Archivo de la categoría ‘Protocolo en la mesa’

Situaciones embarazosas en la mesa. Cómo reaccionar adecuadamente ante ellas según el protocolo

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El comedor, ya sea de una casa particular o de un restaurante, es el espacio donde concurren, con seguridad, la mayor parte de las situaciones embarazosas que una persona puede experimentar, sobre todo cuando se es poco avezado en el protocolo. La mesa, elemento central del comedor, ha dejado de ser aquel soporte que en tiempos prehistóricos servía para poner las viandas que iban a ser consumidas para convertirse, en tiempos modernos, en el núcleo inequívoco de toda reunión social.

Como se ha mencionado muchas veces en otros artículos, la necesidad del ser humano de relacionarse y de compartir alimentos con sus semejantes se ha visto reflejada en todas las eras  en el ritual de la comida, casi siempre en torno a la mesa.

El esmero y el agasajo que se ofrece en la mesa son casi siempre inherentes al cariño que se profesa a los comensales. Esta complacencia al convidado se ha venido utilizando desde hace siglos, además, para intereses lucrativos y para aprovecharse, en definitiva, de la oportunidad que brinda ese momento jocundo que suele darse en torno a una mesa bien servida y opípara en manjares.


Alrededor de la mesa se han cerrado importantísimos acuerdos; se han pactado las condiciones de  matrimonios, y se han tratado multitud de negociaciones de toda índole. Pero la mesa es también el lugar por excelencia en la que las familias y amigos festejan acontecimientos, ya sean corrientes, como un aniversario o una cena de empresa, o gloriosos, como puede ser la celebración de una boda.

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La mesa es, así, un espacio fundamental en la vida de relación social. Posiblemente, la mesa sea uno de los escenarios donde más ha insistido el protocolo; y es que es en la mesa donde hay que extremar la buena educación y donde se hace preciso poner de manifiesto el respeto hacia los demás, ya que hablamos de un acto tan importante como es el comer.

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El uso de la servilleta. Su presentación en la mesa y el modo correcto de usarla

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La mantelería es uno de los elementos que refleja el tono de una mesa, de la ocasión y de un restaurante, y es por ello que debemos cuidar al máximo su elección a la hora de tener comensales en torno a la mesa, ya sea en una casa particular o en el restaurante.

Un restaurante de categoría, así como un buen almuerzo o cena en una casa particular no deben prescindir de las mantelerías de tela, pues, de otro modo, la alternativa de manteles y servilletas desechables da la impresión que el anfitrión prioriza la economía frente a la obsequiosidad hacia sus comensales.

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Actualmente, muchos restaurantes emplean pequeños manteles individuales en sus mesas, y ello obedece, con frecuencia, a un intento de ahorrar en lavandería. Estos manteles, que ya se usaban en los años setenta y en muchas tascas de antaño, se concibieron por razones de comodidad y de ahorro, pero no tuvieron en cuenta que lo elegante y acogedor para el cliente siempre gana frente a lo barato. Lo cierto es que estos pequeños manteles quedan bien si estos son de calidad y si la tabla sobre la cual se colocan es de madera lucida. Mejor quedan aún si debajo de ellos se pone un mantel de tela que contraste con el color, logrando, así, un juego de colores bonito a la vista y moderno.

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Lo que se quiere subrayar es que lo bonito y agradable siempre gana, y es por ello que en Normas de Protocolo siempre se hará hincapié en que la calidad no debe declinarse por economizar en aquellas ocasiones importantes, ya sean de etiqueta o de cumplido, así como en los restaurantes de renombre; todo ello por el bienestar de nuestros apreciados comensales.

Con esto, las buenas mantelerías, entendidas como el conjunto de mantel y servilletas a juego, no tienen que faltar nunca en una buena mesa. Este principio es comprensible para todo el público que posea un mínimo de buen gusto, pero, con él o sin él, pueden plantearse dudas acerca de cómo colocarla, sobre todo con las servilletas.

Partiendo de este problema, en este artículo se van a describir todos los pormenores del uso de la servilleta, sus reglas elementales de decoro, su posición en la mesa y su función original, que con el tiempo se ha ido transformando.

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Las relaciones con los criados o personal doméstico

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Este texto es una continuación del artículo anterior, el cual iba sobre el tratamiento de usted . En este capítulo se abordará la evolución en las relaciones entre criados y señores, la mejora de las condiciones laborales de este sector, y la cuestión del tratamiento de tú o de usted entre señores y personal de servicio doméstico.

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El personal de servicio es una institución que, como todo lo que ha vivido el paso del tiempo, se ha transmutado, aunque en este caso el cambio ha sido tajante.

En el siglo XVIII y parte del XIX, los criados formaban parte de la familia, pues muchos de ellos permanecían con ésta prácticamente toda su vida. Es por ello que, en muchas casas españolas, el conjunto de estos empleados recibía el nombre de la familia, porque sus quehaceres no sólo se limitaban a limpiar, fregar o cocinar, sino que, además, participaban en las alegrías de la casa, mediaban en asuntos de la familia, eran confidentes de pecadillos de buen perdonar (Paulina L… 1875), y tenían, incluso, potestad para reñir y consolar a los hijos.

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Los sirvientes eran una especie de agregados de la familia que reunían las virtudes de la abnegación, complacencia y solicitud hacia sus sostenedores. Pero esta unión fraternal no estaba motivada por lazos de esclavitud, ni mucho menos, sino de   respeto mutuo.

Los amos, sobre todo si eran cristianos, se erigían como protectores de sus criados; de hecho, no eran pocas las señoras que los asistían y cuidaban en la enfermedad, “convencidas que la idea de señora encerraba la condición de protectora y madre” (Coloma, L. 1914). Se trataba de señoras piadosas, por lo común, que no rehusaban considerar su hermano a un pobre lacayo.

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Hasta principios del siglo XX, el servicio doméstico era un elemento más en el hogar de clase media y alta, ya que éste era accesible desde el punto de vista económico. Por otro lado, en España todavía no se habían sentido los efectos de la industrialización, el cual dio trabajo después a miles de mujeres. Por tanto, en los siglos XVIII, XIX  y principios del XX, el trabajo de sirvienta era de los pocos a los que podía aspirar la mujer que necesitaba trabajar; de ahí el superávit de empleadas del hogar en aquella época.

