Archivo de la categoría ‘Protocolo social’

Las antiguas tarjetas de visita

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La tarjeta de visita ha sido el atributo de distinción de las clases altas desde el siglo XVIII hasta hace escasas décadas. Reservadas a los segmentos más pudientes, la tarjeta ha ejercido de medio para comunicar, felicitar, agradecer, presentar, recomendar, acusar la visita y otros múltiples mensajes que estuvieran exentos del formalismo de la carta.

Estas tarjetas multiusos se conocen con el nombre de tarjetas de visita porque antiguamente se empleaban para  hacer constar que se había acudido a la casa del visitado cuando este se hallaba ausente, para hacer pasar a la visita o para ofrecer la casa. Al igual que las tecnologías de última generación, estas pertenencias progresarían en versatilidad, formato y diseño, dando lugar, por ejemplo, a las tarjetas de visita con foto (1854), que se convirtieron en uno de los objetos más codiciados de las clases elevadas y en un símbolo de distinción.

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La particularidad de la tarjeta de visita es, sin duda, la especial codificación que le ha sido asignada a lo largo del tiempo, resultado de un acuerdo en los usos que, aunque no reglamentado en ningún compendio, obedece a ese fenómeno de la humanidad que llamamos costumbre. Este acuerdo en los usos o  la costumbre con la tarjeta de visita ha dado lugar a un curioso protocolo, ya en desuso, pero que, por su singularidad, merece tener cabida aquí.

El de hoy, es un romántico artículo que explica no sólo el protocolo o usos que se le han dado a las tarjetas de visita, sino que, además, pone de relieve cómo han evolucionado las formas de comunicación con nuestros semejantes.

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La expresión “mucha mierda”

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La expresión “mucha mierda” es una frase del castellano que se formula para desear suerte a los artistas de una función escénica, musical o de cualquier otro tipo de espectáculo.  A pesar que esta voz puede parecer escatológica o grosera, es una expresión extendida que ha pervivido muchos siglos en nuestro país para augurar éxitos en la función.

En este artículo se va a reseñar el origen de esta popular frase (pinchar debajo de la imagen para seguir leyendo).

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….GPGrabado del siglo XIX
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Protocolo de la petición de mano

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En el artículo anterior se desarrolló el origen de la petición o pedida de mano, haciendo un repaso histórico y geográfico de sus peculiaridades. Se trató el noviazgo de antaño como una institución controlada por la comunidad, en concreto por las familias, por ostentar el papel de gobernadores de la vida de los hijos, especialmente de las hijas. Se definió la petición de mano como un protocolo tradicional en el que el novio, por mediación de de sus padres o un peticionario, pedía la mano de la novia a sus padres, ya que la hija “pertenecía a sus padres”.  Con el transcurso del tiempo, la mujer fue liberada del dominio por parte del hombre, obteniendo libertad de elección y de acción (esto más tarde) en sus relaciones amorosas.

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El protocolo de la petición o pedida de mano ha sido diferente de acuerdo a la mentalidad imperante de cada época. En los pueblos primitivos eran los padres quienes planeaban los matrimonios y arreglaban todo lo relativo a las estipulaciones económicas. A menudo, los futuros contrayentes no se conocían.

Lo más habitual era que la novia fuera comprada por la tribu del novio, y los padres de ella ponían, por su parte, la dote, que ha dado origen al ajuar o trousseau de la novia.

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Hubo una segunda etapa en la que los novios podían elegir a su candidato, pero el noviazgo debía ser aprobado por los padres de la novia. Se trata de un período donde aún predominaban los intereses económicos y de rango  sobre el amor, y en el que todavía los padres definían los pactos matrimoniales. Las familias seguían decidiendo y organizando la vida de los novios.

En las familias nobles y en las casas reales había tres fases diferenciadas en el camino que conducía el noviazgo hacia el matrimonio: la pedida de mano, el contrato y los esponsales. Desde hace mucho tiempo, la pedida de mano y los esponsales se han unificado; si acaso, ambos protocolos se llevan a curso en las familias de mayor relevancia social. En otro artículo se aclarará en qué consisten los esponsales y su diferencia con la pedida de mano y el matrimonio, con el que también se confunde a menudo.

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Una tercera etapa la conforma la petición de mano en la que la novia es consultada y sabe, en muchos caso, que su novio le va a pedir matrimonio. Ha habido previamente una relación de noviazgo que los novios, simplemente, deciden formalizar.

El ceremonial tradicional,  en el que el novio, con sus padres, visita a los padres de la novia, se mantiene, pero la novia decide y ya no hay firma de contrato entre ambas familias. Es la petición de mano tradicional de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX, cuyo protocolo ha perdurado hasta la actualidad con algunas modificaciones.

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La petición de mano

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La petición o pedida de mano es un acto que tuvo notable importancia en la vida social de nuestros antepasados. Seguramente, si nos hacernos una idea del acontecimiento en sí, vemos impresa en nuestra imaginación la estereotipada escena amorosa de un caballero entregándole un anillo a su novia, sellando así una promesa de amor eterna. Hoy, dado que tanto hombres como mujeres gozan de una completa libertad para obrar, es posible llevar a la práctica esa idea general, pero lo cierto es que antes, en el pasado, ni en los mejores sueños esto era posible.

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La idea universal de la pedida de mano es una producción reciente, aunque antigua en las novelas amorosas. Es una idea opuesta por completo del proceso que se llevaba a cabo, basado en acuerdos matrimoniales por conveniencia donde primaban los intereses familiares. Así, el que se presenta como uno de los acontecimientos más románticos de la vida del hombre no es más que que la herencia de una práctica inclemente del pasado, en el que la mujer no tenía libertad para elegir ni voz para decidir.

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Como la inmensa mayoría de las costumbres de noviazgo y de matrimonio, la petición de mano es un uso más que ha evolucionado adaptándose a los tiempos actuales, pero conservando algunos de sus matices originales.  La sociedad escoge en las costumbres, en definitiva, lo que más le conviene y va desterrando su significado primigenio, de modo que las costumbres se van transformando en función de lo que el pueblo demanda. Normalmente, perdura la representación o apariencia tradicional pero se proscribe su razón de ser, como en el caso, por ejemplo,  del velo, que antiguamente fue señal de sumisión.

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Hoy se han salvado las cadenas que sometían a las mujeres a casarse con quien se le concertaba; la dote y el contrato matrimonial han pasado a la historia, y la compra de la novia a la prehistoria La civilización ha aprendido que ambos sexos son iguales ante la lucha por la vida, y ahora reina la libertad no sólo en el ejercicio de la vida, sino en el amor.

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Este artículo hace un repaso de la operación que seguía la petición de mano de la novia en otros tiempos, profundizando en el mundo rural, donde la evolución en la mentalidad  y en las formas de organización familiar siempre ha sido má lenta, dando apariencia de estar estancada.  También se describen algunas costumbres de declaración de compromiso tradicionales, el papel de la familia en el concierto de los enlaces y de cómo la novia ha sido rebajada a la categoría de cosa útil, de mercancía o moneda de cambio en muchas culturas que aún hoy sostienen esa concepción.

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La ciencia que hacía dulce la convivencia. La crisis de la Urbanidad

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La convivencia en comunidad nunca ha sido del todo idílica. En todos los períodos históricos, siempre ha destacado un grupo de personas que han perturbado el orden  que debería reinar en la comunidad humana. Esta paz y armonía, que se ha logrado de acuerdo a una dilatada evolución antropológica, debería predominar en la convivencia, ya sea urbana o rural, pues sólo la especie humana está diseñada y es capaz de vivir en sociedad.

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Sabemos que los fundamentos de la sociedad son la cooperación o ayuda mutua para sobrevivir. Son indispensables, por tanto, el buen trato y todas las formas de relación respetuosas con nuestros semejantes para hacer más agradable la convivencia. Moral, Educación y Urbanidad desempeñan aquí un papel primordial, de fácil alcance para todos por su sentido común y por la evidencia de sus buenos resultados a lo largo de la Historia de la Humanidad. El problema es que estas disciplinas no ocupan un espacio destacado en los programas educativos. Además,  la misma sociedad , cada vez más individualista, está perdiendo aquellos valores tan esenciales que realmente rigen el orden y la calma en la convivencia:  la caridad y cortesía.

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Recientemente, hemos tenido noticias a través de los medios de comunicación de tres casos particulares que han motivado a que escriba este artículo y que diserte un poco acerca de este tema, que no es sólo el de la crisis de la urbanidad o de las buenas maneras, sino el de la paradoja de que ya no se profese esta disciplina cuando es ahora cuando más se necesita.

Pocos saludan al entrar a un ascensor; no se respeta a los ancianos ni se socorre a alguien cuando sufre un pequeño accidente por la calle, como un tropiezo o la caída de alguna pertenencia. Lo peor de todo es que hay casos que entran en el terreno de la pérdida de la conciencia moral, osea, con lo salvaje o propio de los animales menos adiestrados. Me refiero, por ejemplo, a las chicas de etnia gitana que vejaron a un anciano de noventa años de edad en la provincia de Jaén. Actos de semejante índole deben ser duramente castigados y lo menos difundidos por la prensa en la medida de lo posible, porque, del mismo modo que suprimen los suicidios para evitar que personas con problemas se alienten a imitarlos, estos comportamientos, con imágenes que dan fe de los hechos, deberían censurarse para evitar estar en el escaparate de los ejemplos.

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El segundo caso que ha invitado a esta redacción es la pintoresca saga de asaltos a supermercados e instituciones de poder, promovido por el diputado de IU, el Sr. Sánchez Gordillo. Este caso difiere de la temática a tratar pero, al vincularse con el incumplimiento de la Ley y con la subversión de lo establecido, es un ejemplo de rebeldía que, si se imita, puede derivar en un caos social que pocos deseamos.

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El tercer caso es un modelo de disciplina cívica , digno de imitar por los Ayuntamientos,  que es la Ordenanza de medidas para fomentar y garantizar la convivencia ciudadana en el espacio público de Barcelona. La Ciudad Condal ha recogido en un marco normativo una serie de medidas para mejorar la convivencia social, entre las que destaca la prohibición de la práctica del nudismo o semi nudismo (ir sin camiseta o con traje de baño), cuando no se esté en la en la playa, paseo marítimo o calles próximas a la este espacio, o en la piscina o áreas donde sea frecuente este atuendo. Esta medida fue introducida a través de la modificación de abril de 2011, pero salió a relucir recientemente en la prensa interrogando o a la población si la medida era lícita en relación al calor estival y a los principios que rigen la convivencia.

De no existir sanciones que controlen este falta de urbanidad, muchos continuarían yendo sin camiseta pensando en sí mismos y no en lo desagradable que puede resultar este acto para los demás, por no mencionar cuánto perjudica a la imagen de la ciudad.

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Con todo ello, cabe preguntarse: ¿La libertad de elegir que nos caracteriza ha de llevarse a rajatabla? ¿O han de adoptarse a rajatabla las reglas de comportamiento cívico aun a expensas de renunciar a nuestro bienestar personal?

La buena educación, la cortesía o las buenas maneras nacen de manera natural, con el trato continuo con lo demás, pero requiere ciertas reglas o leyes que, aunque no estén promulgadas por los Estados, son ostensibles o reconocidas universalmente por todos los seres civilizados.

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LA URBANIDAD Y LA CARIDAD COMO FÓRMULAS PARA DULCIFICAR LA CONVIVENCIA

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Somos seres sociales, por tanto, nos conviene el trato pacífico y respetuoso con los demás. D. José Codina (1846), en su libro Pensil de las niñas ó principios de Urbanidad y decoro propios del bello sexo menciona como primera máxima: “Sin Moral ni Urbanidad no puede haber sociedad”.  Otro oportuno aforismo lo pronuncia D. Vicente de Paz (1947), autor de Reglas de Urbanidad para la juventud rural, quien dice: “Existe entre los hombres un sentimiento de comunidad, de mutua ayuda, que los obliga a relacionarse, a estrechar lazos. Si se quiere conservar esta relación, es necesario guardar ciertas formas exteriores, formas que constituyen la Urbanidad”.

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Pero la cordialidad no es un atributo innato, sino que se ha venido adquiriendo con la progresiva relación que ha venido uniendo a los hombres desde su existencia.

El hombre primitivo se dejaba llevar por sus inclinaciones naturales o por sus instintos, pensado individualmente. Cuando formó parte de la tribu, aprendió a refrenar sus instintos, adaptándose a los hábitos de vida y normas de conducta de la comunidad. De esta manera, conforme ha ido avanzando la sociedad, el hombre ha ido conteniendo sus instintos y se ha venido adscribiendo a las normas de convivencia de la comunidad.

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La vida social de hoy deriva de esta evolución antropológica. Así, el comportamiento repetido en la sociedad, como puede ser el saludarse o el respetar la vida íntima, es producto de unas costumbres que la misma sociedad ha establecido como aceptadas.

Aquí desempeña un papel muy importante la Ética o la Moral, que determina qué actos humanos están bien o mal en relación a las normas que la Humanidad ha dispuesto. La relación entre Moral y Urbanidad es muy íntima porque ambas persiguen el bien común de la sociedad, es decir, el orden y la armonía; pero difieren en su alcance: mientras la Moral enseña el cumplimiento de los deberes sociales, la Urbanidad enseña a cómo llevar estos a la práctica. De esta manera, podemos afirmar que la Urbanidad tiene su origen en el cumplimiento de los deberes morales.

