta por completo del proceso que se llevaba a cabo, basado en acuerdos matrimoniales por conveniencia donde primaban los intereses familiares. Así, el que se presenta como uno de los acontecimientos más románticos de la vida del hombre no es más que que la herencia de una práctica inclemente del pasado, en el que la mujer no tenía libertad para elegir ni voz para decidir.

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Como la inmensa mayoría de las costumbres de noviazgo y de matrimonio, la petición de mano es un uso más que ha evolucionado adaptándose a los tiempos actuales, pero conservando algunos de sus matices originales.  La sociedad escoge en las costumbres, en definitiva, lo que más le conviene y va desterrando su significado primigenio, de modo que las costumbres se van transformando en función de lo que el pueblo demanda. Normalmente, perdura la representación o apariencia tradicional pero se proscribe su razón de ser, como en el caso, por ejemplo,  del velo, que antiguamente fue señal de sumisión.

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Hoy se han salvado las cadenas que sometían a las mujeres a casarse con quien se le concertaba; la dote y el contrato matrimonial han pasado a la historia, y la compra de la novia a la prehistoria La civilización ha aprendido que ambos sexos son iguales ante la lucha por la vida, y ahora reina la libertad no sólo en el ejercicio de la vida, sino en el amor.

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Este artículo hace un repaso de la operación que seguía la petición de mano de la novia en otros tiempos, profundizando en el mundo rural, donde la evolución en la mentalidad  y en las formas de organización familiar siempre ha sido má lenta, dando apariencia de estar estancada.  También se describen algunas costumbres de declaración de compromiso tradicionales, el papel de la familia en el concierto de los enlaces y de cómo la novia ha sido rebajada a la categoría de cosa útil, de mercancía o moneda de cambio en muchas culturas que aún hoy sostienen esa concepción.

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La ciencia que hacía dulce la convivencia. La crisis de la Urbanidad

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La convivencia en comunidad nunca ha sido del todo idílica. En todos los períodos históricos, siempre ha destacado un grupo de personas que han perturbado el orden  que debería reinar en la comunidad humana. Esta paz y armonía, que se ha logrado de acuerdo a una dilatada evolución antropológica, debería predominar en la convivencia, ya sea urbana o rural, pues sólo la especie humana está diseñada y es capaz de vivir en sociedad.

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Sabemos que los fundamentos de la sociedad son la cooperación o ayuda mutua para sobrevivir. Son indispensables, por tanto, el buen trato y todas las formas de relación respetuosas con nuestros semejantes para hacer más agradable la convivencia. Moral, Educación y Urbanidad desempeñan aquí un papel primordial, de fácil alcance para todos por su sentido común y por la evidencia de sus buenos resultados a lo largo de la Historia de la Humanidad. El problema es que estas disciplinas no ocupan un espacio destacado en los programas educativos. Además,  la misma sociedad , cada vez más individualista, está perdiendo aquellos valores tan esenciales que realmente rigen el orden y la calma en la convivencia:  la caridad y cortesía.

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Recientemente, hemos tenido noticias a través de los medios de comunicación de tres casos particulares que han motivado a que escriba este artículo y que diserte un poco acerca de este tema, que no es sólo el de la crisis de la urbanidad o de las buenas maneras, sino el de la paradoja de que ya no se profese esta disciplina cuando es ahora cuando más se necesita.

Pocos saludan al entrar a un ascensor; no se respeta a los ancianos ni se socorre a alguien cuando sufre un pequeño accidente por la calle, como un tropiezo o la caída de alguna pertenencia. Lo peor de todo es que hay casos que entran en el terreno de la pérdida de la conciencia moral, osea, con lo salvaje o propio de los animales menos adiestrados. Me refiero, por ejemplo, a las chicas de etnia gitana que vejaron a un anciano de noventa años de edad en la provincia de Jaén. Actos de semejante índole deben ser duramente castigados y lo menos difundidos por la prensa en la medida de lo posible, porque, del mismo modo que suprimen los suicidios para evitar que personas con problemas se alienten a imitarlos, estos comportamientos, con imágenes que dan fe de los hechos, deberían censurarse para evitar estar en el escaparate de los ejemplos.

