Archivo de Febrero de 2012

Los niños en un acto social y en cenas formales

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Muchos padres se han preguntado qué hacer con los niños en un acto social cuando reciben la invitación impresa. No nos referimos a dónde dejar a los niños, sino a la conveniencia de llevarlos a la cita o no.

No son escasos los padres que se toman como ofensa que en una invitación no figure el nombre de los hijos o simplemente “Señor, señora e hijos”, ni tampoco lo son aquellos que deciden llevarlos a casa ajena aun sabiendo que no es lo correcto. Recuerdo una escena muy graciosa y, a la vez, muy representativa, de la serie La que se avecina, en la que los señores  apodados como “cuquis” se presentan en la casa del matrimonio joven con todo el séquito de críos para cenar ante la mirada atónita de los anfitriones. Estos casos se deben evitar a toda costa por tres motivos elementales  que jamás deben olvidarse:

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- El buena anfitrión calcula la comida a servir previniendo, siempre, que nunca falte: “más vale que sobre que falte”.

- Hay que atenerse a una regla de urbanidad muy básica que es: “donde no seas invitado, no vayas”.

- No llevaremos niños a ningún acto nocturno, pues les entra sueño y esto puede perturbar la velada.

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No es necesario hablar de los posibles destrozos de figuras, alboroto y ruidos que puedan ocasionar. Hay restaurantes, de hecho, que no permiten  niños por estas razones, sobre todo aquellos de ambiente sosegado pensados para disfrutar de reuniones tranquilas.

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Los niños tampoco deben asistir a una boda nocturna, a pesar que esto no se cumple en nuestro país y las bodas se convierten en auténticas jaranas. Cuando asistamos a una boda nocurna, buscaremos un familiar, una cuidadora o unos amigos de confianza que se queden esa noche con los niños. Si la boda se celebra por la mañana, sí son admisibles los pequeños. En este caso, procuraremos adaptar su indumentaria a la etiqueta que el acontecimiento exige,  del mismo modo que lo hacemos con nosotros mismos.

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La boda de alguien de gran confianza, las procesiones y las reuniones familiares en torno a la mesa en días señalados son de los pocos actos formales a los que pueden asistir los niños. En los demás actos de etiqueta (repeciones, festivales benéficos, conciertos de ópera, cenas de gala, etc.) no deben acompañarnos porque, además, suelen tener lugar por la noche.

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REUNIONES EN LA MESA CON NIÑOS: almuerzos y cenas

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Las premisas antes mencionadas dejan de ser estrictas cuando las reuniones se producen en un círculo de confianza, ya sean amigos o familiares. Esto es así porque, entre otras cosas, si los niños comienzan a agarrar objetos, arañar los sillones o a hacer cualquier otra travesura,  los familiares o amigos de los padres, en razón de la confianza que hay entre ellos, están autorizados para amonestar a los niños si los padres no presencian estas trastadas. De otro modo, si llevamos a los niños a casa de algún compañero de negocios o de una persona menos afín, ésta se verá sometida a una situación de intranquilidad sin merecerlo; por eso, y por una cuestión de respeto y decencia, debemos evitar estas situaciones siempre.

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Hay que aleccionar a los niños unas normas de comportamiento en la mesa que, aunque parezcan muy rígidas, son de lo más básicas para desenvolverse con dignidad en la sociedad. Desgraciadamente, muchos padres las ignoran por completo o no se molestan en enseñar ciertos modales por desidia o desinterés. Sentarse a la mesa no es sólo comer y nutrise. No hay que olvidar que la comida en torno a la mesa es un ceremonial ancestral que tiene como fin el acto de compartir con los seres queridos; y no sólo se comparten los alimentos, sino también las experiencias, con la conversación. La mesa une y, por lo tanto, precisa un comportamiento alrededor de ella, unas pautas o un protocolo, que son esenciales  imbuir a los hijos desde que son pequeños. Un niño bien educado se distinguirá del resto y tendrá más oportunidades en el futuro que otro malcriado.

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Hay que controlar mucho las siguientes normas para estar en la mesa. Son las principales que marcan una buena educación para el presente y para el futuro, y nunca se olvidan:

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- Adoptar una postura que no moleste a los de al lado.

- No sentarse de costado ni recostado.

- No cruzar las piernas ni los pies.