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Lo que es moralmente incorrecto o malo, es manifiestamente sabido por todos los hombres civilizados. De este modo, cuando ocurre una injusticia de falta evidente de ética, la sociedad se alza castigándola. El maltrato a una persona; el despojo del hogar, como los desahucios que vemos en prensa, o los actos denigrantes hacia un desvalido, como el de las chicas de Jaén que escupieron a un anciano de noventa años, hacen que la sociedad ponga el grito en el cielo por considerarlos fuera del código ético.

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Una definición de Urbanidad que recoge esta dimensión moral, es la extraída de un libro de texto de 1915: “La Urbanidad es el conjunto de reglas que nos enseña a manifestar en nuestros actos y palabras el respeto y benevolencia que debemos tener a nuestro semejantes”. Y aquí ya viene la cuestión que encierra este artículo: ¿hemos perdido la caridad hacia los demás? ¿Nos preocupamos por el bienestar de los otros?

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La caridad, entendida como sentimiento de solidaridad con nuestros semejantes, es la virtud que nos hace ponerlos en el lugar del otro. Se fundamenta en el precepto divino “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a tí mismo”; en la Regla de Oro de Jesucristo “Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque es la ley “ (Mateo 7:12);  y en su mandamiento “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Juan 15:12), que aparece varias veces en la Biblia.

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Y es que este principio de caridad, de respeto hacia los demás para lograr una buena convivencia, es palmario en casi todas las culturas y religiones, no sólo en la cristiana. Religiones como la budista, la hindú, la baha o la judía divulgan un derivado de este precepto, que es, a grandes rasgos, “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a tí”.

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LA TRASCENDENCIA DE LA URBANIDAD COMO DISCIPLINA EN LOS SIGLOS XIX Y XX

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Las primeras reglas de Urbanidad fueron recogidas por Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI con el concepto de civilidad, que se admite como sinónimo de Urbanidad.

No será hasta el siglo XIX cuando la Urbanidad aparezca como asignatura en el currículo educativo español, a modo de adoctrinaniento para cumplir con los deberes cristianos fundamentales, que son el hacer el bien al prójimo para ganarse el aprecio de los demás y de Dios.

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“P. ¿Qué debe hacer toda joven al levantarse?

R. Encomendarse a Dios, levantarse de la cama con la mayor modestia, y dar los buenos días a sus padres y directores”

(Beltrán de Lis, F, 1859)

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La Urbanidad impartida en las escuelas era abordada como una auténtica ciencia, con sus máximas aprendidas a modo de lección; con niveles de aprendizaje (primer, segundo y tercer grado); con diferenciación por sexo, y con clasificaciones o subcategorías (reglas particulares, generales y especiales).

.Podemos citar, entre los primeros libros de Urbanidad para escuelas, el Pensil de las niñas ó principios de Urbanidad y decoro propios del bellos sexo (Codina, J, 1846) y Reglas de Urbanidad para uso de los niños (Beltrán de Lis, F, 1840-1855).

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Para facilitar el aprendizaje de esta disciplina, los autores de los manuales acudían a la versificación, al sistema pregunta-respuesta, a los cuentos, metáforas y sentencias, siempre amoldadas a los convencionalismos de la época:

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“¿Debería decidirse a bailar si la instan con mucho empeño?

Puede hacerlo; pero si ha dicho que no a uno de los invitantes, sería imperdonable grosería el ceder las instancias de otros.”

(Pascual de San Juan, P, 1884).

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Contexto socioeconómico

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La Urbanidad como asignatura o disciplina no surgió en España de manera aislada, sino que acompañó al proceso de cambio socioeconómico que experimentó el país a mediados del siglo XIX.

.Las buenas maneras y la distinción estaban tradicionalmente reservadas a la nobleza y familias de alto abolengo, pues eran las únicas que podían alternar en actos de etiqueta (bailes, funciones de teatro, audiencias, cenas de gala, presentaciones en sociedad, entre otros).

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A partir de 1850, la clase media española entra en auge, acaparando los puestos de empleo público. Con las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, las propiedades del Estado, de las Órdenes Militares y de la Iglesia se ponen a la venta, y muchos ciudadanos de la clase media las adquieren pagando a plazos. De esta manera, muchos se convierten en propietarios, incrementando sus rentas y “fundando el imperio de la levita”, según refiere Benito Pérez Galdós (1886), fiel cronista decimonónico.

La clase media se aburguesa, se vuelve elegante e ingresa en la “vida social”, que es un término que se empleaba para designar a la vida pública de las élites.

.Las capitales de provincia comienzan a crecer, y este crecimiento es paralelo a un paulatino refinamiento de su población, que antes era rudo. No obstante, las diferencias sociales entre ricos y pobres, así como con otros países, continuaron siendo notorias. Un personaje de británico de la obra Fortunata y Jacinta, del insigne autor antes mencionado, comenta paseando por las calles de Madrid:

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“Este salvajismo es a mi lo que me tiene enfermo (…) no se puede dar un paso sin que le acosen uno de estas hordas de mendigos (…) ¡Qué pueblo, válgame Dios, qué raza! Lo que yo le decía anteayer a D. Alfonso (El Rey Alfonso XII de España): desengáñese Vuestra Majestad,  han de pasar siglos antes de que esta nación sea presentable” (Pérez Galdós, 1886).

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Otro factor que explica el creciente pulimento de la sociedad, es el relativo a los avances en higiene. En el caso de la capital madrileña, la traída de aguas a la ciudad en 1858 favoreció el paulatino aseo personal y el auge de la ropa blanca. Anteriormente, las aguas se traían de los pozos o de las fuentes y, a partir de este momento, las viviendas dispondrían de agua corriente procedente del río Lozoya. Este avance cambió los hábitos de higiene de la población, y,  si antes se duchaba una vez a la semana, a partir de entonces lo harán dos o tres veces.

Pero no sólo la traída de aguas propició la pulcritud en la sociedad, sino que, además, fue muy positivo para el desarrollo de la industria y de los espacios verdes.

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Es a partir de este período (segunda mitad del siglo XIX) cuando aparecen los manuales de Urbanidad en las escuelas y de uso para adultos para triunfar en la vida social.  Así, los libros con las palabras de urbanidad, elegancia,  distinción, etiqueta, trato social, cortesía y buen tono en su título, copan las lecciones básicas para ingresar en el mundo de los ricos, proliferando hasta la década de 1950.

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La crisis de la Urbanidad

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En la década de 1950 comienza la denominada crisis de la Urbanidad. La sociedad ha evolucionado de acuerdo a los nuevos estilos de vida: la menor disponibilidad de tiempo simplifica las cosas, haciéndolas más cómodas y prácticas; ya no se destina el mismo tiempo de antes al esmero y minuciosidad que suponía atender a los invitados o poner la mesa, y se prescinde cada vez más de las ceremonias al saludar o al invitar a un evento.

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Los manuales de Urbanidad comienzan a desaparecer. Se aprecia una relajación de las normas y de los formalismos, y este hecho deja mella en la sociedad, pues comenzará a perder poco a poco las fórmulas de cortesía que antes eran obligadas.  Joaquín Mª de Nadal (1956) decía: “Ha pasado mucho tiempo desde entonces y los libros y tratados de Urbanidad han dejado de publicarse. Ante este estado de cosas, cabe preguntarse: ¿Por qué rara paradoja se publican menos cuando más los necesitamos?”.

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Son muchos los autores que se han referido a la crisis de la Urbanidad. Este declive es visible, sobre todo, en la falta de modales y en las demostraciones de cortesía, cada vez más escasas.

Estos gestos, que no son más que muestras de afecto al prójimo, suponen poco y otorgan mucho, porque permite ganarse el aprecio de todos. “La cortesía es una especie de anestesia social que evita en el trato humano disgustos y contrariedades” (Marqués de Valdivia, 1959)

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Hoy, lo que observamos es una tendencia hacia la formación y progreso individual. Las relaciones que entablamos son de convivencia, no de confraternidad.

El buen trato y la cortesía, piezas clave de la Urbanidad, ya no se practican como antes debido también a la desgana, propio de espíritus egoístas y poco educados. Ni se cede el asiento; ni se piensa en los otros si hablamos alto por el móvil; ni se saluda al entrar en el ascensor. No se trata de conservar las formas de antes, con petimetrerías o remilgos; hay que adaptar estas normas a los tiempos actuales, ya que muchas de ellas han quedado obsoletas.  Todo sea por mantener una convivencia dulce y armoniosa, donde, por supuesto, se respeten los derechos y la dignidad de los demás.

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Noelia Tari ©

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El luto en España. Historia, evolución y particularidades

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El luto se ha consolidado como la demostración más fiel de dolor por la muerte de un ser querido. Impuesto en el siglo XVI por los Reyes Católicos, el luto se erigió como una costumbre obligada en la España de nuestros antepasados. Con reglas de vestimenta, duración, tabúes y mitos, aún encontramos vestigios de esta antigua usanza, cada vez más desarraigada, en muchos pueblos del país así como en culturas más cerradas, como la del pueblo gitano.

El de hoy, es un artículo dedicado al luto practicado antiguamente en España, con sus preceptos establecidos por la sociedad de la época y con sus particulares usos, que son hoy para nosotros, por su extravagancia, interesantes curiosidades.

Se abordará, también, la evolución que ha experimentado el concepto de la muerte, que ha estado aderezado con, prácticamente, todas las creencias imperantes de cada época, así como las vestimentas y los períodos tradicionales de luto.

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EL ORIGEN DEL LUTO

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Uno de los aspectos más desconocidos del luto es que su origen obedece a un conjunto de leyes y reglamentos dispuestos por los Reyes Católicos.

En el siglo XVI, a raíz de la muerte del príncipe Juan, en 1497, y debido a una serie de sucesos funestos acaecidos en la corte, los Reyes Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla ordenaron la Pragmática de Luto y Cera, por la cual, el luto debía representarse con el color negro.

Anteriormente, el luto era blanco, es decir, se vestía de blanco, y fue a partir de esta pragmática cuando se prescribió que la manifestación de dolor y pena por la muerte de un ser querido debía hacerse con el negro. En esta Ley también se prohibía la presencia de plañideras en los velatorios y cortejos fúnebres, así como los gritos y escandalosos llantos de dolor, propios de las mujeres (que merecen un apartado en este artículo). Se pretendía, así,  que la muerte se oficiara con una ceremonia luctuosa y recatada.

Parece ser que esta era la finalidad de la pragmática, pero hay mandatos contemplados en esta ley que propasan su razonamiento y que hoy no se entienden. Así, por ejemplo, se prohibió el afeitarse la barba a los habitantes de la corte burgalesa, siendo sancionados con quince días de cárcel a los barberos quebrantadores. Sacrificios del aspecto personal de esta índole veremos más adelante.

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El porqué del color negro como exteriorización de lo trágico debe su explicación a que el negro es el color de la noche, de la oscuridad, del misterio, de lo tétrico. La muerte ha evocado siempre miedo, y ese miedo se expresa con el negro, según argumenta Enrique Casas (1947) en su libro Costumbres españolas de nacimiento, casamiento y muerte. Con el luto se condenaba a los parientes y amigos del finado al estado de tristeza, de retraimiento, pero también a la parquedad en adornos, a la vida piadosa, a la reclusión y a la soledad; porque el luto no sólo consistía en llevar vestimenta negra, sino además en una serie de actitudes y prácticas dirigidas a vivir sumido en la tristeza, tanto individual como del entorno más próximo.

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Durante el primer año de luto, la mujer viuda lo pasaba recluida en una habitación tapizada de negro, en la que no penetraba el sol. Al pasar ese año, pasaba a morar en una habitación de tonos claros pero desprovista de decoración tanto en paredes como en mesas. Se alejaba de todo lo superfluo y de lo lujoso. La misma actitud adoptaba la señora viuda con su vestimenta y su vida social. La mujer enlutada del siglo XVII llevaba un traje capaz de imponer miedo a los más valientes, según cuenta Enrique Casas, “negra toca, negro vestido, negra la batista que caía más abajo de las rodillas, negra la muselina que circundaba el rostro y le cubría la garganta, ocultando la cabellera; negro el manto de tafetán que hasta los pies le tapaba; negro el sombrero de anchas alas, sujeto a la barbilla con cintas de seda negras”, nos relata el mismo autor.

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Era tan sumamente severo el luto en España que hubo que reprobarlo en el Concilio de Toledo; y en 1729, Felipe V definió una nueva pragmática de lutos cuyas medidas más sobresalientes, para hacerse una idea de cómo se ejercía el luto en aquella época, fueron estas:

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1) Se limita el luto a seis meses y a los consanguíneos del fallecido.

2) Se definen que los tejidos con los que debían estar confeccionados los trajes de luto de la nobleza por la muerte de un vasallo. Estos tejidos eran el paño, la bayeta o la lanilla de color negro.

3) Se prohíbe que las iglesias decoraran sus paredes, bancos y ataúdes con sedas de colores durante los funerales por considerarlos frívolos y desacordes con un acto tan triste.

4) Se restringe el uso del color negro en el interior de las viviendas, permitiendo sólo el uso de alfombras y cortinas de luto en el aposento principal de la casa.

5) Se veda el carruaje negro de luto que usaban los señores.

6) Se establece el uso de libreas de luto para los criados, fabricadas en paño de color negro y no de seda, por ser un tejido fastuoso.

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El sucesor de Felipe V, Carlos III, reglamentó a mediados del siglo XVIII una nueva pragmática sobre lutos en la que se prescribía, incluso, el número de velas que habían de encenderse alrededor de la cama mortuoria (ocho velas, concretamente) y las telas que debían gastarse durante el período de luto.

