Archivo de Mayo de 2011

El equivocado concepto de elegancia

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La elegancia se ha convertido en un concepto confuso en nuestros días. Hace apenas dos  siglos, estaba claro quién o quienes ostentaban este privilegiado calificativo pero, actualmente, con los cauces de información que nos llegan desde la los medios, la idea de elegancia se ha diluído.

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Antiguamante, el ser elegante era una condición sinequanone para asistir a los eventos de los más altos estratos sociales. La elegancia que primaba era aquella que ciudaba minuciosamente los detalles del vestido, el tejido, el peinado y, sobre todo, las normas de comportamiento, voz, muecas y demás gestos corporales. Para asistir a una fiesta, era imprescindible haber adquirido las nociones de urbanidad oportunas para conducirse correctamente en sociedad. Hoy, nos parecería una cursilería tener que aprender estas cosas, pues la vida se ha hecho más sencilla y ha cobrado un sentido práctico que rehúsa de estos requisitos.

De esta serie de aspectos, se ha heredado la idea elemental de la verdadera elegancia, que engloba muchos puntos pero que se resume así: la elegancia es el arte del buen gusto en la elección de la indumentaria para cada momento, con sus complementos perfectamente armonizados y en consonancia con la personalidad del sujeto. Una condición inherente a la imagen exterior es el cuidado del espíritu y de la educación (la belleza interior), pues un vestido no es elegante, sino la persona quien lo lleva.

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Hace muy poco vi en la televisión, en un programa que no es ejemplo por sus buenas maneras, una señora de alta edad muy elogiada por su afán de coleccionar vestidos de alta costura. Lo que no nos queda bien claro es la razón de por qué la invitaron a este espacio de corazón, pero la cuestión es que la temática de la entrevista giró alrededor de verter críticas a Doña Carmen Lomana. También le consultaron asuntos de asesoramiento de imagen y su opinión respecto la vestimenta de diversos miembros de nuestra Casa Real.

Las opiniones no dejan de ser opiniones y es innegable que se han de respetar. Pero es reprensible  tener que digerir alegatos como “para ser elegante hay que ser alta y delgada”; “hay que nacer con ello y tener dinero”, mientras mostraba alguna de las prendas adquiridas a precios inusitados en París. Y toda esta exposición delante de millones de espectadores  que se encuentran rodeados de familiares en paro y que, buenamente, sueñan esbozando estas imágenes de lujo y fortuna. Quizás, lo que desconocía esta señora es que la televisión es la vía que genera más confianza al espectador en los mensajes que lanza y que, por tanto, debería haber declinado hacer este tipo de declaraciones que, lo único que iban a provocar era hacer sentir a la  audiencia deseperanzada y frustrada  ante la imposibilidad de ser elegante.

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¿Está reñido el dinero con ser elegante?

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Aquí es donde se encuentra la auténtica definición de elegancia. La elegancia no es una  cuestión de dinero, sino de gusto y de observación. Hay que observase a sí mismo y averiguar qué es lo que nos va mejor  tanto con nuestro físico como con nuestra  personalidad. No es necesario nacer rico para ser elegante. Si tenemos predisposición al orden a la pulcritud, controlamos nuestro lenguaje (verbal y no verbal) y gozamos de una buena belleza interior, reunimos todos los requisitos para ser elegantes. Por el lado contrario, hay personas que nacen en el seno de familias agraciadas con el dedo de la fortuna que no tienen propensión a ser elegantes, pues emplean un lenguaje vulgar y descuidan su imagen. También nos encontramos con personas que, siendo o no ricas, abusan de la afectación y del snobismo por medio de la vestimenta y  de un estilo de vida que no es el que le corresponde o que no va con su personalidad.

