Archivo de Abril de 2012

Los regalos en la vida social



La significación del regalo, como presente que una persona entrega a otra, ha cambiado drásticamente desde que se tiene conocimiento de su existencia. De erigirse como una dádiva  simbólica en tiempos primitivos, ha pasado a vulgarizarse a causa de una importante pérdida de valores surgida al calor del materialismo.

No voy a comenzar este artículo extrayendo la acepción de la RAE de la palabra regalo, porque se sobreentiende que todos tenemos una idea formada acerca de este, misma idea de la que se ampara la RAE para describir el vocablo. Si a un niño le pedimos que nos dibuje un regalo, seguramente trace una caja envuelta en ricos papeles adornados y coronada por un lazo o pompón de cintas. El comercio, con sus estrategias de escaparatismo, ha sabido explotar al máximo el atractivo del factor sorpresa que tanto cautiva a pequeños y grandes, creando prototipos que después todos imitamos e, incluso, representamos mentalmente y, por consiguiente, gráficamente.

Las sociedades avanzadas parece que tenemos un problema grave en la escala de valores. Conocí una persona hace ocho años (tiempos de bonanza en España) que ganaba seiscientos euros. Me mostró todo su arsenal de Prada y yo, lo primero que pensé, fue que serían regalos de su pareja. Luego vino su pareja y continuamos hablando sobre artículos de lo más “chic” y, con todo, terminaron dconfesándome que estaban en números rojos por todas esas absurdas compras. Ahí dejo, a quien me lea, sus apreciaciones o su juicio acerca de esta temeridad. Otro caso disparatado, tuve oportunidad de ver en el programa de Telecinco, De Buena Ley, donde una mujer llevaba a su pareja ante el árbitro para exigirle todos los regalos no efectuados en San Valentín. En estas fechas, los productores de rosas de Latinoamérica se enriquecen exportando la flor del amor al hemisferio norte y las multinacionales hacen su agosto con la manipulación emocional que hacen desde anuncios publicitarios de todos los medios de comunicación con mensajes como “Haz feliz a tu pareja con..” ó “Demuéstrale tu amor con…”.

Con lo expuesto, no se pretende rechazar el regalo como símbolo de afecto. Es, sencillamente, una invitación a la reflexión y a hacernos un pequeño examen de conciencia, reconociendo que la influencia de la publicidad, el consumismo, el afán de acumular y la despreciable costumbre de excitar la envidia se están imponiendo en nuestras vidas.

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1.- EL ALCANCE DEL REGALO EN TIEMPOS PRIMITIVOS

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En los pueblos primitivos nunca se concibió el valor utilitario del regalo, sino su valor simbólico. La entrega de un presente a un miembro de la tribu significaba lealtad. Prometerse esta virtud era sumamente importante en sociedades basadas en lazos de cooperación, y, curiosamente, el compromiso de fidelidad se sigue afianzando en nuestros días con el anillo de compromiso o de boda, que parece ser la última institución viva que sigue ritos ancestrales.

Se sabe que los pueblos salvajes celebraban ceremonias de distribución de riquezas. Estas ceremonias consistían en que el anfitrión donaba todas sus pertenencias al resto de vecinos de la tribu, aun a costa de arruinarse, para ascender de rango social. De esta manera, el regalar daba muestra de la voluntad de fidelidad del anfitrión al resto de la tribu, y ésta se lo compensaba ascendiéndole y reintegrándoselo más tarde. Esta devolución del regalo para corresponder del mismo modo al dador  ha perdurado hasta nuestros días, sobre todo en las bodas. Más adelante se desarrollará cómo ha ido evolucionando este peculiar rito.

Los regalos, entendidos como objetos tangibles, eran manufacturados, porque su valor dependía más de las horas aplicadas en su elaboración que de su valor económico o práctico. Y es que, antaño, se apreciaba el esfuerzo y el tiempo dedicado que sólo brota del individuo sin ánimo de lucro cuando hay afecto. Sabiendo esto, es evidente que el concepto de regalo se ha degradado a favor de un mero gasto económico hecho en una tienda, quedando muy atrás los trabajos de labor a aguja y rueca que tantas horas ocupaban a nuestras abuelas.