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Los reglamentos que se recogen en estas leyes han quedado postergados del marco legislativo actual, pero forman parte del acervo cultural. Se trata de costumbres que, aunque desfiguradas, han persistido en la sociedad, como son el llevar el atuendo en color negro, orlar las esquelas mortuorias con la franja negra, la manifestación de dolor y quietud de los más allegados al difunto, o el aislamiento social provocado por el decaimiento o tristeza interior.

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Antiguamente, esta serie de demostraciones de dolor por la muerte, o el luto, era mucho más exagerado, llegando a extremos de abnegación profunda. Aunque el dolor fuera sincero, la sociedad imponía un conjunto de obligaciones que todo el colectivo debía cumplir para mostrarse fiel a la persona fallecida. Una de las mayores muestras de abnegación o sacrificio era renunciar a la vida social durante un lapso determinado de tiempo (veremos los períodos más adelante), comer frugalmente, llevar una vida austera y vestir de negro. Promesas más exageradas, y que registran muchos autores, son el no cortarse el pelo, afeitarse o cambiarse de ropa en un año.

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El luto de antes puede sintetizarse en estos términos: recogimiento, silencio, clausura, vida piadosa y muestra de pesadumbre, todos ellos mucho más acentuados en el género femenino.

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LAS MUJERES Y EL LUTO

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La dependencia de la mujer al hombre ha sido una constante en pueblos de bajo nivel cultural de todo el mundo. En la actualidad, existen pueblos salvajes que mantienen inveteradas ciertas costumbres y creencias, hoy inconcebibles en el mundo occidental. Es tal la inferioridad de la mujer en algunas culturas, que consideran que no son merecedoras de vivir si enviudan, y, si lo hacen, tienen que que hacerlo en el más hondo cautiverio y amargura, porque así lo dispone la comunidad.

En sociedades primitivas, cuando una mujer quedaba viuda,  ésta no podía contraer matrimonio durante el período de luto, que podía oscilar entre los cuatro años (indios americanos) o toda la vida (pueblos brahamanes de la India o mahometanos, por ejemplo). La razón que alegaba la comunidad era que la viuda traía mala suerte porque llevaba el espíritu del marido y la enfermedad que le condujo a la muerte (la esposa estaba infectada). Por este motivo, se las sometía a ritos purificadores o incluso se les sacrificaba.

El ejemplo más claro y conocido de sacrificio de mujer que enviuda lo encontramos en las tradicionales castas indias, que asesinaban a las mujeres en la pira aduciendo que así comenzarían una nueva vida, ya que sin el marido les sería imposible ser felices. Muchas veces eran conducidas a este sacrificio convencidas por sacerdotes y familiares, e incluso, en contra de su voluntad. “Se arguyó que la continuidad de la vida de las viudas sin el marido era un castigo mayor que el de la muerte. Se las sometió a toda clase de presiones y abusos, tanto físicos como espirituales llegando al extremo de ser consideradas como pájaros de mal agüero” (Fielding, W.J).

En el año 1905 el gobierno británico prohibió esta cruel práctica, aunque ha existido también en pueblos vándalos, tribus de África y en tribus de islas de Oceanía.

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Centrándonos en el caso de España, es una evidencia que, antaño, a las viudas se las ha culpabilizado de la muerte del marido socialmente. No se trata de culpa en sentido estricto, sino de una culpa de sentimiento que adquirían las viudas,  aleccionadas por la comunidad. Esta situación acentuaba aún más su luto, en un intento de declararse más condolidas y culpables.

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El luto de las viudas de principios del siglo XX consistía en ir vestidas de pies a cabeza de color negro, inclusive los complementos, como el abanico, pendientes, bolso, zapatos y collares. Las únicas piedras que las mujeres podían llevar en sus joyas eran el azabache, la amatista y el ónice, por tratarse de piedras oscuras.

El negro, así, copaba la vida de quien lloraba por la pérdida de un ser querido. Si pertenecía a una familia acaudalada, preparaba caballos y carruajes negros; vestía a los criados con libreas negras y daba la bienvenida al color del luto  en la casa, tanto en las cortinas como en el servicio de mesa.

Por otro lado, es sobradamente reconocido que las mujeres reaccionan ante la muerte de un allegado con manifestaciones de dolor mucho más visibles que los hombres. Antiguamente, las reacciones llegaban a ser calamitosas, pues sin el hombre no eran nada. Por esta razón, a las mujeres no se les permitía asistir a los entierros, para evitar los estremecedores ayes de dolor y las situaciones de delirio que les hacían mesarse la cabellera o arañarse la cara. Enrique Casas  (1947)  relataba lo siguiente: <<Entre los vascos, la viuda asistía (al cortejo fúnebre) con la cabeza velada, lanzando gritos desgarradores, y sus amigas aguijoneaban su desesperación con frases como “todo se ha perdido para tí, no te queda sino perecer”>>.

Cuenta el autor que la Ley de Guernica consiguió prescribir que las mujeres tuvieran cautela con su propio cuerpo durante el duelo.

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La figura de la viuda angustiada de dolor dio origen a las ancestrales plañideras, que eran mujeres contratadas para a llorar en los cortejos fúnebres. Iban enlutadas, desgreñadas, pálidas de dolor e iban lanzando llantos. Las plañideras desaparecieron en los años 50, aunque continuaron en algunas poblaciones españolas más tiempo. Parece ser que el servicio de estas mujeres servía para darle notoriedad al entierro,  porque contra más pesadumbre entre las mujeres, mayor era la tragedia de aquella pérdida.

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Todavía en los años setenta, estaba mal visto que las mujeres asistieran a los entierros. Poco a poco, con la evolución de la mentalidad, las mujeres fueron haciéndose libres para elegir, y ahora nuestro género asiste si quiere.

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LAS DIFERENTES CONCEPCIONES DEL LUTO

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En la religión cristiana, la muerte no se percibe como un lance triste y trágico, pues el alma pasa a la gloria eterna. El pueblo de la vieja España, el de la carestía y de la miseria, concebía la muerte como tránsito natural, aunque ensalzado con todos los rituales precedentes a una muerte digna que garantizase la compañía de Dios en el cielo. De ahí que fuera indispensable el viático antes de perecer, y los sufragios en honor al difunto. Era la mentalidad del antiguo pueblo español, pobre y resignado, que no tenía más esperanza que ampararse en la doctrina de Fe para asimilar la muerte.  Pero también era el pueblo poco instruido, el abducido por mitos y creencias del ideario popular desprovistos de comprobación alguna, y que a veces les hacía la vida más difícil. Se pueden enumerar un sinfín de costumbres de luto que se han llevado a la práctica en mucho puntos del país, que carecen de sentido alguno, pero que giran siempre en torno a las ideas de sacrificio, dolor, recogimiento y silencio, osea, muerte en vida. Se consideraba la muerte como un trance positivo, pero el dolor por la pérdida era inevitable.

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Existe también otra concepción, quizá la sostenida por el pueblo ateo, que fundamenta el luto en el miedo universal a la muerte, y que, por ello, la asocia con el color negro, el color del misterio y de lo tétrico.

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Por último, podríamos mencionar la idea de la muerte como un paso natural y compartido de la vida del hombre, que es el que dominante desde los años setenta hasta ahora, y en el que desaparecen multitud de rituales, ceremonias y usos de luto que tenían como fin ahuyentar al muerto, hacer público que se estaba de luto o sumirse más aún en la tristeza.

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EL LUTO EN LA CASA Y EN EL VECINDARIO

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Como se ha mencionado antes, las mujeres enlutadas del siglo XVII y XVIII iban ataviadas de negro de pies a cabeza, se encerraban en habitaciones revestidas de negro, desmantelaban todo elemento decorativo y se alejaban de la vida social y del ocio durante el período de luto, que podía durar, en caso de fallecimiento del marido, entre dos años a toda la vida, si así se lo marcaba ella.

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Antiguamente, en el País Vasco, las novias se casaban de negro dando principio a la que sería su mortaja. Este vestido lo colgaban en la campana de la chimenea para que se culotara, cuenta Enrique Casas, y lo hacían bendecir un Jueves o Viernes Santo.

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La muerte de un vecino significaba la implicación de todo el vecindario, participando en el cortejo fúnebre y con la obligación moral de dar el pésame a la familia del difunto. Las persona que iba a dar el pésame o que asistía al velatorio o funeral del difunto debía ir vestida de luto y sin expresar alegría.

Antes del siglo XX, el fallecimiento de un vecino era anunciado por un voceador que vestía de negro y comunicaba el fatídico suceso doblando campanillas por las casas o dando toques con un bastón. Los vecinos iban trasladando la noticia de unos a otros, y, de este modo, el funeral era un acto profusamente concurrido.

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Otra de las señales que anunciaban una defunción era la puerta de la casa a medio abrir, que indicaba que en su interior se velaba a un muerto. Dentro de la vivienda estaba preparada la cámara mortuoria, la habitación más espaciosa despojada de muebles, cuadros, cortinas, floreros y de todo objeto que deslumbrase. Al principio, se dejaba la puerta medio abierta ocho días, tiempo que permanecía allí el cadáver, pero después, en los años cincuenta, la ley redujo ese tiempo a 24 horas.

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También era costumbre poner una franja negra en la cortina de la puerta o en los balcones, y se tapaba el escudo familiar, si lo había, en señal de luto.

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La persona que estaba de luto debía utilizar tarjetas, papel y sobres de luto con franja negra. Esta franja, que simboliza luto, aún se mantiene en las esquelas de los periódicos y algunas tarjetas de funeral, oraciones o novenarios, siendo estos los últimos vestigios que quedan de la comunicación en luto.

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En los años cincuenta, en muchas aldeas españolas era obligatorio que los vecinos participaran en el cortejo fúnebre, siendo sancionados con multas quienes no fueran. Los asistentes al cortejo vestían con sombrero de copa y capa, en el caso de los hombres, y las mujeres vestían con capucha, mantilla negra o velo. Si la familia no era adinerada, el atuendo de etiqueta de los hombres se pasaba de padres a hijos, pues era preceptivo que se fuera así vestido.

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En la ciudad, se usaba chaqué, corbata negra, guantes negros y chistera. Abrigo negro u oscuro, también, si era invierno. Las mujeres iban con trajes o vestidos de color negro. En el apartado siguiente se detallará de qué se componía el atuendo de luto completo.

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LOS ANTIGUOS PERÍODOS DE LUTO Y EL VESTIDO

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En los años cincuenta y sesenta, aquellas personas que demostraban su afecto y dolor por la muerte de un ser querido, llevaban luto durante un período de tiempo que se describe a continuación. Hay que resaltar que estos lapsos han ido cambiando a lo largo del tiempo, siendo más amplios antes y más reducidos y flexibles después de esas décadas:

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- Por la muerte del esposo o esposa, el cónyuge llevaba luto riguroso dos años más seis meses de alivio de luto, para relajarse del negro.

- Por la muerte de un hijo, los padres llevaban dos años de riguroso luto más seis meses de alivio, también.

- Por la muerte del padre o de la madre, los hijos llevaban luto un año más seis meses de alivio de luto.

- Por la muerte de un hermano, los hermanos guardaban seis meses de luto riguroso.

- Por la muerte de los abuelos, los nietos guardaban seis meses de luto riguroso más tres meses de alivio.

- Por la muerte de un tío o tía, los sobrinos mantenían tres meses de luto.

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Estos períodos, que estaban así definidos por la sociedad de la época, podían dilatarse en el tiempo en función del cariño que le uniera con el difunto.

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El luto riguroso consistía en permanecer apartado de la vida social, ir ataviado de negro y en alejarse de toda actividad de ocio. La clausura en la vivienda duraba tres meses en el caso de las viudas o hijos del fallecido/a. Pasado el transcurso de luto, se pasaba al medio luto, en el que se llevaban colores apagados como el gris o el malva.
Con los años, poco a poco se iría desaprobando esta norma social, hasta desaparecer en nuestros días.

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Antes de los años sesenta, el luto del hombre viudo consistía en ir ataviado de negro, al menos el primer año, y luego de gris o colores sobrios. Como distintivos de luto, portaba una cinta negra de paño o de gasa en el sombrero; gemelos negros; franja negra en el pico de las solapas de la chaqueta y una banda de paño también negra alrededor de la manga izquierda de la americana.
Por su parte, las mujeres llevaban la pena negra, que era un velo largo de crespón que se colocaban en el sombrero de forma que les tapara el rostro. Este velo cubría el vestido, que era también de color negro, alcanzando la espalda. La pena dejó de usarse en los años sesenta, aunque en el algunos núcleos rurales siguió usándose (Armenteras, 1959). Este atavío fue  reemplazado por un fino velo de gasa negra que se echaba al rostro el día del entierro y que se enrollaba al cuello como si fuera una bufanda.

Los complementos del luto de antes de los años sesenta, obviamente eran también negros.

Hay que resaltar, como nota importante, que el velo de luto de las mujeres sólo ha sido utilizado en los países católicos. En los estados protestantes, si acaso para la ceremonia fúnebre.

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Imagen de abajo: cortejo fúnebre por la muerte de Maurice Chevalier (Revista Hola, nº 1429, año 1972).

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En los años sesenta se produce el paulatino cambio hacia la libertad del luto. Los niños dejaron de llevarlo y, si moría un pariente cercano, se les vestía sobrios en señal de respeto pero huyendo del infausto negro, que comenzaba a ser señal de mal agüero.