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A finales del siglo XIX fue mermándose la calidad del servicio doméstico, pues los cambios de mentalidad  harían que los amos fueran perdiendo el sentimiento de protección hacia los criados. Los sirvientes, paralelamente, irían minando el valor del sacrificio, con lo que los vínculos de confianza y de concordia con la familia se irían borrando poco a poco. De este modo, el trato hacia los criados, que antes solía ser de tú (un tú de amistad), fue transformándose en un severo usted que debía existir como seña de distancia y de respeto hacia los amos.

¿Y cómo correspondían los amos a los criados en el trato? Muchos señores, influidos por la afectación que fue imponiendo Francia, se volvieron  verdaderos tiranos con los de la clase inferior, de modo que muchos de ellos hablaban tú a los servidores para mostrar las diferencias de rango. También había familias que llamaban de usted al servicio para dejar patente la distancia que debía mediar entre la servidumbre y los dueños de la casa.

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La pérdida de confianza entre criados y señores que se fue gestando a finales del siglo XIX obedece también al excedente de empleadas domésticas que había en nuestro país por aquel entonces, pues, como se ha dicho antes, el trabajo femenino todavía estaba muy restringido. En consecuencia, los amos se podían permitir tratar a la servidumbre como esclavos, ya que tenían “repuestos” asegurados en el mercado laboral.

Otro efecto de esta esta excesiva oferta de personal doméstico es el relacionado con las condiciones laborales: salarios precarios, jornadas interminables de trabajo, ausencia de días de ocio, etc. son producto de un saturada oferta en los países no avanzados.

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La Revolución Industrial en España impulsó la entrada de la mujer en el mercado laboral, ya que las fábricas que se instalaron  en nuestro país buscaban mano de obra femenina y personal para sus  cafeterías y bares. Este fenómeno redujo el contingente de criadas y de personal doméstico que estaba dispuesto a trabajar en condiciones laborales y humanas precarias. De hecho, el personal doméstico que había hasta el momento solía avergonzarse de su ocupación, dado que era consabida la bajeza con la que se trataba a las muchachas y muchachos que dedicaban su vida al servicio del hogar.

La reducción de la oferta del personal de servicio trajo consigo unos requerimientos en las condiciones económicas y laborales que sólo las familias más pudientes podían ofrecer. Así, jornadas laborales de siete u ocho horas, sueldos generosos, fines de semana de descanso y la consideración de la persona de servicio como un ser humano,  fueron haciéndose realidad a mediados del siglo XX. Concretamente, en el año 1969, se introduce una nueva ley por la cual el personal doméstico debía descansar dos días a la semana.

El personal doméstico, a causa de su escasez y de  las mejoras laborales, se convirtió en todo un lujo a partir de los años setenta, de modo que, como se ha hecho mención, las clases altas pasaron a ser las únicas que podían asimilar su coste.

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¿HAY QUE TUTEAR A QUIENES ESTÁN A NUESTRAS ÓRDENES?

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Regresando a la actualidad y a términos aplicables, hay que apercibir a las personas que tengan el privilegio de disponer de servicio doméstico que nunca hay que tratar de tú a estas personas por el hecho de ser servidores nuestros, y mucho menos lo deben hacer los niños. Todas las personas, en independencia de su condición social o rango, merecen el mismo respeto y están sujetas a las mismas reglas de cortesía que los demás. A no ser que entre servidores y mantenedores exista plena confianza, no se les ha de tutear. Lo mismo advertir a los servidores, quienes siempre deberán de hablar de usted a los señores de la casa, excepto a los niños.

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La persona que cuente con servicio doméstico ha de acogerse a una regla esencial si desea que las relaciones con el servicio sean gratas. Esta regla esencial es dar ejemplo de cortesía y de respeto. Pedir las cosas con un por favor y ser amable con el empleado doméstico garantizan casi siempre un trato análogo por parte del otro. Si a un criado se le exige urbanidad, los primeros que deben mostrarla son los dueños de la casa; lo contrario sería despotismo.

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Noelia Tari ©

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Objetos raros de la mesa: los posacubiertos

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Existe una serie de objetos inusuales de mesa que merecerían ser recogidos en una nueva subcategoría del blog, cuyo nombre sería objetos raros de la mesa por su excentricidad y por su desacostumbrado uso en la mesa actual.

Los posacubiertos, sujeta-cubiertos o reposa-cubiertos son los nombres que reciben popularmente los puentecillos o soportes destinados al reposo de los cubiertos cuando no se hace uso de ellos. Su misión es la de no ensuciar el mantel, principalmente; pero, ahora bien, las reglas más elementales de protocolo y buenas maneras indican que el cuchillo y el tenedor jamás deben permanecer sobre el mantel cuando éstos ya están sucios, sino que deben apoyarse sobre el plato.

Ni siquiera los tres nombres con los que se designa a estos utensilios se contemplan en el diccionario de la Real Academia Española. Con todo, el nombre que mejor alude a estos soportes es el de salvamanteles, sustantivo que emplea Antonio Armenteras (1959)  para mencionar a estos cachivaches.

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Aspecto de una mesa con los posacubiertos

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Guía para preparar una mesa de café

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En el artículo anterior se ha hecho alusión a una parte de la historia del café, que es la concerniente a las típicas tertulias españolas, cuyo máximo exponente es la bebida de café. En este capítulo se va a referir el protocolo que debe presidir en una sobremesa de café, en un desayuno o en una merienda, es decir, en los tres momentos más habituales en los que se toma café.

El café es la bebida más conocida entre las aromáticas. Entre sus propiedades, destaca su  facultad para activar la circulación de la sangre, para estimular la memoria y  su  eficacia para facilitar la digestión. Pero el café también desvela, porque aumenta las palpitaciones, no siendo apto para niños, personas nerviosas o para antes de irse a dormir.

El mejor café es aquel que se toma recién molido, de ahí que las cafeteras exprés  gocen de mayor reputación que las cafeteras tradicionales, que a menudo emplean café previamente molido.

La cafetera  aparece a principios del siglo XX. Antes de su creación, el café se hacía calentando agua en un cazo. Cuando el  agua comenzaba a hervir, el cazo se tapaba, dejando reposar el líquido retirado del fuego un rato. Para servirlo, el café se colaba, y ya estaba listo para tomar.

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Una de las características más interesantes del café es su condición de centro de las reuniones sociales. Esto ocurre no sólo en España, sino también en otros países, como Estados Unidos, Italia o Suecia, donde el café ocupa una posición importante en la vida social.