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El segundo caso que ha invitado a esta redacción es la pintoresca saga de asaltos a supermercados e instituciones de poder, promovido por el diputado de IU, el Sr. Sánchez Gordillo. Este caso difiere de la temática a tratar pero, al vincularse con el incumplimiento de la Ley y con la subversión de lo establecido, es un ejemplo de rebeldía que, si se imita, puede derivar en un caos social que pocos deseamos.

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El tercer caso es un modelo de disciplina cívica , digno de imitar por los Ayuntamientos,  que es la Ordenanza de medidas para fomentar y garantizar la convivencia ciudadana en el espacio público de Barcelona. La Ciudad Condal ha recogido en un marco normativo una serie de medidas para mejorar la convivencia social, entre las que destaca la prohibición de la práctica del nudismo o semi nudismo (ir sin camiseta o con traje de baño), cuando no se esté en la en la playa, paseo marítimo o calles próximas a la este espacio, o en la piscina o áreas donde sea frecuente este atuendo. Esta medida fue introducida a través de la modificación de abril de 2011, pero salió a relucir recientemente en la prensa interrogando o a la población si la medida era lícita en relación al calor estival y a los principios que rigen la convivencia.

De no existir sanciones que controlen este falta de urbanidad, muchos continuarían yendo sin camiseta pensando en sí mismos y no en lo desagradable que puede resultar este acto para los demás, por no mencionar cuánto perjudica a la imagen de la ciudad.

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Con todo ello, cabe preguntarse: ¿La libertad de elegir que nos caracteriza ha de llevarse a rajatabla? ¿O han de adoptarse a rajatabla las reglas de comportamiento cívico aun a expensas de renunciar a nuestro bienestar personal?

La buena educación, la cortesía o las buenas maneras nacen de manera natural, con el trato continuo con lo demás, pero requiere ciertas reglas o leyes que, aunque no estén promulgadas por los Estados, son ostensibles o reconocidas universalmente por todos los seres civilizados.

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LA URBANIDAD Y LA CARIDAD COMO FÓRMULAS PARA DULCIFICAR LA CONVIVENCIA

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Somos seres sociales, por tanto, nos conviene el trato pacífico y respetuoso con los demás. D. José Codina (1846), en su libro Pensil de las niñas ó principios de Urbanidad y decoro propios del bello sexo menciona como primera máxima: “Sin Moral ni Urbanidad no puede haber sociedad”.  Otro oportuno aforismo lo pronuncia D. Vicente de Paz (1947), autor de Reglas de Urbanidad para la juventud rural, quien dice: “Existe entre los hombres un sentimiento de comunidad, de mutua ayuda, que los obliga a relacionarse, a estrechar lazos. Si se quiere conservar esta relación, es necesario guardar ciertas formas exteriores, formas que constituyen la Urbanidad”.

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Pero la cordialidad no es un atributo innato, sino que se ha venido adquiriendo con la progresiva relación que ha venido uniendo a los hombres desde su existencia.

El hombre primitivo se dejaba llevar por sus inclinaciones naturales o por sus instintos, pensado individualmente. Cuando formó parte de la tribu, aprendió a refrenar sus instintos, adaptándose a los hábitos de vida y normas de conducta de la comunidad. De esta manera, conforme ha ido avanzando la sociedad, el hombre ha ido conteniendo sus instintos y se ha venido adscribiendo a las normas de convivencia de la comunidad.

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La vida social de hoy deriva de esta evolución antropológica. Así, el comportamiento repetido en la sociedad, como puede ser el saludarse o el respetar la vida íntima, es producto de unas costumbres que la misma sociedad ha establecido como aceptadas.

Aquí desempeña un papel muy importante la Ética o la Moral, que determina qué actos humanos están bien o mal en relación a las normas que la Humanidad ha dispuesto. La relación entre Moral y Urbanidad es muy íntima porque ambas persiguen el bien común de la sociedad, es decir, el orden y la armonía; pero difieren en su alcance: mientras la Moral enseña el cumplimiento de los deberes sociales, la Urbanidad enseña a cómo llevar estos a la práctica. De esta manera, podemos afirmar que la Urbanidad tiene su origen en el cumplimiento de los deberes morales.