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Hay dos episodios muy significativos de la serie Cuéntame Cómo Pasó, de TVE, que retratan a la perfección cómo se vivía el luto de pueblo y de cómo chocaba con la idiosincrasia de la ciudad de 1970, año en el que el luto estaba desapareciendo de los núcleos urbanos (ver capítulos 55 y 56 sobre la muerte de Doña Pura).

Esta serie, que representa fidedignamente la España de los años sesenta, setenta y ochenta, relata cómo la abuela de la familia Alcántara teñía de negro la ropa de la familia a raíz de la muerte de su consuegra, Doña Pura. Los nietos, indignados, reprenden la medida de la abuela porque había quedado desfasada la moda del luto. La muerte pierde su sentido trágico,  y su publicidad, tanto en las vestiduras como en otras manifestaciones, como el doblar de las campanas, iba desapareciendo.

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Hoy, cuando alguien fallece, se comunica el suceso por la prensa, a través de esquelas, y el vecindario tiene  noticia inmediata de la muerte porque ve pasar el coche fúnebre. El luto  como expresión de pena sólo se lleva en sepelios oficiales.

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Tengamos en cuenta una cosa primordial: que, aunque se haya pasado de moda el infeliz negro del luto, la expresión de dolor y pesar debe ser sincera. No asistamos nunca a un velatorio o funeral sin que haya existido unión con el difunto o su familia, ni mucho menos nos mostremos fingidamente afligidos. La muerte merece un cristalino respeto que nunca hay que violar. La norma permite que expresemos nuestras condolencias en tarjetas o cartas de pésame, de las que hablaremos en otro momento.

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Noelia Tari ©

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El uso del sombrero. Su decadencia a lo largo del tiempo y normas de comportamiento básicas con este accesorio

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El sombrero es uno de los accesorios de la indumentaria masculina y femenina que ha ido perdiendo adeptos a lo largo del tiempo. Clásico emblema de distinción, el sombrero formaba parte del conjunto de complementos imprescindibles del guardarropa, tanto de un auténtico gentleman como de una apreciada y respetable dama. De todos los complementos antiguos del atuendo personal, como los guantes, el bastón, el abanico o la faltriquera, el sombrero ha sido, quizás, la pieza con mayor capacidad para testimoniar el status social de su portador.

Aparte de esta seña, al sombrero se le dotó de ese código de comunicación que sólo las personas entendemos, y que es el relacionado con el respeto y la condescendencia hacia los demás. De estos particulares atributos, creados por el hombre no se sabe cuándo, nos quedan unas normas de comportamiento que se recogen en el código de comportamiento en sociedad, pues es un hecho meridiano que nadie entraría al templo cubierto, por ejemplo. También, este acto de respeto aparece en nuestras expresiones populares, tales como “quitarse el sombrero”, que es sinónimo de respeto al prójimo.

En la actualidad, optar por llevar sombrero se ha convertido en una opción delicada a causa de haber caído en desuso. Sabemos que queda bien, que encuadra la cara y que, incluso, aumenta la estatura; pero al ser pocos quienes lo llevan y, teniendo en cuenta el poder de la moda, pocos se atreven a ponérselo por miedo a resaltar.

En este artículo se aborda cómo el uso del sombrero se ha ido debilitando por el auge de la simplicidad y comodidad en el vestir; cuáles son aquellos que deben llevarse de acuerdo con la fisonomía, atuendo y evento, así como las pautas de comportamiento con este accesorio tan controvertido.

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ADEREZO PARA LAS MUJERES Y  PANACEA DE LA ELEGANCIA MASCULINA

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El atavío en la cabeza ha sido una constante a lo largo de la historia del traje. Ya en el Antiguo Egipto, los hombres se rasuraban la cabeza para ponerse encima pelucas brillantes y pesados adornos simbólicos. En épocas posteriores, el sombrero y el adorno en la cabeza ha variado tanto que si tuviéramos que hacer una lista de ellos, resultaría interminable. De estilo monacal en forma de corona, en el siglo XIII, acompañando a los grandísimos trajes de la época, o al  estilo hada en el siglo XV (el hennin en francés), con su forma cónica con un velo pendiendo hasta el codo. Las formas de los sombreros han sido tan variadas como los mismos hombres, variación que ha ido al son de la moda imperante.

De este modo, lejos de hacer un listado de los sombreros de cada época, se explicarán las diferentes concepciones que se le ha dado a este complemento.

El sombrero como atavío femenino experimenta su mayor desarrollo a principios del siglo XX. Antes de esta época, la mujer embellecía su cabeza con otros adornos.

El siglo XVIII fue el siglo donde más culto se le rindió a la moda y a sus hijos, los complementos. En este período, la moda se convirtió en toda una institución, sólo accesible a las clases más elevadas, pues tanto las telas como los materiales de confección eran de la calidad más asombrosa y rica que hoy podemos imaginar.

Entre la aristocracia francesa se sembró una moda que da fe de la ostentación y petimetrería que definían a la vida social de la época, que era la de los enormes e inverosímiles peinados de las mujeres. Para hacerse una idea de aquella realidad, piensen un momento en el personaje de Marge Simpson y en su moldeado de cabello, y compadézcanse del peluquero que tenía que subirse a una escalera para rematar el peinado de la dama. Como descripción más ilustrativa de la esta tendencia, tenemos esta del Padre Luis Coloma: “eran peinados monstruosos, de los cuales citaremos tan sólo uno, como muestra de lo depravado del gusto y lo inverosímil de la invención. La Duquesa de Chartres, hija del Duque de Penthièvre y mujer del futuro Felipe Igualdad, presentose una noche en la Ópera con un peinado que medía cincuenta y cuatro pulgadas desde la raíz del pelo hasta su extremidad, y en el cual se veían a su hijo primogénito el Duque de Beaujolais en brazos de su nodriza, un papagayo picoteando un ramo de cerezas, un negrito y varias cifras entrelazadas, hechas con pelo de su padre, su marido y su suegro el Duque de Orleans” (Coloma, L. 1914). Este fragmento pertenece a una obra basada en hechos reales de la segunda mitad del siglo XVIII. El mismo autor detalla otras variaciones del colosal peinado, representando figuras y escenas típicas de la época, como la Guerra de América. Asimismo, narra cómo las publicaciones de aquel entonces se mofaban de estos moldeados a través de caricaturas grotescas, que representaban a mujeres con tocados tan altos como un árbol o un edificio.

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El hombre noble del siglo XVIII también iba absolutamente engalanado, inclusive su cabeza, que iba cubierta de la peluca de ala de pichón. El sombrero clásico para él y para ella, aquél de copa y ala que persiste, vendría más adelante, en el siglo XIX.

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En la segunda mitad del siglo XIX arranca el apogeo del sombrero en los hombres. Nos referimos a un período donde la galantería y el refinamiento en el vestir se imponen. Los caballeros llevaban sombrero de copa o chistera negra para vestir y sombrero hongo para “ir de calle”. En verano, la cabeza la cubrían con sombreros procedentes de Panamá fabricados en paja fina, conocidos como “jipi-japa”. Aparecerá, a finales de siglo, el sombrero flexible, que en un principio se utilizaba para hacer deporte, pero después se extendió su uso a otros momentos informales, como el ir al trabajo.

Entre los sombreros, el que más destaca e identificamos con esta época es el sombrero de copa, también conocido como chistera, que se combinaba con el chaqué. Entre los múltiples modelos de sombreros de copa, toma protagonismo la chistera ” de ocho reflejos” (huit-reflets), que se le llamaba así por estar recubierto de seda negra cuyo brillo producía reflejos en torno a su copa. También destacó el claqué o clac, un sombrero de copa que se plegaba por medio de unos muelles, para poder llevarlo bajo el brazo. El clac se combinaba con el clásico frac, prenda de máxima etiqueta masculina.

El sombrero masculino fue una enseña de distinción y señorío hasta los años cuarenta del siglo XX. Con él, se distinguía al obrero y al galán, porque aportaba, a quien lo llevaba, aires de gravedad y de superioridad. Los españoles de la época, según Benito Pérez Galdós, adoptaron el sombrero con cierta presunción, pues a finales del siglo XIX vinieron las influencias de la elegancia noreuropea, caracterizada por la sobriedad y la reserva, poco amiga del temperamento español, que tradicionalmente se había inclinado por los colores briosos y llamativos. Hubo un afán, así, de ser elegantes con seriedad, y el hombre digno de merecer este honor debía llevar levita y, como no, su sombrero de copa: “El sombrero de copa da mucha respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea“, refiriéndose al sombrero (Pérez Galdós, B. 1887).

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A finales del siglo XIX, la mujer de la clase media iba cubierta con mantilla o pañuelo, aunque para pasear por la tarde era habitual que saliera con sombrero. Más tarde, la mantilla de desterró, quedando reservada para asistir a bodas, misas, procesiones y entierros. Antiguamente, para los funerales, las mujeres llevaban manto de crespón negro que se echaban a la cara el día del entierro. Esta pieza, después se enrollaba  al cuello como si se tratara de una bufanda.

Respecto al velo negro en los entierros, hay que señalar que sólo se utiliza en países católicos.

El crespón fue sustituido más tarde por velos de muselina o georgette, también en color negro, que se llevaban durante toda la fase del luto. En la actualidad, el uso de este atavío  ha quedado reducido al funeral de un familiar muy cercano, aunque cada vez se lleva menos.

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A principios del siglo XX, el sombrero femenino experimenta un gran desarrollo, surgiendo muchas variedades y formas. Primero se extendió el uso del sombrero de ala amplia con decoración profusa, inspirada en elementos naturales. Después, se pasa a sombreros más pequeños y de formas más variadas.

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A partir de los años cuarenta del siglo XX,  desciende notablemente el uso de este accesorio tanto en hombres como en mujeres, quedando reservado prácticamente a la protección frente a la exposición al sol y en actos de rigurosa etiqueta.

Cierto es que, en España, el clima no es tan cálido como para protegerse diariamente con el sombrero del calor, ni tan frío como para utilizarlo de abrigo de la cabeza, pero, lo que sí es un hecho, y recogido por multitud de reseñas, es que el sombrero ha sido un complemento de elegancia y de diferenciación de clases inequívoco. Llegó a tal punto la tendencia al sinsombrerismo, como le llamaba Antonio Armenteras, que  personalidades de la época, como Christian Dior, hicieron un llamamiento público para resucitar este emblema: “¿Por qué salís siempre sin sombrero? Nunca resultaréis verdaderamente elegantes en la calle si no complementáis vuestro conjunto con uno de esos sombreros pequeños que tan bien os sientan” (Christian Dior, años 50).

Las razones que se pueden argüir de esta corriente giran en torno a la apuesta por lo cómodo y lo práctico, que comenzó a imponerse a mediados del siglo XX. Años atrás, el atuendo obedecía a un conformismo que se había aceptado como regla en el vestir. Así, el hombre vestía smoking con corbata y sombrero en los días calurosos, mientras que, a partir de este momento, triunfaría la indumentaria cómoda y fresca.

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Paralelamente, comenzó a imprimirse el gusto personal en el vestir, huyendo de los cánones establecidos, sobre todo en los hombres. Esta independencia en la elección de la ropa junto con la apuesta por lo confortable, daría origen a la abolición progresiva del sombrero, tirantes y demás complementos considerados antes como indispensables, y, a la vez, a la aparición de looks o estilos urbanos particulares.

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De esta manera, desde un punto de vista práctico, el sombrero en nuestro país no tiene mucho sentido, pero como arma para agraciar, sí. Entre sus ventajas, que algunos complementos las tienen, aumenta la estatura de quien lo porta, protege el tinte y la permanente del cabello frente los agentes ambientales y oculta la calvicie. Respecto a este último efecto, decía Armenteras en los años 50 que nueve de cada diez hombres que llevaban sombrero eran calvos.

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UN SOMBRERO PARA CADA MOMENTO Y FISONOMÍA

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El sombrero favorece el rostro porque lo realza y lo encuadra, pero no todos valen para todos los semblantes.

El ideal es aquél que armoniza con el rostro y, por supuesto, con el gusto y la personalidad de quien lo porta. Es absurdo llevar un complemento tan significativo como este reproduciendo estrictamente las colecciones de las firmas. El sombrero merece una especial atención, pues llevar una de estas piezas separada del agrado personal y de la coherencia con el semblante puede derivar en el desastre. Por este motivo, el sombrero ideal es aquel creado artesanalmente en sombrererías, porque lo adaptan a la anatomía del cliente. A la par, los sombreros confeccionados en serie pueden modificarse en talleres especializados para acoplarlos al rostro, inclinando un  ala o reduciendo la copa, por ejemplo. De esta manera, el sombrero debe quedar perfecto y a la medida de quien lo solicita.

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Huyamos de las modas, que lo único que hacen es conducirnos a todos en rebaño y a sentirnos víctimas de ella con su poderosa publicidad y alcance mediático, pero capturemos de ella lo que nos convenga y agrade realmente. Una de las ventajas de la moda es que, periódicamente, relanzan complementos que habían sido desterrados. Hace pocos días, vi en la tienda Zara un sombrero pequeño con velillo de encaje que fue muy utilizado en los años cincuenta. Si a la mujer le gusta este accesorio, es un momento ideal para ponérselo. Este tipo de sombrero dotaba a la mujer de aires de misterio y disimulaba los signos de madurez del rostro. Se llevaba sólo en la ciudad, para asistir a invitaciones para tomar el té y para celebraciones de día, como bautizos o comuniones.