- No apoyar los codos en la mesa, pero siempre tener los brazos delante apoyando sólo los antebrazos.

- No poner los pies sobre los barrotes de las sillas.

- No jugar con los cubiertos ni con cualquier cosa. Mucho menos con el cabello.

- Sentarse cuando le indiquen su sitio.

- No entrometerse en conversaciones de los mayores.

- Si hay alguna parte de la comida que no le guste, acostumbrarle a no hacer nunca muecas de asco. Se apartará dicha parte a un lado sin más.

- Aprender a utilizar los cubiertos. No mantener el cuchillo con la punta hacia arriba.

- No comer con la boca abierta.

- No hablar con la boca llena.

- No pasar el brazo por enmedio de la mesa y mucho menos sobre el espacio de un comensal. Si no alcanza la jarra de agua o el salero, que lo pida al compañero.

- No comer con glotonería. Enseñarles que no hay prisa. Esto suele molestar mucho a los demás porque puede denotar avaricia.

- Pedir las cosas con un “por favor” y después dar las gracias.

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Todos los niños deberían aprender estas normas y las demás de los mayores al igual que aprenden las distintas lecciones en la escuela a lo largo de su enseñanza de forma gradual.

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Si el matrimonio invitado tiene hijos pero éstos ya no son tan niños, podrán acompañarles sólo cuando sean mayores de edad, tengan gran confianza con los anfitriones y hayan sido manifiestamente invitados.

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Los hijos de los anfitriones

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¿Y los hijos de los anfitriones? Si a los invitados no se les permite llevar niños, los hijos de los anfitriones tampoco se admiten en este tipo de reuniones. Tan sólo se dejarán ver para saludar a partir de cierta edad, desde los siete años, generalmente.

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Antiguamente, se recurría a los niños de la casa para emplearlos, durante las visitas, como ayudantes en algunos menesteres delicados, como era, por ejemplo, el acompañar a los invitados a la  puerta a la hora de irse si había más invitados a los que los anfitriones no podían desatender. En la actualidad, no se encomiendan estas misiones a los niños porque no son estrictamente necesarias. Sin embargo, sí pueden echarnos una mano para poner la mesa o para preparar el aperitivo.

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Si tenemos una cena formal en casa, los niños con una edad hasta seis o siete años no deben aparecer durante la estancia. Dormirán en casa de un familiar, de un amigo de confianza o estarán en su cuarto o zona de juegos con una cuidadora. No cenará con los invitados bajo ningún concepto.

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Desde los siete a los dieciocho años, si están en casa, saludarán a los invitados a su llegada pero se marcharán a su cuarto o a una sala propia. Tampoco cenarán con los invitados. Cuando se vayan a dormir, los chicos se despedirán de los invitados, pues cuando éstos últimos se marchen, ellos ya estarán durmiendo.

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Los hijos mayores de edad están calificados para relacionarse con el círculo de los padres, pero sólo cenarán con ellos cuando se conozcan suficientemente.  A la llegada de los invitados, saludarán cordialmente. No se sentarán con los invitados en la mesa y ni mucho menos estarán presentes en la tertulia del café, pues el momento de confidencias por excelencia.

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RESERVAS CUANDO VAMOS DE VISITA CON NIÑOS

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Aunque las personas a la que vayamos a visitar sean de gran confianza, tenemos que tenerles consideración e intentar no prolongar mucho a visita si vamos con varios niños. Podemos pensar que a los anfitriones no les importará porque tenemos lazos fraternales, pero el alboroto que pueden provocar los críos seguramente les incomode. Es muy importante ponerse en la posición del otro y reflexionar que, aunque nosotros estamos acostumbrados, ellos quizás no.

Si se va a visitar a un anciano, también hay que intentar acortar el tiempo de visita, respetando su condición de persona susceptible a los ruidos y a la algazara. Lo mismo decir respecto las personas enfermas,  lábiles y sensibles a todo tipo de bullicios.

Si se trata de un hijo mayor de edad, podrá asistir a todos los acontecimientos siempre que sea convidado. Sea cual sea el contexto de una reunión, se harán las presentaciones oportunas:  Los padres, al presentar su hijo a unos amigos, dirán  “Mi hijo Manuel”, por ejemplo; y  después, harán lo mismo con los amigos, diciendo: “Mi amiga María del Carmen y su esposo Alfonso” . Hay que tener muy en cuenta que, cuando se presenta a alguien, nunca se le presenta con el Don, señorita o señor/a, simplemente se dice el nombre, el nombre y los apellidos o el nombre, apellidos y cargo o distinción.