En el capítulo precedente hemos visto cómo el café fue el complemento esencial en las charlas vespertinas que se desarrollaban en los cafés de tertulias. Lo que no se reseñó fue que estas tertulias del siglo XVIII y XIX  no sólo acaecían en establecimientos públicos, sino también en salones privados, donde el café siempre fue inherente a ellos.

El café, así, ha creado toda una cultura, con sus ritos de preparación y de servicio, pues, como en todas las ocasiones encumbradas de la vida, aquello que es importante socialmente tiene unas costumbres que llegan a convertirse en ley.  Esa ley o conjunto de normas es el  protocolo.

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Los cafés de tertulias y los clásicos desayunos españoles

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El café es una bebida aromática muy arraigada a la cultura de la tertulia española. Forma parte de los centros de reunión donde los individuos toman decisiones importantes, conversan o, simplemente, se relacionan, siendo indispensable, también, en una buena sobremesa, desayuno y en el momento coffee break, término moderno donde el café es el protagonista por excelencia.

El café inspira ideas, y en ello coinciden Benito Pérez Galdós y Camilo José Cela, dos autores españoles que describieron vívidamente las sensaciones que destilaba el café como bebida y los cafés, pues la palabra café posee una doble acepción, siendo una de ellas la bebida obtenida de la semilla del cafeto y otra el establecimiento donde se vende esta bebida, hoy más conocido como cafetería. En este artículo se recopilan aquellas sensaciones citadas por estos autores para ilustrar, si cabe, ese ambiente se respiraba en los antiguos cafés de tertulia madrileños, donde unos tomaban café con leche como alimento y otros como complemento; donde, además, el español se forjó como un ser hablador, y donde el café como infusión fue testigo de la asimilación de conocimientos de personas que nunca leyeron un libro.

El mundo del café y de sus tertulias en establecimientos públicos  posee un estudio apasionante, pues el sujeto cae en la cuenta, en un primer momento, de cómo el ser humano necesita relacionarse con sus semejantes y, en última instancia, de cómo la opinión pública ha impulsado verdaderas corrientes de pensamiento en estos círculos.

En el subsiguiente artículo se va a referir el protocolo que debe presidir en una mesa de café bien puesta, acompañando dicho protocolo con fotografías originales que pueden servir de orientación a la hora de preparar la mesa para el café.

Por último, se ha considerado esencial incluir imágenes y una descripción del llamado coffee break, término de origen americano para designar el descanso que se hace para tomar el café u otro alimento en una reunión de trabajo, en un congreso o en una conferencia.

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Protocolo de la petición de mano

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En el artículo anterior se desarrolló el origen de la petición o pedida de mano, haciendo un repaso histórico y geográfico de sus peculiaridades. Se trató el noviazgo de antaño como una institución controlada por la comunidad, en concreto por las familias, por ostentar el papel de gobernadores de la vida de los hijos, especialmente de las hijas. Se definió la petición de mano como un protocolo tradicional en el que el novio, por mediación de de sus padres o un peticionario, pedía la mano de la novia a sus padres, ya que la hija “pertenecía a sus padres”.  Con el transcurso del tiempo, la mujer fue liberada del dominio por parte del hombre, obteniendo libertad de elección y de acción (esto más tarde) en sus relaciones amorosas.

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El protocolo de la petición o pedida de mano ha sido diferente de acuerdo a la mentalidad imperante de cada época. En los pueblos primitivos eran los padres quienes planeaban los matrimonios y arreglaban todo lo relativo a las estipulaciones económicas. A menudo, los futuros contrayentes no se conocían.

Lo más habitual era que la novia fuera comprada por la tribu del novio, y los padres de ella ponían, por su parte, la dote, que ha dado origen al ajuar o trousseau de la novia.

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Hubo una segunda etapa en la que los novios podían elegir a su candidato, pero el noviazgo debía ser aprobado por los padres de la novia. Se trata de un período donde aún predominaban los intereses económicos y de rango  sobre el amor, y en el que todavía los padres definían los pactos matrimoniales. Las familias seguían decidiendo y organizando la vida de los novios.

En las familias nobles y en las casas reales había tres fases diferenciadas en el camino que conducía el noviazgo hacia el matrimonio: la pedida de mano, el contrato y los esponsales. Desde hace mucho tiempo, la pedida de mano y los esponsales se han unificado; si acaso, ambos protocolos se llevan a curso en las familias de mayor relevancia social. En otro artículo se aclarará en qué consisten los esponsales y su diferencia con la pedida de mano y el matrimonio, con el que también se confunde a menudo.

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Una tercera etapa la conforma la petición de mano en la que la novia es consultada y sabe, en muchos caso, que su novio le va a pedir matrimonio. Ha habido previamente una relación de noviazgo que los novios, simplemente, deciden formalizar.

El ceremonial tradicional,  en el que el novio, con sus padres, visita a los padres de la novia, se mantiene, pero la novia decide y ya no hay firma de contrato entre ambas familias. Es la petición de mano tradicional de los años cincuenta, sesenta y setenta del siglo XX, cuyo protocolo ha perdurado hasta la actualidad con algunas modificaciones.

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Los condimentos en la mesa

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A veces, la comida necesita un aderezo para resultar perfecta o simplemente es el gusto de cada persona el se inclina por un sabor más o menos acentuado. El sentido del gusto no es homogéneo para todos, variando en función de las papilas gustativas de cada persona. Por esta razón, en una mesa siempre es recomendable poner lo básico del petit menaje, es decir, el salero y el pimentero.

El petit menaje se compone de los recipientes de condimentos y salsas que puede requerir el comensal para completar el sabor de un alimento: la vasija de la sal, de la pimienta, la mostaza, el tabasco, la salsa de soja, bovril, etc. En este grupo también se incluye el bicarbonato y el palillero, que a veces en la mesa puede ser solicitado.

La totalidad de este pequeño menaje no se pone en la mesa, tan sólo lo que nos pueda pedir en un momento determinado un invitado y el esencial salero y pimentero.

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Ningún condimento se sirve con los dedos, aunque sea granuloso, como la sal o la pimienta. Si el frasco que lo contiene lleva dosificador, se esparcirá el condimento sobre la comida ayudándose de éste. Si el recipiente, por el contrario, no lleva, se servirá el aderezo con la cucharilla destinada para este fin o, en su defecto, con la punta de nuestro cuchillo, siempre que esté limpio.