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Respecto este punto, hay un apartado en el libro Guía de la Elegancia, de Jacqueline Du Pasquier (Francia, 1956), titulado La elegancia no depende del dinero, que dice esto:

La elegancia no es una simple cuestión de dinero. Una mujer bien educada, vestida discretamente y con gusto, es más elegante que  otra que lleva trajes de los grandes  modistas, pero que gesticula, habla fuerte o usa un lenguaje demasiado libre. Esta última podrá impresionar de lejos mientras esté quieta o callada, pero en cuanto abra la boca toda su elegancia se derrumbará.

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Una premisa muy importante es ser uno mismo y reafirmar el estilo propio, rechazando aquello que va encontra del carácter de uno mismo. Mucha gente imita los looks de modelos que admiran (celebridades, actrices, etc) porque piensan que les quedará igual de bien. Esto no refleja más que una inseguridad y carencia de personalidad que deriva al final en un gregarismo a la hora de vestir.

De la moda hay que seleccionar aquello que nos convenga. Las colecciones presentan varios looks; si alguno nos gusta y va con nosotros, lo adoptaremos, pero si no es así, lo dejaremos pasar. Se trata de escoger con inteligencia, previsión y  sutileza, huyendo de la imitación de modelos.

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La elegancia y la masificación de la moda


Es indiscutible la importancia que tiene el vestido en la sociedad. No hay más que ver la ingente cantidad de tiendas que encontramos en las ciudades y el segmento del presupuesto que destinamos en él. Pero la ropa desempeña además un papel destacado en las relaciones sociales, enviándonos mensajes sobre el sexc de la persona, su pertenencia a un grupo étnico, el rol, el statutus socioeconómico o el nivel jeráquico en una profesión. Muchos psicólogos, sociológos y psiquiatras han estudiado la relación entre la persona y su modo de vestir y han colegido resultados muy interesantes sobre la personalidad de los individuos.

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Inicialmente, los grandes modistos sólo confeccionaban moda de alta costura que sólo podía ser adquirida por mujeres que tenían el privilegio de ser ricas o famosas. En la década de los setenta, se asiste a la efervescencia del prêt-à-porter (listo para llevar), que significó la venta de los diseños a gran escala para hacerse más accesible a la clase media. De esta manera, comienza a surgir la igualdad de oportunidades en moda, pues antes las señoras de clase menos acomodada tenían como remedio la ropa fabricada a medida o aquella fabricada en talleres donde copiaban las tendencias. Así, la moda, que mucha gente la asociaba a la riqueza, pasa a ser multitudinaria, para todos y todas.

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Pero para ser elegante no hay que enfrascarse sólo en la moda, sino en el espíritu de la persona. Se gasta mucho dinero en seguir las tendencias o ir a la última para aparentar ser distinguido. El aparentar ser algo que no se és es una ridiculez y también lo es empeñarse en parecer más joven, pues ambos secretos se descubren enseguida.

Alusivo a este punto, recuerdo un caso del programa de asesoramiento de imagen  Tim Gunn, el Gurú del Estilo, en el que una señora reflejaba su inseguridad comprando sólo ropa de marca por ser de marca que no le sentaba nada bien. Además, tendía a vestir como cuando era una muchacha, a pesar que su cuerpo había mutado considerablemente. Los asesores de imagen la condujeron en el camino de buscar su estilo personal, no cerrándose en las marcas, y consiguieron sacarle partido tanto de su  físico como de su persona.

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El vestir correctamente para una ocasión es muy meritorio porque no siempre resulta tarea fácil, sobre todo si no se está acostumbrado a concurrir en actos sociales. En este apartado indagaremos en otro momento, pues son reglas de protocolo de cumplimiento esencial como pautas que guían en la educación y civismo de la sociedad.

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Cómo servir las infusiones y el té. La mesa perfecta.

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Al igual que las comidas y cenas, el servicio de infusiones y de té requiere un ritual en su presentación.
Uno de los puntos más importantes a considerar respecto estas bebidas, es que, después de comer, cada uno de los comensales se decantará por una u otra, atendiendo al grado de saciedad que le haya provocado la comida. A todos no nos apetece un café solo después de comer, pues a unas personas la comida les resulta más fuerte o pesada que a otras, inclinándose, en este caso, por una manzanilla.