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CONSEJOS SOBRE LA INDUMENTARIA DE LOS NIÑOS

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El vestido puede convertirse en un asunto ampliamente discutible porque la moda ha impregnado los estantes de la ropa infantil, algo impensable hace pocas décadas. Por otro lado, en el caso de las niñas, el concepto de belleza es muy distinto en España y en Sudamérica. Aquí, en España, se mantiene la efigie cándida de las niñas hasta los once o doce años, mientras que en Sudamérica se tiende a realzar la hermosura de las niñas a expensas de maquillajes, peinados y vestidos aquí impropios de una criatura. Así, mientras en España y en gran parte de Europa son impensables los concursos de belleza infantil, en el otro lado del Atlántico éstos proliferan desde hace años.

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Desde luego, la idea de belleza en Europa y en América Latina es prácticamente opuesta: aquí siempre ha causado rechazo que las niñas  destaquen sus atributos femeninos, pues la verdadera belleza reside en la naturalidad y en la inocencia que años más tarde ya no tendrán, ¿por qué desposeer estas cualidades propias de la edad? ¿Luego no nos esforzamos por parecer más jóvenes? Estos interrogantes, que son puras paradojas, nos las hacemos en Europa.

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Para vestir a una niña con motivo de un acto social, hay que apostar por la sencillez y por la pulcritud. Los colores no deben ser más de tres y estos combinarán armoniosamente.  Los vestidos y las faldas deben alcanzar las rodillas y el talle no se marcará hasta los doce años de edad. El abrigo será de lana y no dejará asomar el vestido o la falda por debajo. Las formas del vestido deben ser rectas, sobre todo para no dejar notar el incipiente pecho a partir de la pubertad que tiene lugar entre los diez y doce años.

Deben llevar hecho un peinado bonito y se admiten, perfectamente, adornos de cintas en la cabeza o pequeños sombreros para el exterior.

Jamás llevarán laca de uñas, maquillaje ni alhajas; sólo pendientes y alguna cadenita o pulsera regalada en la primera comunión.

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Los niños asisten a un acto formal con traje de chaqueta beig o gris con camisa y con jersey fino de lana encima (si hace fresco). Llevarán camisa blanca para las celebraciones religiosas y corbata a partir de los ocho años de edad.

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Tanto los niños como las niñas, jamás llevarán manchas de tinta ni de rotulador en las manos ni las uñas sucias. Tampoco vestirán de negro a no ser que se trate de un funeral. Podrán vestir de negro desde los dieciséis años.

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Las adolescentes:

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A partir de los diez o doce años comienza a desarrollarse el pecho de las chicas. Entre este intervalo y los catorce años, se recomienda que no asistan a un acto formal con vestidos estrechos o escotes, apostando por las formas rectas. Siempre usarán medias.

Hasta los dieciséis años no deben lleven llevar zapatos de tacón, maquillaje, perfumes, laca de uñas o cualquier elemento que evoque a la mujer. De no ser así, darán una imagen extravagante. Aunque desesperen, hay que hacerles entender que tienen toda una vida por delante para lucirse. Ni qué decir que no irán acompañadas de un chico hasta que sean mayores de edad, reitero, en actos sociales.

Respecto a las alhajas, entre los doce y dieciséis años, se permiten las siguientes: gargantilla de oro, reloj de pulsera, cadenita de oro con medalla, pulsera de oro y ningún tipo de anillo, salvo un escudo de armas en el dedo meñique de la mano izquierda. El primer anillo que una chica se pone es el de prometida o el de los esponsales.

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Los adolescentes:

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A los chicos adolescentes hay que convencerles que cuiden su aspecto y su higiene personal, sobre todo entre los trece y los dieciséis años, edad en la que está proliferando el bello y la actividad apocrina.

El único aderezo que podrán llevar es un reloj y, al igual que las chicas, no llevarán ningún anillo, salvo el escudo de armas si lo tuvieran.