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2.- LOS REGALOS EN LAS CELEBRACIONES QUE ACONCTECEN EN LA VIDA SOCIAL: BAUTIZOS, COMUNIONES, PEDIDA DE MANO Y BODA

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Antes de explicar los diferentes presentes que han acompañado y que acompañan a los diferentes eventos de la vida social, resulta necesario señalar ciertas premisas en torno a ellos:

- No se debe regalar aquello que esté desacorde con las aspiraciones personales y con su status social. Por ejemplo, es ridículo regalar una lata de caviar ruso a un sacerdote o una corbata de Loewe a alguien quien, por su trabajo o por sus gustos, no la usará.

- No regalar bebidas fuertes.

- No se debe concretar jamás el regalo que se desea. Es tradición que algunos novios diseñen una lista de boda. Este caso se exime de esta norma porque la tradición contempla desde tiempos remotos la entrega de regalos, que son fáciles que coincidan. Más adelante se detallará el origen de la lista de bodas.

- Nadie se quejará de no recibir presente, esto tan sólo proyecta nuestra fatuidad.

- El regalo debe acompañarse de una nota o una tarjeta donde figurará un pequeño mensaje de felicitación, agradecimiento o palabras de cariño.

- Si no conocemos con profundidad a la persona agasajada, por ejemplo, una autoridad, hay que decantarse por un objeto decorativo que siempre es neutro y nunca por un objeto personal, pues se corre el riesgo de no acertar con sus gustos.

- No se deben regalar animales de compañía a no ser que conozcamos a fondo a la persona y sepamos si quiere asumir la responsabilidad de tener a su cargo una criatura. Si el animal es para un niño, se consultará  inexcusablemente a los padres.

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Todo lo redactado a continuación no es absolutamente preceptivo. Se abordan qué regalos han predominado en los diferentes acontecimientos de la vida social desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, dejando espacio a los consejos y al protocolo que rige su entrega.

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2.1.- El Bautizo
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En el bautizo del niño recién nacido, tradicionalmente, los padrinos han desempeñado una función importante. Siempre se ha dicho que los padrinos reemplazan a los padres del niño en el caso que éstos fallezcan, aunque lo cierto es que no se firma ningún contrato que así lo establezca. Los padrinos, en realidad, cuando se comprometen a tal posición, actúan como “padres espirituales” del niño, asumiendo su educación en la Fe cristiana en el caso que los padres falten, acordándose de él y agasajándole de manera especial en los días más destacados de su vida. Éstos son la primera comunión, su cumpleaños, su santo, su graduación o los éxitos, en definitiva, que obtenga en su vida hasta el día de contraer matrimonio, momento en el cual el individuo queda al amparo de su cónyuge. De esta manera, se colige que los padrinos ejercen un cargo de cierta responsabilidad.
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A finales del siglo XIX, el padrino regalaba al retoño una medalla de oro, la cubertería y el servicio de comida de plata con sus iniciales. A la madrina también le obsequiaba alguna cosa, puesto que a partir de ese momento le uniría un vínculo (el niño).
La madrina, por su parte, se encargaba de comprar el faldón, la capa y el gorro para el niño (traje de cristianar).
El padre corría con los gastos del bautizo (pila, misa, almuerzo si había). Si la familia era rica, le hacía un presente al sacerdote, al sacristán y al servicio doméstico de la casa (la nodriza, los criados, etc.).
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A mediados del siglo XX, los padrinos tenían confiada la obligación moral y económica del bautizo, aunque era común que el padrino, por su condición de varón,  asumiera los gastos (la pila, misa y almuerzo) y la madrina comprase el traje de cristianar del niño.
Se continuó con los regalos clásicos compuestos por cadena de oro con medalla, pulsera de identidad (esclava), servicio de comida grabado, etc. que eran donados por ambos padrinos.
Había costumbre de llevar pasteles o dulces al sacerdote, al médico que asistió el parto y a los concurrentes del acto (Casas, E, 1947) : Costumbres de Nacimiento, Casamiento y Muerte en España.
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En la actualidad, el bautizo se celebra de manera muy distinta a como se hacía antaño. Mientras que antiguamente se bautizaba al niño en los tres primeros días de nacer, imposibilitando la asistencia de la propia madre, ahora el bautizo se celebra al pasar unos meses. En otro artículo se detallará todo el protocolo mejor, pues ahora el asunto que nos compete es el de los regalos.
El bautizo debe celebrarse sin boato y entre el círculo familiar. Los regalos que recibe el bebé proceden de los abuelos y de los padrinos. El resto de invitados (tíos, primos, por ejemplo) ya habrán enviado con anterioridad el regalo a la madre el día del nacimiento, tanto si es para ella (flores, bombones), como si es para el pequeño (ropita, juguetes, útiles, etc.).
Los abuelos y los padrinos regalan los objetos simbólicos clásicos: cadena de oro con medalla, pulsera de identificación, escapulario, pulserita, pendientes. Todo de oro, salvo el escapulario, obviamente.
En muchos lugares sigue siendo tradición que la madrina regale el traje de cristianar.
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2.2.- La primera comunión
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La primera comunión es un acto religioso que ha quedado desvirtuado por la dimensión social de la celebración. Antiguamente, consistía en un acto centrado en la primera Eucaristía que tomaba el niño/a en la Iglesia. En la actualidad, desgraciadamente, la primera comunión se ha convertido en una fiesta/banquete equiparable, a veces, al de una boda, donde lo superficial cobra el máximo protagonismo.
No nos vamos a extender tampoco en los ritos y el protocolo de la primera comunión; como antes, damos paso a los regalos tradicionales que sirven de guía para llegar a los actuales. No olvidemos que las costumbres, muchas veces, son la guía de cómo obrar.
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A finales del siglo XIX, después del acto religioso en la Iglesia, sólo las familias acomodadas celebraban un festín, basado en un desayuno o un almuerzo en casa de los padres. Los comulgantes repartían entre los asistentes a la celebración pequeños recuerdos que consistían en libritos de piedad ricamente encuadernados en cuero o papel duro nacarado. En este libro constaba la el nombre del niño/a comulgante, la fecha de la primera comunión, plegarias u oraciones y alguna imagen simbólica.
El acto de la primera comunión, desde el punto de vista social, era entendido como un acto de caridad. Esta virtud era profesada por la madre del niño/a haciendo regalos a los compañeros de doctrina del niño, al sacerdote, a los criados y a los pobres. También los niños intercambiaban regalos entre sí, ya hubiera ricos con pobres, para que los ricos aprendieran a no desmerecer ofrendas de los inferiores.
Los comulgantes recibían presentes de toda la familia y amigos íntimos de esta: rosarios, libros religiosos y alhajas con motivos religiosos, fundamentalmente. Muchos padrinos regalaban la cadena y medalla de oro en la primera comunión en lugar de hacerlo en el bautizo, pues estas piezas la interpretaban (algunos) como la cesión de responsabilidades o la independencia en la Fe del niño/a.