No es el caso de la tertulia entre amigas de las cinco de la tarde conocida como la “hora del té” o la “hora del café”, en la que es más fácil coincidir en lo que se desea tomar. No obstante, en todos los contextos, debemos ofrecer siempre alguna alternativa respecto a cualquier tipo de bebida: unos somos más amigos de lo amargo y otros más de lo dulce.

El servicio de café, té o infusiones que tiene lugar en la sobremesa se ha transformado en las últimas décadas, en un intento de hacer las cosas más cómodas. Antiguamente, el café conformaba un elemento primordial de las comidas de etiqueta, pues abría el momento de la sobremesa y de la distendida charla acompañada de cigarrillos y puros. Se disfrutaba de él y de su inherente tertulia en salas de la casa anexas destinadas a este fin. El protocolo para desplazarse a la sala adyacente era de la siguiente manera: cuando se terminaba el postre, era la dueña o la anfitriona de la casa la que daba la orden de trasladarse a la otra sala sólo con el ademán de la retirada de su silla.

Actualmente, es en la misma mesa en la que se ha comido o cenado donde se sirve y se consumen estas bebidas de cierre, pues la vida moderna ha generalizado un estilo de vida más rápido, fácil y cómodo. Si no, piensen en lo afanoso de habilitar una sala dedicada al deleite en pocos minutos… Los tiempos de hoy han impuesto conciliar disfrute con desahogo, y es por ello por lo que se ha suprimido esta práctica. Otro factor que explica la manifestación de estas nuevas costumbres es la desaparición del personal de servicio en hogares de clase media, antiguamente muy frecuente en España Las sirvientas eran las encargadas de cuidar de muchas menudencias del servicio de mesa, las cuales hoy, un anfitrión/na, por muy bueno que sea, no va a poder hacer frente él sólo a ellas. De ahí el empleo de bandejas comunes en la mesa, la postergación del carrito de servicio y de otros detalles que revelaremos más adelante.

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EL SERVICIO DE INFUSIONES Y DE TÉ

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Antes de preparar las infusiones o el té para nuestros invitados (del café hablaremos en otro artículo aparte), hay que tener muy presente que este servicio merece una presentación igual de cuidada que la de la comida o la cena. De esta manera, dispondremos de un mantel de té con servilletas a juego, una bandeja (preferiblemente plateada) y de un servicio de porcelana o cerámica compuesto por tazas, platos, jarras y tetera.

Si se va a servir en la mesa donde hemos comido o cenado anteriormente, es fundamental que la mesa esté desprovista de platos con comida, servilletas y copas con bebida. Sólamente dejaremos la copa de agua y el centro de mesa, si había.

A la hora de servir el líquido, nunca lo haremos al ras de sus respectivos recipientes. Un dedo de distancia hasta el borde es perfecto.

La cucharilla para remover cualquier tipo de bebida en taza se pondrá siempre a la derecha de ésta y sobre el platito. El asa de la taza ha de ir también a la derecha para facilitar su uso.

Los dulces que comúnmente ser sirven como suplemento del té o del café, precisarán cubiertos sólo si ensucian las manos. Así, los pasteles y algunos bizcochos o bollería irán acompañados de plato individual,  cuchillo y tenedor de postre para su consumo. En cambio, las galletas  y frutos secos no requerirán  platos ni cubiertos especiales.

Se ofrecerán tres clases de endulzantes (azúcar blanquilla, azúcar moreno y sacarina) sobre una bandeja plateada protegida con un paño o servilleta de tela blanca. Esta bandeja se tiene que dejar en la misma mesa pues, tras probar el sabor de la infusión o del té, quizás se desee agregar más endulzante.