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Actualmente, incluso en cenas formales, los frascos de sal y de pimienta  se ponen en el centro de la mesa para que el comensal los vaya asiendo conforme los necesite. En otros países, es costumbre acompañar algunos platos con mostaza, de modo que en centro de la mesa se coloca uno o varíos tríos compuestos por el salero, el pimentero y un tarrito con mostaza y su cuchara.

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La sal puede ir presentada de dos formas: en un salero de cristal o plata con agujeros, que hacen las veces de dosificador, o en una vasija pequeña con una cucharilla diminuta, debido a la mesura que requiere este condimento. La pimienta se presenta en un frasco a juego con el salero con agujeros dosificadores también. Por último, la mostaza se deposita en un recipiente generalmente opaco con tapadera, para evitar la posible entrada de moscas. El recipiente incluye una pequeña cucharilla que está en todo momento dentro  de  éste con el mango hacia el exterior.

Cuando nos servimos mostaza o alguna salsa, nos serviremos con la cuchara adjunta una pequeña cantidad que pondremos en un lado del plato para ir acompañando con cada bocado. Las salsas líquidas (la de soja, por ejemplo), se extiende sobre la vianda.

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Algunas cuberterías antiguas suelen incluir saleros y pimenteros individuales a juego con el conjunto, compartiendo grabados y detalles. Se trata de pequeñas piezas que se colocan delante y a la derecha de cada comensal (a la izquierda va el plato del pan). Los saleros individuales antiguos más fastuosos llevan una pequeña cucharilla de servicio y siempre se ponen anexos a los pimenteros, con el que combina. Actualmente, no es usual poner el servicio de sal y pimienta individual porque recarga la mesa y por la consabida comodidad que reina en la vida moderna. Es muy difícil, de hecho, encontrar estos pequeños recipientes por la escasa demanda que hay de ellos. En anticuarios pueden encontrarse, si hay suerte,  en las secciones de figuritas y objetos pequeños.

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Los niños en un acto social y en cenas formales

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Muchos padres se han preguntado qué hacer con los niños en un acto social cuando reciben la invitación impresa. No nos referimos a dónde dejar a los niños, sino a la conveniencia de llevarlos a la cita o no.

No son escasos los padres que se toman como ofensa que en una invitación no figure el nombre de los hijos o simplemente “Señor, señora e hijos”, ni tampoco lo son aquellos que deciden llevarlos a casa ajena aun sabiendo que no es lo correcto. Recuerdo una escena muy graciosa y, a la vez, muy representativa, de la serie La que se avecina, en la que los señores  apodados como “cuquis” se presentan en la casa del matrimonio joven con todo el séquito de críos para cenar ante la mirada atónita de los anfitriones. Estos casos se deben evitar a toda costa por tres motivos elementales  que jamás deben olvidarse:

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- El buena anfitrión calcula la comida a servir previniendo, siempre, que nunca falte: “más vale que sobre que falte”.

- Hay que atenerse a una regla de urbanidad muy básica que es: “donde no seas invitado, no vayas”.

- No llevaremos niños a ningún acto nocturno, pues les entra sueño y esto puede perturbar la velada.

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No es necesario hablar de los posibles destrozos de figuras, alboroto y ruidos que puedan ocasionar. Hay restaurantes, de hecho, que no permiten  niños por estas razones, sobre todo aquellos de ambiente sosegado pensados para disfrutar de reuniones tranquilas.

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Los niños tampoco deben asistir a una boda nocturna, a pesar que esto no se cumple en nuestro país y las bodas se convierten en auténticas jaranas. Cuando asistamos a una boda nocurna, buscaremos un familiar, una cuidadora o unos amigos de confianza que se queden esa noche con los niños. Si la boda se celebra por la mañana, sí son admisibles los pequeños. En este caso, procuraremos adaptar su indumentaria a la etiqueta que el acontecimiento exige,  del mismo modo que lo hacemos con nosotros mismos.

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La boda de alguien de gran confianza, las procesiones y las reuniones familiares en torno a la mesa en días señalados son de los pocos actos formales a los que pueden asistir los niños. En los demás actos de etiqueta (repeciones, festivales benéficos, conciertos de ópera, cenas de gala, etc.) no deben acompañarnos porque, además, suelen tener lugar por la noche.

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REUNIONES EN LA MESA CON NIÑOS: almuerzos y cenas

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Las premisas antes mencionadas dejan de ser estrictas cuando las reuniones se producen en un círculo de confianza, ya sean amigos o familiares. Esto es así porque, entre otras cosas, si los niños comienzan a agarrar objetos, arañar los sillones o a hacer cualquier otra travesura,  los familiares o amigos de los padres, en razón de la confianza que hay entre ellos, están autorizados para amonestar a los niños si los padres no presencian estas trastadas. De otro modo, si llevamos a los niños a casa de algún compañero de negocios o de una persona menos afín, ésta se verá sometida a una situación de intranquilidad sin merecerlo; por eso, y por una cuestión de respeto y decencia, debemos evitar estas situaciones siempre.

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Hay que aleccionar a los niños unas normas de comportamiento en la mesa que, aunque parezcan muy rígidas, son de lo más básicas para desenvolverse con dignidad en la sociedad. Desgraciadamente, muchos padres las ignoran por completo o no se molestan en enseñar ciertos modales por desidia o desinterés. Sentarse a la mesa no es sólo comer y nutrise. No hay que olvidar que la comida en torno a la mesa es un ceremonial ancestral que tiene como fin el acto de compartir con los seres queridos; y no sólo se comparten los alimentos, sino también las experiencias, con la conversación. La mesa une y, por lo tanto, precisa un comportamiento alrededor de ella, unas pautas o un protocolo, que son esenciales  imbuir a los hijos desde que son pequeños. Un niño bien educado se distinguirá del resto y tendrá más oportunidades en el futuro que otro malcriado.

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Hay que controlar mucho las siguientes normas para estar en la mesa. Son las principales que marcan una buena educación para el presente y para el futuro, y nunca se olvidan:

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- Adoptar una postura que no moleste a los de al lado.

- No sentarse de costado ni recostado.

- No cruzar las piernas ni los pies.

- No apoyar los codos en la mesa, pero siempre tener los brazos delante apoyando sólo los antebrazos.

- No poner los pies sobre los barrotes de las sillas.