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Los sombreros pequeños femeninos son ideales para la indumentaria de calle durante el invierno con cualquier tipo de prenda de abrigo. Los de inviernos suelen ser oscuros y vienen confeccionados con fieltro, lana y piel, fundamentalmente. Antiguamente predominaba mucho el terciopelo, ese bello género signo de la elegancia que hoy nos ha abandonado.

En verano, los sombreros propios son más amplios para proteger del sol. Los colores son claros y los materiales de fabricación predominantes son la paja, piqué, las fibras naturales y el grosgrain.

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Los sombreros grandes, aparte de para el verano, están indicados para actos de etiqueta de día, como las bodas, recepciones oficiales, espectáculos y fiestas de sociedad al aire libre, carreras de caballos, etc. Al apostar por este tipo, hay que tener en cuenta, en la medida de lo posible, la conveniencia de sus dimensiones: que quepa por la puerta del coche y que no moleste a los de al lado al concurrir con más personas.

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Para  los actos de etiqueta de noche, el sombrero se sustituye por el tocado. El tocado, normalmente, está integrado por flores artificiales, joyas, encajes, plumas y strass. Se lleva en un lado de la cabeza.

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Hay que tener en cuenta una serie de circunstancias donde mujeres y hombres no  deben llevar sombrero:

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• Por la noche en general: en bailes, cenas, asaltos, fiestas, funciones de ópera, conciertos de gala y todos aquellos acontecimientos nocturnos que suelen tener lugar por la noche.

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• Tampoco se debe llevar sombrero durante actuaciones de teatro, circo u otros espectáculos que se desarrollen en espacios cerrados, por una cuestión de respeto al espectador de al lado y al de atrás, que pueden no ver bien la función.

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•  Actos religiosos, recepciones pontificias, procesiones y entierros. En estos actos, las mujeres, en lugar de sombrero, utilizan la mantilla negra con un sobrio traje del mismo color. Para la misa dominical, sin embargo, no es imprescindible, a pesar que antiguamente las señoras asistían con velo. A las mujeres se les admite la entrada a la Iglesia con sombrero de vestir porque, tradicionalmente, era costumbre que después del culto salieran a dar un  paseo a pie.

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Para los eventos de etiqueta antes mencionados (entierros, procesiones, bodas y recepciones), los hombres pueden llevar chistera o sombrero de copa combinado con el frac (rigurosa etiqueta) o con el chaqué (etiqueta de tarde).

En celebraciones o actos que tengan lugar en espacios cerrados, tampoco llevarán sombrero.

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Hay que aclarar que los hombres tienen una serie de exigencias con el sombrero de las cuales las mujeres están desprovistas. Se trata de un conjunto de costumbres que han perdurado hasta nuestros días y que entran en la línea de la cortesía y educación clásicamente masculinas. Se abordarán en el apartado siguiente de protocolo del uso del sombrero.

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PAUTAS DE COMPORTAMIENTO CON EL SOMBRERO

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En este apartado se va a detallar cómo debe comportarse el hombre cuando lleva sombrero en los diferentes encuentros de la vida social. Es obvio que muchas costumbres y detalles se han perdido o se han suavizado con el transcurso del tiempo, pero la esencia de estos actos, que es el respeto, hay que mantenerla.

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En el lenguaje español, tenemos una expresión que evidencia al sombrero como arma de reverencia. Esta expresión es la de quitarse el sombrero, que significa muestra  de consideración. El origen de este proverbio lo encontramos retrocediendo muchos siglos atrás, cuando los caballeros, al saludar  a una persona a la que guardaban respeto, se descubrían la cabeza en señal de deferencia y solicitud.

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El gesto de quitarse el sombrero se hacía en el ritual del saludo, en las presentaciones, en los espacios concurridos, ante señoras, etc. pero nunca a personas de condición social inferior.  Decididamente, se ejecutaba entre iguales, de inferior a clases más altas, a los religiosos, a los ancianos  y a  las damas, fuera cual fuera la distinción social de éstas.

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El protocolo del saludo, bien fuera por la calle o en espacios privados, era el siguiente: El caballero que saludaba se quitaba el sombrero o gorra (en el caso de ser un muchacho) con su mano derecha, acompañando este gesto con fórmulas de cortesía como “buenos días” o “vaya con Dios”, salvo si la persona saludada estaba a distancia, circunstancia que sólo exigía el descubrimiento de la cabeza. Si se detenían para compartir más palabras, el gesto de la despedida era el mismo pero con la fórmula de despedida de “adiós” o “que tenga buena tarde”.

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Este ademán no sólo se hacía en la calle, sino que se repetía en la escalera del edificio, propia o de casa ajena; en el ascensor; al subir y bajar del coche; en salas concurridas de gente, como salas de espera y, sobre todo, en estancias de visita o en una audiencia.

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En audiencia de superiores, como un prelado o un gobernador, hay que quitarse el sombrero siempre como muestra firme de respeto, haciendo una inclinación con la cabeza y permaneciendo descubierto hasta que la personalidad ordene cubrirse de nuevo. La despedida es idénticamente igual que el saludo.

Si se trata de un obispo, en lugar de la inclinación de cabeza se hace una genuflexión y se le besa el anillo.

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Otra de las situaciones donde es preceptivo quitarse el sombrero es durante las presentaciones. El señor que es presentado debe quitarse el sombrero y hacer una leve inclinación de cabeza pronunciando alguna fórmula de cortesía tal como “encantado”, “es un placer” o “con mucho gusto”. Después, se lo vuelve a poner.

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Es una incorrección, desde el punto de vista de la galantería, hablar con una mujer con el sombrero puesto debido a que se le debe rendir el máximo respeto. No obstante, en la actualidad, este detalle carece de importancia, puesto que la prácticamente hay una igualdad de consideraciones entre hombres y mujeres.

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El quitarse el sombrero también es un clásico sinónimo de agradecimiento. Así, los caballeros que se sentían congratulados porque otro le había cedido el paso o le había prestado ayuda ante algún incidente en la calle, se quitaban el sombrero como seña de agradecimiento.

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Al entrar a un espacio privado, hay que tener especial atención con el sombrero. De visita, el visitante debe entregar el sombrero, abrigo y paraguas al anfitrión o persona de servicio, quien lo depositará en un armario o perchero del hall. Puede darse el caso que se trate de una visita informal donde desaparecen las solemnidades y, entonces, entrar con todos los complemento al salón. Esto es admisible hoy día, pues las viviendas son mucho más reducidas en dimensiones y carecen de recibidor. Lo que sí hay que tener muy presente es que nunca hay que permanecer con el sombrero durante la visita o dentro de un espacio cerrado. El anfitrión, si sabe que la persona tiene costumbre de ir cubierto, le instará a que se lo vuelva a poner, siendo entonces cuando el visitante condescenderá a su amable petición.

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La despedida de quien portaba sombrero ha sido durante mucho tiempo una verdadera ceremonia, hoy casi desconocida por los más jóvenes (ver fotos). El visitante, al salir por la puerta de la vivienda, hacía el ademán de quitarse el sombrero mientras se despedía con una de las fórmulas de cortesía. Al llegar al rellano o en la escalera, hacía una segunda despedida quitándose de nuevo el sombrero, justo al tiempo de desaparecer. Otra opción de  despedida, también muy cortés, era la de salir sin sombrero, despedirse, y hacer una segunda despedida en el rellano o en la escalera, cubriéndose sólo al perder de vista al anfitrión.

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Por último, resta mencionar unos casos especiales donde hay que quitarse el sombrero:

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- Ante un entierro, ya sea el que nos cruzamos o al que asistimos. Mientras nos quitamos el sombrero, rezamos, además, el Padre Nuestro por el eterno descanso del difunto.

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- Al cruzarnos con una procesión. Si pasa el Santísimo, procuraremos arrodillarnos hasta que pase.

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- Ante la bandera nacional, permaneciendo en posición firme.

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En definitiva, los hombres deben quitarse el sombrero en manifestación de cortesía hacia la otra persona o emblema.

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Este artículo está dedicado a Ricardo, que le gusta mucho llevar sombrero : )

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Noelia Tari ©

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Los regalos en la vida social



La significación del regalo, como presente que una persona entrega a otra, ha cambiado drásticamente desde que se tiene conocimiento de su existencia. De erigirse como una dádiva  simbólica en tiempos primitivos, ha pasado a vulgarizarse a causa de una importante pérdida de valores surgida al calor del materialismo.

No voy a comenzar este artículo extrayendo la acepción de la RAE de la palabra regalo, porque se sobreentiende que todos tenemos una idea formada acerca de este, misma idea de la que se ampara la RAE para describir el vocablo. Si a un niño le pedimos que nos dibuje un regalo, seguramente trace una caja envuelta en ricos papeles adornados y coronada por un lazo o pompón de cintas. El comercio, con sus estrategias de escaparatismo, ha sabido explotar al máximo el atractivo del factor sorpresa que tanto cautiva a pequeños y grandes, creando prototipos que después todos imitamos e, incluso, representamos mentalmente y, por consiguiente, gráficamente.

Las sociedades avanzadas parece que tenemos un problema grave en la escala de valores. Conocí una persona hace ocho años (tiempos de bonanza en España) que ganaba seiscientos euros. Me mostró todo su arsenal de Prada y yo, lo primero que pensé, fue que serían regalos de su pareja. Luego vino su pareja y continuamos hablando sobre artículos de lo más “chic” y, con todo, terminaron dconfesándome que estaban en números rojos por todas esas absurdas compras. Ahí dejo, a quien me lea, sus apreciaciones o su juicio acerca de esta temeridad. Otro caso disparatado, tuve oportunidad de ver en el programa de Telecinco, De Buena Ley, donde una mujer llevaba a su pareja ante el árbitro para exigirle todos los regalos no efectuados en San Valentín. En estas fechas, los productores de rosas de Latinoamérica se enriquecen exportando la flor del amor al hemisferio norte y las multinacionales hacen su agosto con la manipulación emocional que hacen desde anuncios publicitarios de todos los medios de comunicación con mensajes como “Haz feliz a tu pareja con..” ó “Demuéstrale tu amor con…”.

Con lo expuesto, no se pretende rechazar el regalo como símbolo de afecto. Es, sencillamente, una invitación a la reflexión y a hacernos un pequeño examen de conciencia, reconociendo que la influencia de la publicidad, el consumismo, el afán de acumular y la despreciable costumbre de excitar la envidia se están imponiendo en nuestras vidas.

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1.- EL ALCANCE DEL REGALO EN TIEMPOS PRIMITIVOS

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En los pueblos primitivos nunca se concibió el valor utilitario del regalo, sino su valor simbólico. La entrega de un presente a un miembro de la tribu significaba lealtad. Prometerse esta virtud era sumamente importante en sociedades basadas en lazos de cooperación, y, curiosamente, el compromiso de fidelidad se sigue afianzando en nuestros días con el anillo de compromiso o de boda, que parece ser la última institución viva que sigue ritos ancestrales.

Se sabe que los pueblos salvajes celebraban ceremonias de distribución de riquezas. Estas ceremonias consistían en que el anfitrión donaba todas sus pertenencias al resto de vecinos de la tribu, aun a costa de arruinarse, para ascender de rango social. De esta manera, el regalar daba muestra de la voluntad de fidelidad del anfitrión al resto de la tribu, y ésta se lo compensaba ascendiéndole y reintegrándoselo más tarde. Esta devolución del regalo para corresponder del mismo modo al dador  ha perdurado hasta nuestros días, sobre todo en las bodas. Más adelante se desarrollará cómo ha ido evolucionando este peculiar rito.

Los regalos, entendidos como objetos tangibles, eran manufacturados, porque su valor dependía más de las horas aplicadas en su elaboración que de su valor económico o práctico. Y es que, antaño, se apreciaba el esfuerzo y el tiempo dedicado que sólo brota del individuo sin ánimo de lucro cuando hay afecto. Sabiendo esto, es evidente que el concepto de regalo se ha degradado a favor de un mero gasto económico hecho en una tienda, quedando muy atrás los trabajos de labor a aguja y rueca que tantas horas ocupaban a nuestras abuelas.

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2.- LOS REGALOS EN LAS CELEBRACIONES QUE ACONCTECEN EN LA VIDA SOCIAL: BAUTIZOS, COMUNIONES, PEDIDA DE MANO Y BODA

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Antes de explicar los diferentes presentes que han acompañado y que acompañan a los diferentes eventos de la vida social, resulta necesario señalar ciertas premisas en torno a ellos:

- No se debe regalar aquello que esté desacorde con las aspiraciones personales y con su status social. Por ejemplo, es ridículo regalar una lata de caviar ruso a un sacerdote o una corbata de Loewe a alguien quien, por su trabajo o por sus gustos, no la usará.

- No regalar bebidas fuertes.

- No se debe concretar jamás el regalo que se desea. Es tradición que algunos novios diseñen una lista de boda. Este caso se exime de esta norma porque la tradición contempla desde tiempos remotos la entrega de regalos, que son fáciles que coincidan. Más adelante se detallará el origen de la lista de bodas.

- Nadie se quejará de no recibir presente, esto tan sólo proyecta nuestra fatuidad.

- El regalo debe acompañarse de una nota o una tarjeta donde figurará un pequeño mensaje de felicitación, agradecimiento o palabras de cariño.

- Si no conocemos con profundidad a la persona agasajada, por ejemplo, una autoridad, hay que decantarse por un objeto decorativo que siempre es neutro y nunca por un objeto personal, pues se corre el riesgo de no acertar con sus gustos.