Sobre la sacarina, lo recomendable en veladas de etiqueta, es que las pastillas estén contenidas en un recipiente pequeño y con pinzas para prenderlas. Actualmente, es muy difícil encontrar estos frasquitos, pues la tarea de asir cada pastillita con las pequeñas pinzas parece demasiado minuciosa, sobre todo para manos toscas. Les dejamos una fotografía de un pastillero para sacarina clásico en forma de tortuga.

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La manzanilla u otras infusiones

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Para la manzanilla u otras infusiones, se debe colocar una taza sobre un platito delante del invitado.  Se traerá a la mesa la bandeja anteriormente citada con los tres endulzantes.

La infusión puede venir de la cocina ya vertida en la taza. En este caso, es aconsejable que la taza incluya una tapa para mantener la temperatura. Una segunda opción es traer, sobre la misma bandeja que la del azúcar, una tetera que contenga el líquido muy caliente. Las más adecuadas son las metálicas. También se puede añadir una jarrita con agua fría para entibiar más rápido la disolución.

Las infusiones no se acompañarán de ningún tipo de dulces.

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El servicio del té

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En España, no es muy habitual tomar té después de comer. Su consumo predomina en las  primeras horas de la tarde, pero sin contar con la relevancia que tiene en otros países, como en Inglaterra o en países orientales, donde la hora del té es todo un ritual. Tampoco es frecuente añadir al té leche y limón, pero el protocolo manda que se adjunte.

Delante de cada invitado se pondrá la taza de té con su correspondiente platillo plato y, debajo de este servicio, se pondrá un plato de postre. Si se va a ofrecer pastel o algún tipo de bizcocho que exija cubiertos, colocaremos  el plato de postre a la derecha de la taza y su platillo. También se puede usar el plato de postre que había debajo del servicio para servir allí la porción de dulce.

El tenedor irá a la izquierda del plato de postre, y el cuchillo a la derecha. Los cubiertos han de ser de merienda. Los cubiertos de postre son los segundos más pequeños de una cubertería, después de los de trinchar, y los de merienda son los terceros más pequeños. Si no tenemos cubiertos de merienda, nos servirán los de postre.

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.En una bandeja plateada se extenderá un paño o servilleta de tela blanca. Sobre ésta, se dispondrán las tres clases de endulzantes (azúcar blanquilla, azúcar moreno y sacarina); una tetera para mantener caliente el té; una jarrita con leche; un platito con rodajas de limón y sus pinzas para agarrarlas. De manera opcional, incluiremos dos jarritas, una con agua caliente y otra con agua fría; mermelada y mantequilla.

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Si apostamos por el té en bolsita individual, prescindiremos de la tetera, pero no de las jarras con agua caliente y fría, que se emplean para suavizar la temperatura o el sabor del té. Cuando retiremos la bolsita de la taza, nunca la escurriremos apretando con los dedos. Lo que haremos es depositar la bolsita en la cucharilla, pasando alrededor de ella el cordel para que se escurra el líquido. Después, esta bolsita ya inservible la depositaremos en un lado del plato de la taza.

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Noelia Tari

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El significado de los caballeros y las damas de honor en una boda

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Las damas de honor forman una bella institución en una boda, ya sea aquí o en cualquier otro lugar del mundo, pues este componente del cortejo nupcial ha estado presente en todos los países desde que se tiene constancia de los enlaces nupciales.

La idea que tenemos en España de las damas de honor es la de dos o varias mujeres jóvenes que acompañan a la novia en su recorrido en el cortejo nupcial hasta el altar. El cortejo comienza cuando los novios salen de su casa camino hacia la Iglesia o espacio donde vaya a tener lugar la ceremonia. Las damas de honor acompañan a la novia durante todo el cortejo, desde que sube al coche, momento en el que la ayudan en este trabajo, hasta que se acerca al altar, donde la acicalarán en todo momento la cola del vestido, el velo y todos los elementos que puedan verse malogrados. Son una especie de doncellas o de la novia.