- No jugar con los cubiertos ni con cualquier cosa. Mucho menos con el cabello.

- Sentarse cuando le indiquen su sitio.

- No entrometerse en conversaciones de los mayores.

- Si hay alguna parte de la comida que no le guste, acostumbrarle a no hacer nunca muecas de asco. Se apartará dicha parte a un lado sin más.

- Aprender a utilizar los cubiertos. No mantener el cuchillo con la punta hacia arriba.

- No comer con la boca abierta.

- No hablar con la boca llena.

- No pasar el brazo por enmedio de la mesa y mucho menos sobre el espacio de un comensal. Si no alcanza la jarra de agua o el salero, que lo pida al compañero.

- No comer con glotonería. Enseñarles que no hay prisa. Esto suele molestar mucho a los demás porque puede denotar avaricia.

- Pedir las cosas con un “por favor” y después dar las gracias.

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Todos los niños deberían aprender estas normas y las demás de los mayores al igual que aprenden las distintas lecciones en la escuela a lo largo de su enseñanza de forma gradual.

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Si el matrimonio invitado tiene hijos pero éstos ya no son tan niños, podrán acompañarles sólo cuando sean mayores de edad, tengan gran confianza con los anfitriones y hayan sido manifiestamente invitados.

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Los hijos de los anfitriones

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¿Y los hijos de los anfitriones? Si a los invitados no se les permite llevar niños, los hijos de los anfitriones tampoco se admiten en este tipo de reuniones. Tan sólo se dejarán ver para saludar a partir de cierta edad, desde los siete años, generalmente.

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Antiguamente, se recurría a los niños de la casa para emplearlos, durante las visitas, como ayudantes en algunos menesteres delicados, como era, por ejemplo, el acompañar a los invitados a la  puerta a la hora de irse si había más invitados a los que los anfitriones no podían desatender. En la actualidad, no se encomiendan estas misiones a los niños porque no son estrictamente necesarias. Sin embargo, sí pueden echarnos una mano para poner la mesa o para preparar el aperitivo.

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Si tenemos una cena formal en casa, los niños con una edad hasta seis o siete años no deben aparecer durante la estancia. Dormirán en casa de un familiar, de un amigo de confianza o estarán en su cuarto o zona de juegos con una cuidadora. No cenará con los invitados bajo ningún concepto.

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Desde los siete a los dieciocho años, si están en casa, saludarán a los invitados a su llegada pero se marcharán a su cuarto o a una sala propia. Tampoco cenarán con los invitados. Cuando se vayan a dormir, los chicos se despedirán de los invitados, pues cuando éstos últimos se marchen, ellos ya estarán durmiendo.

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Los hijos mayores de edad están calificados para relacionarse con el círculo de los padres, pero sólo cenarán con ellos cuando se conozcan suficientemente.  A la llegada de los invitados, saludarán cordialmente. No se sentarán con los invitados en la mesa y ni mucho menos estarán presentes en la tertulia del café, pues el momento de confidencias por excelencia.

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RESERVAS CUANDO VAMOS DE VISITA CON NIÑOS

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Aunque las personas a la que vayamos a visitar sean de gran confianza, tenemos que tenerles consideración e intentar no prolongar mucho a visita si vamos con varios niños. Podemos pensar que a los anfitriones no les importará porque tenemos lazos fraternales, pero el alboroto que pueden provocar los críos seguramente les incomode. Es muy importante ponerse en la posición del otro y reflexionar que, aunque nosotros estamos acostumbrados, ellos quizás no.

Si se va a visitar a un anciano, también hay que intentar acortar el tiempo de visita, respetando su condición de persona susceptible a los ruidos y a la algazara. Lo mismo decir respecto las personas enfermas,  lábiles y sensibles a todo tipo de bullicios.

Si se trata de un hijo mayor de edad, podrá asistir a todos los acontecimientos siempre que sea convidado. Sea cual sea el contexto de una reunión, se harán las presentaciones oportunas:  Los padres, al presentar su hijo a unos amigos, dirán  “Mi hijo Manuel”, por ejemplo; y  después, harán lo mismo con los amigos, diciendo: “Mi amiga María del Carmen y su esposo Alfonso” . Hay que tener muy en cuenta que, cuando se presenta a alguien, nunca se le presenta con el Don, señorita o señor/a, simplemente se dice el nombre, el nombre y los apellidos o el nombre, apellidos y cargo o distinción.

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CONSEJOS SOBRE LA INDUMENTARIA DE LOS NIÑOS

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El vestido puede convertirse en un asunto ampliamente discutible porque la moda ha impregnado los estantes de la ropa infantil, algo impensable hace pocas décadas. Por otro lado, en el caso de las niñas, el concepto de belleza es muy distinto en España y en Sudamérica. Aquí, en España, se mantiene la efigie cándida de las niñas hasta los once o doce años, mientras que en Sudamérica se tiende a realzar la hermosura de las niñas a expensas de maquillajes, peinados y vestidos aquí impropios de una criatura. Así, mientras en España y en gran parte de Europa son impensables los concursos de belleza infantil, en el otro lado del Atlántico éstos proliferan desde hace años.

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Desde luego, la idea de belleza en Europa y en América Latina es prácticamente opuesta: aquí siempre ha causado rechazo que las niñas  destaquen sus atributos femeninos, pues la verdadera belleza reside en la naturalidad y en la inocencia que años más tarde ya no tendrán, ¿por qué desposeer estas cualidades propias de la edad? ¿Luego no nos esforzamos por parecer más jóvenes? Estos interrogantes, que son puras paradojas, nos las hacemos en Europa.

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Para vestir a una niña con motivo de un acto social, hay que apostar por la sencillez y por la pulcritud. Los colores no deben ser más de tres y estos combinarán armoniosamente.  Los vestidos y las faldas deben alcanzar las rodillas y el talle no se marcará hasta los doce años de edad. El abrigo será de lana y no dejará asomar el vestido o la falda por debajo. Las formas del vestido deben ser rectas, sobre todo para no dejar notar el incipiente pecho a partir de la pubertad que tiene lugar entre los diez y doce años.

Deben llevar hecho un peinado bonito y se admiten, perfectamente, adornos de cintas en la cabeza o pequeños sombreros para el exterior.

Jamás llevarán laca de uñas, maquillaje ni alhajas; sólo pendientes y alguna cadenita o pulsera regalada en la primera comunión.