- No se deben regalar animales de compañía a no ser que conozcamos a fondo a la persona y sepamos si quiere asumir la responsabilidad de tener a su cargo una criatura. Si el animal es para un niño, se consultará  inexcusablemente a los padres.

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Todo lo redactado a continuación no es absolutamente preceptivo. Se abordan qué regalos han predominado en los diferentes acontecimientos de la vida social desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, dejando espacio a los consejos y al protocolo que rige su entrega.

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2.1.- El Bautizo
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En el bautizo del niño recién nacido, tradicionalmente, los padrinos han desempeñado una función importante. Siempre se ha dicho que los padrinos reemplazan a los padres del niño en el caso que éstos fallezcan, aunque lo cierto es que no se firma ningún contrato que así lo establezca. Los padrinos, en realidad, cuando se comprometen a tal posición, actúan como “padres espirituales” del niño, asumiendo su educación en la Fe cristiana en el caso que los padres falten, acordándose de él y agasajándole de manera especial en los días más destacados de su vida. Éstos son la primera comunión, su cumpleaños, su santo, su graduación o los éxitos, en definitiva, que obtenga en su vida hasta el día de contraer matrimonio, momento en el cual el individuo queda al amparo de su cónyuge. De esta manera, se colige que los padrinos ejercen un cargo de cierta responsabilidad.
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A finales del siglo XIX, el padrino regalaba al retoño una medalla de oro, la cubertería y el servicio de comida de plata con sus iniciales. A la madrina también le obsequiaba alguna cosa, puesto que a partir de ese momento le uniría un vínculo (el niño).
La madrina, por su parte, se encargaba de comprar el faldón, la capa y el gorro para el niño (traje de cristianar).
El padre corría con los gastos del bautizo (pila, misa, almuerzo si había). Si la familia era rica, le hacía un presente al sacerdote, al sacristán y al servicio doméstico de la casa (la nodriza, los criados, etc.).
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A mediados del siglo XX, los padrinos tenían confiada la obligación moral y económica del bautizo, aunque era común que el padrino, por su condición de varón,  asumiera los gastos (la pila, misa y almuerzo) y la madrina comprase el traje de cristianar del niño.
Se continuó con los regalos clásicos compuestos por cadena de oro con medalla, pulsera de identidad (esclava), servicio de comida grabado, etc. que eran donados por ambos padrinos.
Había costumbre de llevar pasteles o dulces al sacerdote, al médico que asistió el parto y a los concurrentes del acto (Casas, E, 1947) : Costumbres de Nacimiento, Casamiento y Muerte en España.
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En la actualidad, el bautizo se celebra de manera muy distinta a como se hacía antaño. Mientras que antiguamente se bautizaba al niño en los tres primeros días de nacer, imposibilitando la asistencia de la propia madre, ahora el bautizo se celebra al pasar unos meses. En otro artículo se detallará todo el protocolo mejor, pues ahora el asunto que nos compete es el de los regalos.
El bautizo debe celebrarse sin boato y entre el círculo familiar. Los regalos que recibe el bebé proceden de los abuelos y de los padrinos. El resto de invitados (tíos, primos, por ejemplo) ya habrán enviado con anterioridad el regalo a la madre el día del nacimiento, tanto si es para ella (flores, bombones), como si es para el pequeño (ropita, juguetes, útiles, etc.).
Los abuelos y los padrinos regalan los objetos simbólicos clásicos: cadena de oro con medalla, pulsera de identificación, escapulario, pulserita, pendientes. Todo de oro, salvo el escapulario, obviamente.
En muchos lugares sigue siendo tradición que la madrina regale el traje de cristianar.
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2.2.- La primera comunión
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La primera comunión es un acto religioso que ha quedado desvirtuado por la dimensión social de la celebración. Antiguamente, consistía en un acto centrado en la primera Eucaristía que tomaba el niño/a en la Iglesia. En la actualidad, desgraciadamente, la primera comunión se ha convertido en una fiesta/banquete equiparable, a veces, al de una boda, donde lo superficial cobra el máximo protagonismo.
No nos vamos a extender tampoco en los ritos y el protocolo de la primera comunión; como antes, damos paso a los regalos tradicionales que sirven de guía para llegar a los actuales. No olvidemos que las costumbres, muchas veces, son la guía de cómo obrar.
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A finales del siglo XIX, después del acto religioso en la Iglesia, sólo las familias acomodadas celebraban un festín, basado en un desayuno o un almuerzo en casa de los padres. Los comulgantes repartían entre los asistentes a la celebración pequeños recuerdos que consistían en libritos de piedad ricamente encuadernados en cuero o papel duro nacarado. En este libro constaba la el nombre del niño/a comulgante, la fecha de la primera comunión, plegarias u oraciones y alguna imagen simbólica.
El acto de la primera comunión, desde el punto de vista social, era entendido como un acto de caridad. Esta virtud era profesada por la madre del niño/a haciendo regalos a los compañeros de doctrina del niño, al sacerdote, a los criados y a los pobres. También los niños intercambiaban regalos entre sí, ya hubiera ricos con pobres, para que los ricos aprendieran a no desmerecer ofrendas de los inferiores.
Los comulgantes recibían presentes de toda la familia y amigos íntimos de esta: rosarios, libros religiosos y alhajas con motivos religiosos, fundamentalmente. Muchos padrinos regalaban la cadena y medalla de oro en la primera comunión en lugar de hacerlo en el bautizo, pues estas piezas la interpretaban (algunos) como la cesión de responsabilidades o la independencia en la Fe del niño/a.


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Siempre ha sido costumbre el exponer los regalos. La razón de esta antigua costumbre parece residir en el afán de aparentar, sobre todo en las bodas.
Esta vieja costumbre viene recogida en un manual de Antonio Armenteras, en la que explica cómo disponer los regalos “de cara al público”. Según él, en una mesa adornada, se colocaban los regalos junto con la tarjeta que los acompañó, de modo que podía adivinarse fácilmente el emisor del obsequio. Los regalos eran de una magnitud importante, pues los regalos que se hacen con este religioso motivo, son realmente de un valor desorbitado. La exposición que resultaba de toda la concentración de regalos era visitada por todos los invitados del evento quienes, al irse, recibían del comulgante un recordatorio religioso (una estampa, díptico un librito de piedad con todos los datos de la primera comunión).
La celebración consistía en un pequeño desayuno o almuerzo entre el ámbito familiar o más íntimo, y el alcance de la celebración dependía del nivel económico de la familia.
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En la actualidad, se advierte cómo la primera comunión cobra más importancia por la celebración que por el valor de la Eucaristía en sí misma. De hecho, es muy habitual que los niños que comulgan estén motivados por los cuantiosos regalos que saben que van a recibir. Es absolutamente opuesto a la fe cristiana incitar a los niños a que hagan la primera comunión señalándoles como fin la fiesta y los regalos materiales. La reunión familiar que antes se hacía, una vez terminado el acto en la Iglesia, conmemoraba el sacramento y no otra cosa, por eso se hacía en el círculo más íntimo. Ahora, por el contrario, la comunión se ha convertido en un acto social similar al de la boda, donde el dispendio y la devolución de la invitación son inherentes.

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Los regalos que se acostumbran a hacer actualmente son: un reloj, cadena de oro con medalla, pulsera con sortija (niñas), pulsera de identificación, muñeca de comunión (niñas), material escolar (bolígrafos, plumas, etc.), juguetes y accesorios de aseo. Los padrinos vuelven a regalar las alhajas que regalaron en el bautizo porque, naturalmente, les vienen pequeñas.

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2.3.- La petición de mano

La petición de mano es un protocolo tradicional de carácter formal en el que los padres del novio piden a los padres de la novia consentimiento para casarla con su hijo.

Antiguamente,  significaba el reconocimiento formal del noviazgo o de compromiso, compromiso que abocaba al matrimonio. En la actualidad, la petición de mano se hace una vez la pareja ha vivido cierto tiempo como novios, y no se pide la mano de la novia a los suegros. Consiste en un acto simbólico de demostración de amor y compromiso delante de la familia y los seres queridos.

Este acto no se estila tanto actualmente, pero no hay nada que impida el no hacerlo, salvo la capacidad económica.

El protocolo no es tan estricto como antaño, ya que, tanto la novia como el novio conocen a los suegros y a menudo se han sentado a comer juntos.
La tradición de este paso crucial en la vida de los cónyuges se remonta a tiempos muy lejanos, donde el regalo o agasajo desempeñaban un papel esencial. Cuenta William J. Fielding, en su obra Curiosas Costumbres de Noviazgo y Matrimonio, que los aborígenes norteamericanos hacían regalos al suegro para aprobar el noviazgo. Si los rechazaba, reprobaba la unión, y si los aceptaba, la autorizaba. Esta práctica contribuyó a extender el matrimonio por compra.

En el siglo XIX, los rituales que precedían a la boda eran, por orden, tres:

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- La petición de mano, en la que los padres del novio pedían la mano de la novia. Daba comienzo, así, al noviazgo ratificado o el compromiso de la unión.
- Los esponsales, donde se confirmaba el compromiso por medio de la entrega del anillo o pulsera a ella y un reloj a él.
- El contrato, donde se establecían las partes que tenían que aportar por ambas partes (dote,patrimonio, herencia, etc.). Tenía cita en casa de los padres de la novia unos días antes de la boda. A partir de ese día, se hacían los regalos de boda por parte de los parientes y amigos.

El Francia, el día del contrato, los padres de novio enviaban a casa de los padres de la novia la llamada canastilla de boda o trousseau. Se trataba de una canastilla en forma de baúl, revestida de seda blanca y coronada por un ramito de flores con un lazo que caía. Esta canastilla contenía, según la baronesa Staffe, vestidos de seda, de terciopelo, ropa blanca (interior) con las iniciales de su apellido y del marido bordadas, encajes, alhajas y joyas de familia, abrigos de piel, limosnera con monedas de oro nuevas y un devocionario. Por supuesto, la riqueza de la canastilla variaba en función del capital de la familia del novio.
La costumbre de incluir joyas y objetos suntuosos en la canastilla o cofrecillo de bodas viene del siglo XVI. De hecho, cuenta Enrique Casas que las novias medían el amor del novio según el peso de la cadena de oro que éste les regalaba. Más tarde, en la época del romanticismo, se ponen de moda las alhajas de todo tipo en las vestimentas de los caballeros  (blasones, armaduras, medallas, escudos, etc.), adornos que servirían de influjo a las joyas de las damas. Puesto que se pusieron también de moda, pasaron a formar parte del ajuar.

De estas tres fases, desde principios del siglo XX, prácticamente sólo se celebra la petición o pedida de mano, que corresponde a la antigua ceremonia de los esponsales y  a la petición, todo aunado en un sólo acto.  El protocolo que sigue la petición no debe detallarse en este artículo pero pasaremos a explicarlo de una manera somera: el novio, junto sus padres, hace una visita a casa de los padres de la novia con el fin de acordar el compromiso. Hoy se ha desterrado contrato, no se pide consentimiento a los suegros ni se establece la dote como se hacía antiguamente, pues del ritual tradicional sólo quedan los vestigios más adaptables a la vida moderna. Y como la misión del matrimonio, regida en el sacramento del matrimonio, es la misma, continúa entregándose el anillo de compromiso a la novia, como símbolo de unión y fidelidad.

¿Debería ofrecerse al novio también un anillo de compromiso? El protocolo tradicional establece que la novia le corresponde al novio con regalos de menos valor, un reloj si venía de una familia solvente, o una petaca. Hoy, regalar un reloj no supone un dispendio exagerado; además, carece de simbolismo, de modo que no es obligado obsequiar con este accesorio. Puede ser cualquier cosa que sea del gusto del futuro esposo.

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Si no se celebra la pedida de mano, no hay ningún impedimento para que el novio regale a la novia un anillo de compromiso. La entrega del anillo, más que una tradición, ha perdurado como una ceremonia romántica o una demostración de amor muy influenciada por las producciones cinematográficas y las novelas. Es el claro ejemplo de regalo simbólico.
Y hablando de novelas y películas, me gustaría hacer mención al zapato de la Cenicienta. En la tradición germana, el regalar zapatos goza de un significado muy importante. Enrique Casas (1947) decía que poner los zapatos a una mujer era un acto que legitimaba el matrimonio, de ahí que la puesta del zapato de cristal en el cuento La Cenicienta sellara el amor entre el príncipe y la doncella. Otra muestra del simbolismo del zapato lo encontramos en el antiguo dicho español que reza que quien ha encontrado a su futuro/a contrayente ha encontrado su zapato. Enrique Casas también señala que, en las tradiciones portuguesas, dos enamorados que se cambian las botas quedan prometidos en matrimonio. Así, el zapato alberga un simbolismo similar al del anillo en algunas culturas.

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Pero no sólo el zapato y el anillo afianzan la unión. Hay multitud de objetos/ritos simbólicos que actúan como ligamento del noviazgo. Un ejemplo curioso lo encontramos en las tradiciones de Japón: si al hombre le gusta la mujer que su familia le ha buscado, éste le regala un abanico. Por su parte, los padres de la novia aportan toda la ropa que la futura esposa necesitará el resto de su vida en concepto de dote.