En otros países, las damas de honor adquieren un cargo más importante en la boda que en España, viéndose, por ello, multiplicado el número de chicas. Las damas de honor no sólo tienen allá la misión de arreglar el vestido de la novia, sino además de ayudarla en vestirla, preparar la boda y llevar la colocación de los invitados en la Iglesia y en banquete. En muchos países, además, está instaurada la figura de los caballeros de honor (bridesman). Los caballeros de honor, actualmente, se encargan igualmente de las atenciones a los invitados y en el cuidado de la novia. Son elegidos entre los hermanos y primos de los contrayentes o, en su defecto, entre los amigos del novio. Los cometidos de los caballeros de honor se han transformado completamente a lo largo de la historia. Curiosamente, este papel tan cortés que se ha descrito fue, en un pasado, todo lo contrario, pues parece ser que los caballeros de honor eran  amigos del novio que lo ayudaban en la operación del rapto de la novia para luego casarse con ella. Como es natural, la familia de la novia se oponía, siendo frecuentes las luchas, de modo que el novio precisaba de protección. Estos acompañantes eran, así, una especie de escoltas y padrinos del novio. Pero esto era así en tiempos muy remotos, primitivos.

Después, los caballeros de honor pasaron a intervenir como testigos de la boda. En la Edad Media, existían estos acompañantes pero no como testigos, sino como lacayos de la novia, igual que las damas de honor. En los tiempos modernos, los caballeros de honor tienen funciones similares a los de las damas de honor durante la boda, donde dama de honor y caballero de honor formaban pareja, aunque sin serlo realmente. Por ello, días antes de la boda, se hacen presentar a las damas y los caballeros de honor. Esta organización en pareja obedece a la costumbre tradicional de acompañar siempre a una dama.

Uno de las tareas exclusivas de los caballeros de honor es la de cortar y repartir las porciones del pastel nupcial a los invitados, aunque no hay que olvidar que es la novia la que parte el primer trozo.

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NoviUna novia con su corte de honor. Años 50

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El origen de las damas de honor se remonta también a tiempos primitivos, cuando existía la sañuda costumbre del matrimonio por rapto. Este procedimiento consistía en capturar a la novia, aun salvando los obstáculos y resistencias que ponía tanto la novia como su familia. Las damas de honor no son más que una alegoría a los guardianes de la novia ante su rapto, o sea, sus protectoras o madrinas. Por esta razón, las damas de honor siguen el paso de la novia hacia el altar, para ampararla en todo momento. A las damas de honor también se las denomina madrinas de honor, por su carácter de protector (recordemos a la hada madrina de Cenicienta).

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Las damas de honor han existido en todas las culturas del mundo, incluso en Japón, tan distante de las costumbres del mundo occidental. Aquí, el casamiento tradicional es así: la novia se dirige hacia la casa de la familia del novio acompañada de su cortejo nupcial. Una vez en casa del novio, entra custodiada con dos amigas de la infancia que interceden en la parte de la novia. A estas madrinas de la novia se las conoce allí como mariposas (chou).

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En lo referente a la elección de las damas de honor, lo habitual es seleccionarlas entre las hermanas o primas de la novia o, en su defecto, entre las amigas de la novia. Deben ser jóvenes, no rebasando lo cuarenta años. Del mismo modo, tampoco resulta adecuado que una novia entrada en años disponga de damas de honor.

Las damas de honor también pueden ser niñas no muy pequeñas, de entre nueve y doce años de edad.

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Tradicionalmente, la novia era la que escogía la indumentaria o las telas para encargar la confección del vestido de sus damas de honor, para que su atuendo  fuera en consonancia con el estilo de la boda.  Común era  también el que esta corte fuera vestida de blanco. Muchas de estas usanzas han cambiado, y hoy hay total libertad para que las damas de honor elijan su vestido, siempre que se pongan de acuerdo entre ellas.