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Los niños asisten a un acto formal con traje de chaqueta beig o gris con camisa y con jersey fino de lana encima (si hace fresco). Llevarán camisa blanca para las celebraciones religiosas y corbata a partir de los ocho años de edad.

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Tanto los niños como las niñas, jamás llevarán manchas de tinta ni de rotulador en las manos ni las uñas sucias. Tampoco vestirán de negro a no ser que se trate de un funeral. Podrán vestir de negro desde los dieciséis años.

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Las adolescentes:

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A partir de los diez o doce años comienza a desarrollarse el pecho de las chicas. Entre este intervalo y los catorce años, se recomienda que no asistan a un acto formal con vestidos estrechos o escotes, apostando por las formas rectas. Siempre usarán medias.

Hasta los dieciséis años no deben lleven llevar zapatos de tacón, maquillaje, perfumes, laca de uñas o cualquier elemento que evoque a la mujer. De no ser así, darán una imagen extravagante. Aunque desesperen, hay que hacerles entender que tienen toda una vida por delante para lucirse. Ni qué decir que no irán acompañadas de un chico hasta que sean mayores de edad, reitero, en actos sociales.

Respecto a las alhajas, entre los doce y dieciséis años, se permiten las siguientes: gargantilla de oro, reloj de pulsera, cadenita de oro con medalla, pulsera de oro y ningún tipo de anillo, salvo un escudo de armas en el dedo meñique de la mano izquierda. El primer anillo que una chica se pone es el de prometida o el de los esponsales.

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Los adolescentes:

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A los chicos adolescentes hay que convencerles que cuiden su aspecto y su higiene personal, sobre todo entre los trece y los dieciséis años, edad en la que está proliferando el bello y la actividad apocrina.

El único aderezo que podrán llevar es un reloj y, al igual que las chicas, no llevarán ningún anillo, salvo el escudo de armas si lo tuvieran.

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Las mantelerías. Breve historia de la decoración de la mesa e indicaciones de cómo poner correctamente un mantel

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Para la gran mayoría de los jóvenes, las mantelerías buenas, perfectamente bordadas, ya sea sutil o vistosamente, pertenecen al pasado. Sin embargo, posiblemente, ninguno de ellos las considere feas, pues es indiscutible que la belleza de estas esmeradas piezas es más que palmaria: obras de artesanía con adornos inspirados en la naturaleza, cadentes y acertadamente coloridos pocas veces podrán ser considerados feos. Difícilmente, además,  se despreciará la calidad de estas piezas a las que nos referimos. ¿Qué ha ocurrido entonces con los viejos manteles del ajuar? ¿Por qué ya no se usan? La razón no está en el rechazo de su aspecto, sino en su cuidado, en el miedo que produce el que se manchen y, sobre todo, porque la ropa de mesa requieren un lavado posterior.

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Mantel de labor para té

Este artículo no es un llamamiento a la recuperación de lo antiguo; cada uno que use lo que quiera,  ¡por supuesto!  Sólo se reflexionará sobre la funcionalidad de los hogares y de su decoración, nacida de la funcionalidad de las ciudades, y que a veces, impresionar a los invitados, puede ser de lo más sencillo si disponemos de buena voluntad.

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Existe un dualismo que es la decoración tradicional y la decoración  moderna: la primera caracterizada por el adorno y la segunda por su sobriedad y función práctica. Muchas veces, la decoración tradicional se considera más bonita que la moderna aunque más supreflua, pero éstas son visiones subjetivas de las cosas. Sí que es una realidad  que, en materia de decoración, lo moderno es una evolución de lo antiguo.  No obstante, hay muebles e utensilios que, cuando se inventaron, sólo evolucionaron en pequeños elementos porque pronto alcazaron su perfección. Es el caso, por ejemplo, de la mesa, ideada en la Prehistoria para sacrificar animales y  generalizada para comer en la Edad Media, pero sin cambiar apenas su forma. Sin embargo, la silla comienza a adoptar poco a poco su morfología en la Antigua Roma con sus tricliniums, asientos para comer recostado, de modo que, como mueble para sentarse a comer, adoptó más formas que la mesa para convertirse en lo que es. Por no hablar de los cubiertos… Los primeros que hacían las veces de cuchara no eran más que cacillos sin mango. Se inventaron en el siglo XVI pero no sería hasta el siglo XVIII cuando se popularizara su uso.

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¿Cómo se llega a este antagonismo entre lo antiguo y lo moderno? Para hallar su explicación tenemos que remitirnos a principios del siglo XX, concretamente al período de entreguerras, que establecerá un cambio fundamental en la configuración tanto de las ciudades como de los hogares en el mundo occidental. En este período se dispara la racionalización y concentración de viviendas en bloque con el fin de mejorar la calidad de vida en las ciudades, todo ello como respuesta al desorden e insalubridad que reinaba en las ciudades. Esta idea de racionalización afectaría no sólo al urbanismo, sino también a la arquitectura y a la decoración de los hogares.  Comienza la era de lo práctico o útil.

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La incorporación de la mujer al mundo laboral,  el descenso de la natalidad, las jornadas laborales que obligan a comer fuera de casa y la casi supresión de personal del servicio doméstico (criadas),  son las principales razones de la reducción del tamaño de las viviendas. Las amas de casa comienzan a perder el tiempo que dedicaban al esmerado cuidado del hogar, de modo que van desapareciendo poco a poco los viejos cachivaches y muebles innecesarios y pesados de limpiar.

Antiguamente, era frecuente que la clase media dispusiese de personal de servicio, de manera que el boato en la casa era de lo más normal, ya que había una persona encargada de su mantenimiento. Este personal de servicio, o sea las criadas,  sería cada vez menos habitual porque se irían incorporando a otros trabajos menos esclavos (fábricas, bares, etc.), así que, al haber menos demanda, su servicio se encarecería estrepitosamente, siendo accesible sólo para las clases más altas.

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Las nuevas formas de la vida moderna, basadas en la prisa y condicionadas por el trabajo fuera de casa, comienzan a repercutir en la decoración de la casa y en el grado de esfuerzo dedicado a la preparación de la mesa. Tanto padres como niños comen más fuera de casa, de manera que se reduce el espacio de la cocina y cada vez pierde más función la gran mesa del comedor porque, además, las reuniones con amigos concurren más en restaurantes. Aparte, se recurre a comidas preparadas y de elaboración sencilla.