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Las mantelerías. Breve historia de la decoración de la mesa e indicaciones de cómo poner correctamente un mantel

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Para la gran mayoría de los jóvenes, las mantelerías buenas, perfectamente bordadas, ya sea sutil o vistosamente, pertenecen al pasado. Sin embargo, posiblemente, ninguno de ellos las considere feas, pues es indiscutible que la belleza de estas esmeradas piezas es más que palmaria: obras de artesanía con adornos inspirados en la naturaleza, cadentes y acertadamente coloridos pocas veces podrán ser considerados feos. Difícilmente, además,  se despreciará la calidad de estas piezas a las que nos referimos. ¿Qué ha ocurrido entonces con los viejos manteles del ajuar? ¿Por qué ya no se usan? La razón no está en el rechazo de su aspecto, sino en su cuidado, en el miedo que produce el que se manchen y, sobre todo, porque la ropa de mesa requieren un lavado posterior.

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Mantel de labor para té

Este artículo no es un llamamiento a la recuperación de lo antiguo; cada uno que use lo que quiera,  ¡por supuesto!  Sólo se reflexionará sobre la funcionalidad de los hogares y de su decoración, nacida de la funcionalidad de las ciudades, y que a veces, impresionar a los invitados, puede ser de lo más sencillo si disponemos de buena voluntad.

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Existe un dualismo que es la decoración tradicional y la decoración  moderna: la primera caracterizada por el adorno y la segunda por su sobriedad y función práctica. Muchas veces, la decoración tradicional se considera más bonita que la moderna aunque más supreflua, pero éstas son visiones subjetivas de las cosas. Sí que es una realidad  que, en materia de decoración, lo moderno es una evolución de lo antiguo.  No obstante, hay muebles e utensilios que, cuando se inventaron, sólo evolucionaron en pequeños elementos porque pronto alcazaron su perfección. Es el caso, por ejemplo, de la mesa, ideada en la Prehistoria para sacrificar animales y  generalizada para comer en la Edad Media, pero sin cambiar apenas su forma. Sin embargo, la silla comienza a adoptar poco a poco su morfología en la Antigua Roma con sus tricliniums, asientos para comer recostado, de modo que, como mueble para sentarse a comer, adoptó más formas que la mesa para convertirse en lo que es. Por no hablar de los cubiertos… Los primeros que hacían las veces de cuchara no eran más que cacillos sin mango. Se inventaron en el siglo XVI pero no sería hasta el siglo XVIII cuando se popularizara su uso.

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¿Cómo se llega a este antagonismo entre lo antiguo y lo moderno? Para hallar su explicación tenemos que remitirnos a principios del siglo XX, concretamente al período de entreguerras, que establecerá un cambio fundamental en la configuración tanto de las ciudades como de los hogares en el mundo occidental. En este período se dispara la racionalización y concentración de viviendas en bloque con el fin de mejorar la calidad de vida en las ciudades, todo ello como respuesta al desorden e insalubridad que reinaba en las ciudades. Esta idea de racionalización afectaría no sólo al urbanismo, sino también a la arquitectura y a la decoración de los hogares.  Comienza la era de lo práctico o útil.

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La incorporación de la mujer al mundo laboral,  el descenso de la natalidad, las jornadas laborales que obligan a comer fuera de casa y la casi supresión de personal del servicio doméstico (criadas),  son las principales razones de la reducción del tamaño de las viviendas. Las amas de casa comienzan a perder el tiempo que dedicaban al esmerado cuidado del hogar, de modo que van desapareciendo poco a poco los viejos cachivaches y muebles innecesarios y pesados de limpiar.

Antiguamente, era frecuente que la clase media dispusiese de personal de servicio, de manera que el boato en la casa era de lo más normal, ya que había una persona encargada de su mantenimiento. Este personal de servicio, o sea las criadas,  sería cada vez menos habitual porque se irían incorporando a otros trabajos menos esclavos (fábricas, bares, etc.), así que, al haber menos demanda, su servicio se encarecería estrepitosamente, siendo accesible sólo para las clases más altas.

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Las nuevas formas de la vida moderna, basadas en la prisa y condicionadas por el trabajo fuera de casa, comienzan a repercutir en la decoración de la casa y en el grado de esfuerzo dedicado a la preparación de la mesa. Tanto padres como niños comen más fuera de casa, de manera que se reduce el espacio de la cocina y cada vez pierde más función la gran mesa del comedor porque, además, las reuniones con amigos concurren más en restaurantes. Aparte, se recurre a comidas preparadas y de elaboración sencilla.