Lo normal es el vestido largo de color único, a conjunto con un pequeño ramo de flores.

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Corte de honor de la condesa Emanuela de Dampierre, compuesto por niñas. Año 1935

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Noelia Tari ©

Cómo saludar y proceder con guantes

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Estos días, en todos los medios de comunicación aún se deja sentir la estela del enlace del año: la boda entre el príncipe Guillermo de Inglaterra y Catherine Middleton.


Una vez más, la princesa Letizia fue duramente criticada por su indumentaria y por el desatino que tuvo al saludar a la prensa en su salida del hotel donde se hospedaba junto con su esposo el Príncipe Felipe y Su Majestad la Reina Doña Sofía.

Desde la web Normas de Protocolo, compartimos la falta de decoro que tuvo la Princesa al saludar con una mano desnuda, mientras que la otra permanecía cubierta con el guante, pero pensamos que la vestimenta de Doña letizia era de lo más acertada y afín al protocolo que exige este tipo de actos de gran etiqueta.

Hay una tendencia generalizada a pensar que un acto de etiqueta es aquél en el que se requiere un vestido largo, en el caso de las mujeres. Esto no es así en los eventos de mañana o tarde, pues una boda, una recepción o un acto institucional de relieve requiere, por el día, vestido o traje por la altura de las rodillas. En este punto, no se observó ninguna negligencia.

La verdadera etiqueta se demuestra en el cuidado excesivo de los detalles y en mostrar una imagen impecable, estando como “prendida de veinticinco mil alfileres”, como reza un antiguo dicho. Estas premisas fueron cumplidas por nuestra Princesa de Asturias de manera indiscutible porque, además, rehusó utilizar colores llamativos y formas excentricas, símbolo de la más clara elegancia. Con esta fusión de etiqueta y elegancia , nos preguntamos en qué se fundan los medios para verter sus críticas. No lo entendemos.

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Les enseñamos una fotografía con zoom y mayor nitidez con el fin de advertir mejor los detalles del vestido de la princesa: se trata de un vestido de gasa, el cual se nota que va forrado enteramente salvo las mangas, que son semitransparentes. Todo el cuerpo y falda del vestido viene bordado manualmente formando adornos florales. Estos pormenores y el color, rosa viejo, no pueden ser menos que sinónimos de calidad sublime.

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PROTOCOLO PARA PROCEDER CON GUANTES

.La princesa Doña Letizia combinó correctamente sus guantes con el bolso y los zapatos, tal y como ordenan las reglas de estilo, más que las reglas de protocolo; porque el protocolo contempla otros asuntos, que son los de urbanidad y maneras de actuar.

Una señora, cuando saluda, sea personal o públicamente, no se quita jamás los guantes. La princesa Doña Letizia, a su salida del hotel, saludó a la prensa con una mano desprovista de guante, mientras que en la otra permanecía cubierta con este complemento. Seguramente, no le dio tiempo ponerse el que le faltaba. Tenemos que resaltar que este despiste lo hemos aprovechado para escribir sobre los guantes y su protocolo, nunca para perjudicar a nuestra Princesa.

Cuando se sale a la calle, hay que llevar puesto los guantes o ponérselos inmediatamente y no quitárselos para saludar, reiteramos.

Si asistimos a una reunión en la que va a haber un aperitivo, cóctel o café, se celebre en el exterior o en interior, hay que quitarse los guantes al llegar, pues se sabe que se va a tomar algo. Nunca nos esperaremos a que nos lo ofrezcan para quitárnoslos. En definitiva, para beber de un vaso o taza o para comer, hay que desprenderse de los guantes. Los dejaremos en el bolso o a un lado.

Si vamos a un restaurante, al entrar por la puerta hay que quitárselos. Dense cuenta que aquí, nada más llegar, nos sentaremos y manipularemos la servilleta y copa casi inmediatamente.

Si vamos a la casa de unos amigos, nos los quitaremos también en el recibidor.

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Noelia Tari