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2.4.- Los regalos de boda

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Desde el punto de la religión cristiana, el matrimonio es el acto más importante de la vida del hombre. El concepto de matrimonio no ha cambiado apenas desde que se tiene conocimiento de su práctica. Por fortuna, el rol de la mujer es lo único que ha cambiado en la mayoría de las culturas, pues el género femenino ha sido tratado con dura opresión, salvo en aquellas donde dominaba el matriarcado. Platón decía que el deber de la mujer era gobernar bien la casa y estar sometida al marido, y Aristóteles sostenía que el hombre está llamado por la naturaleza a mandar en la mujer. Sabiendo esto, debemos sentirnos afortunados de vivir en el siglo XXI, aunque por desgracia, aún, el machismo subsiste en muchas religiones del mundo, como en la musulmana o en la hinduista.

En los pueblos primitivos, los regalos se hacían de pretendiente a suegro para buscar las simpatías y aprobar la relación, de tal manera que la novia no tenía derecho a elección. Sin embargo, el matrimonio cristiano establece que los cónyuges se unan por su propia decisión, a pesar que antaño e, incluso, hoy día, se registran muchísimos matrimonios por mero interés económico. El quid se encuentra en que antiguamente los regalos intervenían como precio por la mano de la novia y hoy por lo que todos sabemos: agasajo, afecto y recuerdo.

Antaño, los regalos de boda se llevaban a casa de la novia unas semanas antes de la ceremonia nupcial. Si el regalo lo hacía un amigo del novio que no conocía apenas a la novia, los regalos se enviaban, en este caso, a casa del novio.
Actualmente, en las bodas es frecuente dar dinero en concepto del cubierto para que así los novios sufraguen los gastos del banquete. Los novios, normalmente, prefieren que se entregue dinero o un cheque, pues los enseres y equipos del hogar ya hace un tiempo que están comprados, ya que la pareja ha convivido en la misma casa. No obstante, el obsequiar dinero no es una costumbre nueva. En el siglo XIX, la baronesa Staffe decía en su libro, La elegancia en la vida social, que los parientes solteros regalaban una bolsa con monedas de oro, una cartera con billetes de banco o un cheque. La misma autora disponía las distintas asignaciones que debía hacer el resto de invitados: un amigo soltero de los novios regalaba un objeto útil para la casa (cristalería, vajilla, lámpara, cubertería…); un amigo del novio se permitía regalar un objeto personal al novio (gemelos, cartera, alfiler de corbata, etc.); y una amiga de la novia podía regalar una pieza exclusiva para su amiga, como un pañuelo bordado por ella misma, alguna joya o encajes. También era tradición que el novio agasajase a la hermana de la novia con una alhaja, regalo que “no se devuelve“, decía la baronesa.

Con esta expresión, se deduce que el refinado círculo de la baronesa Staffe practicaba la costumbre primitiva de regalos con obligación a devolución o regalos préstamo. El regalo con obligación a devolución o préstamo era aquel que debía reintegrarse en la próxima boda del donante o, si estaba ya casado, en la boda de sus hijo o nietos. Por una cuestión de decoro, parece que al regalo de la boda nunca se le designó abiertamente regalo préstamo, pero socialmente tenía pautada esta norma.
En bodas tradicionales de chinos, musulmanes y gitanos, los regalos y las donaciones en metálico se airean de forma expedita y, en el caso de los musulmanes y chinos, se anotaban para después devolver un presente equivalente en valor en la boda del donante. En el caso que el donante no se casara nunca, no tenía derecho a reclamarlo. Si no se podía asistir a la boda por alguna razón, el regalo tenía que ser enviado, pues así lo establecía la norma social.

En España, fue costumbre el acto de exponer los regalos y enseñar el ajuar, salvo el íntimo, a todos los concurrentes de la boda. Esta arcaica usanza consistía en abrir las puertas de la futura casa a los invitados de la boda una semana antes de la boda  para que vieran los regalos. Parece ser que esta costumbre nació de la propia presunción, para fingir abundancia, o del disimulo, para evitar parecer pobres. Hoy día, esta práctica está casi desaparecida, pero no del todo erradicada, ya que subsiste el costumbre de enseñar la casa al invitado que entra por primera vez como herencia de la costumbre anterior.

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La lista de boda

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La coincidencia de los regalos dio origen a la lista de bodas a mediados del siglo XX. La lista de bodas es un inventario de artículos que los novios seleccionan en un establecimiento comercial y del que los invitados se sirven para comprar uno o varios de ellos.
La ventaja de la lista de bodas está en que los novios escogen los artículos que son de su gusto, evitando objetos prescindibles así como la coincidencia de ellos. Sin embargo, los objetos listados no terminan siendo regalos, ya que la esencia del regalo está en que encierre algo del magnetismo personal del dador.
Tradicionalmente, la lista de regalos se confeccionaba en dos tipos de establecimientos:  uno de ellos especializado en artículos de plata, para seleccionar servicios de mesa, recipientes, figuras, etc.;  y otro en tiendas de menaje del hogar, donde se escogían vajillas, ropa de hogar, cristalerías, etc.

Los novios cada vez acostumbran menos a elaborar lista de boda, prefiriendo la entrega de dinero. El tiempo nos irá habituando a esta moderna práctica cada vez más frecuente. Respecto a este tema, es importante resaltar que es de mal gusto poner el número de cuenta en la invitación de boda para que nos ingresen ahí el dinero, porque es el equivalente de pedir el regalo, y un regalo nunca se solicita.

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A continuación, mostramos un fragmento del libro de Enrique Casas (1947), Costumbres Españolas de Nacimiento, Noviazgo, Casamiento y Muerte , sobre los presentes que los convidados hacían en las bodas del medio rural.

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Regalos simbólicos

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Los regalos simbólicos de boda son aquellos que se regalan con motivo del enlace. No hay que confundiros con los de compromiso, es decir, aquellos que sellan el compromiso a través de su segundo significado. Este segundo significado, atribuido por el hombre, es el valor simbólico.

Es tradición que el novio regale a su prometida el vestido de novia. En muchos pueblos de España, el vestido que lucía la novia provenía de sus antepasadas. Esta costumbre tener su origen en Oriente, donde el novio, en la boda, echaba un manto sobre la novia.

El valor simbólico del vestido de novia ha sido muy apreciado en casi todas las culturas. En Japón, las princesas llevan casándose desde hace más de mil años con el junihitoe (doce kimonos o doce capas), una vestimenta ceremonial usada por las  emperatrices del país; por este motivo, posee un valor simbólico y económico indecible.

Otro regalo simbólico curioso, aunque remoto, aparece de nuevo en el libro de Enrique Casas. El autor reza que, antiguamente (el libro es de 1947), a la casada se le llevaba al día siguiente de la boda lino, rueca, huso, agujas, tijeras, etc, para darle a entender que no se casaba para estar ociosa.
Pero sin duda alguna, el mejor regalo simbólico es aquel cuyo significado pueden entenderlo unas pocas personas o, mejor, dos personas, porque se precisa complicidad y entendimiento. El dos es el primer número par; de él deriva la palabra pareja; de pareja, emparentar; de emparentar, parientes. Es muy probable que una pareja de enamorados ideara estas prácticas y trascendieran a sus descendientes, convirtiéndose en costumbres y, al final, en la guía de obrar del hombre.

Es muy posible, porque el amor es originalidad e inspiración.

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Noelia Tari

La cortesía de correspondencia: el saluda

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El saluda es uno de los múltiples tipos de comunicaciones que existen en la correspondencia escrita. Su procedencia es antigüa; en realidad es heredera del besalamano,  documento muy similar que fue deterrado a causa de la pérdida de la costumbre de dar la mano físicamente. Esta pérdida de costumbre, junto con el relajamiento de los formalismos, sustituyó el besalamano por el saluda, que ha mantenido prácticamente intacto el esquema del tipo anterior.

A pesar de la corrección que existía en el pasado referente a la escritura de cartas, el tipo que hoy vamos a tratar ha arrastrado un nombre disonante por su popularización, conformando una de las pocas palabras terminadas en a que se articulan en masculino. Es difícil entender cómo este escrito no adoptó un nombre acorde con la solemnidad y corrección que requería, es decir, por qué se le llamó saluda y no saludo. No se me ocurre otra explicación distinta a que el nombre se debe a que en la hoja se destaca la palabra “saluda” o “saluda a”, igual que en el besalamano se destacaban las siglas B.L.M. No vamos a abordar el gusto que había antiguamente por las siglas en las correspondencia porque no es de nuestra incumbencia ahora, pero sí subrayar, desde el punto de vista lingüístico, que el nombre saluda es uno de los muchos contrasentidos que figuran en el diccionario de lengua española a causa de su popularización.


EL BESALAMANO (B.L.M.)

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Resulta muy poco didáctico referirse al saluda sin hablar del que fue su precedente: el besalamano (B.L.M.). Besalamano es otra palabra rara de nuestra lengua que también consta en el diccionario de la Real Academia Española. Su acepción es:  Comunicación breve, que se inicia con las siglas B. L. M., que se redacta en tercera persona y no lleva firma, y se utiliza para hacer un ofrecimiento o una invitación.

Esta comunicación fue cayendo en desuso en la mitad del siglo XX, pero el modelo de su escritura ha permanecido prácticamente invariable en su sucesor, el saluda, con el cual tan sólo le diferencia el grado de formalidad, siendo el besalamano más respetuoso que el nuevo retoño.El besalamano se emplea cuando lo que se quiere comunicar es lo suficientemente breve para prescindir de una carta, y cuando exista gran respeto entre los interlocutores. Una condición primordial del besalamano es que su redacción queda reservada a personas que ocupen cargos importantes en la sociedad o en una empresa, y siempre tiene que ser escrito en tercera persona.
Este tipo de escrito, puesto que expresa una gran condescendencia, puede ser remitido hoy en día a alguna autoridad eclesiástica pero, en lo que respecta a otros colectivos, su uso está muy desarraigado. Con el besalamano se expresa agradecimiento, se recuerda algo, se felicita, invita, concierta cita o se presenta a alguien, de acuerdo con el siguiente modelo

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EL SALUDA

El saluda es el escrito que se deriva del besalamano adaptándose a los nuevos tiempos aunque mantiendo la estructura y la finalidad del anterior. De esta manera, el saluda y el besalamano comparten el mismo modelo de redacción y persiguen el mismo objetivo, pero difieren en las frases de cumplido.


El saluda sirve para expresar agradecimiento, para recordar, felicitar, invitar, concertar cita o presentar a alguien, igual que el besalamano.
Se redacta a máquina o impreso en una hoja de papel de medio folio de 16 x 22 cm., generalmente. Esta hoja se mete en un sobre sin doblar que debe ser de la misma calidad que la del papel de escribir.



ESTRUCTURA DE UN SALUDA

La estructura del saluda es la siguiente:

1º.- Encumbrando la hoja, se consigna el cargo del remitente y debajo su empresa, razón social o título de nobleza, que se puede resaltar en letra más grande.

Ej. El director
de la
empresa X.


2º.- Después se escribe SALUDA, SALUDA A ó SALUDA ATENTAMENTE A. Siempre en letra mayúscula.


3º.- Luego va el nombre del receptor, seguido del cuerpo del mensaje. El nombre del receptor puede estar precedido de algún vocativo respetuoso de amistad como: A su estimado amigo D. ______________; A su distinguido compañero D. ________________; o de un tratamiento, si lo tuviera, como “Al Ilmo. Sr, D._______________________.


4º.- Si se trata de una invitación, se puede añadir al final del cuerpo del mensaje alguna frase de apelación a su asistencia.
Por ej.: Con el desea de honrarnos con su presencia

5º.- Se continúa poniendo el nombre y dos apellidos del remitente a máquina o a tipografía. Nunca se firma con rúbrica.

6º.- Se escribe la frase de despedida en consonancia con el tratamiento que le hayamos dado al receptor en el encabezado del mensaje. Así, por ejemplo, si a esa persona la hemos tratado de Excelentísimo Señor en el principio, nos referiremos a ella con el mismo tratamiento en la despedida. Dos ejemplos a continuación:

Principio del cuerpo: Al Excelentísimo Señor D. _____________, Jefe del Estado.
Despedida acorde: Con tal motivo, ofrece a V.E. (Vuestra Excelencia) su más sincera lealtad.

Principio del cuerpo: Al Honorable Señor D._________________, cónsul.
Despedida acorde:  Aprovecha la ocasión para expresar a V.H (Vuestro Honorable), el testimonio de su consideración más distinguida.


Les dejamos un recopilatorio de las frases más comunes de despedida del saluda. Recuerden que se redacta en tercera persona porque la persona tal saluda a tal para con motivo de tal, despidiéndose con estas fórmulas:

- Con tal motivo le ofrece el testimonio de su más distinguida consideración personal.

- Aprovecha la circunstancia para reiterarle el testimonio de su distinguida consideración.
- Aprovecha gustoso esta ocasión para expresarle el testimonio de su consideración más distinguida.
- Aprovecha esta ocasión para reiterarle el testimonio de su consideración y afecto que a usted le une.
- Aprovecha gustoso esta ocasión para expresarle la seguridad de su más distinguida consideración.
- Aprovecha esta ocasión para significarle la expresión de su consideración más distinguida
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Por supuesto, la frase de despedida puede ser producto de la originalidad de uno mismo, pero siempre tiene que prevalecer la cortesía, que es la que caracteriza este tipo de misiva.

7º.- Se consigna, en lado inferior derecho, el lugar donde ha sido escrito el saluda y la fecha.
Por ej. Alicante, 22 de marzo de 2012.

8º.- Por último, si se trata de una invitación para un evento, se puede poner en uno de los lados inferiores las señas de la etiqueta y de súplica de confirmación.
Por ej.:
Se ruega confirmación.
Traje de noche.