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Lo que es moralmente incorrecto o malo, es manifiestamente sabido por todos los hombres civilizados. De este modo, cuando ocurre una injusticia de falta evidente de ética, la sociedad se alza castigándola. El maltrato a una persona; el despojo del hogar, como los desahucios que vemos en prensa, o los actos denigrantes hacia un desvalido, como el de las chicas de Jaén que escupieron a un anciano de noventa años, hacen que la sociedad ponga el grito en el cielo por considerarlos fuera del código ético.

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Una definición de Urbanidad que recoge esta dimensión moral, es la extraída de un libro de texto de 1915: “La Urbanidad es el conjunto de reglas que nos enseña a manifestar en nuestros actos y palabras el respeto y benevolencia que debemos tener a nuestro semejantes”. Y aquí ya viene la cuestión que encierra este artículo: ¿hemos perdido la caridad hacia los demás? ¿Nos preocupamos por el bienestar de los otros?

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La caridad, entendida como sentimiento de solidaridad con nuestros semejantes, es la virtud que nos hace ponerlos en el lugar del otro. Se fundamenta en el precepto divino “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a tí mismo”; en la Regla de Oro de Jesucristo “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque es la ley “ (Mateo 7:12);  y en su mandamiento “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15:12), que aparece varias veces en la Biblia.

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Y es que este principio de caridad, de respeto hacia los demás para lograr una buena convivencia, es palmario en casi todas las culturas y religiones, no sólo en la cristiana. Religiones como la budista, la hindú, la baha o la judía divulgan un derivado de este precepto, que es, a grandes rasgos, “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí”.

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LA TRASCENDENCIA DE LA URBANIDAD COMO DISCIPLINA EN LOS SIGLOS XIX Y XX

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Las primeras reglas de Urbanidad fueron recogidas por Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI con el concepto de civilidad, que se admite como sinónimo de Urbanidad.

No será hasta el siglo XIX cuando la Urbanidad aparezca como asignatura en el currículo educativo español, a modo de adoctrinaniento para cumplir con los deberes cristianos fundamentales, que son el hacer el bien al prójimo para ganarse el aprecio de los demás y de Dios.

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“P. ¿Qué debe hacer toda joven al levantarse?

R. Encomendarse a Dios, levantarse de la cama con la mayor modestia, y dar los buenos días a sus padres y directores”

(Beltrán de Lis, F, 1859)

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La Urbanidad impartida en las escuelas era abordada como una auténtica ciencia, con sus máximas aprendidas a modo de lección; con niveles de aprendizaje (primer, segundo y tercer grado); con diferenciación por sexo, y con clasificaciones o subcategorías (reglas particulares, generales y especiales).

.Podemos citar, entre los primeros libros de Urbanidad para escuelas, el Pensil de las niñas ó principios de Urbanidad y decoro propios del bellos sexo (Codina, J, 1846) y Reglas de Urbanidad para uso de los niños (Beltrán de Lis, F, 1840-1855).

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Para facilitar el aprendizaje de esta disciplina, los autores de los manuales acudían a la versificación, al sistema pregunta-respuesta, a los cuentos, metáforas y sentencias, siempre amoldadas a los convencionalismos de la época:

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“¿Debería decidirse a bailar si la instan con mucho empeño?

Puede hacerlo; pero si ha dicho que no a uno de los invitantes, sería imperdonable grosería el ceder las instancias de otros.”

(Pascual de San Juan, P, 1884).

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Contexto socioeconómico

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La Urbanidad como asignatura o disciplina no surgió en España de manera aislada, sino que acompañó al proceso de cambio socioeconómico que experimentó el país a mediados del siglo XIX.

.Las buenas maneras y la distinción estaban tradicionalmente reservadas a la nobleza y familias de alto abolengo, pues eran las únicas que podían alternar en actos de etiqueta (bailes, funciones de teatro, audiencias, cenas de gala, presentaciones en sociedad, entre otros).

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A partir de 1850, la clase media española entra en auge, acaparando los puestos de empleo público. Con las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, las propiedades del Estado, de las Órdenes Militares y de la Iglesia se ponen a la venta, y muchos ciudadanos de la clase media las adquieren pagando a plazos. De esta manera, muchos se convierten en propietarios, incrementando sus rentas y “fundando el imperio de la levita”, según refiere Benito Pérez Galdós (1886), fiel cronista decimonónico.