Esta serie de circunstancias han dado lugar a una configuración de las viviendas que bien difiera de las del pasado. Así, antiguamente, era normal tener dos cocinas en la casa, una para usarla como tal y otra más “de adorno” para impresionar a los invitados. Ello hace significar que la cocina tenía un valor muy importante en una casa y no es de extrañar porque en ella se vivía durante muchas horas del día.

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El acto de deslumbrar con la decoración ha sido muy frecuente desde el Barroco, aunque en cada época se ha hecho con diferentes cosas.  La mesa comienza a decorarse con candelabros, mantelerías y demás servicios en esta época caracterizada por la suntuosidad. Es también en este período cuando se establece el modelo de cómo hay que poner la mesa que continúa vigente en nuestros días. A pesar de esto, en la actualidad, ya no se presume tanto de vajilla ni de cristalería; ahora es el turno de otras cosas, como el televisor o el robot que limpia solo la casa.

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En el caso que nos compete, el de las mantelerías, entendidas como el juego de mantel y servilletas de tela, es natural que su uso haya decaído debido a la falta de tiempo para su cuidado. Antes, cuando la mujer no trabajaba fuera de casa, dedicaba mucho tiempo a la limpieza y planchado de la ropa de hogar o era el servicio doméstico quien se ocupaba de estas fastidiosas tareas. Ahora, la falta de tiempo y la visión utilitaria de las cosas, han conducido al uso de alternativas más prácticas aunque menos elegantes, como el uso de manteles desechables (papel) o de fácil limpieza (manteles de plástico).

Esta tendencia de lo práctico no ha trascendido únicamente a las mantelerías, sino también a las cuberterías, cristalerías y vajillas. En los servicios de mesa se busca lo cómodo e útil, huyendo de las piezas recargadas que suelen coincidir con las más delicadas.  Todo esto incluso en reuniones con invitados, al contrario que antes, cuando éstas eran verdaderas ceremonias donde no se escapaba ningún detalle. Siempre el protocolo ha perdonado ciertos pormenores en el círculo familiar o cuando los lazos de confianza son muy estrechos, pero actualmente, en eventos formales y en muchos ámbitos de la hostelería se está perdiendo el decoro y ciertos detalles que harían la estancia mucho más agradable a los comensales. Se ha impuesto lo cómodo, rápido y práctico, el esquema por excelencia de estos tiempos.

En la actualidad, una mesa bien puesta se logra armonizando sus servicios. Esto es fácil de conseguir si se recurre a las formas sencillas y a monocromáticos o adornos sutiles que siempre encajan bien con todo. La versatilidad se ha apoderado del menaje, desterrando las piezas pomposas  por muy bonitas que sean. Prevalece, como hemos dicho, lo práctico, aun a costa de renunciar a lo exquisito.

Entonces, ¿se ha perdido la belleza de la mesa bien puesta? ¿Es más o menos bonita una mesa con candelabros, mantel adamascado y cubiertos de plata? La respuesta depende del grado de conservadurismo de cada uno, es decir, de su gusto por la estética tradicional o moderna.

Es curioso, a colación de este tema, cómo ha ido aumentando el sector de coleccionistas y amantes de lo antiguo en las últimas décadas mientras, paralelamente, han ido multiplicándose los adeptos a lo moderno e, incluso, a lo futurista. En los años sesenta comienzan a extenderse los anticuarios, repletos de todo aquello retirado de los hogares por resultar superfluo o poco funcional. Simultáneamente, surgen sectores que demandan estos artículos, pues el estilo vigente de la época ya causaba las primeras añoranzas de objetos del pasado. Este es un fenómeno que todavía ocurre.

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INFORMACIÓN Y ORIENTACIÓN SOBRE LAS MANTELERÍAS

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Antiguamente, el ajuar de la boda siempre incluía una o varias mantelerías formidablemente bordadas que casi nunca se usaban por miedo a que se ajasen. Era común que los picos del mantel y las servilletas a juego vinieran con dos iniciales bordadas. Estas iniciales correspondían al nombre y primer apellido del marido o bien se trataba de las iniciales del nombre del marido y de la esposa. El “tu y yo” casi siempre iba bordado de esta forma. Es una pequeña mantelería que acostumbraba regalarse como parte del ajuar y que tenía dos servicios: el del matrimonio. Se ponía para el desayuno normalmente, aunque también valía para el té.