No obstante, cuando los saludas comunican invitación, suelen llevar adjunto en el sobre el billete o tique del evento que hay que presentar a la entrada. En éste aparecen detallados los datos del lugar dónde se va a celebrar el acontecimiento, motivo, teléfono y, lo más importante, el nombre de la persona invitada. Si se trata de un desfile de moda, actuación de teatro o algún otro espectáculo donde haya asientos, se detallará el puesto y fila que deberá ocupar.



Si optamos por acompañar este tipo de invitaciones al saluda, podemos definir la etiqueta requerida en éstas (media etiqueta, etiqueta, traje de calle, etc.), así el saluda quedará menos recargado.

Como hemos dicho antes, el saluda se entrega dentro de un sobre de la misma calidad que el papel de escribir. Si es un intermediario quien se encargue de distribuirlo, a éste se le entrega el sobre abierto. La corrección ordena que esta persona cierre el sobre inmediatamente al tomar la misiva, salvo si se trata de una carta de recomendación, que no se cierra.

Noelia Tari (C)

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Los niños en un acto social y en cenas formales

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Muchos padres se han preguntado qué hacer con los niños en un acto social cuando reciben la invitación impresa. No nos referimos a dónde dejar a los niños, sino a la conveniencia de llevarlos a la cita o no.

No son escasos los padres que se toman como ofensa que en una invitación no figure el nombre de los hijos o simplemente “Señor, señora e hijos”, ni tampoco lo son aquellos que deciden llevarlos a casa ajena aun sabiendo que no es lo correcto. Recuerdo una escena muy graciosa y, a la vez, muy representativa, de la serie La que se avecina, en la que los señores  apodados como “cuquis” se presentan en la casa del matrimonio joven con todo el séquito de críos para cenar ante la mirada atónita de los anfitriones. Estos casos se deben evitar a toda costa por tres motivos elementales  que jamás deben olvidarse:

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- El buena anfitrión calcula la comida a servir previniendo, siempre, que nunca falte: “más vale que sobre que falte”.

- Hay que atenerse a una regla de urbanidad muy básica que es: “donde no seas invitado, no vayas”.

- No llevaremos niños a ningún acto nocturno, pues les entra sueño y esto puede perturbar la velada.

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No es necesario hablar de los posibles destrozos de figuras, alboroto y ruidos que puedan ocasionar. Hay restaurantes, de hecho, que no permiten  niños por estas razones, sobre todo aquellos de ambiente sosegado pensados para disfrutar de reuniones tranquilas.

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Los niños tampoco deben asistir a una boda nocturna, a pesar que esto no se cumple en nuestro país y las bodas se convierten en auténticas jaranas. Cuando asistamos a una boda nocurna, buscaremos un familiar, una cuidadora o unos amigos de confianza que se queden esa noche con los niños. Si la boda se celebra por la mañana, sí son admisibles los pequeños. En este caso, procuraremos adaptar su indumentaria a la etiqueta que el acontecimiento exige,  del mismo modo que lo hacemos con nosotros mismos.

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La boda de alguien de gran confianza, las procesiones y las reuniones familiares en torno a la mesa en días señalados son de los pocos actos formales a los que pueden asistir los niños. En los demás actos de etiqueta (repeciones, festivales benéficos, conciertos de ópera, cenas de gala, etc.) no deben acompañarnos porque, además, suelen tener lugar por la noche.

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REUNIONES EN LA MESA CON NIÑOS: almuerzos y cenas

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Las premisas antes mencionadas dejan de ser estrictas cuando las reuniones se producen en un círculo de confianza, ya sean amigos o familiares. Esto es así porque, entre otras cosas, si los niños comienzan a agarrar objetos, arañar los sillones o a hacer cualquier otra travesura,  los familiares o amigos de los padres, en razón de la confianza que hay entre ellos, están autorizados para amonestar a los niños si los padres no presencian estas trastadas. De otro modo, si llevamos a los niños a casa de algún compañero de negocios o de una persona menos afín, ésta se verá sometida a una situación de intranquilidad sin merecerlo; por eso, y por una cuestión de respeto y decencia, debemos evitar estas situaciones siempre.

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Hay que aleccionar a los niños unas normas de comportamiento en la mesa que, aunque parezcan muy rígidas, son de lo más básicas para desenvolverse con dignidad en la sociedad. Desgraciadamente, muchos padres las ignoran por completo o no se molestan en enseñar ciertos modales por desidia o desinterés. Sentarse a la mesa no es sólo comer y nutrise. No hay que olvidar que la comida en torno a la mesa es un ceremonial ancestral que tiene como fin el acto de compartir con los seres queridos; y no sólo se comparten los alimentos, sino también las experiencias, con la conversación. La mesa une y, por lo tanto, precisa un comportamiento alrededor de ella, unas pautas o un protocolo, que son esenciales  imbuir a los hijos desde que son pequeños. Un niño bien educado se distinguirá del resto y tendrá más oportunidades en el futuro que otro malcriado.

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Hay que controlar mucho las siguientes normas para estar en la mesa. Son las principales que marcan una buena educación para el presente y para el futuro, y nunca se olvidan:

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- Adoptar una postura que no moleste a los de al lado.

- No sentarse de costado ni recostado.

- No cruzar las piernas ni los pies.

- No apoyar los codos en la mesa, pero siempre tener los brazos delante apoyando sólo los antebrazos.

- No poner los pies sobre los barrotes de las sillas.

- No jugar con los cubiertos ni con cualquier cosa. Mucho menos con el cabello.

- Sentarse cuando le indiquen su sitio.

- No entrometerse en conversaciones de los mayores.

- Si hay alguna parte de la comida que no le guste, acostumbrarle a no hacer nunca muecas de asco. Se apartará dicha parte a un lado sin más.

- Aprender a utilizar los cubiertos. No mantener el cuchillo con la punta hacia arriba.

- No comer con la boca abierta.

- No hablar con la boca llena.

- No pasar el brazo por enmedio de la mesa y mucho menos sobre el espacio de un comensal. Si no alcanza la jarra de agua o el salero, que lo pida al compañero.

- No comer con glotonería. Enseñarles que no hay prisa. Esto suele molestar mucho a los demás porque puede denotar avaricia.

- Pedir las cosas con un “por favor” y después dar las gracias.

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Todos los niños deberían aprender estas normas y las demás de los mayores al igual que aprenden las distintas lecciones en la escuela a lo largo de su enseñanza de forma gradual.

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Si el matrimonio invitado tiene hijos pero éstos ya no son tan niños, podrán acompañarles sólo cuando sean mayores de edad, tengan gran confianza con los anfitriones y hayan sido manifiestamente invitados.

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Los hijos de los anfitriones

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¿Y los hijos de los anfitriones? Si a los invitados no se les permite llevar niños, los hijos de los anfitriones tampoco se admiten en este tipo de reuniones. Tan sólo se dejarán ver para saludar a partir de cierta edad, desde los siete años, generalmente.

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Antiguamente, se recurría a los niños de la casa para emplearlos, durante las visitas, como ayudantes en algunos menesteres delicados, como era, por ejemplo, el acompañar a los invitados a la  puerta a la hora de irse si había más invitados a los que los anfitriones no podían desatender. En la actualidad, no se encomiendan estas misiones a los niños porque no son estrictamente necesarias. Sin embargo, sí pueden echarnos una mano para poner la mesa o para preparar el aperitivo.

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Si tenemos una cena formal en casa, los niños con una edad hasta seis o siete años no deben aparecer durante la estancia. Dormirán en casa de un familiar, de un amigo de confianza o estarán en su cuarto o zona de juegos con una cuidadora. No cenará con los invitados bajo ningún concepto.

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Desde los siete a los dieciocho años, si están en casa, saludarán a los invitados a su llegada pero se marcharán a su cuarto o a una sala propia. Tampoco cenarán con los invitados. Cuando se vayan a dormir, los chicos se despedirán de los invitados, pues cuando éstos últimos se marchen, ellos ya estarán durmiendo.

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Los hijos mayores de edad están calificados para relacionarse con el círculo de los padres, pero sólo cenarán con ellos cuando se conozcan suficientemente.  A la llegada de los invitados, saludarán cordialmente. No se sentarán con los invitados en la mesa y ni mucho menos estarán presentes en la tertulia del café, pues el momento de confidencias por excelencia.

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RESERVAS CUANDO VAMOS DE VISITA CON NIÑOS

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Aunque las personas a la que vayamos a visitar sean de gran confianza, tenemos que tenerles consideración e intentar no prolongar mucho a visita si vamos con varios niños. Podemos pensar que a los anfitriones no les importará porque tenemos lazos fraternales, pero el alboroto que pueden provocar los críos seguramente les incomode. Es muy importante ponerse en la posición del otro y reflexionar que, aunque nosotros estamos acostumbrados, ellos quizás no.

Si se va a visitar a un anciano, también hay que intentar acortar el tiempo de visita, respetando su condición de persona susceptible a los ruidos y a la algazara. Lo mismo decir respecto las personas enfermas,  lábiles y sensibles a todo tipo de bullicios.

Si se trata de un hijo mayor de edad, podrá asistir a todos los acontecimientos siempre que sea convidado. Sea cual sea el contexto de una reunión, se harán las presentaciones oportunas:  Los padres, al presentar su hijo a unos amigos, dirán  “Mi hijo Manuel”, por ejemplo; y  después, harán lo mismo con los amigos, diciendo: “Mi amiga María del Carmen y su esposo Alfonso” . Hay que tener muy en cuenta que, cuando se presenta a alguien, nunca se le presenta con el Don, señorita o señor/a, simplemente se dice el nombre, el nombre y los apellidos o el nombre, apellidos y cargo o distinción.

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CONSEJOS SOBRE LA INDUMENTARIA DE LOS NIÑOS

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El vestido puede convertirse en un asunto ampliamente discutible porque la moda ha impregnado los estantes de la ropa infantil, algo impensable hace pocas décadas. Por otro lado, en el caso de las niñas, el concepto de belleza es muy distinto en España y en Sudamérica. Aquí, en España, se mantiene la efigie cándida de las niñas hasta los once o doce años, mientras que en Sudamérica se tiende a realzar la hermosura de las niñas a expensas de maquillajes, peinados y vestidos aquí impropios de una criatura. Así, mientras en España y en gran parte de Europa son impensables los concursos de belleza infantil, en el otro lado del Atlántico éstos proliferan desde hace años.

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Desde luego, la idea de belleza en Europa y en América Latina es prácticamente opuesta: aquí siempre ha causado rechazo que las niñas  destaquen sus atributos femeninos, pues la verdadera belleza reside en la naturalidad y en la inocencia que años más tarde ya no tendrán, ¿por qué desposeer estas cualidades propias de la edad? ¿Luego no nos esforzamos por parecer más jóvenes? Estos interrogantes, que son puras paradojas, nos las hacemos en Europa.

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Para vestir a una niña con motivo de un acto social, hay que apostar por la sencillez y por la pulcritud. Los colores no deben ser más de tres y estos combinarán armoniosamente.  Los vestidos y las faldas deben alcanzar las rodillas y el talle no se marcará hasta los doce años de edad. El abrigo será de lana y no dejará asomar el vestido o la falda por debajo. Las formas del vestido deben ser rectas, sobre todo para no dejar notar el incipiente pecho a partir de la pubertad que tiene lugar entre los diez y doce años.

Deben llevar hecho un peinado bonito y se admiten, perfectamente, adornos de cintas en la cabeza o pequeños sombreros para el exterior.

Jamás llevarán laca de uñas, maquillaje ni alhajas; sólo pendientes y alguna cadenita o pulsera regalada en la primera comunión.

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Los niños asisten a un acto formal con traje de chaqueta beig o gris con camisa y con jersey fino de lana encima (si hace fresco). Llevarán camisa blanca para las celebraciones religiosas y corbata a partir de los ocho años de edad.

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Tanto los niños como las niñas, jamás llevarán manchas de tinta ni de rotulador en las manos ni las uñas sucias. Tampoco vestirán de negro a no ser que se trate de un funeral. Podrán vestir de negro desde los dieciséis años.

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Las adolescentes:

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A partir de los diez o doce años comienza a desarrollarse el pecho de las chicas. Entre este intervalo y los catorce años, se recomienda que no asistan a un acto formal con vestidos estrechos o escotes, apostando por las formas rectas. Siempre usarán medias.

Hasta los dieciséis años no deben lleven llevar zapatos de tacón, maquillaje, perfumes, laca de uñas o cualquier elemento que evoque a la mujer. De no ser así, darán una imagen extravagante. Aunque desesperen, hay que hacerles entender que tienen toda una vida por delante para lucirse. Ni qué decir que no irán acompañadas de un chico hasta que sean mayores de edad, reitero, en actos sociales.

Respecto a las alhajas, entre los doce y dieciséis años, se permiten las siguientes: gargantilla de oro, reloj de pulsera, cadenita de oro con medalla, pulsera de oro y ningún tipo de anillo, salvo un escudo de armas en el dedo meñique de la mano izquierda. El primer anillo que una chica se pone es el de prometida o el de los esponsales.

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Los adolescentes:

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A los chicos adolescentes hay que convencerles que cuiden su aspecto y su higiene personal, sobre todo entre los trece y los dieciséis años, edad en la que está proliferando el bello y la actividad apocrina.

El único aderezo que podrán llevar es un reloj y, al igual que las chicas, no llevarán ningún anillo, salvo el escudo de armas si lo tuvieran.

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