Esta serie de circunstancias han dado lugar a una configuración de las viviendas que bien difiera de las del pasado. Así, antiguamente, era normal tener dos cocinas en la casa, una para usarla como tal y otra más “de adorno” para impresionar a los invitados. Ello hace significar que la cocina tenía un valor muy importante en una casa y no es de extrañar porque en ella se vivía durante muchas horas del día.

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El acto de deslumbrar con la decoración ha sido muy frecuente desde el Barroco, aunque en cada época se ha hecho con diferentes cosas.  La mesa comienza a decorarse con candelabros, mantelerías y demás servicios en esta época caracterizada por la suntuosidad. Es también en este período cuando se establece el modelo de cómo hay que poner la mesa que continúa vigente en nuestros días. A pesar de esto, en la actualidad, ya no se presume tanto de vajilla ni de cristalería; ahora es el turno de otras cosas, como el televisor o el robot que limpia solo la casa.

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En el caso que nos compete, el de las mantelerías, entendidas como el juego de mantel y servilletas de tela, es natural que su uso haya decaído debido a la falta de tiempo para su cuidado. Antes, cuando la mujer no trabajaba fuera de casa, dedicaba mucho tiempo a la limpieza y planchado de la ropa de hogar o era el servicio doméstico quien se ocupaba de estas fastidiosas tareas. Ahora, la falta de tiempo y la visión utilitaria de las cosas, han conducido al uso de alternativas más prácticas aunque menos elegantes, como el uso de manteles desechables (papel) o de fácil limpieza (manteles de plástico).

Esta tendencia de lo práctico no ha trascendido únicamente a las mantelerías, sino también a las cuberterías, cristalerías y vajillas. En los servicios de mesa se busca lo cómodo e útil, huyendo de las piezas recargadas que suelen coincidir con las más delicadas.  Todo esto incluso en reuniones con invitados, al contrario que antes, cuando éstas eran verdaderas ceremonias donde no se escapaba ningún detalle. Siempre el protocolo ha perdonado ciertos pormenores en el círculo familiar o cuando los lazos de confianza son muy estrechos, pero actualmente, en eventos formales y en muchos ámbitos de la hostelería se está perdiendo el decoro y ciertos detalles que harían la estancia mucho más agradable a los comensales. Se ha impuesto lo cómodo, rápido y práctico, el esquema por excelencia de estos tiempos.

En la actualidad, una mesa bien puesta se logra armonizando sus servicios. Esto es fácil de conseguir si se recurre a las formas sencillas y a monocromáticos o adornos sutiles que siempre encajan bien con todo. La versatilidad se ha apoderado del menaje, desterrando las piezas pomposas  por muy bonitas que sean. Prevalece, como hemos dicho, lo práctico, aun a costa de renunciar a lo exquisito.

Entonces, ¿se ha perdido la belleza de la mesa bien puesta? ¿Es más o menos bonita una mesa con candelabros, mantel adamascado y cubiertos de plata? La respuesta depende del grado de conservadurismo de cada uno, es decir, de su gusto por la estética tradicional o moderna.

Es curioso, a colación de este tema, cómo ha ido aumentando el sector de coleccionistas y amantes de lo antiguo en las últimas décadas mientras, paralelamente, han ido multiplicándose los adeptos a lo moderno e, incluso, a lo futurista. En los años sesenta comienzan a extenderse los anticuarios, repletos de todo aquello retirado de los hogares por resultar superfluo o poco funcional. Simultáneamente, surgen sectores que demandan estos artículos, pues el estilo vigente de la época ya causaba las primeras añoranzas de objetos del pasado. Este es un fenómeno que todavía ocurre.

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INFORMACIÓN Y ORIENTACIÓN SOBRE LAS MANTELERÍAS

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Antiguamente, el ajuar de la boda siempre incluía una o varias mantelerías formidablemente bordadas que casi nunca se usaban por miedo a que se ajasen. Era común que los picos del mantel y las servilletas a juego vinieran con dos iniciales bordadas. Estas iniciales correspondían al nombre y primer apellido del marido o bien se trataba de las iniciales del nombre del marido y de la esposa. El “tu y yo” casi siempre iba bordado de esta forma. Es una pequeña mantelería que acostumbraba regalarse como parte del ajuar y que tenía dos servicios: el del matrimonio. Se ponía para el desayuno normalmente, aunque también valía para el té.

Estas  mantelerías personalizadas son raras de ver hoy en día, salvo en casas de ilustre linaje donde el apellido familiar quiere destacarse en todo momento. También era muy normal grabar las iniciales en pañuelos, sábanas e, incluso, en las familias nobles, se hacía en las camisas del marido.

Muchos de los lectores siquiera habrán conocido este tipo de equipos, pero eran bastante frecuente. Pueden preguntar a algún familiar de edad para cerciorarse mejor.

No se tenía apenas conocimiento de los materiales desechables. Aunque fueran diez miembros en la casa, mantel, servilletas, pañuelos, delantales y pañales se lavaban y reutilizaban, de modo que pueden imaginarse el tiempo que había que dedicar después en el lavado y planchado de estos enseres. Hoy todo esto ha cambiado a favor de la simplicidad y del desahogo.

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El mantel tiene como principal función proteger el material de la mesa y adornarla. Esto todos lo sabemos. Ahora vamos a exponer una serie de pautas para escoger, colocar y cuidar bien las mantelerías.

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Primero, es imprescindible disponer de una buena mantelería que nos sirva para todas las reuniones en torno a la mesa. Es posible que un mantel sea polivalente luciéndolo en comidas, meriendas y cenas. La clave está en escogerlo blanco, bueno y moderado en adornos. La sencillez de las formas tiene como principal ventaja que conjuga con todo. El término medio no chirría por quedarse austero ni por resultar recargado; por esta razón, un mantel blanco de buena calidad nos sirve para cualquier ocasión. Si tiene algún bordado en hilo del mismo color o de tono ligeramente más subido, también quedará incluido en el grupo de los versátiles. Si, por el contrario, nos encaprichamos de una mantelería colorida o florida, corremos el riesgo que no entone con la vajilla y/o el resto de servicios de la mesa. Es aconsejable, a la hora de adquirir una mantelería, prever este aspecto, pues las de buena calidad (imprescindible porque lo barato sale caro) superan muchas veces los 45 euros; si la queremos bordada a mano, podemos ir preparando como mínimo 120 euros. Además, contra más grande sea el mantel, mayor será el precio.