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Siempre ha sido costumbre el exponer los regalos. La razón de esta antigua costumbre parece residir en el afán de aparentar, sobre todo en las bodas.
Esta vieja costumbre viene recogida en un manual de Antonio Armenteras, en la que explica cómo disponer los regalos “de cara al público”. Según él, en una mesa adornada, se colocaban los regalos junto con la tarjeta que los acompañó, de modo que podía adivinarse fácilmente el emisor del obsequio. Los regalos eran de una magnitud importante, pues los regalos que se hacen con este religioso motivo, son realmente de un valor desorbitado. La exposición que resultaba de toda la concentración de regalos era visitada por todos los invitados del evento quienes, al irse, recibían del comulgante un recordatorio religioso (una estampa, díptico un librito de piedad con todos los datos de la primera comunión).
La celebración consistía en un pequeño desayuno o almuerzo entre el ámbito familiar o más íntimo, y el alcance de la celebración dependía del nivel económico de la familia.
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En la actualidad, se advierte cómo la primera comunión cobra más importancia por la celebración que por el valor de la Eucaristía en sí misma. De hecho, es muy habitual que los niños que comulgan estén motivados por los cuantiosos regalos que saben que van a recibir. Es absolutamente opuesto a la fe cristiana incitar a los niños a que hagan la primera comunión señalándoles como fin la fiesta y los regalos materiales. La reunión familiar que antes se hacía, una vez terminado el acto en la Iglesia, conmemoraba el sacramento y no otra cosa, por eso se hacía en el círculo más íntimo. Ahora, por el contrario, la comunión se ha convertido en un acto social similar al de la boda, donde el dispendio y la devolución de la invitación son inherentes.

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Los regalos que se acostumbran a hacer actualmente son: un reloj, cadena de oro con medalla, pulsera con sortija (niñas), pulsera de identificación, muñeca de comunión (niñas), material escolar (bolígrafos, plumas, etc.), juguetes y accesorios de aseo. Los padrinos vuelven a regalar las alhajas que regalaron en el bautizo porque, naturalmente, les vienen pequeñas.