La clase media se aburguesa, se vuelve elegante e ingresa en la “vida social”, que es un término que se empleaba para designar a la vida pública de las élites.

.Las capitales de provincia comienzan a crecer, y este crecimiento es paralelo a un paulatino refinamiento de su población, que antes era rudo. No obstante, las diferencias sociales entre ricos y pobres, así como con otros países, continuaron siendo notorias. Un personaje de británico de la obra Fortunata y Jacinta, del insigne autor antes mencionado, comenta paseando por las calles de Madrid:

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“Este salvajismo es a mi lo que me tiene enfermo (…) no se puede dar un paso sin que le acosen uno de estas hordas de mendigos (…) ¡Qué pueblo, válgame Dios, qué raza! Lo que yo le decía anteayer a D. Alfonso (El Rey Alfonso XII de España): desengáñese Vuestra Majestad,  han de pasar siglos antes de que esta nación sea presentable” (Pérez Galdós, 1886).

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Otro factor que explica el creciente pulimento de la sociedad, es el relativo a los avances en higiene. En el caso de la capital madrileña, la traída de aguas a la ciudad en 1858 favoreció el paulatino aseo personal y el auge de la ropa blanca. Anteriormente, las aguas se traían de los pozos o de las fuentes y, a partir de este momento, las viviendas dispondrían de agua corriente procedente del río Lozoya. Este avance cambió los hábitos de higiene de la población, y,  si antes se duchaba una vez a la semana, a partir de entonces lo harán dos o tres veces.

Pero no sólo la traída de aguas propició la pulcritud en la sociedad, sino que, además, fue muy positivo para el desarrollo de la industria y de los espacios verdes.

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Es a partir de este período (segunda mitad del siglo XIX) cuando aparecen los manuales de Urbanidad en las escuelas y de uso para adultos para triunfar en la vida social.  Así, los libros con las palabras de urbanidad, elegancia,  distinción, etiqueta, trato social, cortesía y buen tono en su título, copan las lecciones básicas para ingresar en el mundo de los ricos, proliferando hasta la década de 1950.

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La crisis de la Urbanidad

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En la década de 1950 comienza la denominada crisis de la Urbanidad. La sociedad ha evolucionado de acuerdo a los nuevos estilos de vida: la menor disponibilidad de tiempo simplifica las cosas, haciéndolas más cómodas y prácticas; ya no se destina el mismo tiempo de antes al esmero y minuciosidad que suponía atender a los invitados o poner la mesa, y se prescinde cada vez más de las ceremonias al saludar o al invitar a un evento.

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Los manuales de Urbanidad comienzan a desaparecer. Se aprecia una relajación de las normas y de los formalismos, y este hecho deja mella en la sociedad, pues comenzará a perder poco a poco las fórmulas de cortesía que antes eran obligadas.  Joaquín Mª de Nadal (1956) decía: “Ha pasado mucho tiempo desde entonces y los libros y tratados de Urbanidad han dejado de publicarse. Ante este estado de cosas, cabe preguntarse: ¿Por qué rara paradoja se publican menos cuando más los necesitamos?”.

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Son muchos los autores que se han referido a la crisis de la Urbanidad. Este declive es visible, sobre todo, en la falta de modales y en las demostraciones de cortesía, cada vez más escasas.

Estos gestos, que no son más que muestras de afecto al prójimo, suponen poco y otorgan mucho, porque permite ganarse el aprecio de todos. “La cortesía es una especie de anestesia social que evita en el trato humano disgustos y contrariedades” (Marqués de Valdivia, 1959)

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Hoy, lo que observamos es una tendencia hacia la formación y progreso individual. Las relaciones que entablamos son de convivencia, no de confraternidad.

El buen trato y la cortesía, piezas clave de la Urbanidad, ya no se practican como antes debido también a la desgana, propio de espíritus egoístas y poco educados. Ni se cede el asiento; ni se piensa en los otros si hablamos alto por el móvil; ni se saluda al entrar en el ascensor. No se trata de conservar las formas de antes, con petimetrerías o remilgos; hay que adaptar estas normas a los tiempos actuales, ya que muchas de ellas han quedado obsoletas.  Todo sea por mantener una convivencia dulce y armoniosa, donde, por supuesto, se respeten los derechos y la dignidad de los demás.

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Noelia Tari ©

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