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Se recomienda, así, optar por una mantelería blanca y no recargada, pues cumplirá su función perfectamente y armonizará con todo. No debemos olvidar que todo aditamento podrá restringir su uso a ocasiones muy concretas. Por ejemplo, una cristalería de cristal de bohemia tallado o una cubertería de plata delicadamente labrada no se utiliza en reuniones cotidianas. Sin embargo, una cristalería lisa y una cubertería bonita de acero inoxidable puede sacarse en cualquier ocasión. Tampoco ponemos todos los días un mantel de lagarterana o una vajilla orlada en baño de oro; ni fuentes de plata… Si disponemos de este tipo de menaje, suntuoso, procuraremos ponerlo en reuniones formales o con invitados a los que queramos atender con especial aprecio.

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Si nos gusta la opulencia porque el decorado de la casa y las mantelerías son así, lo más adecuado será poner una vajilla lisa para que la mesa no quede excesivamente recargada.

Una mesa con un mantel blanco liso o con bordados de damasco casará perfectamente con cualquier vajilla.

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Las servilletas han de ir a conjunto con el mantel, compartiendo color y algún adorno. Si el mantel viene con bordados, las servilletas compartirán uno en uno de sus picos. Muchas mantelerías se componen de mantel, servilletas para comer y servilletas de merienda o té. Las servilletas de comer son más grandes que las de merienda o té y suelen tener unas dimensiones de 50 x 50 centímetros. Las mantelerías que incluyen dos clases de servilletas suelen ser las de labor, que son apropiadas para merienda o té y para cenar. Para comer a mediodía se tiene que poner siempre un mantel blanco. La noche admite más variaciones.

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Las servilletas hay que guardarlas extendidas y no dobladas y posteriormente planchadas, pues luego se quedan las marcas de la plancha. Cuando las pongamos, lo haremos sobre el plato y nunca aplastadas sobre éste, sino con algo de holgura para que no cueste desdoblarlas. Si se ponen dentro de un aro, lo mismo: procuraremos no comprimirlas para que se extiendan fácilmente. Por ejemplo, podemos meter la servilleta en el aro dándole forma de abanico, que resulta bastante sencillo.

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El género más empleado en la confección de mantelerías es el hilo, la batista, el algodón, el lino y el lienzo. También existen manteles de plástico y de poliéster, el material de los paraguas, que hacen muy sencilla su limpieza. Hay que recalcar que estos materiales sólo se utilizarán en reuniones informales o donde la estrecha confianza permita estas venias.

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Las mantelerías suelen ser para seis, ocho o doce cubiertos, pues corresponden a los tamaños estándar de las mesas. No obstante, si no encontramos un mantel para una mesa por ser especialmente pequeña o grande, podemos encargarlo a medida. Para encargar un mantel a medida nos dirigiremos a un establecimiento especializado en telas de hogar. Allí escogeremos la tela que más nos guste y que convenga con la decoración del conjunto de la casa. Si sobra tela, suelen regalar las servilletas, que se confeccionan de la misma manera que el mantel: ribeteadas por los bordes con la máquina de coser. Si no sobra, conviene encargarlas de la misma tela, a no ser que el mantel sea liso, circunstancia que hará fácil encontrar servilletas a tono.

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También podemos encontrar manteles individuales y tiras o caminos de mesa, que se han puesto de moda en los últimos años. Este tipo de manteles los pondremos sólo cuando la tabla de la mesa sea de calidad y presentable, pues se dejará casi toda ella al desnudo.

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Se recomienda poner debajo del mantel un muletón, que es una extensión de tela gruesa que evita que los servicios hagan ruido sobre la mesa al moverlos. Es una especie de amortiguador del ruido y de los golpes que puedan estropear la tabla de la mesa. Esta pieza recibe el nombre de muletón porque suele ir sujeto con tiras a las patas de la mesa para quedar inmóvil. En hostelería se ponen además en los carritos, mesitas auxiliares y en las mesas de buffet. Sobre el muletón se colocará siempre el mantel, en el caso de las mesas; el cubre (mantel sin falda), en el caso de los carritos; o la tira, esta última sobre la mesa larga de buffet.

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Cómo calcular las medidas de un mantel

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Al seleccionar un mantel, lo primero que haremos será hallar las dimensiones de la mesa: cuánto mide el largo y el ancho de la tabla  y qué altura tiene la mesa. La mayoría de las mesas tienen una altura de en torno 80 cm. El mantel tiene que alcanzar la mitad de la altura de la mesa, de manera que, si mide 80 cm de alto, el mantel caerá a los 40 cm. Con lo cual, el mantel excederá 80 cm la medida de largo y  la medida de ancho de la mesa para que caiga 40 cm en cada lado.

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Para eventos formales, las mesas se visten con manteles largos, con falda hasta el ras del suelo. Hay que evitar que estos queden arrastrando. El mantel únicamente acariciará o rozará el pavimento. Si, como en el caso anterior, se trata de mesas estándar de 80 cm de alto, los manteles excederán 160 cm. la medida de largo y de ancho de la tabla de la mesa para caer hasta el suelo.

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Si se trata de mesas redondas, se escogerán manteles que doblen el diámetro de la superficie de la mesa. Sobre mesas redondas pueden ponerse sobremanteles cuadrados de diferente color. Si optamos por este añadido, tenemos que tener en cuenta que deberá caer dos palmos más o menos respecto la tabla de la mesa.

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Cómo colocar correctamente un mantel

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Antes de poner el mantel, este debe estar inmaculado y previamente planchado y enfriado. Si lo ponemos recién planchado, aún en temperatura, puede marcarse por el tacto.

Primero colocamos el muletón que protegerá la mesa y luego el mantel. Una vez puesto este último, si advertimos alguna marca del planchado o arruga, pasaremos la plancha sobre él para dejarlo impecable; sí, aunque esté sobre la mesa. Después revisaremos que las puntas caigan al mismo nivel para que quede así igualado.

Podemos colocar sobre el mantel un camino de mesa, que es una tira alargada de tela que se extiende a lo largo de tabla. Puede conferirle un toque muy original a nuestra mesa.

Por último, se procede a colocar los servicios y, por último, se ponen las sillas con cuidado de no introducirlas dentro de la mesa cuando el mantel es largo, pues desluciría todo el trabajo hecho anteriormente.

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