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2.3.- La petición de mano

La petición de mano es un protocolo tradicional de carácter formal en el que los padres del novio piden a los padres de la novia consentimiento para casarla con su hijo.

Antiguamente,  significaba el reconocimiento formal del noviazgo o de compromiso, compromiso que abocaba al matrimonio. En la actualidad, la petición de mano se hace una vez la pareja ha vivido cierto tiempo como novios, y no se pide la mano de la novia a los suegros. Consiste en un acto simbólico de demostración de amor y compromiso delante de la familia y los seres queridos.

Este acto no se estila tanto actualmente, pero no hay nada que impida el no hacerlo, salvo la capacidad económica.

El protocolo no es tan estricto como antaño, ya que, tanto la novia como el novio conocen a los suegros y a menudo se han sentado a comer juntos.
La tradición de este paso crucial en la vida de los cónyuges se remonta a tiempos muy lejanos, donde el regalo o agasajo desempeñaban un papel esencial. Cuenta William J. Fielding, en su obra Curiosas Costumbres de Noviazgo y Matrimonio, que los aborígenes norteamericanos hacían regalos al suegro para aprobar el noviazgo. Si los rechazaba, reprobaba la unión, y si los aceptaba, la autorizaba. Esta práctica contribuyó a extender el matrimonio por compra.

En el siglo XIX, los rituales que precedían a la boda eran, por orden, tres:

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- La petición de mano, en la que los padres del novio pedían la mano de la novia. Daba comienzo, así, al noviazgo ratificado o el compromiso de la unión.
- Los esponsales, donde se confirmaba el compromiso por medio de la entrega del anillo o pulsera a ella y un reloj a él.
- El contrato, donde se establecían las partes que tenían que aportar por ambas partes (dote,patrimonio, herencia, etc.). Tenía cita en casa de los padres de la novia unos días antes de la boda. A partir de ese día, se hacían los regalos de boda por parte de los parientes y amigos.

El Francia, el día del contrato, los padres de novio enviaban a casa de los padres de la novia la llamada canastilla de boda o trousseau. Se trataba de una canastilla en forma de baúl, revestida de seda blanca y coronada por un ramito de flores con un lazo que caía. Esta canastilla contenía, según la baronesa Staffe, vestidos de seda, de terciopelo, ropa blanca (interior) con las iniciales de su apellido y del marido bordadas, encajes, alhajas y joyas de familia, abrigos de piel, limosnera con monedas de oro nuevas y un devocionario. Por supuesto, la riqueza de la canastilla variaba en función del capital de la familia del novio.
La costumbre de incluir joyas y objetos suntuosos en la canastilla o cofrecillo de bodas viene del siglo XVI. De hecho, cuenta Enrique Casas que las novias medían el amor del novio según el peso de la cadena de oro que éste les regalaba. Más tarde, en la época del romanticismo, se ponen de moda las alhajas de todo tipo en las vestimentas de los caballeros  (blasones, armaduras, medallas, escudos, etc.), adornos que servirían de influjo a las joyas de las damas. Puesto que se pusieron también de moda, pasaron a formar parte del ajuar.

De estas tres fases, desde principios del siglo XX, prácticamente sólo se celebra la petición o pedida de mano, que corresponde a la antigua ceremonia de los esponsales y  a la petición, todo aunado en un sólo acto.  El protocolo que sigue la petición no debe detallarse en este artículo pero pasaremos a explicarlo de una manera somera: el novio, junto sus padres, hace una visita a casa de los padres de la novia con el fin de acordar el compromiso. Hoy se ha desterrado contrato, no se pide consentimiento a los suegros ni se establece la dote como se hacía antiguamente, pues del ritual tradicional sólo quedan los vestigios más adaptables a la vida moderna. Y como la misión del matrimonio, regida en el sacramento del matrimonio, es la misma, continúa entregándose el anillo de compromiso a la novia, como símbolo de unión y fidelidad.

¿Debería ofrecerse al novio también un anillo de compromiso? El protocolo tradicional establece que la novia le corresponde al novio con regalos de menos valor, un reloj si venía de una familia solvente, o una petaca. Hoy, regalar un reloj no supone un dispendio exagerado; además, carece de simbolismo, de modo que no es obligado obsequiar con este accesorio. Puede ser cualquier cosa que sea del gusto del futuro esposo.