Estas  mantelerías personalizadas son raras de ver hoy en día, salvo en casas de ilustre linaje donde el apellido familiar quiere destacarse en todo momento. También era muy normal grabar las iniciales en pañuelos, sábanas e, incluso, en las familias nobles, se hacía en las camisas del marido.

Muchos de los lectores siquiera habrán conocido este tipo de equipos, pero eran bastante frecuente. Pueden preguntar a algún familiar de edad para cerciorarse mejor.

No se tenía apenas conocimiento de los materiales desechables. Aunque fueran diez miembros en la casa, mantel, servilletas, pañuelos, delantales y pañales se lavaban y reutilizaban, de modo que pueden imaginarse el tiempo que había que dedicar después en el lavado y planchado de estos enseres. Hoy todo esto ha cambiado a favor de la simplicidad y del desahogo.

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El mantel tiene como principal función proteger el material de la mesa y adornarla. Esto todos lo sabemos. Ahora vamos a exponer una serie de pautas para escoger, colocar y cuidar bien las mantelerías.

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Primero, es imprescindible disponer de una buena mantelería que nos sirva para todas las reuniones en torno a la mesa. Es posible que un mantel sea polivalente luciéndolo en comidas, meriendas y cenas. La clave está en escogerlo blanco, bueno y moderado en adornos. La sencillez de las formas tiene como principal ventaja que conjuga con todo. El término medio no chirría por quedarse austero ni por resultar recargado; por esta razón, un mantel blanco de buena calidad nos sirve para cualquier ocasión. Si tiene algún bordado en hilo del mismo color o de tono ligeramente más subido, también quedará incluido en el grupo de los versátiles. Si, por el contrario, nos encaprichamos de una mantelería colorida o florida, corremos el riesgo que no entone con la vajilla y/o el resto de servicios de la mesa. Es aconsejable, a la hora de adquirir una mantelería, prever este aspecto, pues las de buena calidad (imprescindible porque lo barato sale caro) superan muchas veces los 45 euros; si la queremos bordada a mano, podemos ir preparando como mínimo 120 euros. Además, contra más grande sea el mantel, mayor será el precio.

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Se recomienda, así, optar por una mantelería blanca y no recargada, pues cumplirá su función perfectamente y armonizará con todo. No debemos olvidar que todo aditamento podrá restringir su uso a ocasiones muy concretas. Por ejemplo, una cristalería de cristal de bohemia tallado o una cubertería de plata delicadamente labrada no se utiliza en reuniones cotidianas. Sin embargo, una cristalería lisa y una cubertería bonita de acero inoxidable puede sacarse en cualquier ocasión. Tampoco ponemos todos los días un mantel de lagarterana o una vajilla orlada en baño de oro; ni fuentes de plata… Si disponemos de este tipo de menaje, suntuoso, procuraremos ponerlo en reuniones formales o con invitados a los que queramos atender con especial aprecio.

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Si nos gusta la opulencia porque el decorado de la casa y las mantelerías son así, lo más adecuado será poner una vajilla lisa para que la mesa no quede excesivamente recargada.

Una mesa con un mantel blanco liso o con bordados de damasco casará perfectamente con cualquier vajilla.

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Las servilletas han de ir a conjunto con el mantel, compartiendo color y algún adorno. Si el mantel viene con bordados, las servilletas compartirán uno en uno de sus picos. Muchas mantelerías se componen de mantel, servilletas para comer y servilletas de merienda o té. Las servilletas de comer son más grandes que las de merienda o té y suelen tener unas dimensiones de 50 x 50 centímetros. Las mantelerías que incluyen dos clases de servilletas suelen ser las de labor, que son apropiadas para merienda o té y para cenar. Para comer a mediodía se tiene que poner siempre un mantel blanco. La noche admite más variaciones.

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Las servilletas hay que guardarlas extendidas y no dobladas y posteriormente planchadas, pues luego se quedan las marcas de la plancha. Cuando las pongamos, lo haremos sobre el plato y nunca aplastadas sobre éste, sino con algo de holgura para que no cueste desdoblarlas. Si se ponen dentro de un aro, lo mismo: procuraremos no comprimirlas para que se extiendan fácilmente. Por ejemplo, podemos meter la servilleta en el aro dándole forma de abanico, que resulta bastante sencillo.