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Si no se celebra la pedida de mano, no hay ningún impedimento para que el novio regale a la novia un anillo de compromiso. La entrega del anillo, más que una tradición, ha perdurado como una ceremonia romántica o una demostración de amor muy influenciada por las producciones cinematográficas y las novelas. Es el claro ejemplo de regalo simbólico.
Y hablando de novelas y películas, me gustaría hacer mención al zapato de la Cenicienta. En la tradición germana, el regalar zapatos goza de un significado muy importante. Enrique Casas (1947) decía que poner los zapatos a una mujer era un acto que legitimaba el matrimonio, de ahí que la puesta del zapato de cristal en el cuento La Cenicienta sellara el amor entre el príncipe y la doncella. Otra muestra del simbolismo del zapato lo encontramos en el antiguo dicho español que reza que quien ha encontrado a su futuro/a contrayente ha encontrado su zapato. Enrique Casas también señala que, en las tradiciones portuguesas, dos enamorados que se cambian las botas quedan prometidos en matrimonio. Así, el zapato alberga un simbolismo similar al del anillo en algunas culturas.

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Pero no sólo el zapato y el anillo afianzan la unión. Hay multitud de objetos/ritos simbólicos que actúan como ligamento del noviazgo. Un ejemplo curioso lo encontramos en las tradiciones de Japón: si al hombre le gusta la mujer que su familia le ha buscado, éste le regala un abanico. Por su parte, los padres de la novia aportan toda la ropa que la futura esposa necesitará el resto de su vida en concepto de dote.

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2.4.- Los regalos de boda

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Desde el punto de la religión cristiana, el matrimonio es el acto más importante de la vida del hombre. El concepto de matrimonio no ha cambiado apenas desde que se tiene conocimiento de su práctica. Por fortuna, el rol de la mujer es lo único que ha cambiado en la mayoría de las culturas, pues el género femenino ha sido tratado con dura opresión, salvo en aquellas donde dominaba el matriarcado. Platón decía que el deber de la mujer era gobernar bien la casa y estar sometida al marido, y Aristóteles sostenía que el hombre está llamado por la naturaleza a mandar en la mujer. Sabiendo esto, debemos sentirnos afortunados de vivir en el siglo XXI, aunque por desgracia, aún, el machismo subsiste en muchas religiones del mundo, como en la musulmana o en la hinduista.

En los pueblos primitivos, los regalos se hacían de pretendiente a suegro para buscar las simpatías y aprobar la relación, de tal manera que la novia no tenía derecho a elección. Sin embargo, el matrimonio cristiano establece que los cónyuges se unan por su propia decisión, a pesar que antaño e, incluso, hoy día, se registran muchísimos matrimonios por mero interés económico. El quid se encuentra en que antiguamente los regalos intervenían como precio por la mano de la novia y hoy por lo que todos sabemos: agasajo, afecto y recuerdo.

Antaño, los regalos de boda se llevaban a casa de la novia unas semanas antes de la ceremonia nupcial. Si el regalo lo hacía un amigo del novio que no conocía apenas a la novia, los regalos se enviaban, en este caso, a casa del novio.
Actualmente, en las bodas es frecuente dar dinero en concepto del cubierto para que así los novios sufraguen los gastos del banquete. Los novios, normalmente, prefieren que se entregue dinero o un cheque, pues los enseres y equipos del hogar ya hace un tiempo que están comprados, ya que la pareja ha convivido en la misma casa. No obstante, el obsequiar dinero no es una costumbre nueva. En el siglo XIX, la baronesa Staffe decía en su libro, La elegancia en la vida social, que los parientes solteros regalaban una bolsa con monedas de oro, una cartera con billetes de banco o un cheque. La misma autora disponía las distintas asignaciones que debía hacer el resto de invitados: un amigo soltero de los novios regalaba un objeto útil para la casa (cristalería, vajilla, lámpara, cubertería…); un amigo del novio se permitía regalar un objeto personal al novio (gemelos, cartera, alfiler de corbata, etc.); y una amiga de la novia podía regalar una pieza exclusiva para su amiga, como un pañuelo bordado por ella misma, alguna joya o encajes. También era tradición que el novio agasajase a la hermana de la novia con una alhaja, regalo que “no se devuelve“, decía la baronesa.

Con esta expresión, se deduce que el refinado círculo de la baronesa Staffe practicaba la costumbre primitiva de regalos con obligación a devolución o regalos préstamo. El regalo con obligación a devolución o préstamo era aquel que debía reintegrarse en la próxima boda del donante o, si estaba ya casado, en la boda de sus hijo o nietos. Por una cuestión de decoro, parece que al regalo de la boda nunca se le designó abiertamente regalo préstamo, pero socialmente tenía pautada esta norma.
En bodas tradicionales de chinos, musulmanes y gitanos, los regalos y las donaciones en metálico se airean de forma expedita y, en el caso de los musulmanes y chinos, se anotaban para después devolver un presente equivalente en valor en la boda del donante. En el caso que el donante no se casara nunca, no tenía derecho a reclamarlo. Si no se podía asistir a la boda por alguna razón, el regalo tenía que ser enviado, pues así lo establecía la norma social.

En España, fue costumbre el acto de exponer los regalos y enseñar el ajuar, salvo el íntimo, a todos los concurrentes de la boda. Esta arcaica usanza consistía en abrir las puertas de la futura casa a los invitados de la boda una semana antes de la boda  para que vieran los regalos. Parece ser que esta costumbre nació de la propia presunción, para fingir abundancia, o del disimulo, para evitar parecer pobres. Hoy día, esta práctica está casi desaparecida, pero no del todo erradicada, ya que subsiste el costumbre de enseñar la casa al invitado que entra por primera vez como herencia de la costumbre anterior.

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La lista de boda

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La coincidencia de los regalos dio origen a la lista de bodas a mediados del siglo XX. La lista de bodas es un inventario de artículos que los novios seleccionan en un establecimiento comercial y del que los invitados se sirven para comprar uno o varios de ellos.
La ventaja de la lista de bodas está en que los novios escogen los artículos que son de su gusto, evitando objetos prescindibles así como la coincidencia de ellos. Sin embargo, los objetos listados no terminan siendo regalos, ya que la esencia del regalo está en que encierre algo del magnetismo personal del dador.
Tradicionalmente, la lista de regalos se confeccionaba en dos tipos de establecimientos:  uno de ellos especializado en artículos de plata, para seleccionar servicios de mesa, recipientes, figuras, etc.;  y otro en tiendas de menaje del hogar, donde se escogían vajillas, ropa de hogar, cristalerías, etc.

Los novios cada vez acostumbran menos a elaborar lista de boda, prefiriendo la entrega de dinero. El tiempo nos irá habituando a esta moderna práctica cada vez más frecuente. Respecto a este tema, es importante resaltar que es de mal gusto poner el número de cuenta en la invitación de boda para que nos ingresen ahí el dinero, porque es el equivalente de pedir el regalo, y un regalo nunca se solicita.

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A continuación, mostramos un fragmento del libro de Enrique Casas (1947), Costumbres Españolas de Nacimiento, Noviazgo, Casamiento y Muerte , sobre los presentes que los convidados hacían en las bodas del medio rural.

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Regalos simbólicos

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Los regalos simbólicos de boda son aquellos que se regalan con motivo del enlace. No hay que confundiros con los de compromiso, es decir, aquellos que sellan el compromiso a través de su segundo significado. Este segundo significado, atribuido por el hombre, es el valor simbólico.

Es tradición que el novio regale a su prometida el vestido de novia. En muchos pueblos de España, el vestido que lucía la novia provenía de sus antepasadas. Esta costumbre tener su origen en Oriente, donde el novio, en la boda, echaba un manto sobre la novia.

El valor simbólico del vestido de novia ha sido muy apreciado en casi todas las culturas. En Japón, las princesas llevan casándose desde hace más de mil años con el junihitoe (doce kimonos o doce capas), una vestimenta ceremonial usada por las  emperatrices del país; por este motivo, posee un valor simbólico y económico indecible.

Otro regalo simbólico curioso, aunque remoto, aparece de nuevo en el libro de Enrique Casas. El autor reza que, antiguamente (el libro es de 1947), a la casada se le llevaba al día siguiente de la boda lino, rueca, huso, agujas, tijeras, etc, para darle a entender que no se casaba para estar ociosa.
Pero sin duda alguna, el mejor regalo simbólico es aquel cuyo significado pueden entenderlo unas pocas personas o, mejor, dos personas, porque se precisa complicidad y entendimiento. El dos es el primer número par; de él deriva la palabra pareja; de pareja, emparentar; de emparentar, parientes. Es muy probable que una pareja de enamorados ideara estas prácticas y trascendieran a sus descendientes, convirtiéndose en costumbres y, al final, en la guía de obrar del hombre.

Es muy posible, porque el amor es originalidad e inspiración.

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Noelia Tari