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El género más empleado en la confección de mantelerías es el hilo, la batista, el algodón, el lino y el lienzo. También existen manteles de plástico y de poliéster, el material de los paraguas, que hacen muy sencilla su limpieza. Hay que recalcar que estos materiales sólo se utilizarán en reuniones informales o donde la estrecha confianza permita estas venias.

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Las mantelerías suelen ser para seis, ocho o doce cubiertos, pues corresponden a los tamaños estándar de las mesas. No obstante, si no encontramos un mantel para una mesa por ser especialmente pequeña o grande, podemos encargarlo a medida. Para encargar un mantel a medida nos dirigiremos a un establecimiento especializado en telas de hogar. Allí escogeremos la tela que más nos guste y que convenga con la decoración del conjunto de la casa. Si sobra tela, suelen regalar las servilletas, que se confeccionan de la misma manera que el mantel: ribeteadas por los bordes con la máquina de coser. Si no sobra, conviene encargarlas de la misma tela, a no ser que el mantel sea liso, circunstancia que hará fácil encontrar servilletas a tono.

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También podemos encontrar manteles individuales y tiras o caminos de mesa, que se han puesto de moda en los últimos años. Este tipo de manteles los pondremos sólo cuando la tabla de la mesa sea de calidad y presentable, pues se dejará casi toda ella al desnudo.

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Se recomienda poner debajo del mantel un muletón, que es una extensión de tela gruesa que evita que los servicios hagan ruido sobre la mesa al moverlos. Es una especie de amortiguador del ruido y de los golpes que puedan estropear la tabla de la mesa. Esta pieza recibe el nombre de muletón porque suele ir sujeto con tiras a las patas de la mesa para quedar inmóvil. En hostelería se ponen además en los carritos, mesitas auxiliares y en las mesas de buffet. Sobre el muletón se colocará siempre el mantel, en el caso de las mesas; el cubre (mantel sin falda), en el caso de los carritos; o la tira, esta última sobre la mesa larga de buffet.

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Cómo calcular las medidas de un mantel

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Al seleccionar un mantel, lo primero que haremos será hallar las dimensiones de la mesa: cuánto mide el largo y el ancho de la tabla  y qué altura tiene la mesa. La mayoría de las mesas tienen una altura de en torno 80 cm. El mantel tiene que alcanzar la mitad de la altura de la mesa, de manera que, si mide 80 cm de alto, el mantel caerá a los 40 cm. Con lo cual, el mantel excederá 80 cm la medida de largo y  la medida de ancho de la mesa para que caiga 40 cm en cada lado.

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Para eventos formales, las mesas se visten con manteles largos, con falda hasta el ras del suelo. Hay que evitar que estos queden arrastrando. El mantel únicamente acariciará o rozará el pavimento. Si, como en el caso anterior, se trata de mesas estándar de 80 cm de alto, los manteles excederán 160 cm. la medida de largo y de ancho de la tabla de la mesa para caer hasta el suelo.

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Si se trata de mesas redondas, se escogerán manteles que doblen el diámetro de la superficie de la mesa. Sobre mesas redondas pueden ponerse sobremanteles cuadrados de diferente color. Si optamos por este añadido, tenemos que tener en cuenta que deberá caer dos palmos más o menos respecto la tabla de la mesa.

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Cómo colocar correctamente un mantel

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Antes de poner el mantel, este debe estar inmaculado y previamente planchado y enfriado. Si lo ponemos recién planchado, aún en temperatura, puede marcarse por el tacto.

Primero colocamos el muletón que protegerá la mesa y luego el mantel. Una vez puesto este último, si advertimos alguna marca del planchado o arruga, pasaremos la plancha sobre él para dejarlo impecable; sí, aunque esté sobre la mesa. Después revisaremos que las puntas caigan al mismo nivel para que quede así igualado.

Podemos colocar sobre el mantel un camino de mesa, que es una tira alargada de tela que se extiende a lo largo de tabla. Puede conferirle un toque muy original a nuestra mesa.

Por último, se procede a colocar los servicios y, por último, se ponen las sillas con cuidado de no introducirlas dentro de la mesa cuando el mantel es largo, pues desluciría todo el trabajo hecho anteriormente.

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